36 #3
Junto a algunos de sus amigos, trato de quitarle al individuo de encima antes de que los puñetazos vayan en otras direcciones. Varios improperios salen de la boca del hombre hasta que llega el personal de seguridad y los invita a ambos a abandonar el lugar.
—Vámonos —le ofrezco mi mano. Dándole mi apoyo en una historia que desconozco.
De camino a la salida el único en acercarse es Darren ofreciéndome una bolsa de hielo y entre nosotros…
el silencio más absoluto. Durante el trayecto en coche Nate mira por la ventanilla desabrochándose la pajarita y los primeros botones en busca de aire, ni una mueca de dolor, ni siquiera una mirada hacia mí, solo un apretón cuando coloco mi mano sobre la suya.
No nos soltamos hasta que traspasamos la puerta de la habitación, una vez dentro y por separado, voy directa a sentarme para liberar mis pies.
Al quitarme la chaqueta veo una mueca de dolor en la cara de Nate cuando intenta deshacerse de su americana, acortando la distancia me acerco a él, pero ya ha lanzado el trozo de tela al sofá.
—Déjame ver.
Sin darle importancia a lo ocurrido insiste en que está bien, haciéndome la loca desabrocho el fajín tirándolo encima de la cama, con sumo cuidado levanto la camisa hacia arriba.
Por suerte, no parece tener ningún hematoma, para quedarme conforme con su respuesta deslizo los dedos sobre su piel como si dibujase un lienzo.
—Tienes las manos heladas —se estremece.
Nate se gira y el aire empieza a cargarse cuando nuestros ojos se encuentran. Es innegable lo magnética que comienza a ser la atracción, la intensidad entre ambos me deja sin aliento al notar una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo.
—¿Te duele? —rozo su mejilla con mis dedos.
A pesar de su negativa, un gruñido responde por él. De puntillas acerco mi cara a la suya mimando su mejilla con mis labios.
—¿Y ahora? —pregunto sin apartarme de él.
—Así mejor —sonríe con su mano en mi sien.
Su cabeza se inclina levemente invitando a la mía a mirarle, nuestros labios quedan a escasos centímetros.
—¿Tú estás bien? ¿Te ha hecho daño? —retira de mi cara un mechón con la punta de los dedos.
Exhausta, balbuceo que estoy bien antes de apoyar mi cabeza en su pecho.
—Gracias —susurra.
Cuando acaricia mi cabello noto sus labios depositar un beso largo en mi cabeza, provocándonos a fundirnos en un abrazo. Con mi mano agarrando su camisa me despego de él para mirarle.
—Te va a salir marca, ¿seguro que no te duele? —mi preocupación suaviza su rostro.
—Si… pero no de la manera que crees —dice pícaro.
—Ah, sí, claro. El ego ¿no? —digo en tono burlón.
—Si, claro, el ego —ríe—. Solo un poquito.
Nuestras miradas se buscan pidiendo a gritos permiso a los labios del otro para unirse.
—Sidney, ¿puedo besarte?
Aunque su boca entreabierta y su respiración entrecortada me indica que quiere besarme, no estoy del todo segura si es de verdad o es que se acuerda de lo que pasó en la discoteca.
La expresión de mi rostro le hace asentir confirmando que recuerda la noche de ayer.
Él sonríe, yo sonrío.
Lentamente me acerco a él hasta que mi boca casi toca la suya.
—¿Quieres, Nathaniel? —susurro mordiéndome el labio.
—Lo que más.
Siento como el labial se funde en sus pulgares al acariciarme los labios. De puntillas me elevo uniendo mi boca con la suya. El beso es casto, suave, dulce, bonito… Largo.
Mis manos recorren el torso de Nate hasta llegar a sus botones mientras las suyas viajan por mi cuello. Con lentitud, baja el cierre de mi vestido y una ráfaga de calor fluye en cada parte de mi cuerpo cuando mi espalda queda al descubierto. Ansioso, tira de la manga dejando expuesto el body granate
Maravillado me mira y en ese momento no deseo nada más que sus manos en mi cuerpo.
