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Gracias al permiso de vacaciones que Austin me ha obligado a tomarme…
«Y yo que me alegro».
…puedo hacer lo que dije que no haría.
«Por suerte no lo prometiste».
Cuando Laura me envió el día y la hora del juicio de un viejo caso, sabía que me entrometería.
La documentación que le entregué a Bentley no fue suficiente.
Lo que descubrí a posteriori no pude entregárselo, así que me presento en el juzgado como observadora.
Carter me ha llamado loca, pero no pienso perderme este juicio.
Ya no pertenezco al bufete, pero dejé un trabajo a medias que me prohibieron continuar.
Intento pasar desapercibida por los pasillos, no saludo a ningún conocido de mi padre.
Necesito llegar a la sala antes de que se llene: entrar tarde me convertiría en el objetivo de todas las miradas.
Solo intercambio gestos con el guardia de la entrada; un conocido desconocido al que le he entregado un sobre para Carter.
—Mierda.
Saludo al alguacil de la entrada y me siento en el último banco, lo más alejada de la puerta.
El fiscal me ha visto y asiente; está esperando la llegada del investigador.
Evito mirar hacia la puerta cada vez que se abre.
Lo consigo, aunque es en vano. En cuanto Darrel Wilton llega a su mesa, su segunda señala en mi dirección.
Soy el foco de atención del trajeado moreno; su rostro empieza a enfurecer y sus labios a despotricar.
La cara de desaprobación de la rubia indica que no le agrada mi presencia.
No supera todas las veces que le gané.
«O le rechazaste».
El juicio da comienzo con los alegatos, los cuales te evitaré para no morir de aburrimiento…
«Mejor cuenta quién entró. Seguro que eso le gusta más».
…los susurros de Nathaniel y sus impertinentes preguntas suenan detrás de mí como un pequeño demonio…
«Un demonio de muy buen ver».
…sus brazos se apoyan en el respaldo del banco, dejando su cara a escasos centímetros de la mía. Ese color blanco pero vivo de su tez, le da a sus ojos una luz especial, endulzando su mirada.
—¿Tan aburrida estás?
—Los abuelos ven obras; yo, juicios.
No aparto la vista del estrado, ya que sería raro mirarle. Si le miro, me pierdo, y si me pierdo, me pierdo en su olor. Un aroma masculino, fuerte y refinado. Como él.
—¿Qué has hecho ahora? —pregunta cuando el abogado me menciona.
Le miro con los ojos en blanco. ¿Cómo se atreve? Ni que la liase todos los días.
«La lías todos los días».
Darrel protesta en cada prueba que la fiscalía expone: todas denegadas.
Lo único que consigue es aumentar el mal humor de la sala, del jurado, de la jueza e incluso de la taquígrafa.
Hasta que su única opción para ganar tiempo y pausar el juicio es nombrarme, acusándome de ser la responsable de obtener esas pruebas.
—¿Es cierto señorita, Colbert? —Me pregunta la jueza cuando estoy frente a ella.
—Solo estoy de oyente, estoy a otras cosas —añado despreocupada.
—No quiero ni una protesta desde ahí atrás —hago el gesto de coserme la boca—. Sidney —volteo a mi llamado. No es nada malo. Llamarme por mi nombre solo puede significar una cosa: mi padre—. Dile a tu padre que debe una multa por desacato.
Sonriente, agradezco asegurando que será avisado.
La jueza respeta mucho a mi padre y le complace sacarle de quicio.
Ser yo quien le recuerde la deuda lo enfadará.
Al regresar a mi asiento, evito cruzar miradas con Laura.
He podido librarme de la acusación. No me hubiera perdonado que quedara libre una asesina por mi culpa.
La jueza sabe de su culpabilidad y no va a permitir que un error de la policía libere a una asesina de niños.
Ella no apretó el gatillo, pero colaboró.
—¿Tienes enchufe? —Nate está sentado junto a mi bolso.
Sé que intenta quitarme el semblante serio, aunque sabe que no es el momento, por dentro lo ha conseguido.
—Es que soy simpática —no aparto la mirada, ni al sentarme a su lado.
—No sé dónde han visto eso —mi rostro es serio, molesto. El suyo sonriente, divertido.
Igual que el mío cuando vuelvo la mirada al frente sin mostrarle la sonrisa que escondo.
El juicio continúa por la misma senda. Ni las llamadas de atención de la jueza le hacen cesar, obligándola a conceder un receso para comer. Suspiro. Ha conseguido retrasarlo. Cuanto más alargue el juicio, más dudas siembra en el jurado, beneficiando a su clienta.
—Te invito a comer —añade Nate tras meterme el rollo de que no tiene nada que hacer en el juzgado.
Su semblante se vuelve serio, su asunto es el mismo en el que no quiero participar, aunque todos insistan. Excepto él. No sé por qué sacar el tema le hace sentir culpable. Acepto su propuesta con la condición de no ir a un lugar donde haya que ir de etiqueta, devolviendo el color a su rostro.
—Hoy no desencajarás —señala mi atuendo—, te queda bien el disfraz de ejecutiva —dice por encima de la vibración de su teléfono.
Nuestras sonrisas se rompen ante esa interrupción, sin embargo, la agradezco, no quiero que nos vean juntos por los pasillos. Aprovecharé la comida para pedirle que entregue a Carter la carpeta escondida en mi bolso.
«Oh, oh, no lo hagas».
