38
El plan era descansar en el avión y acudir a mi puesto de trabajo nada más aterrizar, descansé más de lo que tenía en mente, pero no fue suficiente ya que Nate y yo parecíamos dos extraños coincidiendo en un lugar sin escapatoria.
No obstante, el vuelo se retrasó cuatro horas, así que menos descanso.
Al llamar a Brandfont para comunicárselo me exigió no presentarme en la oficina.
Durante ese tiempo mi única distracción fue dormir —intentarlo—, escuchar música, leer y recordar el fin de semana con ese desconocido tan conocido.
Recién aterrizada y cansada después de un día de mierda, aquí estoy, en la oficina intentando averiguar por qué Austin trata mal a sus empleados; incluido Seth.
Tras enseñar mi acreditación al de seguridad y pensarlo varias veces en el trayecto, voy directa al encuentro de Brandfont, la única luz sale de su despacho, supongo que será él y por lo que me ha dicho mi amigo, no tiene muchas ganas de ver a nadie.
Dejo la maleta y silenciosa me acerco a la puerta: remangado se lleva un vaso a los labios con la mirada perdida en los oscuros rascacielos de la ciudad. En los chats de la empresa…
«En el cual eres un fantasma».
…decían que había estado simpático toda la semana.
Hasta hoy. Ha vuelto a ser el hombre arisco de siempre.
No ha salido del despacho más que para acudir a dos reuniones de cinco minutos.
ni siquiera dejó entrar a Tara, la cual no sale de ahí.
Como si notase mi presencia mira de reojo, da un trago largo y rellena el vaso con la botella de la mesa.
Lleva bebiendo todo el día; las existencias del minibar escondido al otro lado del sofá están temblando.
—Te dije que no vinieras —me mira a la vez que llena el vaso.
—Y yo que nunca te obedecería.
Resopla, me mira y bebe de nuevo antes de preguntar qué hago en la oficina a estas horas. Mi reloj marca las ocho pasadas, lo que no recuerdo es si es la hora de aquí o la de Chicago.
No lo sé muy bien…
«Querías verle».
…está tan guapo con la camisa por dentro, pero tan desenfadado al mismo tiempo con sus facciones duras y a la vez cansado.
—¿Sucede algo? —Entro—, ¿ha vuelto Nash?
No deja de beber, es una copa tras otra.
—Vete, Colbert —pide brusco.
Sin pensarlo me acerco y detengo el movimiento cuando va a llenar el vaso.
Su mirada desafiante se clava en mis ojos: los suyos son oscuros, vacíos.
Su brazo quiere arrancarme la botella, no obstante, todo el alcohol que lleva en el cuerpo se lo impide, además, también sabe que no soltaré el cristal.
No consigo descifrar su mente, no sé qué piensa, no sé por qué ya no siento la conexión que teníamos, no le siento.
De nuevo vuelve a estar escondido detrás del traje de ejecutivo egoísta.
Vacía el vaso de un trago y lo desliza por la mesa sin desviar sus ojos de los míos, en cuanto suelte la botella va a dar un trago y no pienso dejarle.
—No quiero seguir con esto —su labio se endurece—, no puedo seguir fingiendo ser una abogada. Estoy cansada de ser lo que no soy.
Intenta no mostrar el sentimiento que le provocan mis palabras: rabia, alegría, tristeza e incluso decepción; no obstante, su mirada le delata. Me entiende. La cercanía me trae su aliento a alcohol. No huele mal, pero la barba de varios días delata su crisis.
—¿Qué pasa, Brandfont? —Susurro cuando su pulgar comienza a acariciar mi mano. Ambos seguimos aferrados al cuello de la botella.
Un movimiento suave del otro brazo sube hasta mi cabeza. Acaricia mi despeinada coleta y desliza los dedos por mi rostro para comprobar que soy real. Todo es por culpa de su estado, pero mi cuerpo no distingue eso; el tacto sigue siendo suyo…
«Hija de puta, acabas de pasar unas mini vacaciones con Nate, suelta a Austin».
…mi cuerpo sigue reaccionando de la misma manera, sigue necesitando más con tan solo un roce.
—¿Acabas de aterrizar? Se te ve cansada —se responde por mí.
De nuevo vuelve a ser una ilusión que siento, lo que no debería sentir con su tacto. Ni con su mirada. Ni siquiera con su presencia.
Perdida en sus labios entreabiertos y su mano acariciándome, me pilla de sorpresa cuando sus labios se acercan a los míos, rápido giro la cabeza.
—Apestas —suelto la botella con brusquedad.
Cojo mi chaqueta, mi bolso y salgo de ahí, está borracho, pero es consciente de lo que hace. No puede reaccionar así cuando no quiere hablar de algo sabiendo lo mucho que me molestan sus intentos por besarme.
Costi me ha traído hasta mi despacho…
«De nada».
…sin querer seguir aquí…
«Sí quieres».
…quiero coger mi maleta e irme a casa.
«Ahí la tienes, cógela y vete».
¿Qué coño hago aquí? ¿Por qué no me he ido con Nate?
«Porque no te ha dirigido la palabra en todo el vuelo».
Me aferro a este despacho sin saber el motivo, sin haberlo. Es una empresa chupa sangre más, una de las que siempre he huido.
—Así que Chicago.
Levanto mi cabeza ante la voz de Austin; con las manos en los bolsillos del pantalón se apoya en el umbral mirando la maleta.
—Perdón —añade tras mi resoplo.
—Largo.
No quiero ni verle. Levanto la vista y continúa sujetando la pared, vuelvo a cruzarme de brazos.
