Cuatro son multitud tres no 37 #2
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37 #2

Sonreímos por haber conseguido estallar juntos y, esperando que nuestros cuerpos se recuperen, recobramos el aliento: abrazándonos, alargando la unión.

Nos acariciamos las espaldas, mimamos el trozo de carne que malherimos con nuestra virulencia.

Sano con caricias los arañazos con los que le he vuelto a marcar la espalda.

—No quiero salir —susurra en mi oído.

—No lo hagas.

Mi tono pícaro y mi sonrisa malvada son el reflejo de su rostro cuando rodeo su cintura con mis piernas, dándole el visto bueno para continuar en la cama.

—Te necesito así todos los días —dice cuando traspaso la puerta del baño, acompañado de un suspiro al agacharme a por su camisa.

Me sigue con sus ojos ardientes, poniéndome la ropa me contoneo hasta subirme ahorcajadas encima suyo.

—¿Por qué, Sid? —pregunta, agarrando el trozo de tela.

—Me han dicho que me queda bien —susurro, recostada sobre él.

Al incorporarme veo su sonrisa, agrandando la mía. Nos acariciamos dulcemente donde nuestras manos alcanzan transmitiéndonos todo el calor que nos queda por apagar: un calor que se enciende con cada mirada, cada sonrisa, cada beso, cada broma.

—¿Por qué? —acaricio su piel sin barba, tras un ardiente beso.

—Solo es en casos puntuales y nadie los sabe —acaricia mi mejilla y mis labios.

—¿Y cuál es el motivo esta vez?

—Espero que nunca lo averigües —recoge un mechón detrás de mi oreja—, dulce Sidney— termina su caricia en mi labio.

—¿Es el mismo por el cuál yo estoy aquí?

Traga saliva y desvía la mirada sin saber dónde detener sus manos.

Sé que no es por pereza de afeitarse, sino el recuerdo doloroso por el que no quería venir solo al evento, puede que la pelea tenga algo que ver.

Sostengo su rostro entre mis manos, acariciando el ya inexistente golpe; él cierra los ojos

He dado en el clavo, uno doloroso.

Beso su frente, intento ahuyentar todo lo malo que he metido en su mente sin pretenderlo, callo sus pensamientos con pequeños susurros disculpándome y prometiendo que no preguntaré más.

Le acaricio, abrigo su piel desnuda, calmo sus demonios aferrándose a mi cintura. De nuevo aparece el temor a irme lejos.

—Estoy aquí.

Le acuno en mis brazos y el temor desaparece, poco a poco el calor corporal regresa junto al Nathaniel del baño. El Nate de siempre.

—Nathaniel —susurro.

Me agarra fuerte. Echándose hacia atrás nos arrastra a la vez que me hace cosquillas.

Es el Nathaniel que detesto y me gusta. Entre caricias, besos, bromas y conversaciones sobre su apartamento, la ciudad de Chicago y lugares que tiene que descubrir de Nueva York, pasamos el resto de la mañana.

Ni un terremoto logrará sacarnos de la cama.

—¿Qué pensaste la primera vez que nos vimos? —me pregunta Nate en mitad del silencio.

Su rostro se vuelve una mezcla de seriedad y juego cuando le vacilo con que nos conocimos con catorce años. Intenta parecer furioso, pero mi risa puede con él. Me tumba contra el colchón y sus besos en mi cuello me derriten.

—Muchas cosas y ninguna buena —le respondo al fin, devolviéndole la duda—. ¿Y tú?

—Que me iba a costar mucho llevarte a la cama —confiesa con la garganta seca, mirándome fijamente.

—Y aquí estamos —sonrío.

—Después de mucho tiempo —reprocha en tono de humor.

«Lo cual dijiste que no pasaría nunca».

—Pero lo pensé la segunda vez que te vi —continua, mirándome.

«Ese día te tiraste a Austin».

—La primera vez no ibas muy bien —sonríe cuando protesto tirándole del pelo.

—Nathaniel Finn Akerman —separa los labios de mi mejilla; su rostro es una mezcla de sorpresa y entusiasmo.

—Tal vez no ibas tan mal —ríe.

«Ibas muy mal. Estuviste con Austin, ¿no?».

Queriendo callar la voz de mi cabeza, beso al rubio efusivamente y le pido que me folle.

«Austin te folló primero. Y Frank».

—Hazme gemir hasta olvidarlo todo —pido casi sin aliento.

«¿Molesto?».

—¡Para!

De inmediato me aparto de él. Mi semblante está descompuesto.

La vergüenza me quema las mejillas mientras salgo de la cama y me escondo en el baño en completa oscuridad.

Me siento en el suelo con la cabeza escondida entre las piernas.

Nate pensará que me arrepiento, pero no es eso. Es que no puedo apagar a Costi.

—¡Sid! ¿Estás bien? —Nate enciende la luz, rompiendo la penumbra. Se sienta en la pared contraria a la mía y me mira con preocupación. Levanto la vista y asiento.

—¡De puta madre estoy!

Al oír la risa de Nate, me percato de que lo dije en alto; lleva un pantalón corto de algodón y una de sus piernas estirada intenta alcanzar mi pie con el suyo.

