Cuatro son multitud tres no 32 #2
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32 #2

Sabe que es una cita y no soy una adolescente que vaya a asustarse a la primera de cambio.

No conoce a Frank, aunque tras el parte de su secuaz el otro día, no necesita saber mucho.

—Se te ve feliz, solo accedo por eso —sonrío—, ya era hora de regar el bosque.

—No seas machirulo —respondo divertida—, además, no hay…

—No seas machirulo tú tampoco —reímos.

De nuevo juega con la emisora, hasta que llegamos a la ubicación donde Frank me espera.

Antes de salir, me obliga a prometer que, si ocurre algo o le necesito para volver, le llamaré.

Se lo prometo con la contraoferta de que se marche a casa de verdad y no se quede en el coche esperando en vano. No me hará caso, pero he de intentarlo.

Aprovecho los cristales tintados para observar al chico de rizos.

De lado a lado, camina con la vista puesta en el teléfono.

Viste su habitual ropa informal. Menos mal que le hice caso y me puse una blusa, un jean y calzado plano.

Me contó sobre sus amigos: encajaré bien ya que son gente sencilla.

Sin hacerle esperar, salgo. En cuanto me ve, su sonrisa se ilumina, guarda el aparato y viene en mi dirección.

Paseamos charlando. Me cuenta un poco sobre ellas; son como sus hermanas.

Al notar que su tono de voz cambia al hablar del pasado, le pido que lo deje si va a arruinar su estado de ánimo.

Sonríe, me abraza y me besa en la sien, un beso que traspaso a los labios.

El contacto continua en el ascensor hasta que lo interrumpe una rubia carraspeando.

Por la risa alegre y la complicidad de ambos, sé que es su amiga.

—¿Cuánto rato llevamos aquí? —Avergonzada, bromeo al quedarnos encerrados de nuevo.

—No sé —ríe tímido—, no dirán nada —la caricia en mi mejilla hace desaparecer el ardor que siento.

Al abrirse el ascensor, una muchacha morena con coleta alta espera entusiasmada.

Sin decir nada, presiona a Frank a chocar los cinco.

Anunciando a los cuatro vientos que tiene razón, desaparece por la única puerta abierta del rellano.

La seguimos. Entramos en un piso en tonos blancos y beiges, acogedor.

Igual que su bienvenida. Otra chica rubia se une, también un chico saluda con entusiasmo desde la barra de la cocina sin soltar un bol.

La cena es agradable, divertida y con mucha comida casera, muchas anécdotas sobre Frank y vino.

Demasiado vino. Hasta el postre no me percato de encontrarme en medio de una reunión de parejas: las dueñas de la casa están casadas, la otra pareja lleva un año junta, y luego estamos nosotros.

Disimulo el malestar con una sonrisa y pregunto por el servicio.

Frente al espejo, pienso en qué momento hemos formalizado la relación.

Unos nudillos chocan contra la puerta antes de abrirse.

Los rizos de Frank aparecen y sus ojos grises piden permiso para entrar.

Asiento. Escondidos de todos, lo primero que sale por su boca es si estoy bien; lo segundo, una disculpa.

—Les dije que vendría con una amiga. Al ver lo del ascensor, han decidido ellas.

—No te preocupes, solo me pilló por sorpresa.

La voz de una de ellas llama a la puerta gritando que no aceptan semen de hombre en esa casa.

Esbozamos una sonrisa por la diversión de la chica y nos unimos.

El resto de la cena es tensa por mi parte.

El alcohol y los comentarios secos son mi única interacción.

A Frank se le nota molesto por mi actitud, pero no me reprocha nada.

No fue buena idea presentarme a sus amigas, las cuales piensan por sí solas sin importarles la verdad.

—¿Sabes lo que quita el dolor de cabeza? —Me da un beso en la frente.

—¿Un beso en la frente? —Me burlo.

—Mejor. Podríamos ducharnos juntos.

—Vale, ahora voy —beso su hombro.

—No tienes ninguna gana de moverte.

—No. ¿Por qué no nos quedamos aquí? —acaricio su rostro.

—También es buena idea.

Un suave cosquilleo de los dedos de Frank me adormila a la vez que me despiertan, recordándome que tuvo que lidiar con la moña que llevaba encima.

Se encargó de quitarme mi ropa para ponerme algo suyo.

Al recordárselo, noto cómo su corazón se acelera en armonía con su sonrisa pegada a mi frente.

Sin despegarme de su pecho, inclino la cabeza unos centímetros para mirar esos ojos más azulados que grisáceos a causa de la luz que entra por la ventana.

Posando mis labios en su cuello, me disculpo por la tontería con la que me comporté.

—Me gustó verte así, no borracha, tan vulnerable… no, vulnerable no. Tan alegre…

—Frank…

Volviendo su cara hacia la mía atrapo sus labios acallando todas sus divagaciones, convirtiendo sus palabras en un beso interminable.

Un beso que no queremos que acabe. Un beso que nos quita el aire a la vez que nos lo devuelve.

Un beso al que le sobra la ropa, pero que no queremos dejar.

Uno que enciende cada parte de nuestro cuerpo sin necesidad de nada más.

Un beso que nos obliga a sofocarnos acariciando cada parte de nuestro cuerpo, que sabe exactamente dónde tocar para avivar el fuego.

Un beso que gruñe al romperse para desnudarse y que gime en la boca del otro.

Un beso que une algo más que dos cuerpos.

Un beso que llega al éxtasis y nos deja sin aliento.

Un beso que nos hace sonreír como idiotas cuando acaba.

Un beso que quiere bailar en la ducha.