30
Nada más entregarle la pequeña bolsa a la señora Maryanne que le da a una muchacha vestida de uniforme antiguo, se queja del tamaño.
¿Qué se pensaba, que iba a traer aquí el oro que robó Alibaba?
No es la primera vez que estoy en esta casa, pero siempre olvido lo grande que es y cómo huele: el ambiente seco de la resina a muebles antiguos y la estela a quemado de velas sin aroma, que se encienden y se apagan durante todo el día,
se mezclan con un ambientador a rosas intentando camuflar el fuerte olor de los químicos de limpieza.
Perdida en esa gran lampara de cristales colgada del techo, otra joven vestida igual que la anterior, pretende cogerme el bolso y el abrigo, por favor, ¿cuándo van a cambiar de siglo esta casa?
Al llegar a la salita tan grande como mi casa y la de mis vecinos juntas, está todo el mundo degustando de un vaso con alcohol el cual no me ofrecen, ordenes de mi madre seguro.
—Llegas tarde —protesta mi padre, sentado en un sofá junto a mi hermana.
—Como siempre —añade Greace.
—Tenía trabajo… —saludo a mi madre con un abrazo.
«Mientes».
—¿Un sábado? —Pregunta Gordon—, eso es devoción.
Miro a Nate, sentado en un sillón o más alejado posible de su tío —y de mi padre—; con su impoluto traje sin corbata y las piernas cruzadas, da vueltas a su vaso de whisky mientras me mira sonriente.
Me siento en el reposabrazos y le quito la copa, la mirada que me dedica mi madre no impide que me la beba, a pesar de las quejas del guapito de cara.
Todavía no ha llegado el líquido a mis papilas cuando Marianne ya nos está entregando a cada uno nuestro regalo, tenemos que abrirlo uno a uno y todo ello inmortalizándolo con su vieja cámara.
«Todo es viejo en este lugar».
Excepto en los dos anfitriones, la falsedad se nota en el rostro de todos, cada uno metido en sus pensamientos: papá no deja de vaciar su vaso, cansado de escuchar los chistes casposos de Gordon; Nate suspira de aburrimiento intentando entablar una conversación con su primo,
el cual no ha levantado la cabeza de su teléfono; mamá es la que más lejos de aquí parece estar, pendiente de todo y de nada a la vez.
Solo puede ver las miradas que mi hermana y yo nos dedicamos, unas miradas que jamás nos habíamos dedicado y que mostramos justo en el momento que más rotas estamos.
En el momento que más unidas tenemos que estar por lo que a ninguna nos ha pasado, pero nos podría haber pasado.
Una corbata a Gordon, una caja de puros a mi padre…
«Ese regalo es de Gordon, no tengo pruebas, pero tampoco dudas».
…una cartera a Jacob que desprecia, una bonita pulsera de bisutería a mamá...
«Es bonita, seguro que es de Nate».
—Otro... porta velas… —me sonríe Maryanne, como si fuese mío.
«El anterior lo fue».
—Gigi, corazón abre el tuyo…
«Uff… ¿Quién juega al amigo invisible en octubre? ¿Podemos fingir que nos llaman porque se nos ha muerto el perro?»
No tenemos perro.
«¿Cuenta el del vecino?»
—...¡Qué bonito! —añade Maryanne entusiasmada. Un fular rosa chicle.
Es la primera mirada cómplice que mi hermana y yo cruzamos desde hace días.
—Precioso —comenta ella, ambas ocultamos nuestra sonrisa.
—Nathan, tu turno…
—Nate —corrige a su tía—, primero las damas —me señala sonriente.
«¿Por qué? ¿Es suyo?»
Bajo el foco de todos y del objetivo de la señora Cliffort desenvuelvo mi regalo…
«Esto pesa poco, como sea otro fular…»
—Otro fular —sonrío—, verde —le digo a mi hermana.
Ambas reímos.
—Son preciosos —comenta Maryanne emocionada.
«Los dos son de ella».
—Le da un toque de color a tu ropa negra —dice Nate sin dejar de sonreír, yo le golpeo con el codo.
—Abre el tuyo Nathaniel —aunque se queja, sé que no le molesta que le llame así—, a ver si también te da un toque de color. Graba, graba —pido a Maryanne.
Abre la bolsa y comienza a sonreír, aunque sabe que es mío no me mira, no quiere que lo sepan. Cuando su tía pide verlo, solo muestra parte del regalo.
—¿Unos calcetines? —Protesta la señora.
—Al nivel de los fulares —añade Jacob.
El ambiente se vuelve seco ante ese comentario, Gordon y su mal e inoportuno humor, nos hace pasar al comedor, pero ojo, cada uno tenemos nuestro asiento ya adjudicado.
La habitación parece sacada de una serie de época, donde una mesa alargada está decorada con cubertería antigua, velas y jarrones victorianos con flores, ah sí, también hay comida.
