Cuatro son multitud tres no 37 #3
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No sé la historia, no sé por qué le destinaron a Nueva York si es el mejor abogado del bufete, pero él siendo protagonista de la historia, tampoco entiende esta disculpa.

Parece que le va la vida en que Nate deje pasar lo sucedido, aunque no está prestando atención responde vagamente.

Está más pendiente de mi mala imitación de ventrílocuo, intentando detenerme para no soltar una risa y mostrar que más que dejar pasar el asunto le da igual, en cambio, su semblante se endurece cuando nombra a la hija de Daniel Colbert.

Coloco mi mano sobre su brazo transmitiéndole que no importa, intento rebajar su cabreo, que olvide sus pensamientos negativos.

Le miro pidiéndole que no deje entrar a nadie en nuestro perfecto fin de semana, sus ojos azules vuelven a relajarse junto a sus facciones. Su tono no es tan relajado cuando dice que le hará llegar sus disculpas a la hija de Colbert.

—Si llego a saber esto no te pido que vengas —muerde su labio con rabia.

—Ordenaste —trato de relajar la tensión. Sonríe—. No es tu culpa, estoy acostumbrada.

Mi sonrisa se debilita, él bromea con que le hice quedar demasiado bien a la vez que insiste en sentarme sobre sus rodillas, al decirle que no obedeceré más, pregunta si se lo voy a recordar muy a menudo.

Saco la lengua, retándome a sacarla de nuevo se acerca, en cuanto la saco de nuevo la atrapa con sus dedos.

—¿Peso? —dice sentado en mis piernas.

—Como una pluma —aprieto los dientes.

La sonrisa de Nate me ilumina. La forma en que nos decimos las cosas en tono de humor llena nuestras almas de energía.

Sin esperarlo sostiene mi rostro y me besa como si necesitase de mí para seguir con vida.

La falta de aire me hace tirar de su camiseta, me mira unos segundos.

Sus ojos están perdidos, oscuros, sin alma.

Un alma que siento vibrar en mi interior, un alma que intenta recuperar con otro beso.

Otro beso ansioso. Un beso que le devuelvo igual de ansiosa, aunque me guste su alma, es suya.

—¿Y este beso tan primitivo? —Susurro acariciando su cabello.

Acaricia mi rostro con su nariz, quiere guardar en su interior mi aroma. Mi recuerdo. Como si al abrir los ojos todo terminase y mi imagen desapareciese.

—¿Estás bien?

—Contigo siempre —musita.

Quiere besarme de nuevo, aunque le detengo del mentón.

—¿Pero? —Me mira sin querer responder.

—Tal vez en New York no haya más oportunidades.

Suena roto.

—Dependerá de ti. Acaricio su rostro, siendo yo quien comienza el beso, tan rudo como los anteriores.

Tras haber dormido lo que no dormimos por la noche, una llamada insistente al teléfono de Nate nos despierta a última hora de la mañana, abrazados. Reacio a contestar la llamada de su padre le insisto, dejándolo solo aprovecho para ir al servicio.

Desde allí puedo escuchar una negativa de Nate, declinando una invitación a cenar.

Al volver me lo encuentro tumbado en la cama, con los brazos sobre la cabeza, resoplando.

Sin pensármelo dos veces me tumbo junto a él, abrazándolo, diciéndole sin hablar que puede compartir sus preocupaciones conmigo y que no pasa nada si no lo hace.

Tras un rato bajo la manta, acariciando nuestras pieles desnudas, trasmitiéndonos una paz necesaria que hacía tiempo que no sentíamos, me cuenta la llamada telefónica con su padre.

Sus amigos le han comentado sobre su fin de semana con la chica que le ha presentado a su madre y también quiere conocerla.

Ese comentario me hace gracia, y mi risa le saca una sonrisa, desmoronando un poco más sus malos pensamientos.

Unidos únicamente con nuestras piernas entrelazadas nuestra piel sigue en contacto.

Nos sentimos tan a gusto el uno con el otro que, mirándonos, hablamos de nuestras infancias.

Se siente tan bien que me cuenta lo duro que fue el que su padre no aceptase su trabajo y que por eso hacía años que apenas no hablaban. Tampoco entiende su invitación.

Sus padres se separaron cuando Nate tenía seis años, entonces vivían en Englewood, convivían juntos por no poder vivir en dos casas.

Hasta que un año después su madre encontró a un inversor que le ayudó a crear su propio negocio de ropa, le empezó a ir bien.

Dejó de crecer con las discusiones de sus padres a vivir en el más absoluto silencio que iba de casa en casa.

Muy cerca la una de la otra. La rebeldía de Nate aumentaba a la vez que su edad, hasta que un día, su madre se sinceró y le contó que llevaba meses comprometida con el que hace dos años fue su inversor alejándolo así de su padre, de su colegio público,

de sus amigos de toda la vida y de unas posibles malas decisiones.

Pero no fue así. A los once años, cuando su madre solo estaba pendiente del niño que acababa de dar a luz, se recorrió medio Chicago para volver a sus orígenes.

Nate creció entre la humildad de su padre que apenas le costaba llegar a final de mes con su trabajo de mantenimiento y los caprichos que su padrastro, le compraba sin quererlo.

Cada mes pasaba de una casa con seis baños a una que era tan grande como el dormitorio de su madre.

—Ve a ver a tu padre —le digo apartando el mechón rebelde que cae sobre su frente cuando no lleva gomina—. Ya no vives aquí, te arrepentirás si no lo haces.