Cuatro son multitud tres no 31
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Tras tirarme a Austin en el cuarto de la limpieza y darme el resto del día libre, no por el sexo, sino a causa de todo el trabajo en su caso y por ayudar a Seth a ponerse al tanto con la empresa. Aunque no fue suficiente la desconexión del domingo en casa de mi abuela, no quería descansar.

«Mentira, no descansas porque tu mente no te deja».

Tras ser rechazada por todos los conductores de Uber y taxis por estar a tomar por culo y charlar un rato en las escaleras, Jacob me llevó a donde quisiera. Necesitaba ir a mi refugio…

«La casa de Austin».

…mi hogar, mi abuela paterna.

«Mentirosa de mierda».

Prefiero quedarme en la oficina que ver a Nate, mucho menos recorrer la ciudad para que el señorito encuentre un apartamento. ¿Qué tiene, cinco años? Ya es mayorcito para hacer esas cosas solito. Maldito Cliffort, es un bocazas. Mi madre también. Seguro que se aliaron para tenerme vigilada.

«No te sentó nada bien el sexo».

Me sentó de puta madre.

«Si tú lo dices».

Tal como decía el mensaje, Nate me espera en la puerta de la oficina con el coche en marcha. Espero que le hayan multado.

«Eres muy cruel».

El mundo lo es.

—Nathaniel —sonríe, ya no protesta.

—¿Has comido?

Miro el reloj. Es la una. No he comido, pero asiento; paso de compartir otra comida con él.

—No —dice—, no lo has hecho —repite cuando le contradigo.

Al quejarme por no querer ir de un lado a otro por esta zona con un gorila persiguiéndonos, confiesa que ha conseguido convencer a mi padre para no tener seguridad hasta mañana.

—¿Todo el día? —Sonríe ante mis palabras. Sabe lo qué pregunto sin preguntar.

—Si lo pasas conmigo sí, solo tengo que hacer una llamada.

—No harás la llamada, aunque no me quede contigo.

—Sí, la haré —su rostro se vuelve serio.

¿Por qué no me ayuda en esto? ¿Por qué me saca de la jaula para volver a encerrarme?

De mala gana, entro en el coche, retándole con la mirada tras abrirme la puerta.

Creía que iba a pasar un día agradable, convirtiendo algo aburrido en algo que me hiciera olvidar mis mierdas.

Pero uno nunca olvida lo malo. Siempre habrá alguien que apague el interruptor que hace brillar tu mundo; y no solo se irá con el brillo que le ayudaste a crear, sino también con el tuyo.

Se alejará llevándose toda esa luz, dejándote en completa oscuridad sin saber cómo seguir.

Mi mal humor ha querido comida basura. Aunque el guapito ya almorzó, dice que nunca rechaza llenar el estómago.

Estaciona en un aparcamiento tras decirle tres veces que no como en el coche.

No me gusta comer en el mío y, si bien lo hago con Vicky, si ella mancha, limpia.

No quiero manchar un coche porque paso de limpiar uno ajeno.

Sentados sobre el capó, comemos nuestras hamburguesas en silencio sin ojos acechando desde la distancia. Solo unos niños que pasan, Nate les da sus patatas y las mías cuando se las ofrezco imitando su gesto. En ese momento intercambiamos una sonrisa que desaparece rápido.

—¿En serio llamarías para que vengan a vigilarme?

—Solo me preocupo por ti, Sidney —recorre unos metros hasta la papelera más cercana y continúa—, todo lo que estoy descubriendo, lo que estoy escuchando…

Su rostro se revuelve tanto como mis tripas. Pronuncia mi nombre acercándose a mí al percatarse de mi cara, que grita mi asco interior; me quita la comida de las manos y las agarra.

—Tienes mucha suerte de haber llegado intacta a tu destino.

Mis dedos se aferran a sus manos, él me aprieta fuerte.

—¿Por qué yo?

—Deja de hacerte esa pregunta, deja de pensar. No todo tiene respuesta.

—Esta sí —Nate aparta la mirada—, y tú la sabes —suelto sus manos, aunque no me deja.

—Te reconoció de haberte llevado con tu padre —confiesa tras un largo silencio.

Me salvó un nombre. Un apellido que el resto de chicas tienen, pero que a ellas no les sirvió para asustar al conductor.

Uno igual al de las demás, sin embargo, diferente.

Un apellido que grita problemas y del que nunca me he querido aprovechar.

Uno que amo y que me abre las puertas solas, unas puertas que nunca he querido abrir.

—Sidney —tira de mí…—, no pienses que te merecías pasar por lo mismo que aquellas chicas—. Su tono es serio, casi brusco, pero agradable para mis oídos, al igual que el tacto de su piel acariciando mi mano—. Gracias a tu apellido —me levanta la cabeza—, gracias a eso esas chicas tendrán justicia.

En sus ojos cansados se ve lo difícil que es este caso para él.

No he querido saber nada. Sé que las chicas no se fiaban de un varón; no querían desgarrarse ante un individuo que promete justicia cuando fueron hombres quienes las rompieron por la mitad: física y mentalmente.

Mamá tiene que acompañarle en cada declaración y tampoco es fácil para ella.

En cada historia, todas iguales y diferentes a la vez, me ve a mí aunque yo no lo haya sufrido.

—Y a ti —aprieto su mano.

Nos miramos unos segundos hasta comenzar a sonreír. Es una sonrisa tonta y vergonzosa que rompe el momento. Aprovecho para quitarle los restos de hamburguesa cuando pretende recoger los envases. Su teléfono suena, no responde. Mira el reloj y me avisa de llegar cinco minutos tarde.