Indicándonos nuestros lugares; empezando por los dos patriarcas presidiendo cada lado de la mesa, sus respectivas mujeres a su vera con Nathaniel en medio de ambas, yo frente a él, a mi derecha Greace y a mi izquierda Jacob, el primogénito de los Cliffort.
No miramos nada más allá de lo que tenemos delante, nos miramos sin importarnos las demás personas que parlotean falsamente sobre lo bien que huele la comida.
El olor de las velas no permite saber si huele al estofado que saca una de las muchachas o el ambiente de una fábrica de cera.
Intentando no descubrir el objetivo, observo la sonrisa de Nate al preguntarle a su tía si tiene aguacates, sabía perfectamente que su tía le regañaría como a un niño pequeño, solo quería entregar un mensaje.
A mí.
El momento en mi casa sigue siendo nuestro momento. Ambos hemos enviado un mensaje y lo hemos captado.
La cena transcurre de forma cordial, jóvenes y mayores nos ponemos de acuerdo en nuestros estados de ánimo; mientras los mayores fingen una diversión con chistes que les aburren, nosotros cuatro estamos a punto de cortarnos las venas los unos a los otros con el cuchillo de la mantequilla.
A la tercera patada de Nate por debajo de la mesa, decidí no escuchar las conversaciones estrafalarias que Gordon sacaba sin preguntar si nos interesaba.
No sé muy bien el motivo de detener mi libertad de expresión…
«Por tu bien».
¿Qué bien? Ni que por dar mi opinión fuesen a meterme en la cárcel.
«Ojo, que aquí nadie comparte tu misma opinión».
Por eso la quiero dar.
«Nate sí la comparte».
Lo dudo.
«Sí, vuestras miradas cómplices lo confirman».
Ni me deja darla ni la da él.
«Porque es preferible tener una cena calmada que alborotada».
Calmada hasta que, sin motivo alguno, Gordon saca lo ocurrido en su cena benéfica, comentando la suerte de Greace por tener el padre que tiene y haberla podido sacar de la cárcel sin constar en su expediente.
Nadie que no lleve el apellido Colbert conoce realmente la historia y todos fingimos que es como el mundo de ricos vio.
También nombra la ayuda que ha podido recibir de mi novio el policía.
—No son temas que nos importen —Nate vuelve la cara hacia su tío tras centrarse en la mía un instante.
El sonido de las bocas masticando y los cubiertos chocando contra el plato, es lo único que se escucha.
En alguna ocasión Gordon intenta volver a ser gracioso; ninguno le hacemos caso, seguimos engullendo la comida para poder irnos cuanto antes de aquí.
También tengo que aguantar la obligación de acompañar a Nate a ver apartamentos por el estúpido comentario del tío sobre mis buenas negociaciones, tras la revelación de su mujer sobre la necesidad de su sobrino por abandonar el nido.
—Es normal, Maryanne, es un joven en una nueva ciudad y soltero —comenta mi madre
A pesar de mis quejas, no puedo negarme, lo he hecho, pero no quiero seguir aguantando el sermón de todos a la vez, todos menos Jacob que tira a mi favor, corriendo la misma suerte.
Los cuchillos chocan contra el plato cuando Cliffort continúa con el tema de la detención, por alguna razón que desconocemos quiere saberlo todo, aunque sabe más de lo que simula creer, pero consigue lo deseado.
Hablar del tema. No entiendo cómo mi hermana le da coba, no tiene necesidad de saber de su trabajo, de su infiltración y que todo fue una patraña.
Es un bocazas, pronto se sabrá que es policía y no podrá mantener oculta su identidad, tan esencial para lograr encerrar a los malos sin peligro.
—Muy bien, Greace.
Mi tono no solo le sorprende a ella, todos quedan estupefactos, como si hubiese confesado un crimen.
Mamá me pide que no lo haga, cuando estiro el brazo, es Nate quien me impide agarrar la botella de vino.
Le reto con la mirada y la fuerza de mis labios, aun así, llena su copa y pide a la sirvienta retirarla al fingir estar vacía.
—Muy bien, ¿qué? Dilo, te revienta que me lleve bien con Blake.
Aunque no aparto la mirada del rubio y por mi mente pasan mil formas de desfigurar su rostro —gana adeptos el sacarle con la cuchara esos hipnóticos ojos azules—, me tranquiliza de las palabras que la melodiosa voz de mi hermana escupe.
—Es una mujer espectacular y hace una maravillosa pareja con Matt.
No solo rechinan en mi mente, sino que hacen daño.
—Hija… —musita mamá.
—¡Hija qué! Hasta el gorro estoy de que no se pueda nombrar a Matt.
—Tengo que irme.
De forma serena, agradezco la deliciosa comida que han preparado las sirvientas sin hacer caso a la reprimenda de mi padre por tal comentario y pedirme que no me marche, acto seguido de un par de carraspeos nada disimulados, Nate se ofrece a llevarme a casa.
Declino su ofrecimiento y despidiéndome únicamente de mi madre con una mirada —que entiende a la perfección— salgo de esa casa estancada en los años cincuenta.