Cuatro son multitud tres no 34 #2
72%

34 #2

«Un adolescente rico lo estampó contra un edificio».

Y por eso es nuevo, ni dos meses le duró. Hacerme cargo del caso causó grandes protestas del amigo de Jena. Después de tres días observando mi trabajo y lo borde que trataba a su hijo, accedió. Dijo que era una recién graduada sin experiencia, pero con mucha más madurez que el resto.

—No se equivocaba Jena —dijo cuando propuse el mejor acuerdo.

Vender el coche para pagar los desperfectos y cerrarle el grifo, además de servicios comunitarios para evitar el registro policial.

Yo lo hubiera encerrado, pero quien paga manda.

Arrastraba tantas gamberradas en un año que su padre las barría debajo de una montaña de dinero.

Este no fue distinto. La diferencia: yo fui la responsable de encontrar un pacto y una cantidad con la que todos estuvieran conformes.

La primera opción del señor adinerado seguía siendo barrer sin más.

Me negué, le mandé a la mierda y le advertí que, si seguía tapando los delitos de su hijo, jamás dejaría de tener a un borrego como heredero.

Cuando el trato de dos años de servicios comunitarios le parecieron pocos, conseguí tres, también ponerle en su sitio.

Fue la primera vez que trataba a su hijo con dureza, me contó Jena al final del día en su despacho, compartiendo una botella de whisky que el señor me regaló en agradecimiento.

Mi jefa me dijo que estaba hasta el gorro de ese mocoso y sabía que yo se lo quitaría del medio durante una larga temporada.

—Voy a comprar ese coche —dije cuando Jena abría la segunda botella.

—Yo negocio por ti —chocó su vaso con el mío—, pero cámbiale el color.

Seis meses después todo está en regla. El amarillo pollo ya no existe y está arreglado. Al final fui yo quien negoció. Me presenté en su despacho sin cita; si el problema era el dinero, con una llamada lo tendría, pero quería conseguirlo yo.

Tenía mis ahorros para comprar el apartamento en el que vivo con Keila.

Es una gran oportunidad y, aunque si le pedía el dinero a mi padre me lo daba sin problemas, quería pagarme mi capricho.

Se le abrieron los ojos, e intentó subir el precio al enterarse de quién era mi padre, pero seguí en mis trece.

En cuanto le conté que quería pagarme mi capricho, entendió lo mucho que deseaba ese coche junto a la necesidad de ganármelo.

También le deseé que su hijo fuese como yo: entrar en un despacho para luchar por conquistar algo y no para retirar unos cargos.

Le pedí cuatro meses para obtener el dinero, me dio siete, necesité seis.

Gracias a los arreglos y los trámites extras, conseguí un precio decente que retrasó adquirir mi propio apartamento.

Estuve meses haciendo horas extras y trabajos oficiales que Carter me filtraba.

Pero en eso pensaré el lunes. Hoy toca disfrutar de mi victoria y despedir a Keila, que se va a Los Ángeles con su futuro marido.

Después de echarnos de dos bares por culpa de Vikki, Jael decide dar la noche por concluida, Keila y yo nos lo estamos pensando, ya no aguantamos sus tonterías, aunque al decidir ir al bar del segundo esposo de su tía se relajó.

—Algún día tendrás que madurar —dice Keila tras dejar tres vasos en la mesa.

Ambas reímos.

—Nunca lo hará —miro a mi alocada amiga. Le da igual lo que digamos.

—¿Y tú? —me mira.

Keila y yo nos miramos estupefactas.

—El pavo ese —añade.

Centramos la vista en la dirección que señala, Keila le da un manotazo alegando que es de mala educación señalar. Es el poli de la otra vez. Pongo los ojos en blanco.

—Desde que entramos no te quita la vista de encima —niego.

—Sí, yo también lo he visto.

Llevo una semana de mierda y todo empezó la mañana que nos despedimos de Keila y su novio.

Vikki soltó cosas fuera de lugar; entre ellas, echarle en cara a nuestra amiga que nos abandone por un tío: le recordé que ese tío ya era su pareja cuando nos conocimos.

Keila quitó hierro al asunto. Entendía que estuviese enfadada y triste; yo también lo estaba y no actué como una malcriada.

La quiero mucho, es prácticamente una hermana, sin embargo, no conoce los límites.

Actuó de forma indiferente desde el momento que Keila nos comunicó su decisión: mudarse porque estaban cansados de viajar todos los fines de semana. Ninguno de los dos descansaba bien, y no por miedo a una infidelidad —impensable en ellos—, sino porque se necesitan cerca, aunque sean cinco minutos.

Hay personas que convierten cinco minutos en una vida.

Cinco minutos son los que le bastaron a Matt para lograr una cita.

Y una cita se convirtió en el oasis que alegró cada uno de los días de mierda de esta semana.

Ayer, en el cine, confesó no querer esperar una semana de charlas para verme de nuevo.

Cada día, el ratito que nos veíamos le parecía eterno, pero quería charlar frente a frente, sentados y sin llamadas que nos obligaran a volver a nuestras obligaciones

—Quiero ir sin uniforme —lo dijo serio, aunque yo me reí.

«Va mucho más guapo que ayer».

Va igual de guapo que ayer, aunque reconozco que la camisa y la americana no le sientan mal.

Sonriente se acerca a mí, la timidez nos invade a los dos, pero por fin nos damos el abrazo largo que llevo esperando tras el poco, pero intenso, tiempo que compartimos cuando se acercó a mí en la barra pidiéndome precaución con el alcohol porque no tenía turno.

—Seguro que conozco a un agente más interesante —bromeé.

Ambos esbozamos una tímida sonrisa, charlamos sobre la vida y sobre la chica que minutos antes se ausentó al servicio, una chica a la que apenas hacia caso por distraerse conmigo.

—¿No le molesta? —Pregunté.

—Busca lo mismo que yo —intentó ocultar la seriedad encogiéndose de brazos.

En ese momento entendí su mirada y me vi reflejada en él.

Y no me gustó. No porque esté mal, sino porque jamás sabré lo que es un amor real si sigo follando con desconocidos cada semana para evitar preguntas que no sé contestar.

El ex tío de Vikki me sacó de mis pensamientos, obligándome a llevarme a las chicas a casa.

—No pienses en mí, para ayudar existen pastillas.

—¿Dónde has estado toda mi vida? —Me detuvo antes de alejarme más.

—¿Eso no es una canción de Rihanna?

Las miradas siguieron hasta que cruzó la puerta del local junto a la chica, minutos después el tío se acercó a la mesa para entregarme una nota y decirnos que no nos serviría más alcohol por culpa de Vikki.

Al romper el abrazo y mirarnos, sonreímos, hemos conseguido dejar atrás la rabia sexual dejando así que sea únicamente parte de la letra de Miss Caffeina.