38 #3
Los insultos de Austin hacia Monty se pierden entre las luces azules y rojas junto a un tumulto de coches retenidos, borrosos a través de los cristales tintados.
Conforme la neblina de mi mente se disipa y expulso el miedo de mi cuerpo, salgo en defensa del amable conductor, no es su culpa, él hizo lo que tenía que hacer: prestar atención a la carretera y evitar un accidente, pero sigue sin entrar en razón.
Tapo su boca con las dos manos para aprisionarlo contra el asiento y evitar oír más improperios.
—Calma —le miro fijamente a los ojos—¸ estoy bien —repito—¸ ¿te vas a calmar? —Asiente con mi mano todavía en su boca. —¿Vas a respirar? —Asiento al no responder él.
Como dos tontos asentimos, pero sé que aún no está tranquilo; su respiración es agitada, su aliento choca con furia en mi palma.
Sus brazos me sujetan fuerte por la cintura y sus ojos bailan inquietos temerosos de que la gravedad me separe de nuevo de su lado.
Ahora que estoy sentada sobre él puedo sentir el temblor de su pierna, un temblor de cabreo y no de miedo.
Pego mi frente a la suya y siseando libero sus labios poco a poco, al mismo ritmo, su cuerpo se tranquiliza.
Y su respiración.
—Gracias —susurro sin soltar su cabeza.
Suspira por haberle recordado lo sucedido.
—Ven a casa, por favor —presiona más su frente a la mía, imitando mi gesto acaricia mi rostro.
Asiento a la vez que sugiero abrocharnos los cinturones.
Está de acuerdo, incluso bromea con que no puede matar a la persona que va a limpiar su empresa; ambos reímos, quitándonos el susto del cuerpo.
Miro por la ventanilla; el aire es algo denso, con un deje a quemado, y las luces y sirenas continúan armando barullo.
por eso seguimos detenidos en el mismo lugar.
Tras subir el cristal, Austin deja caer su brazo sobre mis rodillas en un acto reflejo.
Percibo su nerviosismo, preocupado por mi incomodidad.
Apoyo la cabeza en su hombro y acaricio su brazo para relajarlo.
Escondo una sonrisa. Me enternece que busque mi aprobación, asegurándose de no invadir mi espacio.
Esta vez no busca provocarme ni ganarse mi simpatía; es puro instinto de protección.
Y me gusta. Me hace sentir segura y extrañamente bien.
De forma tranquila el tono de Austin se calma conforme le pide a Monty que ponga la calefacción.
En ese instante, alguien golpea la luna delantera: un agente.
No entiendo qué dice; el calor del coche y el contacto del rubio me adormecen.
Sí consigo escuchar pedir a Austin ir directos a casa en cuanto salgamos de ese puto puente.
El golpe de una puerta me obliga a abrir los ojos. Los vuelvo a cerrar de inmediato, acunada por el roce de sus labios en mi coronilla. Estoy tan cómoda y me gusta tanto ese contacto, que me dejo arrastrar por el sueño.
Una melodía me llama, sosegada trata de despertarme. Una risa bonita sisea en mi sien cuando digo que quiero seguir durmiendo. Después de unas caricias y la amenaza de llevarme hasta la cama en brazos me percato donde estoy.
Y con quien. Ni siquiera sé qué hago aquí todavía.
«Ni siquiera sabes dónde estás».
—¿Dónde estamos? —pregunto adormilada, abrazándome a él.
—En mi garaje.
—Llévame a casa.
—Duerme aquí, por favor.
Me río, él se disculpa y me pide de nuevo que suba a su casa, niego riéndome otra vez. Me divierte que sea él quien se emborrachó y este más sereno que yo.
—Estás cansada —dice sin dejar de besar mi cabeza—, duerme en mi cama, aunque te caiga mal.
—Me gusta tu cama —susurro. Ríe y me pide que lo repita más alto.
Al pedirle que me suba él, lo considera, quiere hacerlo, pero en cuanto salimos del coche no va tan cuerdo como aparenta.
El alcohol sigue latente en su cuerpo, ayudándole, subimos a su apartamento.
Monty me da mis pertenencias, deseándonos las buenas noches y ofreciendo su ayuda si necesitamos algo, se mete en el piso de enfrente.
—¿Te estás haciendo el borracho, Brandfont?
Estampo su espalda contra la pared, teniendo que sujetarlo de los hombros para sostenerlo comienza a reírse y decir que si, quiere deshacerse de mi agarre, aunque apenas puedo contenerlo, no consigue zafarse de mí.
No está fingiendo.
—¿Qué coño has hecho? —Le golpeo de nuevo contra la pared. Él no deja de reír—. ¿Dónde hemos parado?
No responde. De repente estoy delante de un adolescente asustado después de llegar a casa tras su primera borrachera. No me dormí lo suficiente como para no darme cuenta de haberse alejado de mí; demasiado juntos estábamos. Demasiado unidos.
«Monty».
—Monty.
Ríe y niega. Aun temiendo que se dé de bruces contra el suelo, le suelto decidida a ir en busca del conductor, persiguiéndome me pide que no me marche.
No obedezco, sin embargo, cierro la puerta al escuchar el sonido de unas botellas chocar en el frigorífico.
Retrocedo hasta interponerme en su camino, agarro la botella deteniéndole, retándonos con la mirada volvemos al despacho, un toma y daca en el que ninguno cederá, porque esta vez no cederé.
