33 #3
Mi pierna cruzada comienza a balancearse. La punta del tacón beige golpea en el panel del escritorio.
—Liam no sabe dónde está —el murmullo de Tara me trae a la tierra. Está de pie entre ambas sillas...
«La has liado».
…sus piernas tiemblan nerviosas—, algo malo ocurre.
¿Y esta pérdida de dignidad? Callada la miro, el móvil que todavía sostengo en mi mano vibra brevemente. Cierro los ojos, noto como mi cuerpo se destensa, en secreto abro el mensaje.
Te has ido?
No, por qué?
La puerta…
Wescot está aquí...
Tara ni se percata del movimiento de mis dedos ni de mi sonrisa tonta, pero sé que en cuanto Austin cruce la puerta volverá a ser la misma pedante de siempre.
Me levanto a coger mi móvil de la chaqueta y guardo el de Australia en el bolso.
En ese momento, el dueño del despacho entra contundente, aflojándose el nudo de la corbata y sosteniendo la americana en la otra mano. Su mirada se fija brevemente en mí.
—Señorita Colbert, sigue aquí.
Ante su voz y su fugaz mirada mi cuerpo se estremece hasta tal punto de tener que aferrarme al sofá, muerdo mi labio inferior luchando contra la excitación que me provoca el juego.
A pesar de sonar duro, sé que es parte del secreto, su atisbo de sonrisa antes de pronunciar sus palabras, me muestra la verdadera cara del hombre autoritario.
—¿Qué haces aquí, Tara?
«A ella la tutea».
¿Eso te preocupa? Ha dejado la chaqueta en mi silla.
«¿Es tu silla? ¿La has sacado de tu bolso de Pinypon?»
Respiro profundo, me tranquilizo y… me detengo en seco.
Tara cambia rápido de lugar comentando que no da buena imagen venir a la oficina con una carrera en las medias.
Pongo los ojos en blanco. Aprovecho su distracción para mirar a Austin; escondido tras su puño, él la hizo.
Noté el tirón de su reloj, pero en ese momento ninguno prestamos atención.
Solo nos centrábamos en el contacto. En derretirnos en las manos del otro.
—¿En serio? —Llamo la atención de ella, él sigue con la cabeza metida en sus papeles, aunque con una pequeña sonrisa—, no hay problema, me las quito.
Tan despreocupada como mi idea, dejo el teléfono en el sofá. El rubio levanta la vista curioso. Quiere verlo, es consciente que me atrevo, mientras que la expresión de Tara se vuelve incrédula, aterrorizada, cuando levanto mi vestido lo suficiente para llegar a la cinturilla sin mostrar nada.
A Austin no le importa si su empleada le ve: sus ojos brillan, sus mejillas toman un color vivo y sus labios se curvan.
A mí tampoco me importa la opinión de Tara.
No puedo apartar la vista de Brandfont, el ardor de mi cuerpo me obliga a morder el interior de mi labio.
Quiero sus manos encima. Quiero follarle durante el resto del día y volarle la cabeza…
«Tu cabeza sí está volada».
—¡Para! —Más rápido que su grito, las manos de Tara detiene mi movimiento agarrándome de las muñecas—, ya sabemos lo que eres.
—¿Perdona? —Intercambio el agarre—. ¿Lo que soy?
Aprieto sus muñecas tan fuerte como mis dientes. Escucho a Austin pedirnos que nos detengamos, pero mis ojos siguen clavados en los de ella. Cada vez más asustada.
—Señoritas… ¡chicas!
El grito del jefe me hace reaccionar, su cara es de preocupación, de angustia ante mi…
«¿Agresividad?»
…reacción.
—Estás loca —farfulla nada más soltarla.
—Zorra.
Arreglo mi vestido, cojo mi bolso y me siento en la butaca libre, si no me pongo a trabajar le arrastraré de los pelos.
—Tus zapatos siguen ahí —la miro por encima del bolso tras sus palabras. Decido no responder.
Tiene cuarenta y largos, ¿qué puto comportamiento es este?
El tiempo pasa y la abogada de Nash no llega, no sé si me tomó el pelo o de verdad estaba en un juicio, pero no aguanto seguir siendo el objetivo de los desprecios de Wescot. No sé por qué se cree superior a mí…
«A todos».
…no sé por qué tanta ojeriza conmigo ni por qué le molesta que trabaje codo a codo con Austin, ni siquiera hemos intercambiado miradas.
Concentrado y ofuscado, Austin ha estado discutiendo los motivos por los cuales el currículo de Yael Rodrigues es el más completo. Hablaba convincente. En sus ojos se veía el respeto con el que argumentaba su defensa. No quiere a mi amigo por ser mi amigo, lo quiere en su equipo porque le valora.
Harta de las largas de la abogada y de la presencia de Wescot, decido actuar.
Señalo el teléfono fijo sobre la mesa y Austin asiente.
Expectante, observa mis pasos hasta colocarme a su lado.
Centrada en presionar los botones del aparato negro, noto en mi pierna el contacto de la suya.
Me estremezco sin olvidar mi tarea y pongo el altavoz.
Cada tono resuena convirtiéndose en el eco de mis latidos.
Laura me centra y el sonido de su ordenador me da un respiro para tomar aire, un aire que se esfuma cuando descubro que Abby no tiene juicios hoy.
—Hija de puta —resurge mi voz.
La despedida de la fiscal se une a las burlas de Tara por haberme tragado tal mentira. Sin embargo, no me enfado. El contacto no cesa y la voz apaciguadora del dueño me tranquiliza.
