37
Unas horas después el foco de la habitación me desvela recordándome que nos dormimos sin pasar por el baño. Como una tonta sonrío al ver el rastro que dejé en el cuerpo de Nate, duerme tan plácidamente que ni se inmuta cuando acaricio las marcas de color burdeos.
«Mierda pintalabios, creía que era más fijo».
Tras mancharle débilmente la frente con un beso, me pongo la camisa que acabó en el suelo.
Apago la luz para no despertarle y me dirijo al servicio para asearme.
Con el cepillo de dientes meneándose por mi boca me observo en el espejo, fijándome en la mancha de maquillaje que hay en la camisa de Nate.
Sinceramente, estoy tan despejada en este momento que podría percibir los ojos de una hormiga sin la necesidad de un microscopio.
Pienso en lo que acaba de suceder y no sé si al volver a Nueva York me arrepentiré, lo que sí sé es que, es una lástima que siga dormido.
Carpe Diem, amiga. Lo que he hecho así lo he sentido, si no hubiese querido no podría haberme preguntado si estaba segura, no habría tenido ocasión de hacerlo, porque en el momento que me preguntó si podía besarme le hubiese arreglado la otra mejilla para que estuviese entretenido toda la noche.
—Dime que no te estás preparando para irte arrepentida.
Alzo la vista del lavabo viendo los ojos azules de Nate asomarse por la puerta entornada del baño, niego devolviéndole la mirada. Suspira agradecido a Dios, con una sonrisa de oreja a oreja entra como, valga la redundancia, como Dios le trajo al mundo…
«Su madre».
No. Ese cuerpo solo ha podido salir de los dioses del Olimpo.
«Del gimnasio».
Pasmosa observo moverse ese cuerpo tan elegante y dócil como una gacela, a la vez que le pido no hacer lo que con una radiante sonrisa hace, pongo mis ojos en blanco y salgo.
«Pero si lo has visto ya todo. No. Más que eso».
Sonriendo ante el recuerdo del sexo oral mutuo, la voz de mi…
«¿Tuyo?»
…dios griego, me dice que ya ha terminado.
—No vas a ver nada que no hayas visto.
Su mirada traviesa me busca sin prestar atención a sus manos bajo el agua.
Retando a sus ojos, me coloco junto a él y cierro el grifo.
El ruido del chorro cesa, el desagüe se traga el rastro y el silencio se distrae con el sonido de nuestras respiraciones, de nuestras salivas recorriendo nuestras gargantas.
Sonreímos tímidamente, desviando la vista al imperceptible, pero suficiente, roce de mi brazo en sus manos.
Cualquier movimiento provocará una reacción en cadena. Un solo cuerpo difícil de separar.
Aunque los dos queremos, sabemos que todavía no es el momento de convertirnos de nuevo en uno. Necesitamos relajarnos, sopesar lo ocurrido y sé que también está pensando en ello.
Nuestras miradas se buscan en el espejo, ninguno prestamos atención a nuestras tareas, unas tareas que no requieren esfuerzo, pero si una finalización que no llega.
Estamos relajados, retomando la rutina de ayer, una rutina que parece nuestra rutina cotidiana de cada noche a pesar de ser las nueve de la mañana.
—¿No tienes ropa?
Mi intención de parecer antipática queda en el limbo.
«Y lo de mirarle a los ojos también queda en el limbo».
Sus ojos me radiografían de arriba abajo, dos veces.
—Te queda mejor a ti —se saca el cepillo de dientes, para poder hablar.
Hago caso omiso al cumplido y sigo con mi rutina facial. Apoyado sobre el mármol de brazos cruzados me observa, procuro seguir mirando mi reflejo, pero es complicado. Evito su mirada, sin embargo, su espalda reflejada en el espejo puede conmigo: las marcas de mis uñas pueden verse.
—Eso es asqueroso —asquea después de tocarme la cara con un dedo.
—Tu culpa —él se ofende—, por obligarme a usar maquillaje.
Restriego mi aceitosa mano por su cara, no obstante, sus reflejos son más rápidos y apenas consigo rozar su rostro.
Cuando me sostiene de las muñecas, al pedirle que me suelte dice, casi inentendible a causa del cepillo de dientes, que lo hará si tengo las manos quietas, no puedo prometerlo, pero asiento.
—Que risa de malvada.
Las risas de ambos resuenan en el baño junto a insultos cariñosos, comenzamos a perseguirnos en el pequeño espacio.
No hay preocupaciones ni horarios, ni gente molesta, ni ruido.
Solo él y yo. Dos niños en el cuerpo de dos adultos.
Dos adultos queriendo ser niños en busca de diversión.
Una diversión que se convierte en pasión, el alma de esos dos niños se queda en un lado mientras sus cuerpos se vuelven uno.
El haber estado a punto de provocar un accidente a causa del cepillo, todavía en su boca, nos detenemos, aunque no nos separamos.
Fatigados observamos nuestro reflejo, cuando el cepillo está a punto de caer al sonreír se lo saco alegando que no quiero correr a urgencias.
Me quejo gruñona al abrir el grifo y colarse para enjuagarse la boca, en el momento que meto la cara bajo el agua tibia, siento sus labios en mi nuca, una de sus manos me acerca la toalla mientras la otra recorre mi muslo.
Me gusta el roce de su mano en mi piel y por más que quiera o necesite, alargo mi limpieza y así su exploración, quiero saber cuánto puede aguantar hasta llevarme de nuevo a la cama.
