35 #2
Tomándome en serio sus palabras del pasado, mantenemos la mirada, desafiamos al otro en ser el primero en romper las malas formas que nos dedicamos desde el trayecto en coche.
—Sé que te cuesta mantener la boca cerrada.
Una sonrisa adorna su cara cuando mi ceja se arquea e imitando su gesto me acerco hasta él. Gracias a los tacones que me envió Vikki, no parezco tan bajita frente al metro ochenta de Nate.
—¿Apostamos? —pregunto centrando su corbata.
—¿Estás segura?
Intenta ocultar una sonrisa con su mano, pero sus ojos muestran la pillería con la que habla. A la espera de que me siga el juego, mantengo mis manos ocupadas retorciendo su corbata.
—Muy bien —devuelve su mano al bolsillo sin apartar la vista de mí—. El que gane podrá pedir tres favores, sin opción a replica.
—Si gano no solo me deberás tres favores, sino que no me pedirás más —añado.
Y con un apretón de manos cerramos un trato que puedo ganar, aunque ambos sabemos que si quiero ganarlo me tendré que morder mucho la lengua. Sin embargo, él no sabe que, si estoy cabreada, y lo estoy, puedo ser la persona más callada del universo.
Cogiendo el bolso y el abrigo de encima de la cama le meto prisa recordándole la hora de la comida.
—Tienes la corbata torcida —le indico antes de abrir la puerta.
Llegamos al restaurante en Uber, puesto que Nate no quiere conducir si se toma alguna copa de vino.
Soltó una carcajada cuando me ofrecí a llevarlo y me hice la ofendida, provocándole otra carcajada.
No soy una borracha, que conste, solo que hay ocasiones que se sobrellevan mejor con una copa, o dos.
Llevamos un rato ya sentados a la mesa, vamos por el primer plato; he de reconocer que la Burrata con tomates que Nate me recomendó como entrante estaba deliciosa.
De momento la apuesta la voy ganando yo, aunque sí, desde hace unos minutos intento mantenerme fuerte y no pedirle al camarero que deje la botella en la mesa.
Sé que si empiezo a beber más, no solo perderé la apuesta, sino que responderé cosas de las que luego me arrepienta.
O provocaré una discusión con el chico rubio de al lado, que ahora está mucho más despreocupado y sonriente.
Tres chicos más nos acompañan en la mesa redonda con mantel blanco, todos de nuestra misma edad y con sus trajes caros.
Uno de ellos, Erik Park, súper tímido, abrazó efusivamente a Nate cuando llegamos y, sin conocerme de nada, a mí también.
Los otros dos le recibieron chocando el puño sin más, aunque hay uno que es mucho más pedante que él, que ya es decir: Darren Milles.
Ni siquiera se levantó. Lo que sí hizo fue una radiografía mía de arriba abajo y soltó un «aprobada».
Tuve que morderme la lengua. Asqueroso. Nathaniel le agarró de los hombros expresándole al oído algo que no escuché, pero que por su cara fue un reproche.
El tercero sí que se levantó y, avergonzado, dijo: —No le hagas caso, soy Albert Holt —, con una sonrisa.
Respondiendo con educación a las preguntas que me hacen, me decido a comer y beber a sorbos pequeños para que así me dure más la copa llena.
La verdad es que no me interesan nada sus conversaciones, que si chicas por allí, chicas por allá, que si la de litigios, que si la de defensa, que si la nueva secretaria de noséquién.
Con la copa apoyada en los labios observo el panorama.
Darren no puede ser más básico y más bocazas; es quien habla así de todas sus compañeras de trabajo mientras los otros dos le ríen las gracias.
Sin poder evitarlo miro a Nate; se le ve algo incómodo hablando de los culos de todas ellas, no sé si porque estoy delante o porque no le gusta hablar de esos temas.
Nuestras miradas se cruzan y su sonrisa me pregunta sin hablar si pienso decir algo y cerrarle la boca.
¿Me está dando permiso? ¿Es una trampa? ¿De verdad quiere que se calle? Mira me da igual la apuesta, que me pida todos los favores que quiera si así se calla el hetero básico ese.
—Y por eso soy la única mujer presente.
—¿Qué has dicho? —dice Darren.
—Que espero que el segundo también esté perfecto.
Bebiendo de mi copa veo a Nate, agacha la cabeza y sonríe. Él si escuchó mi comentario.
A mitad del segundo plato, un salmón riquísimo que escogí, aparece un hombre serio.
Viste un traje más caro que todos los de la mesa juntos y viene a saludar a Nate.
Los demás se levantan de la mesa haciendo algo parecido a una reverencia, llamándole jefe.
Por Dios, mira cómo están ahora con el rabo entre las piernas.
Educadamente me levanto junto a Nate a saludar con una sonrisa.
Cuando Nate se dispone a presentarme, dice mi nombre completo antes de que pueda abrir la boca, comentando que conoce a mi padre y vio mi foto en su escritorio:
—Más guapa que en la foto.
Mi cara descompuesta se descompone más ante las sornas de Milles, las felicitaciones a Nate y las burlas del motivo por el que fue a Nueva York cazar a una de las hijas de Daniel Colbert.
El rubio intenta acallar esos comentarios, pero me produce un rechazo tan grande que ni su defensa ni que los matase a todos limpiaría el asco que me da ahora mismo.
Disculpándome, me retiro al servicio con mi bolso.
