Cuatro son multitud tres no 35
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—¿Dónde estás?

—En mi casa —miento. Desganada dejo el aparato sobre la oreja.

—En tu casa no estás porque estoy en la puerta.

—Igual no te quiero abrir, ¿has visto la hora? —digo sin saberla. Miro el móvil, las cuatro y cuarenta y nueve de la mañana—. Estoy durmiendo.

Oigo cómo se desespera a través del teléfono.

—Tú lo has querido. El jueves a las nueve de la mañana te pasaré a buscar. Nos vamos a Chicago.

No puedo evitar echar una carcajada ronca.

—¿Te crees que no tengo vida? —se escucha el fuerte golpe de una puerta de coche cerrándose.

—Quería hacerlo por las buenas. Me estoy cobrando el favor. Lleva ropa de gala.

—Que te deba una no significa que esté para ti cuando tú quieras. Cuelga.

El motor del coche deja de rugir. Agradecida por el silencio que queda tras el suspiro interminable de Nate, estiro la manta, envolviéndome como un gato para poder disfrutar de las horas que me quedan hasta que suene la alarma.

—No te hacía un martes en la cama a las ocho de la mañana —su voz débil resuena en mi oído.

—Te dije que colgases.

—¿Estás bien? —pasa olímpicamente de mi comentario.

—Estoy en Los Ángeles —paso también de su pregunta.

—Ah… si lo hubiera sabido hubiese…

—¿Sido más amable? —interrumpo.

—Esperado una hora

—Capullo —suelto divertida, sacándole una risa que detiene para decirme que no he contestado si estoy bien—. Nos vemos en Chicago.

Tranquila de haber dejado a Keila y Dirk igual de enamorados que hace once años y sin riesgo de divorcio, me subí al avión con las mismas ganas que de correr una maratón.

Intentando ocultar mi malestar, me dirijo a la puerta de salida en la que me espera Nate, de brazos cruzados en un deportivo gris.

Con sus pantalones caqui y su abrigo negro, pone a caminar sus zapatos marrones nada más aparezco en su visión.

Recorre la corta distancia con rostro serio, aunque amablemente pregunta cómo fue el viaje.

Al confesar mi cansancio, se ofrece a llevar la pequeña maleta.

A pesar de mi negativa, me la quita de las manos y la mete en el maletero.

Al subir al coche siento el cambio de temperatura del frío de Chicago al calor que desprende la calefacción, en cuanto entra apunta que si quiero puedo descansar un rato en el hotel antes de ir a la comida con sus compañeros de trabajo.

Agradecida le enseño una dirección pidiendo que nos desviemos para ir a recoger un paquete que Vikki envió a su exnovio, con su habitual seriedad comenta que no llevará nada ilegal en un coche alquilado.

—¿Si fuera tuyo si lo llevarías? —le miro de reojo.

Ambos esbozamos una sonrisa.

—¿Qué hago aquí, Nathaniel? —pregunto después de un rato callados, escuchando las noticias de la radio—. Y no me digas que cobrarte un favor —digo cuando está a punto de abrir la boca.

—Es la casa verde —dice al detener el coche en una calle poco transitada.

Sin saber qué hago en la ciudad del viento, salgo en dirección al portal en el que John me espera.

Cuando Nate me exigió que tenía que llevar ropa de gala, decidí llamar a Vikki.

No pienso estrenar una sola prenda para pasar un fin de semana con el gominas.

En una videollamada eterna donde le conté a medias mis planes, le pedí que metiese en una caja dos trajes de chaqueta de mi armario, dos vestidos de gala de casa de mi madre y varios pares de zapatos y lo enviara todo a su ex.

John es la única persona que conozco en Chicago. Por supuesto, hablé con él antes

Desde que John abandonó Nueva York, he hablado con él dos veces escasas.

Me cae súper bien y en la separación yo estuve de su parte por lo mal que se portó Vikki.

No supo gestionar el decidir mudarse a otra ciudad por amor y la incertidumbre decidió por ella.

Con un abrazo y una breve conversación le agradezco el enorme favor que me ha hecho.

Vikki metió en la caja más cosas de las que le pedí.

Estoy segurísima. Una caja tan grande no es para cuatro cosas.

Tan caballeroso como acostumbra, Nate sale del coche a mi encuentro. Presumiendo de su fuerza, coge la caja y la guarda en el maletero.

—¿Qué hay en la caja? —pregunta una vez en marcha.

—¿Qué hago aquí?

Sin conseguir ninguno la respuesta esperada, cambia a las noticias sobre las caídas y las subidas de las acciones en cada semáforo, para quitar la emisora de música que pongo. Empezamos un rifirrafe que acaba cuando, molesta, apago la radio para no oír hablar de números y dinero a esas horas.

—He tenido que reservar una habitación.

Por el rabillo del ojo puedo ver cómo me dedica una mirada fugaz ante mi silencio.

—¿No dices nada, Sidney? —Río—. ¿Qué? —su mirada se alarga por culpa de un pequeño atasco.

Genial. Me acomodo en mi asiento, este viaje será más largo de lo que ya me lo parece.

Nate insiste en que hable, ¿para qué? Ya ha escrito él cómo tiene que ser todo: mi horario, lo que tengo que llevar, cuándo tengo que comer, cuándo puedo descansar, cuándo debo hablar.

Hasta ha decidido que tenía que venir y sin saber todavía qué hago aquí.

—Mi opinión es irrelevante.

La bocina de un coche interrumpe las palabras que Nate quería decir.

