33 #2
«Tranquila, Brandfont no se enamora».
...el acabar...
«Y tú tampoco, ¿no? Es un juego, igual que Frank».
…siendo el centro de los rumores de la oficina por un trato referente del jefe.
«Así que esa es tu preocupación, eh, perra».
…
«Eres mala persona».
No le he prometido nada a nadie. Lo hice una vez y no lo volveré a hacer.
Todos son iguales. Quieren su placer, quieren sentirse bien y tener entre sus redes a una chica para sentirse poderosos.
En el momento que saben que lo darías todo por ellos, rompen la red, dejándote naufragando en la inmensidad de la marea.
Una marea que has creado derramando todas las lágrimas posibles e imposibles.
Unas lágrimas que siguen brotando incluso sin quedarte más en el interior y te consumen hasta ahogarte.
—Está bien —prometo en un hilo de voz. Él saca el aire de sus pulmones. El miedo abandona su rostro—. Me quedaré aquí —confirmo firme.
Detesto que me cuiden, estoy cansada de que todos intenten manejarme como una marioneta dañada, pero tampoco quiero a tres gorilas buscándome por toda la oficina.
—Austin… —le detengo antes de que abra la puerta. Me mira expectante; le encanta oír su nombre en mi boca. Le brillan los ojos—. ¿Puedo…?
—Sí —sonríe sin dejarme terminar—. Tu huella está registrada.
Arqueo la ceja.
—Colbert… —me señala con la mano llena de papeles.
Acentúo más mi gesto y él niega. Su sonrisa desaparece cuando alguien intenta abrir la puerta. Hace fuerza para evitarlo y no interrumpir nuestra antipática diversión.
—¡Austin! —Grita Tara desde el otro lado.
Yo me río a la vez que me siento en una de las sillas de visitas. Con los ojos en blanco, él suspira y abre. La ejecutiva trastabilla y él, como buen caballero, extiende la mano para evitar que caiga. Al verme, su dignidad la obliga a enderezarse y anunciar que está bien.
—Qué ocurre —dice Austin, serio.
—Estamos esperando.
—Podrías haber empezado tú… como siempre —su mirada no se aparta de ella.
Es una táctica para no mirarme a mí, aunque Wescot no me quita el ojo de encima. Yo los observo mientras disfruto de mi café.
—Vamos —abre más la puerta, interrumpiendo lo que ella fuera a decir. Ella avanza tras un sutil quejido. Austin se detiene y me mira de reojo—. Colbert… trabaja un poco.
—Eso, no vaguees —agrega la mujer.
Lo que Tara no sabe es que la única intención de esas palabras era dedicarme una mirada antes de salir. Quería decirme en secreto que desea tener mis ojos sobre él durante la reunión. Me pone cachonda saber que tendrá que evitar mostrar lo cachondo que está.
—Sí, señor Brandfont.
Carraspea antes de dejarme sola. Sola en el despacho del jefe. Espero que el resto de la oficina no sepa dónde estoy, tampoco me importa.
«Sí te importa».
Tiro el vaso de cartón a la papelera y me acerco al panel secreto.
A pesar de la gran luz que hay en el despacho, no me asusta que pueda llegar a la sala de al lado: todavía se ve oscura.
Austin ordenó a su secretario que trajese aquí a los informáticos en cuanto saliese de su oficina.
Quiere estar cerca de mí por si me ocurre algo, pero también quiere que le vea.
Un rayo de luz aparece entre la oscuridad antes de iluminarse por completo.
Los pasos firmes de Austin resuenan en la sala.
Con su traje gris oscuro, camina hasta la silla central y, de cara a mí, deja sus papeles sobre la mesa.
Un latigazo recorre mi estómago cuando se sienta con su vista fija en el panel.
—Tara, deja ya de querer manejarlo todo. No es siempre ABC —suspira ante la protesta de su acompañante.
—No me gustan los cambios —posa su fina mano en el brazo del jefe antes de sentarse junto a él—. Hace tiempo que no tomamos nada a solas.
—Vete acostumbrando.
«Hostia, que se la ha follado».
Austin se acomoda forzando el deshacerse del contacto de su mejor trabajadora.
«Tú eres su mejor trabajadora».
—¿Sabes lo que tengo entre manos?
Mantienen una conversación privada en la que soy una intrusa, ¿actúa así porque estoy mirando o porque siempre es así con ella?
Si es lo primero me molesta, no tiene que actuar diferente con el resto de mujeres por mí.
No somos nada. No tiene que darme cuentas de su pasado ni presente. Solo es sexo. No hay sentimientos.
«Sisi, sigue repitiéndotelo, tal vez un día te creas que solo es sexo».
—No lo sé porque ya no me cuentas nada.
—Porque es personal, nunca te he contado nada personal.
—Esa lo sabe —dice con desprecio. Le molesta el tono que utiliza conmigo, pero también sabe que a mí no.
—Esa —remarca mirando el cristal de reojo. Sabe que me enfadare si no utiliza la misma palabra. Si utiliza mi nombre—, sabe lo que tiene que saber como abogada.
¿Pueden llegar ya los informáticos? Resoplo. Enseguida tapo mi boca por si se cuela el sonido. Tara gira la silla de Austin para ponerlo frente a ella, de forma sugerente —y casi encima— apoya sus manos en las rodillas de Austin… o esa zona de ahí…
«Parece una película porno».
…el rubio ni se inmuta…
«Si te agachas verás lo que pasa bajo la mesa»
…sus manos están entrelazadas sobre su abdomen, las de la ejecutiva sobre las rodillas del playboy, una se desliza por su muslo, mientras dice que necesita relajarse por todo el peso que lleva a su espalda.