Por eso tanto hermetismo.
Por eso me quería aquí.
Por eso me quería callada.
Por eso solo quería que fuese a la gala, porque con mi nombre le bastaba.
El reflejo del espejo me mira riéndose de mí, llamándome ilusa por creer que este viaje no tenía una intención oculta.
«¿De verdad pensabas que te traía por tu cerebro?»
…
«Eres una mujer florero más»
—Ánimo, nena —dice una chica rubia y joven que se retoca el maquillaje.
¿De dónde ha salido?
«Ni siquiera ves lo que tienes delante»
—¡Calla! —me grito a mi misma, callando esos pensamientos.
Con el grifo del agua fría abierto observo irse por el desagüe el líquido transparente, quiero desaparecer por el mismo lugar.
Un escalofrío recorre mi piel con el contacto del agua, calmando así el calentón que puede explotar en cuanto salga por la puerta.
Mojando también el cuello para evitar estropear el maquillaje, ¡maldito maquillaje!
Por poco que sea no me apetece salir ahí fuera convertida un panda, no quiero dejar rastro del malestar que tengo ahora mismo por dentro.
Antes de volver a la mesa con esos inútiles, me siento en uno de los taburetes de la barra a ahogar mis penas o en este caso, a recargar el detonador.
En el momento en el que pago al camarero el precio del whisky que me sirve, porque no, no soy una mujer florero y puedo permitirme mis copas, Nate aparece a mi lado apartando el taburete que le estorba.
—No lo hagas —detiene el vaso en el aire. Impidiendo que me lo lleve a los labios, nuestros dedos rodean el cristal.
Con los codos apoyados en la barra nos miramos. No sabría decirte qué piensa. Su rostro es una mezcla de preocupación, timidez, miedo, pena… Todo lo contrario al mío, que siempre es un libro abierto. Deseo que me lea la mente para no tener que hablar.
—Ni siquiera sabía que conocía a tu padre.
Un suspiro acompaña a un —joder, Sidney— después de soltar el vaso y apoyar los dos codos en la barra.
Tampoco puedo huir, aunque quiera. Desde nuestra llamada telefónica los mensajes que intercambiamos fueron amables y me agradeció varias veces que le acompañase en este viaje.
A pesar de aceptar algo forzada, lo vi como algo positivo para evadirme de mi rutina.
—Puedes volverte a Los Ángeles o a donde quieras —dice derrotado—, quédate en la habitación hasta que salga tu vuelo —concluye, dedicándome una última mirada.
Sin pensármelo dos veces tiro de su chaqueta arrastrándolo de nuevo a mi lado, algo en mi interior me dice que no miente.
—Por qué yo —apoyo el vaso en la barra y le miro.
Con la cabeza agachada fija la mirada en sus manos entrelazadas, a punto de coger la copa que no probé yo.
—Intenté que no fueras tú —dice al fin, en busca de mi reacción. Mi ceja arqueada le demuestra que no entiendo nada. —Llevaba semanas teniendo citas y todas fueron un desastre.
—¿Las chicas o las citas? —pregunto en un tono de burla.
—Al principio las citas —mi broma parece relajarle, ya que me cuenta más sin apartar la mirada—. Muchos camareros las confundían con mi hermana.
Sonriendo brevemente coge aire acercándose el vaso y como me hizo él, coloco mi mano sobre la suya para evitar que se lo beba de un trago, con la diferencia de que él no pone resistencia. Apartándolo de nuestro lado nos miramos.
—Desde que nos confundieron como pareja durante las visitas a las casas, cada conversación que tenía con una mujer era superficial. Tú tienes tus propios pensamientos, tus principios, eres inteligente, divertida… no eres una mujer florero. Sólo te veía a ti aquí.
«¿Qué coño es esto? ¿Se está declarando?»
—Sólo a ti te podían confundir con mi pareja sin necesidad de decir que eres mi pareja.
Wow. Aquí sí que me he perdido.
—También podías haber venido solo.
—No, no podía. Yo… no —los nervios aparecen de nuevo.
Verlo de esta manera, teniéndole miedo a venir a este viaje solo, me hace verle de una forma entrañable. Dándome ganas de acurrucarlo entre mis brazos y espantar esos demonios.
—¿Puedo abrazarte?
Mi pregunta le extraña, pero sin que ninguno diga nada, rompo el espacio que hay entre nosotros para rodearle por el cuello.
Con su cabeza enterrada en mi cuello me sujeta fuerte de la cintura.
El abrazo es sincero por parte de ambos, por alguna razón el destino ha juntado a dos personas que no se aprecian demasiado y las ha empujado a pasar juntos una mala racha.
Cuando me doy cuenta de que dura lo suficiente para que parezca que somos pareja, lo rompo.
—También puedes darme un beso —sonríe, sin separar sus brazos de mi cintura.
—No —digo rápido sacándole una sonrisa.
—Había que intentarlo —se lamenta juguetón—. ¿Te apetece que nos vayamos de aquí?
—Por favor —pido bajando del taburete con su ayuda.
De la mano recorremos el trozo que hay hasta la mesa, deteniéndonos junto a un camarero al que le pide nuestros postres para llevar.
Al sentarnos de nuevo, a la espera de nuestro pedido, el chico que todavía me sujeta fuertemente la mano la suelta posándola en mi rodilla, me susurra si se me ha pasado la incontinencia verbal.