Cuatro son multitud tres no 35 #3
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Vaya, vaya. No conocía a este Nate rebelde.

Con una mirada cómplice doy un pequeño sorbo a mi vino rosado antes de decirle a Erik que de él no puedo decir mucho, solo que es demasiado inteligente como para ser la sombra de estos tres idiotas, también señalo a Nate. De Albert solo veo que es guapo y educado.

—Y tú Darren, eres un capullo, machista.

—Si hostia. Una mujer decidida, brindo por ti —dice levantándose para chocar su vaso con mi copa.

—De Nate no has dicho nada —dice Albert.

—Desde que conozco a Darren, Nate es el hombre perfecto.

Sonrojado y algo orgulloso, Nathaniel anuncia nuestra marcha en el mismo momento que un camarero se acerca a comunicarle que su pedido está listo.

Ofreciéndome la mano, agradece a sus amigos la invitación a comer.

Sin detenernos a abrigarnos el sumiller le da a Nate ambos abrigos y la bolsa del restaurante con nuestros postres.

Con la adrenalina tan alta como si estuviésemos huyendo de algo ilegal, caminamos entre risas todavía cogidos de la mano.

Rodeada de gente que no tienen nada que ver con los de la comida, hemos cenado unas pizzas en un local tan acogedor como La Esquinita.

Llegamos los últimos y me ha presentado como una amiga.

Tal vez lo hizo a propósito para presentarme una sola vez.

Me sorprende, pero me reconforta saber que no todo en su vida es apariencia y fachada.

Cuando Nate me presentó, uno de ellos recordó a una tal Sidney del lago al que su primo les llevó un par de veces de pequeños.

—La bichos, ¿te acuerdas?

—Es ella —confirmó Nate, encogido de hombros.

—¿La bichos, eh? —le dije riendo.

En su día me habría sentado fatal, pero reconozco que me pasaba el día salvando a las lombrices que usaban como cebo.

Durante la noche no he tenido que fingir ser perfecta ni Nate lo parece.

Sigue con su pelo engominado, pero su vaquero y su camiseta básica le hacen parecer una persona normal.

Al comprobar su teléfono en el hotel, tenía varios mensajes de sus amigos de toda la vida presionándole para acudir a su bar de siempre.

A punto de ponerme cómoda para pedir la cena, me preguntó si quería ir, «Como Sidney, no como mi novia», se burló.

Estaba cansada después de toda la tarde pateando Chicago, aunque me alegro de haber venido.

Estoy conociendo más facetas de las que conocí horas antes.

No sé en qué momento del camino nos abrigamos.

Sin más planes en su estricta agenda, decidimos recorrer Chicago.

Cuando me soltó el comentario tan desagradable sobre mi vestido la noche que le conocí, lo vi como un chico arrogante y amargado con el que jamás podría divertirme.

Reconozco que en esta tarde de turismo me he divertido como hacía mucho.

He podido reírme con su versión menos exquisita y más torpe al comernos por la calle las tartas de chocolate y queso que habíamos decidido tomar de postre.

También he descubierto su faceta cómica en la visita al museo de arte cuando ha fingido ser un trabajador del centro, sin saber dónde meterse cuando más gente se unía a su charla.

Y la que más me ha sorprendido ha sido su momento tierno y comprensivo cuando se ofreció a llevarme a cuestas, hasta la habitación cuando empecé a querer lanzar los tacones.

Avergonzada —no mucho—, acabé en su espalda siendo un divertido espectáculo para los huéspedes que salían y entraban del hotel.

Desde la lejanía del sofá en el que me encuentro, observo a un Nathaniel despreocupado compartiendo bromas con sus amigos.

Un Nate que ríe a pleno pulmón. Un Nate bailongo y un Nate borracho, muy borracho.

Cuando se dirige solo a la barra aprovecho para acercarme y pedirle al camarero que no le sirva más.

