Cuatro son multitud tres no 36
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Cuando me apliqué el protector solar en el rostro con la ropa de deporte ya puesta, observé al burrito que dormía con la boca entreabierta.

Desde que le tumbé anoche en la cama no movió ni un solo músculo.

Aunque la temperatura de la habitación era agradable, me sabía mal que pudiese coger frío o estar incómodo, así que decidí taparle con la mantita del sofá.

Al acabar mi rutina facial, me dio pena verlo tan destapado.

Lo envolví con la colcha. Me entró tanto la risa que temí despertarle.

Nada, oye; seguía durmiendo como un bebé.

Sí. Inmortalicé el momento con una foto.

Espero que ahora al volver de hacer ejercicio esté despierto; como siga durmiendo empezaré a preocuparme.

Le doy un poco más de tiempo para que se revuelque en su propia vergüenza antes de mirarme a la cara.

Su ego de macho estará herido. Al pasar por recepción pedí que subieran un desayuno a la habitación, yo he tenido muchas resacas y se agradece tener a alguien que te cuide hasta que tu cerebro se recompone.

«¿Te refieres a la última? ¿Esa en la que Austin te cuidó?»

Entro en la habitación en silencio, con cuidado de no hacer ruido al dejar el móvil y la tarjeta en la mesa, me siento como un soldado evitando las minas en el desierto.

—Estoy despierto —oigo en el momento que hago malabares para no tirar el frasco de colonia.

—Buenos días —susurro mirándole. No puedo evitar reírme.

Apoyada en la mesa y él todavía envuelto en la manta nos miramos.

—¿Hice o dije algo que te molestase?

No sé si la mueca de su rostro es por el dolor de cabeza o por si tiene que pedir perdón por algo que no recuerda.

—Aparte de lo de La bichos… —sonríe, restregando la mano por su cara hasta revolver su cabello me mira. Durante el boxeo le vi con el pelo sin gomina, pero he de reconocer que recién levantado tiene su encanto.

—¿Qué recuerdas? —pregunto mordiéndome el labio con una ceja arqueada.

Nate suspira, con las manos detrás de la nuca golpea el cabecero blanco de la cama haciendo memoria. Está molesto consigo mismo por haber bebido hasta el punto de no recordar.

—No me ofendiste en nada —lo tranquilizo.

Y mentira no es, lo peor que hizo fue pedirme un beso, si me hubiera besado sin permiso tal vez si me hubiese molestado. O no. Quién sabe. Respecto a lo que confesó, me lo voy a guardar.

Justo en el momento que pregunto si quiere entrar al baño porque voy a ducharme, el servicio de habitaciones llama a la puerta.

Con un por favor me pide que abra porque tiene que cambiar el agua al canario.

Tal cual. Y se queda tan ancho. Mientras desayuna con cara de bobo agradecido por no dejarle tirado, le informo que han estado llamando a su teléfono.

—Nathaniel —le llamo asomándome por la puerta del baño. Enseguida levanta la cabeza del móvil, corrigiéndome, como de costumbre—. Nate —digo con sorna—, me preguntaste si podías besarme.

Su mirada se clava en mí sin importarle que la tostada que mojó en el café se rompa. ¿Quién moja tostadas en el café?

—¿Me dejaste? —sus ojos se abren con una mezcla de incredulidad y deseo.

—¿Te dejé? —poso el dedo en mi labio fingiendo no acordarme.

Un poquito de maldad nos viene bien en el juego que nos llevamos desde que nos conocimos, ahora que sé su secreto las reglas del partido serán más equitativas. Antes o después, siempre se acaba recordando lo que has hecho en una noche de borrachera.

«Lo sabes por experiencia».

Cuando salgo con el albornoz puesto, Nate entra en el baño para volver a salir.

De nuevo con el nerviosismo que le acompaña en este viaje, le digo que se dé una ducha y se tranquilice.

Más calmado, sale con la toalla a la cintura mostrando un par de tatuajes.

Sentándose a los pies de la cama, donde me encuentro tranquilamente tumbada contestando mis mensajes, me pide que le acompañe a casa de su madre.

Confuso por lo que pueda interpretar, enseguida aclara que la única intención de la petición es por si le da una pájara conduciendo por culpa de la resaca.

Como si lo hubiésemos hecho cientos de veces, cada uno sigue su rutina sin estorbarnos: mientras él se afeita la incipiente barba —con la cual está más guapo—, yo seco mi cabello.

Al hacerse el ofendido cuando el aire del secador le vuela el tupé, me empiezo a divertir haciéndole rabiar.

Él amenaza con llenarme la cara de espuma de afeitar.

Sí, treinta y pico de años tenemos, hola qué tal.

El momento de vestirnos es más complicado, puesto que el Nate controlador vuelve a la carga.

—¿Para esto si vas a decirme qué ponerme? —lo miro desde el suelo con las converse blancas en la mano. Tengo ganas de tirárselas a la cabeza.

—No quiero que mi madre te vea encantadora, sino una estirada —confiesa poniéndose una camiseta de manga corta azul claro.

—Entonces me pondré tu ropa —ríe—. No tengo intención de conocer a tu madre, solo voy por si tengo que conducir.

—No te pido que te cambies, solo que te pongas tacones.

«Póntelos tú». ¡Qué coño!

—¡Póntelos tú! —Una carcajada inunda la habitación.

