33 #4
Suspiramos a la vez. Me separo lo necesario para alcanzar el aparato para que Austin agradezca al joven. Cruzamos miradas que hablan por nosotros, miradas que no quieren salir de esta burbuja. Asentimos y juntos regresamos a la falsa realidad, la rutina que debemos seguir, aunque la detestemos.
A pesar de ser rápidos, estos cinco minutos a los que le cuesta subir al ascensor, Austin se trajea bien mientras yo me calzo y dejo los papeles en la mesa. Al intentar planchar con mis manos el vestido me tranquiliza diciendo lo perfecta que estoy.
—Apenas se nota el sexo de ahora —bromea devolviéndole la vida a mis mejillas.
—A ti sí —me acerco para colocarle bien el cuello de la camisa—, ¿listo? —Asiente.
Expulso el aire de mis pulmones y me dirijo a abrir la puerta, echo un vistazo a Austin, nervioso duda en si sentarse o permanecer de pie, asiento transmitiéndole con la mirada la tranquilidad que necesita.
Todo el buen rollo con el que llega la abogada lo espanto de un plumazo rechazando el café que pide a Liam, con andares firmes me dirijo a la mesa ofreciéndole asiento frente a Austin, asegurando que la reunión será breve. Ella pide reunirse con su cliente.
No le dejo, no sin saber la verdad de lo ocurrido, brusca pero educada, digo que tome asiento.
—No hablará con él sin saber la verdad —repito.
—Él me dirá la verdad.
Mi gesto, le dice que ambas sabemos que le contará cualquier trola sin sentido.
Aunque no sepa todo lo ocurrido, sí sé lo esencial, además no es necesario adornar la historia: la inmensa cantidad de testigos, las cámaras de seguridad, el golpe del labio y la sangre de la camisa, la cual coloqué estratégicamente, hacen la escenografía sin necesidad de narración.
—La próxima vez no avisaré —saco de la carpeta cada una de las demandas, de una a una las dejo frente a ella —y falta por redactar la mía.
Su cara cambia; no le viene bien cuatro demandas nuevas.
—¿Su cliente no dice nada? — Mira a Austin. Intenta seducirlo con su tono, miro de reojo al rubio, impávido a su presencia, serio.
—Si habla sangra —miro fijamente a la abogada, enseguida me devuelve la mirada.
Mi seriedad no es ninguna broma; sabe que hablo en serio y sé que me conoce.
Sé de buena mano que sabe quién soy; las insistentes preguntas en el juzgado no han pasado desapercibidas.
Sobre todo, después de enfrentarse a mi padre.
Él no le mencionó nada —no hablamos de mi trabajo—, pero sí sabe si piso una sala como abogada.
Ya sabe quién es la familia Colbert: no nos andamos con tonterías y no nos gustan los juegos sucios.
Seria, comienza a recoger los folios en su bolso. Tras informarle en qué sala se encuentra el fotógrafo, Austin llama a su secretario y le pide amablemente que la acompañe. En cuanto desaparecen del despacho, llamo a Seth para decirle la sala en la que estarán la abogada y el fotógrafo.
—¿Sabías que ocurriría esto? —Austin sonríe cuando asiento—, eres increíble.
Sé que lo soy, pero oírlo de él y tan sinceramente me sonroja.
—Ahora está lidiando con Seth.
—No me gustaría ser ella.
—Es más importante conseguir…
—La condena por violación —decimos al unísono.
Ambos asentimos.
—Lleva semanas dándole largas y poniendo excusas para retrasar el juicio.
—Y se te ocurrió…
—No —interrumpo.
—Si, no seas modesta. Todo el trabajo es tuyo —se incorpora para poder acariciar mi brazo apoyado en la mesa—, un trabajo impecable.
Me retuerzo en la silla, el rostro de Brandfont se vuelve tierno, comprensible e incluso tímido como el mío.
—Sidney —susurra.
Una puerta en el exterior provoca que su caricia en mi mejilla se deslice por mi espalda, escondiéndose de las miradas.
—Gracias, no sería libre sin ti.
El brillo que muestran sus ojos estando conmigo no es suficiente para camuflar su cansancio.
—Solo he hecho lo que haría un buen abogado —mi tono desciende ante su negativa.
—No hablo solo del trabajo —regresa su mano a mi mejilla, acercándose más a mí.
Sus labios se entreabren al mismo tiempo que los míos. Necesitamos aire, ese aire que, por culpa de sus palabras y su cercanía, me falta. Nuestras rodillas se rozan buscando más, reflejando lo que nuestras miradas experimentan cada vez que se cruzan.
Me obligo a alejarme para intentar recomponer mi ser. Austin suspira tras no conseguir el beso. Se acomoda en su sitio y se lamenta en silencio.
—Lamentaré tu ausencia —le miro atónita, pero él sonríe—. No —añade—, necesitas unos días libres. Te los has ganado. Olvídate de mi empresa, de mis problemas y de tus problemas también.
«Nuestro problema es que no te besa».
—…Descansa, Colbert.
—Descansaré este finde, no es necesario más, tengo suficiente.
—Alárgalo, no te quiero ver por aquí ni saber de conspiraciones en diez días.
—¿Diez días?
Ambos esbozamos una sonrisa sin apartar la vista del otro, hasta que miramos al frente sin ver nada. Compartimos una paz que solo nos transmitimos al tocarnos.
—¿Vas a algún lado o te quedas en casa? —Le miro, encontrándome con su mirada y su fino labio pícaro.
—Voy a Los Ángeles a ayudar a una amiga.
Sonrío irónicamente al ver el alivio en su cara.
—Tómate el tiempo que quieras —asiento dándole las gracias.
—Pero no creo que aguante mucho tiempo entre pañales —ríe.
—Vete donde quieras después, pero te tomas esos diez días —su tono autoritario de jefe regresa de nuevo. Su gesto duro dice que seguirá en esta pelea hasta que acepte.
—Acepto —digo al fin, tras poner los ojos en blanco—. ¿Qué hará la empresa sin mí?
—Descansaran todos —continua la broma.
Me encanta este Austin bromista, uno al que no le avergüenza mostrar su sonrisa ni su humor, un humor que nadie de este edificio conoce.
—¿Y tú? —Le miro, paralizando sus facciones—. Es broma —añado.
—No sé qué haré sin ti —susurra.
El miedo invade su cuerpo, que comienza a tensarse; la oscuridad inunda sus ojos temiendo la soledad. Una soledad que intentaba llenar con una chica diferente cada noche.
—Lo mismo que hacías antes, Brandfont.
Un mensaje de Seth interrumpe la decepción de Austin. La abogada ya se ha ido y todo salió bien. Ya no vuelve, sabe que su juego ya no funciona. Nos miramos durante unos minutos en silencio. Los ojos de Austin caen brevemente a mis labios antes de levantarme y recoger mis cosas. Es hora de irme.
—Si el sábado sigues en Los Ángeles —dice cuando estoy a punto de salir. Ha estado observando cada movimiento sin inmutarse—. ¿Puedes ir a la conferencia? No quiero enviar a nadie más.
Entiendo que no confíe en sus trabajadores, entiendo que no quiera regalarles unas vacaciones. Asiento.
—Te avisaré si sigo allí.
—Añadiré tu nombre.