—Podemos olvidarnos de todo durante horas —continua.
Me empiezo a sentir incomoda…
«O celosa».
No. Incomoda. ¿Cómo voy a tomarme ahora en serio a Wescot después de ver como zorrea con el jefe?
«Tú también has zorreado con el jefe».
No. Lo nuestro surgió.
«A lo del baño lo llamas surgió? Claro que sí guapa».
—Podemos divertirnos mucho, Austin.
Echo la mano al panel secreto, pero Brandfont y su voz de ejecutivo enfadado me detienen, obligándome a poner la vista en esa sala indiscreta.
Inclinado sujeta las muñecas de la mujer por encima de la mesa, lejos de estar asustada, su rostro muestra excitación, como si supiera de lo que es capaz.
Como si ya lo hubiera experimentado y tuviera hambre de más.
—Te dije que nunca habría sexo entre nosotros, céntrate en el trabajo.
Suelta sus muñecas justo cuando la puerta se abre.
Volviendo a su estado, arrogante, camina hasta los chavales y extiende sus manos.
Mientras, Tara continúa sentada, descompuesta, procesando el rechazo de Austin.
Un rechazo persistente. En cuanto los jóvenes entran, ella los saluda ya recompuesta.
Uno de ellos es Yael; se me escapa una pequeña risa.
Hace mucho que no le veía en traje. Sinceramente, esto ya no me interesa, pero Austin está arrebatadoramente sexy con su traje, su semblante serio, su mirada soberbia y sus desacuerdos con Tara.
«No lo hagas».
Una sonrisa malvada se dibuja en mi rostro.
Silencio la bronca de Costi por mi poca profesionalidad, saco de mi bolso el teléfono de Australia y regreso al cristal.
Todo sigue igual. Marco el único número y observo a Austin; ni se inmuta.
Continúa rígido, con los codos sobre la mesa, escuchando atentamente al chico de mi derecha.
Los tonos todavía suenan y por fin, dedica una mirada fugaz al panel antes de echar la mano a su pantalón y regresarla a su lugar.
Los tonos cesan. Qué travieso, lo lleva en el bolsillo.
«Y en vibración».
Marco de nuevo. Esta vez la mirada es algo más duradera; intenta esconder una sonrisa que estropee su faceta de arrogante.
Centra su mirada de nuevo en el chico a la vez que cuelga.
Vuelvo a marcar, no cuelga, sin embargo, toma el control de la entrevista —como hizo en la mía—.
Su tono es el de siempre: autoritario, de esos que me dan ganas de partirle un vaso en la cabeza.
La llamada finaliza a causa de la tardanza, marco de nuevo provocando un carraspeo en él obligándole a coger una botella de agua y beber un trago largo.
«Deberías parar».
No es una entrevista seria para él, el contratado será Yael, aunque sea para lo que es, lo vale y puede continuar después. Llamo de nuevo.
—Disculpen —dice antes de caminar a la esquina de la habitación, lejos de oídos cotillas. De espaldas descuelga, aunque no habla.
—¿Molesto… —lleva su mano libre al cuello; acalorado—, …señor Brandfont? —añado en un tono lo más seductor que sé.
—Nunca.
Su respuesta me deja sin palabras, pero también el tono que emplea: sosegado, relajado, divertido e incluso… ¿agradecido?
«Te salió mal el juego».
—¿Le puse cachondo señor Brandfont?
—Siempre señorita… Australia — susurra mi apodo.
Mete un dedo en el cuello de su camisa, su voz está seca… como mi garganta.
«Porque la humedad está más abajo».
—Podría —continúa tras tragar saliva—, quedarme escuchando su respiración toda la mañana —las palabras resuenan más bajito, removiendo cada zona viva de mi cuerpo—, pero prefiero tenerla delante y arrebatarle esas medias transparentes que lleva bajo ese vestido naranja.
Su respiración empieza a agitarse, a pesar de esforzarse en mantener el tipo, no lo consigue. Al igual que yo. Tengo que sostenerme a la pared ante la debilidad de mis piernas.
—Mejor siga trabajando —consigo decir—, señor Brandfont.
Al colgar, sigue vuelto durante unos segundos, ¿por qué me atrae jugar así en lugares públicos?
¿Por qué solo con él? Si otro me llama en medio de una reunión de trabajo con insinuaciones, no solo cuelgo, sino que me cabreo, pensándolo bien, tampoco tengo ganas de hacer ese tipo de llamadas a nadie.
Se toma unos segundos antes de regresar a la mesa.
Ni siquiera se sienta; da por concluida la entrevista pidiendo unos instantes para decidir quién será el futuro empleado.
Sin más miramientos abandona la sala. Extrañada por su comportamiento, cierro el panel y me siento en la silla, de espaldas a la puerta, fingiendo que nada pasó.
Su rostro parecía diferente, nublado… como si hubiese olvidado todo.
Él tenía claro a quién debe contratar. ¿Por qué salir así de apresurado?
«¿De verdad te extraña? Ese va a presionar la alarma de incendios para follarte aquí mismo».
Mi corazón se detiene cuando la puerta se abre, preparada para enfrentar el humor de Austin volteo la cabeza, sea cual sea…
…¿Wescot?
—¿Y Austin? —Entra como si fuese su casa.
—¿Acaso soy su niñera? —Respondo con mi tono habitual.
¿Dónde coño está?
—Salió disparado de la sala, algo pasa —parlotea Tara yéndose.