—Si todavía quieres venir —dice a la vez que deshace el nudo de la corbata—, puedo retrasarla y llevarte a casa.

—Déjate la corbata —pido…

«Ordenas».

…acercándome a la papelera—. Dije que te ayudaría. —Se la anudo bien—. Llegas tarde. Si vas impecable, entenderán que eres un hombre ocupado al que le importa su trabajo. Si te importa el trabajo eres responsable y das imagen de tipo serio.

—Pero no estoy trabajando —se burla.

—Quien te enseñe los pisos no lo sabe —golpeo su pecho tras colocar bien las solapas de la americana.

«Otra mentira».

—Tu mente es prodigiosa a la hora de engañar —su tono suena entre divertido, asustado e impresionado.

—¿Yo? ¿Engañar? —Le miro, recogiendo mis cosas del asiento del copiloto.

—Yo soy el abogado súper ocupado —se acerca a mí antes de poder cerrar la puerta—, y tú, ¿quién eres? —Su rostro y su voz se vuelven juguetonas—. ¿Mi prometida?

—¿Prometida? —Cierro de golpe—. No veo anillo, Nathaniel —muestro mi mano—. Vamos, prometido —bromeo al ver que no avanza. Sonriente me mira con las manos en los bolsillos—. Cierra el coche —añado al tenerlo a mi lado.

De reojo puedo ver su sonrisa, la mía es igual de grande. Los pocos metros que había desde el aparcamiento hasta el lugar de la cita, se terminan y el nerviosismo de Nate se hace notar.

—Relájate, solo vas a ver apartamentos.

—Sidney, en serio, ¿cómo te presento? —Me detiene suavemente de la mano—. Esa mujer del traje verde es la de la inmobiliaria y no quiero ofenderte.

«Qué mono, ¿nos casamos ya?»

—No vas a ofenderme —le estrujo la cara para callarlo—. Seremos la etiqueta que ella nos ponga.

—Espera —tira de mi mano cuando echo a andar—, tienes… —pasa su pulgar por la comisura de mi labio—, tienes salsa.

Puedo sentir en su tacto el temblor que susurra su voz. Entreabro los labios.

—¿Y me lo dices ahora? —Intento sonar enfadada, sin conseguirlo. Él sonríe—. No tengo nada.

—No, mente prodigiosa.

—Mente prodigiosa —me burlo sacándole una estruendosa risa—. Vamos, hombre de negocios —tiro de su brazo.

Tras las pertinentes presentaciones, Nate y yo nos miramos con complicidad; la amable señora Hepburn me ha convertido en la señora Akerman.

—No estamos casados —corrige él. Yo sonrío. Podría haber seguido el juego que él mismo propuso, pero prefirió ser fiel a la verdad.

Señalando el portal, explica algunas características del apartamento. Dos están en esta misma acera; el tercero, tres avenidas más abajo. El primero le gusta porque es grande y tiene muebles de diseño, pero lo descarta: no piensa pagar de más por un gimnasio y una piscina que utilizará.

Le pido un momento a Hepburn. Sin decirle nada, Nate camina hacia el baño y me cede el paso. Mi perplejidad le divierte.

—Tú cara es un libro abierto —comenta, encerrándonos allí.

—No elijas por mí, tú vas a vivir aquí.

—No me gusta, ¿no notas el frío que hace? Y he visto que el termostato estaba puesto…

Río. El entusiasmo de sus protestas muestra su lado menos corporativo.

—…Pero tienes razón, también quiero que te guste a ti —pongo los ojos en blanco—. Espera, Sidney —agarra mi mano en cuanto sostengo el pomo de la puerta. Me gira hacia él—, quiero trabajar más contigo y quiero que te sientas cómoda como cuando estuvimos en tu casa…

Abro los labios en busca de aire al notar su mano sudada, un sudor frío que me indica su nerviosismo. Un sudor que penetra en mi piel al mismo ritmo que su mirada se clava en la mía.

—…quiero tenerte recorriendo mi salón descalza, mientras pones caras raras por lo que lees —le sale una tímida sonrisa que intenta ocultar bajando la cabeza.

—Nathaniel… —susurro.

Me deshago de su agarre y limpio la palma de mi mano en mi ropa. Él imita mi gesto y se disculpa, más nervioso que yo.

—Será mejor que salgamos —añado.

Me fuerzo a sonreír. La señora no tiene por qué notar lo que ocurre entre nosotros, cuanta más amabilidad mostremos, mejor negocio podrá hacer y mejores apartamentos le mostrará. Mientras esperamos a que termine de hablar por teléfono, Nate musita si estoy bien. Pegados el uno al otro, asiento.

—A ti también te gustó trabajar conmigo.

Un pequeño toquecito en mi nariz me saca una sonrisa, sus palabras también.

En el fondo me gusta que busque algo más y no solo dormir.

Nunca me ha parecido frío, aunque sí algo chulo; es amable, divertido y sus clientes le importan.

No le asusta parecer un pijo engreído ni mostrar su lado tierno. No se esconde.

Incómoda por haber interrumpido, se disculpa anunciando que, como no estamos interesados en este edificio —Nate y yo nos miramos sonrientes—, ha conseguido incluir otro apartamento similar a este.

Al estar más cerca que el tercero nos desviamos del planning.

Nos propone ir caminando, aceptamos. Por el camino charlamos sobre las características que buscamos —porque sí, nos sigue metiendo en el mismo saco—, Nate no es muy claro comentando sus gustos y yo solo añado que debe sentirse como un hogar.