En el silencio más absoluto e incómodo que he vivido con él desde que lo conocí, llegamos al hotel.

Al preguntar por la habitación para acudir directamente sin tener que montarme en el ascensor con él, me dice que todavía hay que hacer el check-in, sacando del maletero mi maleta, la suya y el paquete. ¿Todavía no ha pasado por el hotel?

—Mi avión llegó media hora antes que el tuyo —dice sin hacerle ninguna pregunta. ¿Me lee la mente?

Gracias al botones que lleva nuestros bultos y a una señora que baja en el tercer piso, la estancia en el ascensor no es tan incómoda.

Una vez dentro de la habitación me rijo a cumplir las directrices que Nate se encargó de darme por mensaje: no ser respondona, no usar la ironía, sonreír, sonreír y sonreír.

Mientras le daba propina al joven y me decía que puedo descansar un rato, yo cumplía lo de sonreír. Por eso estoy aquí, ¿no? Por favor. ¿Dormir ahora? ¿En serio? Si en una hora tenemos que estar en nosédónde para comer con noséquién.

Con mi maleta voy directa al servicio; no tengo ganas de darme ni un baño, ni una ducha, pero es la excusa perfecta para no tener que hablar con él.

Al verme en el espejo tan agotada por el viaje y el trayecto en coche, la ducha empieza a llamarme.

Poniendo en el móvil l Kill Me de Kolby Cooper, tal vez el agua caliente me dé claridad en todo esto.

Envuelta en uno de los albornoces, salgo del baño encontrándome la habitación vacía, la maleta de Nate está junto al armario sin deshacer y la caja en la cama con una nota encima.

Tómate tu tiempo, no hay prisa.

N.

Pensativa, observo la nota sentada. Tanto mensaje repetitivo para que todo sea perfecto y ahora me dice que no hay prisa.

¿Tú entiendes algo? Porque yo no. ¿De verdad ha estado media hora en el aeropuerto esperando mi llegada?

¿Por qué? Hay un buen trozo hasta el hotel; podría haberme cogido un taxi.

¿Qué hago aquí? ¿Por qué está tan nervioso?

Tengo tantas preguntas que quiero hacerle…

, pero tenerlo delante solo me incita a querer darle un tortazo y no a hablar.

En todas las ocasiones que hemos coincidido he podido conocer a diferentes Nathaniel: al divertido, al abogado, al coqueto, al risueño, al egocéntrico, al caballeroso…

y hoy los veo a todos juntos, incluido al Nate nervioso que no conocía.

Dejando la nota a un lado me centro en abrir la caja. Qué cabrona. Me ha enviado ropa interior a juego con las prendas que metió.

Todo está doblado de tal forma que los vestidos no puedan arrugarse.

Por una vez me ha hecho caso y no se le ha ido la olla.

Lo que sí ha metido de extra —además de la lencería— son un par de camisas, un abrigo largo beige, un jersey, un pijama largo y un par de bolsos de fiesta.

Se agradece, la verdad. Podré combinarlo con lo que ya llevaba, si tengo ocasión.

Al abrir la bolsa de tela donde están los zapatos saco los tres pares: beis, negros y… ¿Los verdes fosforitos?

—¿Qué hago yo con esto?

Metiendo los zapatos verdes a la bolsa recojo con la compañía de The Chainsmokers y su High sonando desde el baño. Mi vida puede ser un caos, pero jamás el espacio en el que vaya a estar.

Sencillamente maquillada y con el pelo suelto me decido por el pantalón celeste combinándolo con la camisa blanca de raso que envió Vikki.

Sin noticias de Nate, me siento en el sofá blanco que hay bajo la ventana agradeciendo vía chat a mi amiga.

Aburrida de esperar me calzo los tacones beiges y me abrigo con la americana del traje, decidida a ir en busca del chico que tanto me desquicia.

A punto de abrir la puerta aparece quedándose petrificado por mi presencia.

—¿Te he dado? —pregunta, asustado. Niego haciéndome a un lado para dejarle entrar.

—Iba a buscarte.

—Ok —dice seco, de camino al baño tira la chaqueta sobre la cama antes de coger su maleta.

Me lo merezco. No conocía al Nate infantil. Me hace gracia ver en él esa misma actitud de enfadarse y pasar de todo que suelo tener yo.

Cuelgo su chaqueta en la silla, me perfumo y organizo el bolso negro que llevaré.

Enseguida sale Nate con el pelo algo húmedo; a medio vestir, deja la maleta junto al armario y la chaqueta del traje en la silla antes de desaparecer de nuevo.

Esperando sentada en el sofá con mi móvil, sale de nuevo con su pelo engominado y una corbata azul oscura deshecha al cuello.

—Siento no haberte dicho el motivo del viaje.

De piernas y brazos cruzados, pero sin aparentar brusca, dejo el móvil en el sofá mirándole. Prestando atención a sus palabras…,

«De sus movimientos».

…en secreto disfruto verle anudarse la corbata frente al espejo.

—Sólo iba a ser la gala de mañana, pero surgió la comida de hoy y no me dejaron rechazarla.

Con apenas un vistazo a mi dirección coge la chaqueta que, a causa de los nervios se le resbala de las manos.

—Respecto a lo que te mantuvieses callada —continúa recompuesto. Con la chaqueta ya puesta, da unos pasos hacia mí, sin acercarse demasiado—, no era mi intención decir eso.

De pie junto a la cama esconde las manos en los bolsillos del pantalón, arrepentido espera una respuesta o una bordería de mi parte.