Es la prueba que demuestra que la acusada es la mente organizadora de todos esos secuestros, ventas y la muerte de Lily.
Durante años este caso ocupaba la mente de Matt.
Cada niño desaparecido le arrastraba al pasado, a sus inicios como agente de calle.
Cuando nos conocimos me ofrecí a ayudarle.
El ascenso de trabajo le hizo olvidarlo.
Yo utilizaba los recursos del bufete para investigar y Matt trabajó duro para ser inspector de homicidios.
Nos pillaron, nos metimos en un lio, nos quedamos sin recursos. Lo olvidamos.
Hasta que una niña de diez años desaparecida hace ocho, apareció en el hospital con una herida de bala, la información que proporcionó puso en marcha una investigación que Matt y yo comenzamos hace seis años.
—No te quiero cerca de Laura —exige Darrel.
—Se te debería caer la cara de vergüenza —escupo.
—No perteneces a la fiscalía ni al bufete de Elder.
Quiero responder, pero no merece la pena, es escoria. Es a lo único que representa desde hace años.
Lanzo un «que te jodan» y me alejo rumbo al lugar donde se encuentra Curt.
Le he visto hablar con Matt. No solo le conoce por las tantas veces que fue espectador en mis juicios importantes; lo conocía de antes, de su época de agente.
Se alegró muchísimo al enterarse de que éramos pareja y lo lamentó mucho más cuando rompimos.
No le he visto en la sala; supongo que vendrá a testificar, pero no puede.
A ambos nos echaron del caso, nos prohibieron investigar o acercarnos a los testigos y familiares de las víctimas, con orden de detención si la infringíamos.
«Orden que te pasaste por el forro».
Demasiados sonrientes están él y Blake, tal vez sea por otro caso. Al acercarme, algo rompe las formalidades, sabe la información que busco.
—Segura —asiento ante su pregunta.
Él tuerce el morro. No quiere hablar.
—Los inspectores se han casado.
Sin saber quién me guía, quién me maneja, quién me da la fuerza que me falta, le entrego a Nate la carpeta que saco del bolso.
Pero no puedo. Con un hilo de voz, le pido que se la entregue a Jena.
Él insiste en saber qué me ocurre, en acompañarme a un lugar tranquilo y en que me aferre a sus brazos.
Pero no puedo. Necesito salir de aquí. Necesito recuperar todo el oxígeno que esas palabras me han quitado.
Todo comienza a ser borroso frente a mis ojos, incluida la mejor amiga de mi madre.
La escucho decir que qué hago tirada en las escaleras del juzgado y que estaré mejor en su coche: noto mis venas bombear con fuerza y la presión en mis pulmones me quita el control.
—Señoritas, un poco de seriedad —pide el agente panzón—, que hable la perjudicada.
La estruendosa risa de Vikki se me contagia. Va muy borracha.
«Tú también».
—No.
—¿Disculpe? Os han robado o no —pregunta el joven agente.
—Por eso hemos llamado —responde mi amiga la borracha.
—Ella ha dicho que no —rebate—, no estamos para perder el tiempo.
—Está hablando con su cerebro —se burla Vikki. Le intento dar un codazo por el comentario, pero acabamos desestabilizándonos.
El joven nos agarra a la vez antes de caer, mi amiga protesta, yo agradezco. Cansado de nuestras tonterías, nos obliga a sentarnos en el bordillo de un macetero gigante, tras la orden de su superior.
—Zapatillas azul eléctrico —añado a la vaga descripción de Keila.
El policía me mira fijamente. Esconde una pequeña mueca de asombro antes de darle la información a su compañero, el cual la anuncia por radio. Y pensarás, que es demasiada atención por un bolso. Pero no es solo eso: somos testigos de cómo apuñalaron a un chico por intentar ayudarnos.
«No sois testigos fiables».
—¿Está bien el chico? —Susurro al agente.
—Subió vivo a la ambulancia.
Ambos asentimos sin centrarnos en las quejas de Vikki por no poder irnos.
Con el sospechoso localizado y el bolso de Keila recuperado, los agentes nos comunican que debemos poner la denuncia pertinente antes de mañana.
Keila y yo decidimos ponerla ahora. Vik solo quiere seguir la fiesta junto al ligue que encontró dos horas antes y nos observa desde lo lejos.
De forma amena, los oficiales se ofrecen a llevarnos a la comisaría más cercana. Tras una eternidad…
«Media hora».
…por fin somos libres para dar por finalizado el día. No queremos más sustos.
Tardamos semanas en volver a vernos juntas, como siempre y por culpa de Vikki, para salir de fiesta. Keila y yo apenas nos vemos. Compartimos piso, pero nuestras vidas adultas van por caminos opuestos. Además, ella pasa las noches con su novio, lo que me viene bien para tener el apartamento libre.
—A las siete donde siempre—me recuerda antes de cerrar la puerta de casa.
—¡Sí! —Grito en vano.
Remojo la vajilla y me encamino al metro, será la última vez en utilizarlo por necesidad, hoy es el día que por fin tendré mi propio coche. Se acabó el tener conductor o coger prestados los de mis padres o Patrick, e incluso el del nuevo vecino Kevyn.
«Es más que un vecino, aunque no habéis fulminado todavía».
A la hora de mi comida, Kev, vendrá a buscarme para ir a recoger mi nuevo Jaguar.
«No es nuevo».
Apenas lo han utilizado.