«Hay una ducha ahí atrás».
—¿Vas a tardar mucho? —Susurra.
—Lo que sea necesario —digo antes de empapar mi cara.
Evita gruñir, no lo consigue obligándome a morderme el labio cuando presiona su cuerpo contra el mío. Cada vez que sumerjo mis manos y mi cara…
«No malgastes agua».
…se arrima más. Sabe que lo hago a propósito… le pone cachondo…
«Ya te digo yo que sí».
…aun así no le molesta, no se impacienta…
«Nuestro amigo sí»
…sigue el juego. Un juego suyo que le da la victoria, por mucho que intente resistirme mi piel se eriza con el calor de sus labios traspasando la tela, se deslizan despacio de un hombro a otro, mordiéndome al mismo tiempo que su mano en mi muslo me empuja contra él.
Nate se inclina, la esencia de su colonia apenas perceptible mezclada con su aroma natural hace que mi cabeza comience a flotar, su mirada hambrienta en el espejo reseca mi garganta.
El contacto visual en el espejo transforma nuestras miradas ardientes, colman nuestros cuerpos de un frenesí que solo se tranquilizará de una forma.
Estiro mi brazo hasta su cabello, empujando sus labios contra mi cuello a la vez que agarro su mano para deslizarla bajo mi ropa.
Sonríe pícaro en mi piel. Yo sonrió ante su euforia cuando subo nuestras manos hasta mi pecho, lo manosea con delicadeza; en cuanto comienza a jugar con mi pezón provoca envidia al otro el cual consigue su recompensa tras mi gemido.
Disfruto el disfrute de Nate deleitado en mi cuello, en el momento que nuestras miradas se cruzan de nuevo susurro un —sí—, enseguida su solitaria mano se desliza por mi vientre.
—Joder, Sid… —gruñe al notar mi humedad.
«Somos débiles».
Tan brusco como delicado me gira entre sus brazos, firme, toma mis caderas para sentarme sin esfuerzo en el mármol.
Gemimos en la boca del otro. Sus rudos dedos recorren mi piel dejando mi cuerpo a su merced.
Fluye sin recibir órdenes, y aunque me resisto a dejar sus labios, se arrodilla entre mis piernas.
Su boca mima la parte interna de mis muslos; su delicadeza altera mis pulsaciones.
Sus besos no cesan; me estremezco al sentir su boca en mi pubis hasta que me obliga a inclinarme cuando su lengua juega con cada rincón de mi ser.
Intento reprimir mis gemidos. Mis ganas de necesitar algo más grande que su lengua.
Noto su sonrisa mi piel, cuando, sin vergüenza, agarro sus cabellos para presionarlo más, aferrado a mis muslos no se detiene, juega y juega hasta conseguir que palpite contra su vibrante lengua.
Miro hacia abajo.
—Ya— digo al cruzarse nuestras miradas.
Tiro de él evitando que sus dedos acompañen a su lengua, succiono su boca como él hizo en mi coño, nuestras lenguas se entrelazan, mis manos se aferran a su cuello temiendo que venga una fuerza superior y nos separe.
Sintiendo el mismo temor que él siente por lo mismo, agarra mis caderas.
Centímetro a centímetro se desliza en mi interior, su dureza encaja fácilmente en mi humedad, gimoteo de placer cuando me llena por completo.
Durante un instante se detiene, nos miramos intensamente, nuestros ojos sonríen tan fuerte como nuestros labios por la perfección de nuestra unión.
—Es tan perfecto —susurran sus labios pegados a los míos—¸ tú lo eres…
Silencio sus palabras románticas con un beso.
Me sigue con la misma pasión, pero también me saca una queja saliendo lo justo de mi interior.
De la misma manera que le he interrumpido, lo hace él.
Su beso es más bestia, más salvaje; con la necesidad de tenerlo dentro empujo mis caderas, pero detiene mi movimiento con fuerza.
Me está devolviendo el juego que empecé.
Quiere jugar. Quiere luchar. Sonrío en sus labios y tiro de su pelo, rompiendo el único músculo en movimiento: nuestras lenguas.
Comenzamos un extraño juego que nos enciende, uno que explota en cuanto su cadera choca fuerte contra mí.
Chocan una y otra vez sin interrupciones, cada choque ahoga nuestros gemidos en la garganta del otro.
Uno a uno los gemidos atraviesan nuestra piel convirtiéndolo en placer, en fuerza que llega hasta nuestros dedos clavándose, aferrándose para permanecer unidos en cada uno de sus duros y precisos empujones.
Cada golpe es más profundo, más intenso, nuestros cuerpos se estremecen ansiosos de más.
Necesitamos aire. Imploramos sin apartar la vista de los ojos del otro; el aire caliente de nuestras respiraciones tropieza al mismo ritmo implacable que Nate entra y sale de mi interior.
El placer nos recorre a la vez, dejando entre nosotros una corriente que ruge si nuestros cuerpos se separan un milímetro.
Avanzamos hasta el clímax; ambos sabemos lo cerca que estamos y, aunque no queramos poner en marcha el reloj, la naturaleza humana y los instintos son más poderosos.
Me folla más fuerte, más rápido; apretamos nuestros agarres, que se vuelven violentos hundiéndonos en el placer.
Detonando el éxtasis en nuestras venas, gemimos a la vez cuando mi ser aprieta con fuerza el miembro de Nate, al mismo tiempo que late en mi interior.