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Hoy, 26 de octubre, es una fecha marcada en el calendario: Yael cumple treinta y tres años.
Desde hace unos años no quiere una gran fiesta, simplemente una cena para juntar a sus dos grupos de amigos: los del baloncesto y los de siempre.
No nos detestamos; de hecho, almorzar con ellos tras sus partidos es divertido. Todos son agradables.
«Sobre todo Baco».
Sin embargo, en los últimos años, ni en sus partidos ni en el resto de celebraciones nos hemos juntado.
Siempre faltaba alguien —yo en su mayoría—.
Esta noche, gracias a Keila, volveremos a compartir una agradable velada.
No solo porque llega hoy a la ciudad, sino porque organizó todo desde allí con ayuda de Cintia.
Yo me ofrecí al principio, pero olvidé sacar tiempo para ello.
«Tampoco te apetece ir».
Sí quiero ir, es el cumple de Yael.
«No quieres cenar con Kev».
Eso es diferente, Yael no tiene la culpa.
«Te quedarías en casa, igual que anoche».
Nate fue quien insistió, no fue mi culpa. Si él creía que por traerme a casa iba a invitarle y pasar aquí la noche no es mi problema: es de su mente sucia y sus deseos de acostarse conmigo. No tenía ganas de estar con alguien que aprovecharía la mínima para tenerme entre sus brazos.
«Porque querías a Brandfont entre los tuyos».
Si fuese así le hubiera llevado a su despacho en lugar de llamar a Monty para llevárselo a casa.
No podía estar solo en esas condiciones.
Le habría cuidado como él me cuidó, pero no pude.
Tampoco quiso. No lo verbalizó, no obstante, lo supe.
Estaba demasiado ido y avergonzado por su estado. Orgullo varonil lo llaman.
Cuando Nate llegó a mi encuentro me invitó a cenar.
La única respuesta que me salió fue un: —no, tengo trabajo de última hora—.
No mentí. Aunque no me creyó, no dijo nada ni insistió en comer.
Se ofreció a dejarme en casa y acepté; era eso o una bronca de mi padre por coger un taxi.
El trayecto fue ameno, procuró no dejar el coche en silencio.
Sonaba Twenty one One Pilots de fondo, sin ser suficiente: él fingía entusiasmo por amueblar su nuevo apartamento.
A mí me hacía reír de verdad; no tiene ganas de mudarse; adaptarse a un nuevo hogar exige demasiado tiempo.
Me pareció entrañable el intentar animarme.
En cuanto me puse cómoda y me metí en la cama, revisé la nueva información antes de quedarme dormida pasada la una.
Mereció la pena. Atender los asuntos de Austin nos guio al problema real: la zona podrida que hay que extirpar.
El día después a la llegada de Austin como nuevo CEO, los miembros de la directiva comenzaron a transferir cantidades a unas empresas.
Estas firmas no tienen gastos, pero, sí demasiados beneficios ocultos que coinciden con los descuadres de Brandfont Enterprise.
Con los datos que imprimí, me resulta imposible seguir el rastro de cada movimiento.
«Mueve el culo, hay que ir a por Yael».
Bajo el volumen a Supersonic para que Yael deje de cantar y me escuche; desde que está enamorado tiene exceso de alegría.
Cuando tengo su atención, le entrego el contrato de confidencialidad.
No puedo dárselo yo a Brandfont porque cuanto menos pise su despacho en horario laboral, mejor.
Tara comienza a vigilarme más de cerca y ya no hay excusas para trabajar mano a mano con el jefe, supongo que Austin le dirá qué necesita encontrar, sin embargo, no sé si estará en condiciones.
Todavía no hemos hablado: es mejor que Yael no esté al tanto de algunas cosas.
Seth sabe que es mi amigo al igual que de su situación laboral, el plan es ser contratado como un informático más, no obstante, no saldrá bien.
No hay nada hablado, ni consensuado. Austin no ha hablado con Tara, y si la contratación no pasa por su departamento, ella indagará. No nos conviene tenerla cerca.
—Espera —pido a Yael antes de bajar del coche.
Respondo al teléfono de Australia, su voz suena apagada…
«Solo ha dicho hola».
…en este número no hay nombres y, aunque me llama por trabajo, su suspiro y su silencio dicen lo contrario.
Me acomodo en mi asiento sin importarme las bocinas por estar mal estacionada, ni la mirada confusa de Yael.
Espero. Tarda unos segundos en decirme que hay que hacer las cosas con cabeza y no precipitar la entrada de mi amigo.
—Concuerdo —digo—, te lo quería comentar, pero no sabía si…
—Estoy bien —interrumpe.
Nuestros silencios se abrazan unos instantes antes de añadir su plan; Yael hará una entrevista falsa al igual que hice yo. También me pide, por favor, explicarle todo lo necesario sobre el caso sin…:
—Entrar en detalles —culmino la frase por él.
—Sí… —su suspiro me hace pasar la mano por mi cabello suelto—, yo me encargo de pedir a Tara más personal para informática —añade, ya recompuesto.
El silencio invade la línea de nuevo, esta vez lo rompe Yael, enfadado por llegar tarde a su entrevista.
—No vas —sentencio con tono elevado.
Y por fin percibo una pequeña risa en Austin, a la vez que me pide no ser maleducada con mi amigo. Respondo que mi mala educación es exclusiva para él, animando su tono.
De forma rápida explico a mi amigo el cambio de planes, dándole las disculpas que el rubio me pidió que le ofreciese. Las acepta y, por mi seriedad, sabe que lo que tenemos entre manos no es ninguna tontería. Asume las directrices correctas en su momento correcto.