Tampoco tiene intención de obedecerme y no quiero coger mis cosas estando él en la puerta, no quiero quedar envuelta en su aroma por débil que sea.
Suspiro echando la mano a la frente, escucho sus pasos sin querer ver su dirección, pero noto su presencia muy cerca.
—Te acompaño al hotel de al lado —sostiene mi mano alejándola de mi cara—, solo acompañarte —añade cuando le miro duramente.
Sin embargo, él sonríe.
—¿Lo dices en serio? ¿Te vas? —Acaricia mi mejilla con la mano libre.
Me muerdo el labio ocultando una sonrisa; su aliento huele a menta, él también sonríe cuando ambos recordamos el robo del cepillo de dientes.
—No te vayas todavía —pide casi en una súplica.
Suspiro. Hablaba mi cansancio, pero es cierto que quiero dejar esto. Necesito paz y tranquilidad. Una persecución sencilla.
—Habla el cansancio.
Austin comienza a acariciar mi rostro con su boca, deteniéndose en la comisura de mis labios. Ambos queremos, pero no puede quitarme esto, ahora es lo único que me queda, la única decisión en la que no me he echado atrás.
—No —susurro, aferrada a su camisa.
«Ojalá lo haga».
—Sí —reprocha.
Enredo mis dedos en su cabello, no tan corto como acostumbra y empujo su cabeza hacia mí. Gruñe por tener tan cerca lo que no puede tener.
—No —repito.
Mis labios rozan los suyos, provocando que Austin agarre fuerte mi cara. Nuestras respiraciones chocan formando un torbellino entre los dos.
—Fóllame.
—No llevo —lamenta tras depositar unos besos en mi cara.
Me estiro por encima de la mesa con su ayuda, Austin retira los objetos que me clavo mientras sus labios bajan por mi vientre.
Alcanzo el cajón y muerdo un preservativo para desabrocharle el cinturón.
Él detiene mis manos, pero me deshago de su agarre.
Quiero ser directa. Sin besos. Sin sentir la caricia lenta en mi espalda.
«Como ahora».
…ni mi cuello…
«Nos gusta».
…dejándome a su merced. Necesitando solo de él.
El calor de su mano bajo mi camiseta calienta cada parte de piel que toca.
Entreteniéndose en mi vientre, me obliga a tumbarme a la vez que sus manos alcanzan el botón de mi vaquero.
Gruño cuando no hace intención de bajarlo, sino que desliza sus labios.
Ese simple gesto puede con mis ganas de jugar; consigue que pierda el conocimiento y mi cuerpo actúe por su cuenta.
Austin tiene el control; no ha tardado en obtenerlo.
No he puesto resistencia. Sabe que lo tiene siempre que estamos tan cerca.
Todo se ve borroso. Tengo los sentidos alerta y desconectados a la vez, incapaz de detenerle mientras noto su torso caer sobre mí.
Sus manos suben por mis costillas y puedo notar su miembro duro presionando mi entrepierna.
Coge el condón de mi boca; ansiosa, abro las piernas para darle espacio, pero su boca prefiere entretenerse en mi cuello.
Ambos miramos hacia la puerta al escuchar romperse algo.
El miedo acelera mi corazón y paraliza mi cuerpo, que tiembla bajo el suyo.
Austin me sujeta contra él y nos incorpora.
El pánico de ser descubiertos también invade su rostro, aunque con más templanza.
En cuanto hace el amago de separarse, le agarro más fuerte; si entra alguien, podré esconderme en su pecho.
Sin embargo, deposita un beso en mi sien trasmitiendo tranquilidad.
Conforme se separa agarro su mano para no dejarle alejarse, tras dos pasos vuelve a encajarse entre mis piernas diciendo que no hay nadie, me sorprende su seguridad sin haber salido.
—No hay nadie —repite, acariciando mi rostro.
Le creo, su rostro está sereno, sus ojos llenos de paz y su cuerpo calmado.
—Ha sido la figura.
Su barbilla queda encajada en mi mejilla cuando me giro en busca de esa antigua figura de su padre que adornaba una esquina de mi mesa.
—Lo siento —doy un pequeño beso en su pecho.
—También soy culpable —su mano sube y baja por mi espalda—, ¿por qué la cambiaste de sitio?
Aunque su tono es sosegado es duro, le miro, sonríe diciendo que no es un reproche solo simple curiosidad.
—Me recordaba el motivo por el que estoy aquí.
Mis palabras le tensan; no llegué aquí por él…
«Sí llegaste por él».
…no me contrató para salvarse el culo o porque me quería más cerca. Nunca nos llevamos bien. Me contrató para salvar la empresa de su abuelo.
El cansancio por haber estado todo el día en el aeropuerto y en un vuelo comienza a notarlo mi cuerpo, la paz que me transmiten las caricias de Austin y su cálido abrazo no colaboran para mantenerme despierta.
Lo mismo le ocurre a él. Noto su sonrisa en mi cabeza, junto a los besos espontáneos cada vez que aprieto mis brazos a su alrededor y como se estremece de sorpresa cuando meto las manos debajo de su camisa.
—Estamos los dos muy cansados, no estamos lucidos —dice desenfadado. Sereno.
—Deberíamos irnos a dormir.
Lo digo con la boca pequeña, ya que, aunque estoy incómoda me siento a gusto.
—Podemos ir al sofá del despacho —propone risueño.
Pellizco su glúteo sacándole una falsa queja.
El silencio nos invade, puedo escuchar su latido rebotar en mi cerebro acompasado con mi corazón.