Cuatro son multitud tres no 38 #2
83%

38 #2

Seguimos comentando que debemos irnos, pero no nos movemos, no queremos separarnos.

Queremos transportarnos a un lugar donde poder seguir juntos, abrigándonos con el calor del otro.

«Transportarnos a su cama».

Su voz me saca del relajante sonido de su ritmo, confesando lo mucho que echó de menos esta semana tenerme pululando por la oficina, sacando de quicio a Tara y al resto con mi pasividad.

Sé que es verdad, le entretienen las quejas sobre mí, pero es una excusa.

Echó de menos estos momentos y el sexo a escondidas.

Lo que cree que podemos ser un día, lo que cree que sucederá en cuanto me bese, cree que en cuanto eso suceda caeré rendida a sus pies y no quiero averiguar qué ocurrirá si tenemos una relación seria.

No creo que sea una buena pareja, no confío lo suficiente en ese aspecto.

No respondo…

«No sabes qué decir».

…tras unos segundos, rompo el abrazo y consigo convencerle de recoger los pedazos…

«De tu cerebro fundido y mentiroso».

No miento.

«No quieres una relación con Austin porque tendrías que dejar a Frank y Nate».

Nate ya me ha dejado.

Envueltos en cansancio, bromas y alguna que otra carantoña tardamos en recoger trozos como si fueran los escombros de un rascacielos.

—¿Y esto? —Le muestro un USB escondido en uno de los brazos.

Cogiendo los pedazos que llevo para tirarlos a la papelera junto a los suyos, confiesa no saber qué es. Enciendo el ordenador sentándome en mi silla. Llamándome cotilla mando callar dos veces al rubio por no saber qué es y por qué estaba en una de las figuras de su padre.

—Mañana no me acordaré —responde sentándose frente a mí.

No le incomoda mi vena curiosa, ni que haya encendido el ordenador, ni mis palabras llamándole aburrido.

Disfruta de la noche juntos, a pesar de la mesa que nos separa.

Conecto el USB riendo por la ocurrencia de Austin al comentar lo divertido que sería encontrarme porno gay de Seth, su tono sigue siendo alegre, hasta que mi rostro cambia y pregunta qué ocurre acercándose a mi cuando no respondo.

—¿Sidney?

Al girar la pantalla en su dirección, un bofetón le da en la cara al descubrir todos los datos de la empresa y los empleados, desde las limpiadoras hasta los directivos.

Muchos de ellos marcados con directrices y pruebas para limpiar del todo la empresa.

Todos los documentos están fechados hace cinco años.

Sus manos forman un puño sobre la mesa, sus ojos se oscurecen dejando sacar toda la rabia que le corre por dentro, Se siente engañado por todos, otra vez, pero esta vez la decepción llega de su padre, conocedor del problema de la empresa desde hace años sin haberlo solucionado.

Acaricio su brazo transmitiéndole que no está solo y que estoy aquí para terminar con esto, sin embargo, no funciona.

Su brazo se tensa, sus venas se hinchan, incluida una del cuello que nunca le había visto. Brusco se deshace de mi mano.

—Vete a casa Colbert.

Ordena saliendo del despacho. Deprisa.

El alcohol que ha tomado hoy será poco en comparación con el de ahora.

Su cabeza está volando en pedazos; nadie le dice la verdad y sabe que es su culpa por su actitud irresponsable del pasado.

Nadie confía en que haya madurado, en que sea un hombre…

responsable que pueda dirigir la compañía.

Su padre se jubiló poco después de la fecha de los documentos; si no le contó nada le hará creer que le cedió la dirección de la empresa para seguir malversando a su antojo.

Si descubro que eso es verdad, el señor Brandfont será el mayor responsable del delito.

Y si no, Austin solo está ahí para estar entretenido y lejos de la mala vida. En cualquiera de los casos, no le deja bien.

Apago el ordenador, guardo el USB en el bolso, cojo mis cosas y voy directa al despacho del playboy, me imagino que no se habrá ido, no me habrá dejado aquí sola. Espero que no se haya ido, no quiero pegarme toda la noche buscándole.

«¿Quién dice que debes hacerlo?»

Menos mal, todavía sigue aquí.

La puerta está abierta de par en par, me asomo encontrando a Austin tumbado en el sofá de la pared, sostiene una botella sobre la mesa.

Suspiro. Decidida entro sin importarme el ruido de la maleta, la aparco junto al sofá libre donde dejo mi bolso y mi chaqueta.

Ni me mira, solo se lleva la botella a los labios.

Se la quito bruscamente y le incorporo; entre su peso y lo poco que colabora me cuesta hacerlo, ganándome alguna que otra mala palabra.

Sentada en la mesita de cristal le acompaño en silencio, no diré nada si él no lo dice primero, no necesita escuchar que todo irá bien, tampoco lo sé, necesita ver que no está solo.

No le toco, nuestro único contacto es el de sus manos cayendo sobre mis rodillas después de pasarlas por su cabeza.

—Bebe lo que quieras —desisto dándole la botella cuando se levanta a por otra.

Le obligo a darme su teléfono para llamar a Monty mientras él bebe, no puedo hacer más, es cabezón e incluso borracho tiene más fuerza que yo. Además, estoy cansada del tira y afloja con la botella sin tener éxito.

—Desbloquea —pido al no querer hacerlo.

Tras dar un trago me llama dictadora, no se lo tengo en cuenta, esta vez habla el alcohol.