—Lo has dicho en alto —dice divertido.

—Lo sé. Estos me voy a poner —lanzo los zapatos verdes casi fosforitos en su dirección.

—No, esos le gustarán —¿Por qué a todas las madres les gustan? Sin dejar de sonreír coge el reloj de la mesilla para ponérselo.

—Se los regalo — añado cuando él los recoge del suelo.

—Venga Sidney, ni siquiera te he pedido que te maquilles.

—Faltaría más.

¿Para qué voy a maquillarme? ¿Para desmaquillarme y maquillarme en unas horas? Tonterías.

Y tras su mirada, su sonrisa y su asentimiento de cabeza parece que mis pensamientos han vuelto a hablar en susurros.

Te odio, ¿vale? Deja de hablar en alto.

«No quiero».

Cansada de oírle, accedo a ponerme los tacones negros.

Estoy segura de que lo hace para que no conduzca, aunque haya dicho que me lleva en caso de emergencia.

Añadiendo la americana negra al vaquero azul y a la camiseta blanca, estamos listos.

Quejándome de lo absurdo de tener un coche y no usarlo, Nate sube a por la llave.

Con la música de su reproductor conectada al coche, ponemos rumbo a las afueras de la ciudad.

La última vez que me monté en un coche que conducía él la cosa no acabó bien, pero este viaje tiene pinta de ser diferente.

Más sereno, a pesar del ritmo atronador de Twenty One Pilots.

Me sorprende que suene solo ese grupo; más me sorprende que tengamos el mismo gusto musical.

De reojo le observo conducir, disfrutando de la música, cantando de vez en cuando.

Me gusta ver que disfruta de un momento tan simple.

Mi esfuerzo por mantener en secreto lo mucho que me gusta el grupo, se esfuman al sonar Ride, una de mis canciones favoritas. Una sonrisa de oreja a oreja aparece en la cara de Nate cuando empiezo a cantar, riéndose de mí al trabarme la lengua en el rap y a él salirle tan perfecto.

Tras recorrer varios kilómetros, llegamos a un barrio familiar, rodeadas de unos jardines más grandes que algunos parques de la ciudad.

Adentrándonos por un camino privado, Nate bordea una pequeña jardinera redonda antes de detener el coche detrás de un Jaguar todoterreno, negro aparcado frente a una hermosa y enorme casa.

Burlándose de mis quejas por haberme hecho poner tacones, sale del coche anunciando su pronta vuelta.

Dos perros y una niña de unos seis años salen a recibirlo; con la pequeña en brazos, traspasan la puerta de cristal.

En su ausencia, salgo del coche para estirar las piernas y llamar a mi madre, poniéndonos al día de los dos días que han pasado desde la última vez que hablamos.

Mientras me cuenta las noticias sobre mi hermana, me quedo embobada mirando la fachada pintada de color blanco con los tejados y bordes de las ventanas en negro.

Un acogedor porche delantero, al que se puede acceder por un cuidado césped y un camino de piedras, está adornado con unos muebles exteriores y un columpio colgante.

Despreocupada con los brazos apoyados en el techo del coche me despido de mamá cuando una voz de mujer me sobresalta.

Al darme la vuelta me encuentro a una señora muy entusiasta; con una gran sonrisa me saluda llamándome querida y presentándose, entre tanto Nate pasa por mi lado con un portatrajes negro que mete en el maletero.

—Venga, pasad a comer —insiste Lynette—. Es un viaje muy largo y estáis muy delgados.

Cuando Nate cierra el maletero se apoya en el coche con las manos en los bolsillos, cree que no le veo, pero se está riendo, me vengaré de esta encerrona.

—Os dejo solos, queridos —dice al ver que miro a su hijo—. No tardéis pareja.

—Mamá, te he dicho que es una amiga.

—Tonterías.

—¿Sabías que sucedería esto? —pregunto una vez solos. Tocándose la sien se encoge de hombros.

¿Por qué todos piensan que somos novios? Ni si quiera sabía que me caía bien hasta anoche.

Teniendo en cuenta la hora y el hambre que tengo, decidimos pasar a comer.

Un par de bancos tapizados en terciopelo rosa intenso —parecen tan caros como todos mis muebles juntos—, nos dan la bienvenida en un acogedor vestíbulo con vigas de roble blanco en el techo, paneles blancos y armarios ocultos a ambos lados de la entrada.

Orgullosa de su trabajo, Lynette me enseña la planta baja de la casa; es luminosa, combinada con detalles de diseño fresco.

Al ofrecerme a ayudarla en la cocina, me fijo en cada detalle del hogar en el que creció Nate: las luces colgantes sobre la isla, los aparadores personalizados, las baldosas para salpicaduras, los apliques de pared, las sillas de la isla tapizadas a medida…

una elegante y fría casa abierta, aunque también cálida, serena y acogedora. Es un hogar lleno de vida.

Cuando me echa de la cocina, su hermanita, Nate y yo ponemos la mesa que hay en el porche cubierto de la zona de la piscina.

Bueno, más que una piscina, menuda zona.

Al otro lado de la piscina hay dos mini casas con un área de descanso con tumbonas, salón y bar, chimenea, televisión oculta, calefactores de techo y por si fuera poco ¡pantallas enrollables!

—para ver bien a los cups— especifica Nate riendo.

Y ojo, cuidado, todo con cortinas para poder utilizarlo todo el año.