Con un grito al oído para que pueda oírme a través de una canción que tiene pinta de llamarse Mon Amour, le digo que es hora de ir a dormir, Nate se hace el remolón e intenta pedir una cerveza a una camarera que pasa por detrás de la barra.

Un juego de manos empieza acompañado de comentarios incoherentes por su parte haciéndome reír como lo hacia él antes.

—Gracias por venir —desplomado encaja su cuello en mi hombro a la vez que deja caer sus brazos por mi cintura—. Perdón —dice cuando su mano roza mi trasero.

Una leve sonrisa se me escapa en su oído, sin poder evitarlo rodeo su cuello, siento su nuca algo sudada. Mas que nada es por sujetarle, pero tampoco me está incomodando el tener que cuidarlo de esta manera. Me parece entrañable verle así de vulnerable.

—Así creerán que somos novios —dice dándome un beso en la cabeza.

—Pero si me has presentado como tu amiga.

—Espera, te abrazo más largo.

«Madre mía. Si se le traba hasta la lengua».

Haciendo caso omiso a mi comentario me abraza por el cuello, enterrándome en su pecho a causa de nuestros veinte centímetros de diferencia. Tras el abrazo, sujeta mi rostro con delicadeza por las mejillas, elevando levemente mi cabeza para poder mirarnos.

—Gracias —repite varias veces—. ¿Puedo besarte? —me pregunta serio.

Una carcajada sale de mi garganta y un —no— pasándole la mano por la cara divertidamente.

—Jo —se lamenta apoyando la cabeza en la mía—, pues bailemos —me pide rodeándome la cintura para arrastrarme a la pista de baile.

El temor a caernos me incita a rodear su cuello.

Menos mal que no puso impedimento a ponerme lo que quisiera, porque si llevase tacones ya estaríamos los dos en el suelo más pringados que un caramelo en la mano de un niño.

Las vueltas incoherentes que damos molestando a los demás son divertidas, durante un rato me dejo llevar.

Me olvido de todo. Me divierto. Se divierte.

Nos divertimos bailando de cualquier manera que no tiene nada que ver con la música que suena.

—Es hora de irse —digo seria.

Él niega con la cabeza.

Yo afirmo.

Ambos sonreímos de la mano.

Desde que pisamos la pista una de nuestras manos siempre ha estado unida.

—Vamos, Nate —tiro de él en vano.

—Nathaniel es mi nombre.

«¿Qué? ¿Ahora sí es Nathaniel? Va muy pedo, no me gustaría ser mañana su cabeza».

—Si, ese es tu nombre —doy unas palmaditas en su cabeza al desplomarse de nuevo.

—Sólo tú —utiliza mi cadera de apoyo, otra vez.

—¿Sólo yo qué?, Nate.

—Nooo —hace pucheros como un niño. La verdad es que es gracioso, cuando se acuerde de todo esto se querrá meter bajo tierra—. Nathaniel —dice mirándome.

—Vale, Nathaniel —sonríe feliz.

Esto es lo más surrealista que he vivido nunca.

«Eso dicen los que te recogen borracha».

—Me gusta mucho —confiesa antes de abrazarme de nuevo. Está más pegajoso que el suelo.

—Vamos a dormir ya —empujo hacia la salida sin separarlo de mí. Despacio, porque cómo pesa, madre mía.

—¿Juntos? —levanta la cabeza mirándome pícaramente.

—Si claro, Nathaniel.

—Llámame Nathaniel —me pide. Santo cielo.

—Si nos vamos te llamo Nathaniel.

—Me parece justo.

Con ayuda de una de sus amigas que nos cruzamos por el camino, conseguimos meterlo en un taxi, a la llegada al hotel uno de los chicos de la entrada me ayuda, pero la odisea que paso del ascensor hasta que lo consigo tumbar en la cama, tela.

Nate apenas colabora, salimos un minuto más tarde de la disco y se me desploma en mitad del camino.

Va a ser divertido cuando se acuerde de esta noche.