En cuanto Monty escucha mi voz no necesita explicaciones, promete llegar lo antes posible.

Suspiro al ver a Austin dando vueltas por la sala, tambaleándose y despotricando del mundo.

Ante el ruido de una silla chocando contra la mesa, le ayudo a mantenerse recto anunciando que le llevo a casa, otra vez se resiste pidiéndome que vayamos al hotel de al lado a dormir.

—Cada uno duerme en su cama.

Acepta mis palabras, pero continúa dando vueltas al mismo tiempo que comenta que vino en moto ofreciéndose a llevarme.

—¡Si hombre! —Digo en tono divertido.

Recojo sus cosas con sus desastrosas indicaciones.

Conseguimos ponernos en marcha, por suerte, al abrirse la puerta del ascensor, Monty, sale ofreciéndose a cargar con el rubio, aunque le pido por favor que mejor lleve la maleta y mis cosas.

Podría dejarlo a su cargo e irme, pero quiero asegurarme de que llega bien al coche.

El conductor dejó el vehículo cerca; dice que no puede dejarme sola a estas horas.

—Sube —pide Austin saliendo. Se acerca y sostiene mi cabeza—. Es una orden. Por favor —añade tras mi mueca—, acepta esta única orden.

—Solo si mañana no vienes a trabajar.

Duda. Asiente. Asiento.

Monty vuelve a meter mi maleta en el maletero, en el momento que cierro la puerta y doy la vuelta para entrar por el otro lado, Austin sale rápido pidiéndome que no me marche. Intento no reírme al ver su cara de susto, pero no puedo evitarlo.

—Tira para dentro —me acerco a él cuando niega—. Entra —ordeno forzándole a entrar, pido a Monty que eche el seguro.

En cuanto entro, el ruido de la puerta le hace detener el forcejeo para salir del lugar pequeño y oscuro que le tiene atrapado, como un niño al que pillan con una consola bajo la sábana a la hora de dormir.

El silencio dura unos minutos; con ello llega la relajación, la sensación de lugar seguro.

Ambos entramos en el sueño que nos inducen las luces de la ciudad rompiendo la penumbra, junto a la relajante música que suena en un hilo.

La cabeza de Austin sobre mi hombro me hace girar la cabeza; en algún momento se desabrochó el cinturón y se cambió al asiento del medio.

—El cinturón —susurro.

Niega confesando que quiere estar cerca de mí.

—No lo repito, Brandfont.

No hago ni un movimiento, mi voz suena serena, pero autoritaria al mismo tiempo.

—Vale, no lo repitas.

Más cómodo todavía, comienza a refunfuñar cosas sin sentido.

Bajo la ventanilla dos dedos para refrescar el ambiente y su mente.

El aire fresco le hará volver a su ser. Ante otra negativa cuando le pido abrocharse el cinturón, me quito el mío; el sonido le obliga a incorporarse y le devuelvo la mirada dura al notar la suya.

—Abróchate el cinturón, Colbert.

Su puño se tensa aferrado a su pantalón.

El frío de la noche de octubre pega en mi nuca chocando contra el calor de mis mejillas. El calor sube por todo mi cuerpo cuando empezamos una pequeña discusión, echándonos un pulso silencioso para ver quién conseguirá primero que el otro obedezca.

—Si a ti no te pasará nada, a mí tampoco —susurro.

Quiero sonar seria, dura y contundente, sin embargo, mi sonrisa pícara me delata.

Su sonrisa también le delata, su mirada arde en deseo…

«Cree que no te vas a atrever».

Su lengua humedece sus labios a la vez que sus ojos se posan en los míos, resecos, aunque no humedeceré.

No le diré que anhelo que los humedezca él.

Me muevo rápido por el pequeño espacio, Austin se tensa, no sabe si dejar la cara de asombro, miedo o deseo.

Noto sus dedos rozar mis piernas y quitarlos de inmediato, dudan en tocarme.

Dudan en quitarme de encima suyo. Dudan en sostenerme fuerte.

Dudan en arrancarme la ropa y no siento su miembro duro entre mis piernas, está haciendo un gran esfuerzo, ambos sabemos que, si me dejo caer encima, el mínimo roce prenderá la hoguera.

La mayor hoguera que una pequeña chispa habrá provocado.

Una chispa que arde en cuanto sus manos abrasan mis muslos.

Intenta con todas sus fuerzas que caiga en sus piernas.

—Bésame.

Nos miramos sintiendo como sube y baja nuestros pechos, nuestras respiraciones frenéticas.

Comienzo a acariciar su rostro con las yemas de mis dedos, despacio mimo cada facción, alterando su respiración relajo sus manos unos segundos, aferrándose de nuevo a mí cuando deposito un beso en su sien, poco a poco me deslizo.

—Sidney —dice sin aliento.

—Austin —replico tras besar toda la comisura de sus labios.

Perdida en sus brillantes ojos paso mis pulgares de un lado a otro de su boca, no me quita la vista de encima, de nuevo desgastamos el planeta, refrescándolo cuando tragamos saliva uno detrás del otro.

No existe nada más. Nadie más. Solo él. Sus caricias; en mi espalda y en mi cara.

Todo desaparece iluminando con una luz blanca brillante acompañado de un fuerte sonido que me lanza hacia atrás.

Una fuerza sobrenatural me agarra para devolverme al lugar del que me arrastró.