Hoy me aseguré de no tener trabajo extra, incluso me he escabullido veinte minutos antes.
Seth me envió un mensaje diciéndome que, Linda, la pesada de informática, me buscaba por la oficina.
Wescot se entrometió y me pilló saliendo del ascensor, pero no regresé.
Irme con Keila era mucho más importante.
«¿Más importante que salvar la empresa de Austin?»
¿Más importante que escuchar las estupideces de Linda por quinta vez?
Sí, por supuesto. Aunque es una cena entre amigos, seguramente Vikki nos obligue a quemar la ciudad después.
Pasar un rato con mi diseñadora favorita del planeta ayudará a que mi cerebro desconecte entre cotilleos y una botella de vino.
Mientras rechazo algunas prendas de mi armario y doy sorbos a mi copa, Keila se sincera, le cuesta ya que no quiere por si me remueve viejos recuerdos.
Jamás habrá nada que se interponga en mi camino para ayudar a quien me lo pide: sospecha de una infidelidad por parte de su marido.
No me gustaría que fuese así. Son la familia perfecta; Dirk daría la vida por ella y por su pequeña.
Me vendrá bien pasar el fin de semana en Los Ángeles para alejarme de todo y lo descubriré en un par de horas.
—¿Qué tienes en esa cabeza?
Miro a mi amiga. Sujeta una percha en cada mano y niego despreocupada.
—No me haces caso —se queja sin mostrar molestia—, desembucha.
Deja las prendas en su sitio y se sienta en el suelo frente a mí con su copa, nos miramos, pero esquivo su mirada dando un trago largo.
—¿Cómo se llama?
Casi escupo el líquido de mi boca. ¿Perdona? ¿Qué? Si estaba pensando en ella y su vida perfecta. Me muestra su dulce sonrisa antes de dar un pequeño sorbo elegante a su copa.
—No te hagas la tonta, sonríes al teléfono como una idiota, tienes dos teléfonos, tienes… —calla—, otra piel.
Se nota que es madre, no se le escapa ni una. ¿Con quién he hablado?
«Con los tres».
¿Y ahora qué le cuento?
«Tienes donde elegir».
Mi teléfono vibra en el suelo. Echo un vistazo rápido y, en cuanto Keila ríe, me centro en ella.
«¿Quién era?»
No me dio tiempo a verlo.
«Míralo y cuéntale de quien escriba».
No tiene por qué ser uno de ellos.
«Pues cuéntale de los tres».
—Puedes mirar quién te escribe —dice divertida.
Pongo los ojos en blanco y enciendo la pantalla, relleno mi copa antes de comenzar mi historia con Nathaniel.
Le recuerda. Por primera vez digo en voz alta todo lo ocurrido entre nosotros.
No oculto nada, aunque la ida de olla en su despacho lo dejo para el final.
Sus coletillas durante mi drama me divierten a la par que me enfadan, porque tiene razón.
—Vais a terminar follando.
Bufo…
«Sí por favor».
…las madres nunca se equivocan. Con cara victoriosa tras mi silencio, nos alistamos para ultimar detalles en La Esquinita y por fin celebrar el cumpleaños de Yael.
No atino en nada. Estoy torpe, no me entero de lo que me dicen y rehúyo a todos para evitar cargar con tareas las cuales, tendré que repetir mañana después de una bronca.
No quiero parecer inútil. No puedo permitirme un despido por no hacer bien algo que hago con los ojos cerrados, porque, aunque no sea mi trabajo, es mi trabajo.
Si cometo errores y perjudico a la empresa, Austin tendrá que despedirme y a tomar por culo el objetivo real.
que tendré que repetir mañana tras una bronca.
No quiero parecer inútil ni arriesgarme a un despido.
«No se puede salir de fiesta un martes».
¿Quién lo prohíbe?
«No se puede salir de fiesta un martes con Vikki».
Ahí sí te doy la razón.
El café en cantidades descomunales y el silencio controlan la resaca.
Los nervios son por los planes de hoy. He pensado en cancelarlos, aunque no quiero hacer sentir mal a Frank.
A pesar de no conocernos mucho, me ha invitado a una cena con sus amigos.
Es una cena informal para celebrar… no recuerdo qué celebran.
Creo que es algo tranquilo y normal; no sé por qué quiere que vaya.
Al salir puntual y casi de extranjis, me topé con Austin saliendo del ascensor. Nos miramos. Por un segundo pensé que bajaría conmigo, pero no. Simplemente se despidió como un jefe se despide de sus empleados cuando terminan su jornada laboral.
Frank lleva toda la tarde insistiendo en venir a buscarme.
Por supuesto, no voy a dejar que venga hasta aquí para volver a Staten Island.
Demasiado tiempo conduciendo, además, se asustaría al ver un coche siguiéndonos.
El trayecto es tranquilo, sonrío como una tonta a la pantalla del teléfono y Larry conduce cambiando cada canción que suena, con la educación que nos veneramos siempre…
«Poca».
…pido que pare con el botoncito y deje lo siguiente que suene.
—Vale, pásala —digo cuando suena Kids de MGMT.
Ambos reímos. Paris Tx comienza a sonar; nos sirve.
—Gracias por aceptar recogerme cuando me dejes.
No aparta la vista de la carretera, pero sí da un vistazo rápido al retrovisor.
No le gusta la idea, aunque me entiende; también sabe que estaré bien.