Sintiendo la seguridad de sus brazos sobre mi cintura, dejo caer el vestido al suelo.
En una oleada de impaciencia tiro de su camisa, ambos nos desvestimos al mismo tiempo, cuando al fin estamos completamente desnudos beso su boca.
Dejándole con ganas de más, rozo la línea de su mandíbula, deleitándome en su cuello rodeo el borde de su clavícula antes de dejar un camino de besos por su pecho.
Puedo sentir lo listo que está para mí.
Duro y firme, gime cuando mis labios tienen la intención de ir más abajo: un escalofrío me sacude al sentir sus dedos hurgar suavemente en mi cabello antes de extender la mano y estabilizarme contra la pared.
Nuestras lenguas se acoplan en la boca del otro y, tomándome por sorpresa, se aleja de mí.
El jadeo que sale de mi garganta aviva mi apetito.
Tan pronto como sus ojos se vuelven ardientes, me coge en volandas y, sin guiones, profundizamos el beso, trasladándonos hasta la cama.
Frunce el ceño apenas se me escapa una pequeña risa, pero es emocionante la forma seductora que tiene de mirarme mientras se acuesta a mi lado. Sin apartar la vista de sus ojos, Nate contempla mis egoístas labios que anhelan los suyos, prefiriendo mi cuello, desliza su mano por mi cadera.
La excitación estalla en mí deseando más.
Sosteniendo su cara entre mis manos busco sus labios.
Ambos clamamos en la boca del otro cuando comienza a acariciar la parte interna de mi muslo.
Al deslizar dentro de mí su firme y cálida mano, mi gemido se intensifica.
Queriéndolo mucho más cerca, envuelvo una pierna alrededor suyo.
Nuestros cuerpos se funden en uno y noto su miembro presionar contra mi sexo.
Ansío tanto tenerlo dentro que suspiro cuando sus brazos se tensan, separándose para mirarme.
Mi decepción le divierte y comienza a recorrer mi rostro con su nariz, humedeciendo mis labios.
Mis manos exploran despacio su espalda, clavándole las uñas en la parte baja del costado. Fijo mi mirada en la suya.
—¿Estás segura? —susurra sin aliento despejándome el pelo de la cara.
No me esperaba que a estas alturas se detuviese preocupado por si me arrepentía.
Acariciando su rostro miro sus ojos llenos de lujuria y un soplido me cosquillea los labios cuando su frente cae sobre la mía.
Una sonrisa leve aparece en mi boca, con unas ganas tremendas de comérmelo a besos por la ternura que me trasmite, muerdo su mentón.
—No quiero que luego te arrepientas.
Rodeo su cintura con ambas piernas, lo presiono contra mi cuerpo y su sonrisa se ilumina al levantar una de mis cejas.
—Depende de ti que me arrepienta o no.
Sin hacernos esperar más, Nate agarra mis caderas y me penetra con delicadeza.
El placer estalla con cada embestida haciéndome arquear la espalda.
Contra el pesado cabecero me aferro a él mientras se desliza dentro de mí, más y más adentro.
Nuestro éxtasis aumenta, provocando que ambos respiremos entrecortadamente.
Moviéndonos juntos. Urgentemente. Desesperados por liberarnos.
Nos complementamos tan bien que sin saber la razón, sabemos el ritmo que necesita el otro.
A medida que mi excitación alcanza su punto máximo grito una y otra vez, aumentando la suya se une a mí cuando llego a la cima de mi placer, sintiéndome en un paraíso de alegría y conexión. Con su cuello envuelto alrededor de mis brazos lo sostengo fuerte mientras él se contrae algunas veces más.
Sus brazos cálidos y fuertes me rodean mientras nos acurrucamos bajo la manta, agotados y satisfechos pronto nos dormimos entrelazados.