Cuatro son multitud tres no 31 #3
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—Austin —repito tres veces, le sigo al otro lado de la mesa—. ¡Cálmate! —Me detengo cansada de recorrer la sala. Sus ojos se posan sobre los míos por encima de las pantallas.

El azul de sus iris está oscurecido. El miedo, la rabia o la ansiedad por perder lo más valioso que tiene su padre, se extiende desde sus pupilas dilatadas al resto de su cuerpo tenso y tembloroso. Sus puños se aflojan conforme mis palabras salen serenas de mi garganta.

—Mírame… mírame —rodeo la mesa hasta llegar a él—. Tranquilo —coloco mis manos sobre sus brazos—, respira —realizo respiraciones cortas para que me imite.

Nos toma unos minutos conseguir disminuir su ritmo, lograr que su respiración se estabilice y su rostro recupere el color. Sin romper el contacto, lo llevo hasta el primer ordenador para escuchar lo ocurrido desde el principio.

Por lo visto, al ingresar en las arcas el primer pago que robó para el chantaje, los fondos de la empresa han sido transferidos a otra que no pertenece a la compañía.

Es una transferencia que no puede encontrar y un dinero que no puede recuperar.

Yo no soy informática, jamás rastrearía algo escondido en la red, pero tampoco soy tonta.

Sé quién está detrás; Austin lo sabría si no estuviera tan nervioso.

Saco el móvil del bolsillo del pantalón, escondo la notificación de Nate y llamo a Yael.

Nuestra torpeza casi consigue que el ordenador estalle tras asustarnos varios pitidos pese a sus buenas directrices.

Mi amigo se divierte al otro lado del teléfono mientras el tono entre Austin y yo se eleva: discutimos por quién maneja el ratón y de quién es la culpa.

Yael decide por nosotros con un grito: ninguno tiene razón y lo mejor será que vaya a la oficina.

Brandfont duda en meter a alguien más en el caso. El silencio inunda la sala y se alarga mientras nos miramos. Asiento. Él sabe al instante que le confiaría mi vida a ese chico que sigue preguntando al teléfono si seguimos ahí.

—Dejad el ordenador como estaba, si lo conseguís —añade antes de colgar y poder responderle.

—Mañana tendrás el contrato de confidencialidad. Le contaré lo que hay —Austin sonríe. No ha necesitado pedirme un contrato a mí para evitar problemas.

—Sé que vas a blindarle —dice, yo asiento—, me parece bien.

Vuelve a ser el Brandfont templado que conozco, el Brandfont con brillo en los ojos, el Brandfont que tiene todo bajo control.

Excepto los deseos más primitivos recorriendo su cuerpo.

Ese deseo que le empuja a tocarme sin miedo a lo que pase después.

Un miedo que aparece cuando pongo mi mano sobre la suya.

Sus dedos acarician mi rodilla buscando avanzar, pero mi voz lo detiene.

—Brandfont —niego.

No digo nada más. No es necesario. Sabiendo que hoy no habrá juegos íntimos, no movemos las manos.

Queremos seguir sintiendo el contacto, perdidos en la mente del otro.

Mi respiración empieza a notar la falta de aire y la necesidad de tenerlo cerca, pero el teléfono vibra sobre la mesa: ambos desviamos la mirada al aparato y por un segundo rezo a los dioses que no sea Nathaniel.

Es Yael. Sin tiempo a responder, un grito pidiendo que no apaguemos el ordenador me obliga a apartar el móvil de la oreja; múltiples ventanas aparecen de repente en la pantalla, Austin y yo nos miramos perplejos.

Pongo el altavoz a petición de mi amigo y lo dejo sobre la mesa.

—Tu sistema es muy fácil de manipular.

Nuestras miradas siguen hablándose mientras Yael continúa con su palabrería, una que no entendemos. Esta vez nos miramos de forma diferente. No entendemos nada. No entendemos por qué no estamos en el suelo medio desnudos, ni por qué respondí a la llamada.

—¿Qué necesitas encontrar?

Yael nos trae de nuevo a la realidad.

—¿Algo inusual? —respondo sin apartar los ojos del rubio.

—Transac…

—¿Eso? —Interrumpe a Austin.

La tímida sonrisa que se nos dibuja se esfuma al centrarnos en la pantalla; una lista de nombres y cifras que a mí no me dicen nada, pero a Austin le tensan la mandíbula mientras me aprieta la rodilla.

Aunque me hace daño, no lo muestro; mi voz lo calma y su agarre se afloja.

Es la cifra que buscaba toda la tarde. Escondidos entre nombres de personajes históricos, están los malnacidos de la directiva.

Por fin tiene las pruebas. Coloco mi mano sobre su muslo sin obtener reacción; sus ojos siguen fijos en la pantalla.

Él sabía que algo ocurría, que alguien en quien su padre confiaba estaba robando, descubrir que no es uno sino todos, hunde su confianza.

Meto toda la información en el pendrive y pido a Yael que limpie cualquier rastro que hayamos podido dejar, obviamente, el suyo ya está limpio; es el mejor, un fantasma en la red.

—Austin —susurro.

No importa cuántas veces pronuncie su nombre.

Gritar para sacarlo del trance sería lo más rápido, pero no lo mejor.

Sostengo su cara entre mis manos y le obligo a mirarme, sin embargo, su mirada sigue perdida, hasta que mis susurros lo traen de vuelta.

En lo más profundo de sus ojos se ve lo roto que está.

Ya no es solo traición: se siente un idiota al que han engañado para hacer creer al mundo que, el nieto de Nial Brandfont destruyó lo que tanto le costó construir.

Como si nadie pudiera cambiar y él siguiese siendo el mismo niño inútil.