Cuatro son multitud tres no 36 #2
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36 #2

Contando anécdotas que avergüenzan a Nathan, como lo llama su madre, degustamos una deliciosa lasaña casera. Disfrutamos de un agradable rato hasta la hora de volver de nuevo a la ciudad, con el mismo buen rollo llegamos al hotel.

Ante la insistencia de Nate durante el camino en que aceptase la cita en el salón de belleza, sugiriendo que me lo tome como tiempo de relax, decidí ir directa.

A mi regreso, con un moño bajo con algunos mechones sueltos y un maquillaje sencillo a la par que laborioso, el silencio inunda la habitación.

Descalza, dejo ambos vestidos sobre la cama. Al bajar las cremalleras de las fundas, descubro el vestido negro con la espalda al aire que llevé en la reciente gala de la fundación y el granate de una sola manga que me puse en la boda de una compañera de Matt.

Defraudada, caigo sobre la cama.

—No te he oído entrar —sale Nate del baño con un bóxer negro.

—Hola —le miro sin moverme—, acabo de llegar —comento con una leve sonrisa.

Cuando nos empezamos a vestir para la gala a la que ninguno tenemos ganas de acudir, todo el buen rollo que perduraba a lo largo del día se desvanece. A pesar de compartir espacio, el único lugar en el que coincidimos es la puerta del baño, sin importarnos lo que hace el otro.

He podido darme una ducha rápida y estresante por intentar no estropear el pelo, cepillarme los dientes sin estropear el maquillaje y retocarlo, darme mis cremas corporales y pintarme los labios con un labial burdeos sin escuchar una sola queja, sin escuchar una sola palabra.

Sin ninguna broma como las de la mañana.

No nos hemos molestado, ni insultado, ni mirado.

Muy caballeroso, Nate se mete en el baño para poder vestirme en un espacio más grande.

Bajo el agua se me ha pasado por la cabeza combinar el vestido negro con los zapatos fosforitos, pero el recuerdo de la mano de Nate en mi espalda me ha hecho cambiar de opinión.

Si en aquel momento, que fue un instante, me estremeció tanto, no quiero imaginar lo que puedo experimentar hoy. No quiero un continuo contacto.

Sentada en la cama observo los zapatos, si es que no me combina nada. ¿Sabía Vikki lo que metía en la maleta? Lo que sí sé segura es que me voy a joder de frío, porque el abrigo beige no me lo pongo ni loca.

—Espera, si tengo el abrigo negro que llevaba al subirme al primer avión.

Pensando en sí está en el armario o en la maleta, me percato de que Nate me observa sonriente desde la puerta del baño; esta vez con la camisa abrochada y una pajarita al cuello.

—¿Te divierto? —le observo acercarse al escritorio.

—Sobre todo tus caras —dice trasteando entre nuestros objetos personales.

—Já, já qué gracioso — me burlo, haciéndole más gracia.

Poniéndome unos pendientes sutiles de mi madre, que Vikki guardó en el bolso negro de fiesta, veo lo patoso que Nate está siendo al ponerse los gemelos.

—Yo lo hago.

Cuidadosa de no tropezar con el vestido, me acerco hasta él. Enseguida le abrocho el del puño izquierdo, pero el otro se resiste. En un segundo empiezo a sentir su respiración, escuchar su corazón y percibir el roce de su dedo en mi muñeca.

—No te muevas —pide con los gemelos ya puestos.

—¡Qué! ¿Tengo un bicho? —obedezco paralizada.

—No, pero no te muevas —repite yendo hasta el sofá a coger la chaqueta blanca que llevaba por la mañana.

—¡Nathaniel! Me has asustado —protesto. Tras sacar una bolsita azul de terciopelo, lanza la chaqueta a la cama.

—Mi madre me ha pedido que te preste esto —muestra una pulsera.

—No puedo —escondo los brazos tras mi espalda.

—Se lo he dicho, pero no me ha hecho caso.

Durante unos segundos nos miramos, él asintiendo con la cabeza y yo negando. Al contrario que en la pista de baile.

—Por favor, Sidney —dice cuando coge mi brazo desnudo—. Me obligó a dártela.

—¿Por qué? —quiero saber. Lo miro a él concentrado en la pulsera.

—No lo sé —acaricia de forma sutil mi muñeca.

—¿Y si la pierdo?

—Tiene cierre de seguridad —nuestros ojos se miran todavía de la mano.

Una llamada al teléfono de la habitación interrumpe un momento que ninguno sabía cómo cortar: nuestro coche está en la puerta. Ultimando los detalles que nos faltaban; mis zapatos y su chaqueta, bajamos hasta el vestíbulo cogidos del brazo.

Dentro del coche que nos llevará hasta el hotel le pregunto si tengo que saber alguna directriz más, a lo que responde que confía en mí y puedo comportarme como quiera.

—¿Puedo pedirte una cosa? —me dice antes de salir del coche.

—Creía que yo gané la apuesta —bromeo sacándole una sonrisa fugaz.

—No te muerdas la lengua.

—Lo intentaré.

Estoy acostumbrada a galas benéficas, aunque siempre me incomoden, pero al entrar al salón reservado para la fiesta organizada por el bufete de Nate nos quedamos atónitos.

Gente de todas las edades, revolotean alrededor de unas mesas con manteles blancos rodeando una pista de baile.