—No es tu culpa —dice esa voz dura que me resulta relajante—, no tiene huevos a dar la cara por ese.
Aunque me habla como a todos los empleados cuando las cosas no salen bien, me habla de tú a tú. De Texas a Australia.
—Va a venir.
Aprieto el teléfono entre las manos y él me lo quita dejándolo sobre la mesa.
Su cambio de posición lo deja más cerca, más accesible para acariciar mi pierna sin ser visto.
No es un tacto juguetón ni pasional; es una caricia de ánimo, una forma de abrazarme y un agradecimiento por mi esfuerzo.
Un salvavidas para no sentirme fracasada.
Rebusco en mi agenda sin encontrar lo que busco, la mano sube por mi muslo, pero no me distraigo.
Concentrada, me estiro por encima de la mesa para alcanzar mi bolso.
Un calor abrasador se instala en mis mejillas cuando la mano de Austin queda encajada entre mis piernas.
No hace presión, apenas me roza, pero sé que en cuanto me mueva, él no hará ningún movimiento. Inmóvil agarro mi bolso.
—Señorita, Colbert —trago saliva. Él ni titubea—, mi mesa no es una cama.
Muerdo mi labio evitando así una sonrisa más grande, retrocedo y un gemido se ahoga en mi garganta al notar la presión de su pulgar en mi zona íntima.
—Disculpe, señor Brandfont —miro sus ojos fijamente.
Aunque no lo creas…
«Yo tampoco lo creo».
…mis palabras salen firmes. Incorporada, la presión vuelve a ser un insignificante roce que se desliza abajo y arriba. Por un instante, atrapo su mano entre mis muslos, no obstante, un pellizco me hace separarlos.
Si quiere jugar, juguemos.
Me agacho. Su pierna se mueve al romper todo el contacto.
Con una sonrisa revuelvo mi bolso; no quiero nada de dentro, pero me sirve para disimular y poder mirarle.
Una mirada traviesa se dibuja en mi rostro.
Su fino labio vuelve a estar apretado, aunque también sereno: mantiene intacta su imagen de tipo duro.
Cuando la voz de Tara resuena, sus facciones se endurecen, ambos habíamos olvidado la inoportuna compañía.
Centrado de nuevo en el trabajo, aprovecho que lee sin ganas los papeles que la ejecutiva le entrega para devolverle el juego.
Despacio, introduzco mi mano bajo la pernera de su pantalón.
Sus palabras pidiendo a Wescot que se marche a su despacho a pedir referencias cosquillean mi estómago, su respuesta me enfada.
—Ya las tengo.
Austin saca el aire a la vez que sacude su pierna.
El pequeño contacto de mi dedo lo siente inexistente, como una mosca puñetera que molesta una y otra vez.
Una y otra vez apartando esa mosca sin percatarse de que es mi mano.
Una vez se percata, me levanto con la agenda entre mis manos.
Su pierna empieza a temblar por la incomodidad de tener allí a Tara.
Aunque no lo parezca, percibo en su rostro que no quiere sexo; está nervioso por lo acontecido y necesita paz.
Pido a la mujer de enfrente que se calle un rato, tecleo en el aparato el número personal de la abogada, mediante el altavoz resuena su dulce voz pronunciando su propio nombre.
—Si en quince minutos no está aquí, la policía se llevará a su cliente esposado con una demanda por agresión, otra por acoso y otra por saltarse una orden de alejamiento.
Mi tono es duro, agresivo…
«De abogada cabreada».
…al otro lado del teléfono se hace el silencio.
Un pequeño «ahora voy» resuena antes de colgar.
La cara de la mujer del vestido negro es de impresión, sorpresa e incluso miedo.
Austin me aferra la pierna con fuerza. Está a punto de estallar de puro alivio porque alguien le ayuda a terminar con una lucha de tantos años.
«Alguien no, tú».
—En quince minutos —miro el reloj acercándome hasta donde dejé mis zapatos —llamaré a la jueza y a la policía. Liam, que avisen desde abajo en cuanto esa mujer pise el edificio —ordeno desde la puerta.
—No sabía que era un asunto tan serio —escucho a Tara.
—Deberías irte —pide Austin recostándose en su asiento. Cansado.
Wescot no protesta, acata la petición con tono de orden, yo me lo tomo de igual forma.
—Tú no.
El ruido de mis tacones le incita a hablar. Le miro: sus ojos permanecen cerrados, ni siquiera el sonido de la puerta cerrarse le hace abrirlos.
—Sé que no te has ido, no me engañas.
Me siento en el respaldo del sofá, observándole: sus ojos continúan cerrados y una fina línea dibuja un atisbo de sonrisa, que desaparece cuando lleva su mano a la frente.
Descalza y despacio, me acerco a él y beso su frente.
De forma natural, acaricia mi muslo invitándome a sentarme sobre él.
Por inercia lo hago, acunándole entre mis brazos.
Entre caricias y dulces besos, inhala mi aroma.
Me quedaría así todo el día.
—Hagamos esto en mi armario —Susurra Austin.
Solo mueve sus labios para hablar y sus manos: una acaricia mi pierna y la otra la parte baja de mi espalda, sonrío en su sien antes de darle un suave beso. Sin separarme, acaricio su rostro, rozo su boca con mi pulgar antes de susurrar que, aunque le sea difícil, tiene que volver Austin Brandfont.
—Estoy cansado de serlo.
—Lo sé.
Nos enfundamos en un abrazo cálido, hogareño. Una máquina que espanta la realidad. Una realidad que llama a la puerta o al intercomunicador.
—La señorita Hyland está subiendo.