Ahora estoy descansada y no hay temor a ser pillados juntos, puedo lanzar la botella contra el suelo sin que se presenten varios guardias de seguridad apuntando con un taser.
«Puedes irte y dejarle beber».
—Colbert —tira—, suelta.
—Brandfont, suéltala tú.
—No lo repito —dice atrapándome entre la columna de la barra y él.
—Repítelo —reto empujándole—. Suelta la botella.
Cada palabra mía es un pequeño empujón, las tornas cambian dejándole atrapado entre la pared y yo. Una estúpida pelea ordenando al otro a soltar el alcohol se convierte en un remolino contra la pared.
—Esto me está poniendo muy cachondo —susurra al no devolverle el empujón.
—Ni se te levanta —río.
Su risa resuena en mi oído cuando apoya la cabeza en la pared.
—¿Por qué te preocupas? —musita tras dedicarme una débil caricia.
—Suéltala.
—Si la suelto te vas.
—No.
Despacio, sus dedos se despegan del cristal.
—No—, repito cuando la vuelve a agarrar.
Con la mano libre, acaricio su nuca mostrándole que sigo aquí; pronto comienza a relajarse, aunque sus brazos tensos se aseguran de no dejarme ir.
En cuanto le envío a dormir, me aferra más a él sin dejar de repetir que me iré en cuanto me suelte.
Sin estar seguro, me cree al decirle que no me marcharé hasta que se duerma.
A trompicones consigo llevarle a la cama; teniendo que tumbarlo cada vez que se levanta.
Me gustaría desnudarlo, pero no sería tratarle de la misma forma amable con la que él me trató.
Como si fuera un número cómico malo, logro quitarle los zapatos y taparle.
El tacto de la tela me hace recordar su olor envolviéndome; la tentación me llama, sin embargo, su voz rota me frena.
—Estoy aquí —digo en el mismo tono melodioso.
Sostengo sus manos por encima de la manta pidiéndole que cierre los ojos y duerma.
En el momento que le suelto para poder irme, aprieta fuerte mi mano.
Susurro otro «estoy aquí» y apoyo mi cabeza en su pecho.
Unidos por una mano, me centro en el techo para no pensar en nada.
No pensar qué hago aquí y salir corriendo.
—Duerme —exijo suave.
Una pequeña risa resuena en su garganta, junto a un suave apretón y un sincero gracias.
—Brandfont, calla —resoplo cuando me llama por mi nombre.
Mi voz sigue siendo música para sus oídos, serena ante tanto silencio.
—Sí, señora.
Intento deshacerme de su agarre, él se pone serio diciendo que se callará, yo sonrío. Ruedo sobre su pecho y le miro, la luz que llega desde fuera es poco, pero suficiente para ver sus facciones, unas que podría ver incluso sin luz.
—Shh… —siseo. Mostrándome su sonrisa hace la señal de silencio.
Su mano libre acaricia mi rostro y nuestras manos unidas juegan entre ellas, los minutos pasan, la fuerza de sus caricias disminuye y su respiración se vuelve incontrolable.
Es hora de irme a casa, a pesar de estar dormido, gruñe cuando separo mi mano de la suya, en cuanto se duerme por completo soy libre de irme, lo hago a medias.
Me refugio en el baño para refrescarme. Al cruzar el vestidor, la gran bañera vacía me devuelve el rastro de aquella noche.
El recuerdo me golpea con la fuerza de un camión: el calor de su piel bajo el agua, su aliento en mi coronilla y esa absurda sensación de protección.
Me mojo la cara para espantar los fantasmas.
No puedo irme. No puedo abandonarlo en este estado, él no lo hizo y aunque no hubiese tenido la oportunidad de hacerlo sé que no me abandonaría.
Cojo una sudadera gris del taburete del vestidor, me aseguro de que sigue dormido y regreso al salón.
Recojo la botella del suelo. Sé que hay confianza para registrar su casa y esconderle el alcohol.
¿Se enfadará? Probablemente. No obstante, lo entenderá e incluso me agradecerá.
Al abrir el frigorífico, me esperaba más, solo quedan dos cervezas y otra botella de whisky a la mitad.
—Espera.
Alguna vez le he visto pedir vodka muy frío.
—Bingo.
Hay dos congeladas, tampoco quiero calentárselas, aunque no creo que se las quiera beber ahora, ha ido directo a por el whisky, será suficiente, con las dos botellas de alcohol bajo el brazo y dos de agua, de las cuales una la dejo en la mesita tras comprobar que sigue dormido,
camino por el apartamento observándolo todo; no esta tan limpio como la otra vez…
«Ibas borracha, no pudiste verlo bien».
Cuando me despejé pude verlo bien.
«Touché».
…la mesita está llena de botellines de cerveza, la pila repleta de platos y la encimera llena de bolsas de restaurantes.
«Yo no sé por qué le has limpiado la casa».
Porque no quiero estar rodeada de mierda.
…pero cuando termino, la encantadora zona detrás del sofá me llama.
Las vistas del rio Manhattan ayuda a relajar mi mente: las luces al otro lado llegan a mi retina como pequeños farolillos que lanzan al cielo con sueños y deseos por cumplir.
Giro hacia la estantería. Me sorprende ver que la mayoría de sus libros están usados.
«No prejuzgues».
…Las dos después de medianoche, llama mi atención; me suena la película.
—¿Buscas esto? —Muestro al aire una botella.
Le he visto pasar, pero al escuchar que se despertaba insultando al mundo he dejado que hiciese y deshiciese sin interrumpir.