La mayoría de mujeres que hay lucen unos moños, cada cual más alto, y sus vestidos pomposos parecen sacados del vestuario de una serie de época.

—¿Estamos en el siglo XVII? —digo, una carcajada sale de Nate.

—No conozco a nadie —comenta cuando una señora cogida del brazo de su pareja nos examina de arriba abajo.

—¿No era la celebración de una fusión?

—Lo era —dice, guiándome al interior.

En una mesa escondida nos encontramos con Erik, Darren y Albert compartiendo tragos y comidas junto a dos chicas jóvenes, desentonan lo mismo que yo con sus vestidos modernos.

Tras presentarnos, comenta que son compañeras del bufete.

Con una copa de champán en la mano, observo el panorama sin soltar el brazo al que me aferro desde que salimos del coche, mientras hacemos la ronda de peloteo que el jefe de Nate le exigió en la puerta.

Tan atónitos como nosotros, comentan que hubo una confusión en las reservas y se juntaron dos fiestas.

Al percatarme de lo cansado que está Nate de sonreír e intercambiar opiniones con clientes que se alteran a la mínima opinión diferente, contesto a algunos de esos ataques dejándoles tan molestos que la conversación acaba con un —las mujeres no tenéis ni idea— antes de darse media vuelta y

conversar con otro abogado vestido de esmoquin.

—Me está costando no beber más —confieso cuando nos apartamos a una esquina.

—Son peor que mi tío —ambos reímos.

Después de echar un vistazo durante un rato, el contraste de los que bailan y por otra parte los abogados quietos con su vaso de whisky, Nate suelta su copa de champán y sale de detrás de la mesa.

—¿Bailamos?

El corazón se me paraliza al ver su amplia sonrisa con su brazo extendido en mi dirección, sonrío y tomo su mano dejando que me guíe hacia el centro de la sala.

De repente realiza una reverencia, haciéndome reír, a la espera de una reacción me mira expectante, con una delicada inclinación entro en el inocente juego.

Nate levanta nuestras manos unidas, mientras que con la otra envuelve mi cintura para acortar la distancia que nos separa.

Mi respiración empieza a ser profunda, pero me acomodo entre sus brazos, a través de la tela puedo sentir la calidez de su palma y juro que noto palpitar electricidad en sus dedos.

A pesar de las circunstancias que nos trajeron hasta aquí, es una sensación agradable, aunque apenas puedo disfrutar el momento, puesto que en un segundo nos encontramos dando vueltas por la pista de baile.

No sé si son las luces tenues, las burbujas del champán o simplemente él, veo a Nate arrebatadamente atractivo.

«Lo está. Lo es».

La apertura del vestido me otorga libertad para seguir el ritmo de la melodía permitiéndome mirar a mi alrededor entusiasmada.

El lugar es impresionante, lleno de abogados en esmoquin murmurando y gente con sus pomposos vestidos, a un lado de la sala músicos y sus violines comparten espacio con el dj.

—¿Es cosa mía o lo de asentir y negar lo hemos hecho más veces?

—¿Lo hemos hecho? —sonreímos, bueno, en ningún momento nuestras sonrisas han desaparecido.

Somos los únicos de la fiesta del bufete que rodamos en un vals, los colores de los vestidos se desdibujan a medida que pasan y ambos intercambiamos sonrisas mientras la música sube, alentando las vueltas y las inclinaciones de baile.

Hay un segundo que las miradas entre los que nos rodean y Nate, me hacen ser consciente de lo orgulloso que está de mí.

El agradable mareo que siento cuando me guía con vertiginoso deleite, contribuye a aumentar el hechizo que me envían sus ojos cada vez que me mira.

—Estás preciosa, Sidney.

Tras recorrer la mayor parte de la pista, las cálidas manos de Nate se posan en la zona baja de mi espalda, rodeando su cuello nos balanceamos, él me mira intensamente a los ojos antes de besarme en la frente con afecto.

Ese gesto me enternece tanto que me dejo llevar por la situación, apoyada en el fuerte cuerpo del chico que me contempla con una emoción traviesa, disfruto de la sensación de calidez que me rodea.

Hasta que siento el cuerpo tenso de Nate bajo el mío y sus brazos rígidos.

Al levantar la cabeza veo su mirada perdida en un punto fijo, su cara cambia a una expresión fría y disminuye la velocidad a medida que la música se vuelve tan irregular como su respiración.

Cuando me giro en esa dirección me aleja bailando al centro de la pista, haciéndome desviar la vista de un hombre que le observa.

La próxima vez que nos acercamos al borde de la pista, está allí.

Y sin darnos cuenta la música aumenta, el tiempo se ralentiza y un músculo se contrae en la mejilla de Nathaniel.

Todo vuelve a su ser, menos Nate que está paralizado, siendo una actitud tan poco habitual en él, agarro su mano y tiro suave.

El alivio se dibuja en su rostro al girar la cabeza en mi dirección, pero un empujón a su espalda con fuerza se me lleva por delante haciéndome tambalear.

La imagen de verme casi en el suelo si no llega a ser por la firmeza con la que me agarraba, le enfurece más que el propio golpe que se llevó en la cara.

—¿Estás loco? —se enfrenta al tipo de unos cuarenta años que no se achanta.