Cuatro son multitud tres no 33
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Las gafas de sol no ayudan a esconderme del sol brillante de finales de octubre, ni hacen desaparecer el dolor de cabeza. Ya no tengo edad para tener dos fiestas seguidas…

«Ni que hubieran durado tres días cada una. Fueron tres horas, lo que pasa es que eres una borracha».

No bebí tanto…

«Por favor, si ni siquiera pudiste practicar sexo duro».

No queríamos sexo duro, tuvimos el sexo que queríamos. El que necesitábamos. El que sentimos.

—¡Fuera!

Los gritos de los hombres de seguridad me sacan a la fuerza del ascensor, dedicándoles todos los improperios habidos y por haber en mi cabeza, sí, esos que también pasan por tu mente, me quedo sola en mitad del hall ya que ninguno hace amago de sujetar la puerta para dejarme entrar.

«Yo tampoco subiría ni un piso contigo».

Miro mi reflejo distorsionado en la puerta metálica, no brillo, pero estoy presentable.

Lo más presentable que una ducha eterna a kilómetros de casa y media hora en coche hasta vestirme, permiten.

Y maquillarme lo justo para poder tapar una cara de haber dormido poco y muy bien.

Maquillarse en un coche entre risas y besos no es buena idea.

—Necesito más café —miro el vaso de cartón casi vacío.

«Eso no te hace parecer una loca, sino llevar gafas de sol en el interior».

Doy el último sorbo y tiro el recipiente antes de entrar al ascensor, compartiendo espacio con esta gente que no sé de dónde sale.

«Si estuvieras en la tierra en vez de en las nubes, recordarías que son las ocho de la mañana».

Como para olvidarlo, ¿por qué acepté este trabajo? Al fondo del cubículo me lamento en silencio mientras observo a la gente resoplar en alto, es viernes, pero nuestras caras son de lunes. Tenemos muchas ganas de llegar al fin de semana para vaguear.

«Tú llevas de fin de semana dos días»

De un golpe apago esas voces. No aguanto otro dolor de cabeza.

Un par de miradas tildándome de loca se fijan en mí, apartándose lo poco que el espacio permite.

Sola, llego a mi planta: está todo alborotado.

Cuatro de los guardias que se interpusieron en mi camino me reciben al poner el pie en recepción.

Uno de ellos, con tono brusco, pide mi identificación.

Mientras inspecciona la tarjeta, veo a los dos recepcionistas salir corriendo en el momento que pregunto a Liam por el caos.

Él clama al cielo al verme. Sin darme explicaciones, tira de mi mano hacia la zona de directivos.

El tumulto se hace notar y escucho la voz de Austin requiriendo mi presencia.

No necesito que Liam me responda qué ocurre: al ver a Nash inmovilizado por los de seguridad en el descansillo privado de Brandfont, comprendo el show.

—¡Zorra! ¡Es tu culpa, zorra!

Gracias a la rapidez de los guardias no consigue agredirme. Lo intenta varias veces, cada una con más agresividad e insultos más desagradables. Cuando está a punto de alcanzarme, el grito de Austin nos paraliza. Su enfado es evidente, y aumenta al ver que los insultos van dirigidos a mí.

—Colbert, ¿estás bien? —Asiento.

Tara aparece detrás del rubio. Enseguida añade la inutilidad de mi presencia en estas circunstancias, él pasa de sus palabras. Desde su puerta nos miramos. Por suerte, mis gafas de sol evitan mostrar mi preocupación por el golpe que tiene en el labio.

—¿Y tú?

—Usted —corrige Wescot—, es de mala educación —añade señalando mis gafas. Resoplo quitándomelas—. Y sí está bien, no te importa, largo.

Con un pequeño botiquín entre las manos, incita a Austin a volver al despacho anunciando a los cuatro vientos que tiene que curarle.

Se nota a la legua que se lo quiere follar.

Brandfont se deshace de su agarre, limpia la poca sangre con el dorso de la mano y ordena a los hombres llevarse a la sala de juntas al tipejo.

—Liam, a la sala dos —rectifica tras dedicarnos una mirada fugaz.

No quiere a ese tío en nuestra sala. Una sala en la que jugamos delante de todos sin darse cuenta de nuestro juego.

—Ve a preparar la reunión con los informáticos —pide a Tara quitándole el botiquín.

—Está todo listo —rebate, haciéndose de nuevo con la bolsa.

Austin suspira antes de dirigirme una mirada cómplice, obviando la orden de la mujer enviándome a hacer mi trabajo, me da permiso para entrar en su despacho e informarme sobre lo sucedido, como si estuviésemos solos anuncio mi necesidad de cafeína,

consiguiendo una pequeña sonrisa en su rostro que le saca un instante del caos con el que comenzó el día.

—Por supuesto, señorita Wescot —digo ante la sonrisa del playboy cuando ella me ordena traerle un café.

Obviamente es sarcasmo, ni de coña le traigo café a esa. Ni café ni nada.

«Puedes echar cianuro, en vez de azúcar».

Esa no toma azúcar, comentamos Costi y yo al mismo tiempo.

De camino a la sala del café, me cruzo con Dahlia; tiene una cafetera rápida en su lugar de trabajo, el capullo de Myles no la deja ausentarse más de lo necesario.

No necesito darle explicaciones; ya está al tanto de la noticia.

Las secretarias son las primeras en enterarse.

Feliz con mi taza doble de café, regreso al infierno.

Entro sin llamar, encontrándome a Austin, dando vueltas de un sitio a otro.

