31 #2
Nos sentimos tan cómodos que, al detenernos frente al nuevo edificio, descubro que vamos cogidos de la mano.
Durante el viaje en el ascensor nos comunica que tal vez nos dé la sensación de espacio frío por el olor a pintura y la ausencia de muebles y, a pesar de ser el último piso, gracias a la amplia terraza tiene una gran iluminación natural.
Al llegar, varios operarios entran y salen anunciando la llegada de los muebles, una noticia que alegra a Hepburn.
Entramos en un loft de altos techos y distribución en dos alturas, con una estética industrial y masculina.
La increíble luz natural que llega al dormitorio sin tener una sola ventana…
es alucinante como se filtra a través de la cristalera que lo separa del resto del piso.
Unas pequeñas escaleras suben al dormitorio vacío; allí, un vestidor de madera de nogal divide el espacio del baño, oscuro y elegante.
Aunque no parezca un hogar, puede parecerlo.
A pesar del espacio abierto, resulta acogedor.
Unos toques de decoración bastarán para darle personalidad y convertirlo en su hogar.
Desde el ventanal del dormitorio observo a Nate y a la señora hablar; él despliega su encanto de negociador y funciona: ambos sonríen.
La sonrisa del guapito se agranda cuando se gira y se topa con mi mirada. Y con mi sonrisa.
Los dos avanzamos hasta encontrarnos en las cuatro escaleras que separan las dos estancias.
—Creo que no necesito tus dotes de negociación, el piso lo vale —sonríe.
—La terraza —acepto la ayuda para bajar el último escalón.
La señora nos mira sonriente y se disculpa en el momento que resuena su teléfono.
—Estáis en vuestra casa —añade antes de salir y anunciar que enseguida vuelve.
Miro a Nate y asiente.
—Me gusta —de la mano caminamos rumbo a la terraza—, me siento como en mi apartamento de Chicago.
—Con muebles bonitos parecerá un hogar —bromeo.
Apoyados cada uno en un umbral de la puerta, observo unos instantes el sol reflejarse en el suelo de piedra, antes de centrarme en él.
Mira entusiasmado las vistas: una terraza privada protegida por la arboleda.
La luz del interior contrasta con la natural que se desvanece en su rostro, pero el brillo de sus ojos y su sonrisa siguen ahí.
La confusión de la señora al creernos pareja ha hecho mella en él; se lo ha tomado en serio y ahora vive en una fantasía.
Despacio, se acerca, dejándome atrapada por su mano apoyada en el umbral, sobre mi cabeza.
—Sería agradable verte tumbada en la cama mientras preparo café —sonríe—, mucho más agradable verte pasear descalza. Una muy buena forma de empezar cada día.
Acerco mis labios a los suyos, se los humedece y suspira al desviar mi boca a su oído.
—Sigue soñando, guapito —aparto su brazo—. Tai seguro que acep…
—Ya no la veo.
Ese susurro provoca un vuelco en mi corazón, aunque enseguida vuelve a su ritmo normal.
—No dejo de interrumpiros —dice Hepburn en cuanto nos separamos avergonzados tras la efusividad con la que entra al apartamento—, vais a ser muy felices aquí —sonríe tiernamente.
Nate y yo le quitamos importancia dedicándonos una mirada que le enternece, más de forma maternal que como agente inmobiliario. Ultiman las condiciones del contrato y una futura compra, en cuanto acuerdan citarse en unos días, confieso que yo no constaré en los papeles.
—¿No? Se os ve tan compenetrados —lamenta.
¿Qué más le da quién firme?
Agradecida a quien quiera que llame a mi móvil, me disculpo sacando el aparato del bolso; camino a la terraza. Es Austin. Dudo en responder.
Tras un sutil —dime—, Brandfont me pregunta si puedo ir a la oficina.
Le prometí que volvería al caso principal después de solucionar el asunto del chantaje, pero mañana.
Necesito un día de descanso y él lo sabe, me lo ha dado.
Sabe que a partir de mañana haré horas extras.
Las prisas de ahora no son por el trabajo.
No son horas de oficina, él no quiere trabajar, quiere hablar, tener sexo o simplemente no estar solo. No podemos vernos a solas.
—Colbert, ¿estás ahí?
—Está bien, iré. No toques nada.
Suspiro. Que se haya puesto a investigar por su cuenta no me beneficia.
Si va a hacer él el trabajo, me hago a un lado.
Si solo enreda la información para estar juntos, me enfadaré por perder el tiempo y dejaré el caso a medias.
Me da igual su dinero; no soporto que me tomen el pelo.
Al regresar junto a mis acompañantes, damos por concluida la visita.
De vuelta al coche, Nate me invita a cenar para seguir juntos el resto del día, apenada le cuento mi emergencia laboral; sonriente se ofrece a llevarme y esperarme, lo que haga falta, para continuar la velada. Con una gran sonrisa, acepto.
El trayecto en el ascensor se me hace largo. Ir sola es agobiante y el aire se nota pesado. Si la puerta se abriera antes de llegar, bajaría corriendo por las escaleras. Pero no, es solo trabajo. El mensaje que vibra en mi mano lo confirma al iluminar la pantalla:
Estoy en la sala de informática
Las puertas se abren en una oficina fantasmal.
En penumbra, busco un pendrive. Los pasillos están silenciosos, justo como tantas veces he deseado encontrarlos, sin embargo, ahora me asusta.
En el horario laboral me sobresalto al chocarme con quien también quiere disfrutar del silencio y se sorprende cuando nos cruzamos.
Ahora temo no ver a nadie, o cruzarme con alguien que me pregunte qué hago aquí: como hizo el guardia de seguridad.
No me gusta que quede registrada mi entrada, antes tenía la coartada si salía tarde: todos saben que el hijo del dueño usa a los abogados para asuntos personales.
Hoy no hay excusa. Al llegar, golpeo suave la puerta de cristal y Austin deja de dar vueltas.
—Colbert, gracias por venir —dice acercándose a un ordenador.
Su rostro es serio, pálido, cansado, desencajado.
Lleva la camisa azul por fuera mal remangada y la corbata negra mucho peor anudada de lo que acostumbra.
A penas consigue verbalizar la información que descubrió: encontró descuadres en las finanzas de la empresa y desaparecieron. No he entendido más.
—Tranquilo…
—Es muy raro Sidney —continúa hablando a la vez que enciende el resto de ordenadores.