La otra está doblada como apoyo para su brazo revolviéndose el pelo.

Sin pensarlo, se echa hacia delante hasta alcanzar mis brazos y tirar de mí.

Ahorcajadas sobre él me pregunta si me arrepiento; mi silencio le obliga a acariciar mi rostro con sus manos y sus labios.

No respondo. No pronuncio palabra; atrapo su boca.

No hacen falta respuestas; de nuevo, la fusión de nuestros cuerpos habla por nosotros.

—No me hagas la burla.

Nate sale del baño para responder —o desconectar— el insistente teléfono que suena en la habitación, por su contestación es de recepción, al llamar hace diez minutos a pedir comida dijeron que a las dos de la tarde no sirven comidas.

Ni siquiera sabíamos qué hora era cuando nuestras tripas comenzaron a gruñir, se rió a carcajada limpia al soltar de la nada que me comería una hamburguesa grande con patatas fritas mientras observaba como hidrataba mi piel tras las dos largas duchas.

«Y mucho sexo».

Calla, no lo estropees otra vez.

«No lo estropeé, habéis tenido sexo en el suelo».

Miro de reojo donde estuvimos sentados, besándonos y teniendo sexo desenfrenado y pasional.

«Y bonito».

—Al ser algo rápido nos lo su… —la voz de Nate se detiene nada más pisar el baño—, quítate eso Sidney.

Dice antes de desaparecer, enseguida aparece de nuevo extendiendo una camiseta, su tono autoritario repite que me quite la ropa que llevo.

—O qué —le miro desafiante a través del espejo.

—No lo repito, quítate eso. De nada sirve ducharte y ponerte ropa sucia.

«Dice llevando el pantalón que llevaba antes de la ducha».

—Sexo sucio —aunque quiera esconder una sonrisa, mi tono divertido no le deja.

—También deberías secarte el pelo —añade colocándose detrás de mí.

—¿Algo más, señor abogado?

Me giro entre sus brazos, rodeo su cadera jugando con la goma de su pantalón y tiro, dulcemente repito su frase. Ya no puede ocultar su sonrisa, se agranda tanto como mi pecho se hincha por su disculpa.

—¿Acaso quieres que esa camiseta huela a mí para dormir con ella en tu casa?

Aparta la vista sin deshacerse de su sonrisa, ni la mía —pillado— susurra en mi cuello.

—Pero no quiero tu olor en mi ropa, lo quiero en todo mi apartamento.

Confiesa deslizando la camisa por mis hombros, mientras su boca sube por mi cuello hasta alcanzar mis labios.

No me gusta la propuesta que acaba de soltar y lo sabe, por eso sostiene mi rostro entre sus manos para atrapar mis labios.

Recordaré lo que ha dicho, sin embargo, ahora no me importa.

Solo lo quiero pegado a mí y es lo que hago; aferro mis brazos a su cuerpo, dejando que el calor y la lujuria hablen por nosotros y nos guíen por un camino hasta llegar al destino que ambos queremos… ,

—Servicio de habitaciones.

…el éxtasis.

Gruñimos en los labios del otro, le muerdo para no separarnos, aunque tras su buen alegato de que no nos volverán a subir comida, le dejo ir a abrir la puerta.

Le lanzo la camisa con una sonrisa desviando mi mirada a su entrepierna hinchada, no servirá de mucho, pero algo disimulará.

Escucho a los dos hablándose cordialmente, rebusco en la maleta de Nate, no obstante, no es necesario ya que es un chico ordenado, saco la primera camisa que veo, azul, en cuanto se cierra la puerta me dirijo al pequeño salón de la entrada donde el amable trabajador dejó la comida.

—¿Comemos aquí? —me abrocho la camisa mientras observo al rubio coger los platos.

Él duda, yo encojo los hombros, pero sabemos que es la mejor opción. Si volvemos a estar a un milímetro, no comeremos.

«Comeremos cosas más duras».

Soez.

Comemos tranquilos con charlas divertidas, cotidianas y algo picantes tras chincharnos.

También se enfada cuando le digo que responda el maldito teléfono, lo apague o lo silencie pero que quite la maldita vibración, desvía la dureza de mi tono con la ocurrencia de comprar un juguete sexual para jugar más animadamente, su rostro se vuelve pícaro al decirle que ya tengo.

—Pero yo no tengo mando.

Aunque le doy una patada por debajo de la mesa, sabe que eso me ha excitado…

«No es mala idea».

…también confiesa que se dio cuenta de lo que me ocurrió el día que fui a su despacho, lo cual provoca que me ardan las mejillas, pero me gusta que se diera cuenta, sobre todo al admitir que aquel día no dejaba de verme en su despacho deseando follarme.

—Responde —casi ordeno levantándome a por su móvil.

Lejos de tomárselo mal sonriente tira de mi muñeca sentándome encima suyo, su semblante cambia al ver la pantalla, le digo que responda al comunicar que es su jefe de Chicago.

Haciendo el gesto de sonrisa, descuelga —en altavoz—, amable y campechano se disculpa por lo ocurrido en la fiesta, la cara de Nate es de asombro, yo no entiendo nada.