Dejo el café en la mesita, el bolso en el sofá y le detengo por los hombros para obstaculizar su paseíllo.

Acaricio su rostro, deteniendo de golpe su temblor bajo mis manos.

La calma se instala en sus ojos, relajando su corazón.

—Estás sudando —susurro metiendo las manos por el cuello de su camisa.

Él no me toca. A pesar de sentirse relajado, sigue inmóvil, tenso.

Cansado. Mueve sus articulaciones poco a poco; nuestros cuerpos se acercan, olvidándose de la realidad.

El ruido de un archivador contra el suelo trae de vuelta al playboy.

Sus ojos se clavan en la puerta entreabierta y sus labios susurran que cualquiera puede entrar, pero ninguno se mueve.

Nuestras miradas se abrazan hasta que él suelta mi cintura.

Giro sobre mis tacones hacia esa maldita puerta abierta, apoyo la espalda y despacio la cierro.

Desde su posición, Austin me mira de arriba abajo.

Mi abrigo apenas deja ver mi atuendo, pero sí mis piernas.

Su penetrante mirada me estremece, me sacude deseando echar un cerrojo inexistente.

El atisbo de su sonrisa es una mezcla entre pánico y deseo.

Nuestros ojos se encuentran al terminar la radiografía y mi estómago se retuerce cuando decide caminar.

Todavía me pone nerviosa, pero no de miedo o querer huir, estos extraños nervios me fascinan.

Acaricia mi brazo delicadamente mientras me rodea la cintura. Mi piel se eriza bajo las capas de ropa, haciéndolas arder. Olvidando la timidez, pasa su nariz por mi cuello; no me besa, sin embargo, su roce me desestabiliza. Aferro mis puños a su chaqueta, disfrutando de su agarre contra su cuerpo.

—Necesito tu olor en mis sábanas otra vez.

Sus labios en mi cuello se vuelven frenéticos, como la azotea. El calor recorre mi piel, mis gemidos se atascan en mi garganta y mis manos recorren su cuerpo maldiciendo por la fina tela de su camisa.

—¿Llevas medias? —me mira sin quitar la mano de mi trasero, por encima de mi vestido.

Su rostro confuso y enfadado es el reflejo de su voz. Echo la cabeza hacia atrás y río.

—Eso sí es un impedimento —añade en mi oído. Divertido.

Su apretón me hace dar un respingo de placer, pero no me detengo, acaricio su nuca con ambas manos mientras nuestras miradas ríen al son de nuestras voces.

—Me ha engañado, señorita Colbert —una pequeña palmada resuena en mi nalga.

—No tengo la culpa de que usted sea tonto, señor Brandfont.

Nos balanceamos juntos sin cambiar la posición.

Me gusta notar un brazo por encima de mi ropa aferrándome a él, mientras su otra mano traviesa intenta sentir mi piel por debajo del vestido.

También me embelesa tener su cabeza atrapada entre mis brazos, con mis manos tirando de su cabello cuando pretende acercarse demasiado.

—¿Acaba de insultarme, señorita Colbert?

La complicidad de nuestras palabras se muestra en nuestras miradas, nuestras sonrisas y los dulces besos en el cuello.

Mi viejo comportamiento era real. Le detestaba y nunca soporté su forma de ser, esa que le mostraba al mundo y que ocultaba en un caparazón en el cual he entrado.

De alguna manera hemos sabido convertir ese desprecio en un idioma divertido que solo nosotros dos entendemos.

Un juego que acelera mi corazón y me quita el aire, un aire que recupero en el momento que me dedica una sonrisa.

—¿Lo he hecho, señor Brandfont? —Arqueo una ceja. Él ríe.

Saca su mano de mi vestido, la traslada a mi cabeza y me acerca a su boca para depositar un beso en mi sien.

—Me cuesta no sonreír cuando te veo ese gesto en público —confiesa.

—La señorita Wescot quiere verle.

La voz de Liam resuena a través del intercomunicador, ambos resoplamos por tener que separarnos.

«¿Te has olvidado de Nate?»

Silencio a Costi por las tonterías que dice, me deshago de mi chaqueta dejándola junto al bolso y me hago de nuevo con el café. Paseo por el despacho mientras Austin da órdenes a su secretario; su tono vuelve a ser hostil.

«Yo también estoy hostil, te has olvidado de Frank».

No había estado en el despacho de día…

«Sí has estado, paleta».

…no tan temprano ni pudiendo prestar más atención a los detalles.

Es la estancia con mejor luz natural de toda la oficina, incluso con un único gran ventanal, la claridad es innegable, a pesar de no haber ninguna lámpara encendida.

El destello del sol golpeando en los edificios colindantes no molesta, solo un pequeño rayo refleja en la mesa negra de cristal.

—Que no entre nadie —Austin se dirige al joven. Le entrega un taco de papeles y añade—: en cuanto llegue la abogada, interrumpes lo que haga falta.

¿Cuándo ha entrado?

«Cuando te deslumbrabas con la puesta de sol».

—¿Necesitas algo para hablar con…? —Austin sale detrás de su escritorio. Niego.

—Lo tengo todo —señalo mis cosas—, pero prefiero seguir con mi trabajo y regresar cuando llegue… —Austin se acerca deteniendo mis palabras.

—No saldrás de aquí mientras ese cabrón siga en el edificio.

Su caricia en mi mejilla me transmite su preocupación, me cautiva lo asustado que se muestra conmigo sin importar lo que puedo pensar, pero a mí me asusta…