29
Tras el día de investigación de ayer, Austin entendió por qué he decidido llevar el caso al juzgado.
No solo para conseguir que el sinvergüenza del periodista le devuelva hasta el último centavo, sino para que pague por los delitos que ha cometido; chantaje, intimidación y violación a una menor.
Sí, como lo oyes. El hijo de Maya es fruto de una violación de ese hijo de puta.
¿Cómo he llegado a esa conclusión? Fácil, hablando con ella.
Fui delicada, no podía permitir generarle más problemas, le prometí que la protegería y haría justicia.
Necesita ser liberada de tan vil mentira y vivir en paz.
Obviamente es mi as bajo la manga; todo ha de hacerse despacio y preciso.
Hay que procurar que todas las víctimas estén en sintonía y de acuerdo en la lentitud, por complicado que sea; Maya está avergonzada, Austin no está dispuesto a seguir siendo el tonto al que engañar y yo no quiero implicarme en casos de violación; ya tengo suficiente con el mío,
en el que no me involucro.
—No quiero saber nada —respondo y cuelgo a Nate.
—¿Todo bien? —Pregunta Seth tras mi brusquedad al teléfono, asiento—. ¿Qué hago aquí? ¿Brandfont está de acuerdo? —Susurra.
—Sí, tú solo confía —sonrío.
Aunque no sea un tema para sonreír y le vaya a caer como un jarro de agua fría, confío en él, lo espera desde hace tiempo y nadie le dio la oportunidad. Sin entender nada se sienta nervioso junto a Austin: también nervioso. Su implacable seguridad a desaparecido y solo puedo ver un niño asustado.
—¿Estás segura de esto, Colbert? —Se acerca sin sacar las manos de los bolsillos.
—No —le miro. Su cara de perplejidad me enternece a la vez que me divierte—. Te dije que no podía evitar el escándalo si a Nash se le iba la cabeza.
—Lo acepté, ¿pero saldrá bien? Para Maya…
—Y para ti, espero.
Aparto la mirada de sus ojos, si sigo metida en su mundo azul no saldré de ahí y no es buen momento para hundirme. Sacudiendo la mano saludo al guardia que se acerca a nosotros, tan alegre como siempre lo fue, Don Curt Carl Dane, un tipo amistoso y bonachón que ve, oye y calla.
«Contigo nunca calla, te lo cuenta todo».
—¿Qué hace aquí la heredera del trono? —Bromea.
Intercambiamos palabras sobre la vida y las últimas actuaciones de mi padre en el juzgado, como siempre hacía en cada juicio, le pregunto por el humor del que me tocaba.
Me cuenta que el juez Sommer está de baja y le sustituye la señora Stoke.
Él afirma riendo antes de que pueda preguntar si Laura sigue en el mismo despacho.
Le doy todas mis cosas a Austin, dejando al rubio con la palabra en la boca y corro en dirección al ascensor; presiono insistente el botón sin tener suerte.
Paso de los gritos de Austin y bajo por las escaleras a toda prisa.
Irrumpo en el despacho de la única fiscal que respeto, la única que acepta la derrota; si no lo tiene ganado, no juega sucio.
Le sorprende verme ahí, aunque no en el juzgado; tras saludarnos, me ofrece una caja llena de gomas del pelo y un pequeño espejo que saca del cajón, se burla de mi corta melena mientras me recojo el cabello.
Me comenta que va a trabajar en un caso junto a un tal Nate Akerman —mi corazón se paraliza— en el cual figura mi nombre como una de las víctimas.
—No quiero saber nada, pero me alegro de que te encargues tú —digo antes de salir, agradeciendo su ayuda.
Al llegar de nuevo a la entrada de la sala, el rubio mira extrañado mi cambio, pero el silencio se hace en cuanto el periodista y su abogada pasan por nuestro lado mostrando sus aires de superioridad, unos aires que fingirán no conocer en cuanto entre la jueza.
—Menos mal que llevo traje —suspiro.
—Tienes mucha suerte niña —dice Dane—, esa abogada no conoce a Julianna.
El contoneo de la chica me ayuda a tranquilizarme, mucho más que la parte contraria no conozca el carácter de la jueza y, sobre todo, su vestido ajustado granate.
No tiene nada de malo que una mujer de negocios vista así, va guapísima, yo a veces vestía de esa forma para distraer al abogado contrario, pero jamás ante la jueza Stoke.
Todo aquel que le interese más allá de ganar sin importarle el cómo, sabe que Julianna no soporta que las mujeres nos aprovechemos del haber nacido mujeres y de la debilidad que tenemos pegada al culo solo por ser mujeres.
Para ella, en su sala todos los abogados somos abogados; no tenemos género, solo pruebas y hechos.
—Olvídate de todo lo que te dijo Myles de ser simpático, si tienes que quejarte o contestar mal hazlo. Se educado, pero no agradable —Austin está atento a cada palabra—. Vamos, se tú mismo —añado, por un segundo me muestra la sonrisa que me gusta.
Ambos asentimos serios, no entiende mi cambio de actitud, pero confía en mí. Ahora mismo nos gustaría enfundarnos en un abrazo que nos aleje de la realidad y aunque no podamos, nuestras miradas lo hacen. Dándonos tranquilidad.
Entramos los tres a la sala donde el periodista y su abogada se encuentran en su mesa, miran dirección la puerta a la espera de nuestra entrada.
Sé que nos esperaban porque él le da un golpe con el codo en cuanto cruzo la puerta detrás de Seth, sujetándola para dejar pasar a Austin susurro al joven que no esté nervioso porque ese será su futuro.
Llegamos a la mesa; ellos dos se sientan en sus sillas.
—Nunca te he visto en el juzgado —me detiene su melodiosa voz—, ¿eres becaria o algo así?
—Algo así —muestro una sonrisa.
«Otra mentira».
No es una mentira, es jugar mis cartas.
«La carta de papá».
No lo negaré. Esto había que acelerarlo y solo con los recursos de papá lo iba a conseguir.
«Te costó caro y seguro que a él también».
A él más, si acabo este caso no tendré que esconderme más de mis gorilas, además, Larry no le dirá si lo hago.
«Pero los demás sí».
A Stoke no le gusta la superioridad de Hyland, mucho menos el tratar un tema de chantaje como mediocre y una pérdida de tiempo.
En cuanto se da cuenta de que no a aprueba su actitud, comienza a transformarse en la chica boba nueva en los juzgados de la ciudad, lo cual empeora la imagen que su señoría ya tiene.
Yo sé que me respeta, pero nunca dio muestra de ello en una sala; se lo dejé claro al finalizar el primer juicio en el que coincidimos.
Eso lo valoró más y así me lo hizo saber en una de las fiestas benéficas a las que mis padres me obligaban a ir.
El caso le cayó de la nada esta mañana y la explicación —más bien queja— de Abby Hyland no se lo aclara, ni siquiera a mí que puse la demanda
—Cállese —mira a Abby ante una nueva interrupción.
—Mi cliente demanda al señor Nash por chantaje, no es difícil de explicar señoría.
Stoke me llama la atención, a pesar de ver en su escondida sonrisa unos pensamientos idénticos a los míos.
—Mi cliente no chantajea a su cliente.
Pidiendo permiso, me acerco al estrado entregándole la carpeta con todas las transferencias desde hace diez años y sus respectivos emails amenazantes.
Es una gozada tener amigos que saben encontrar en la red lo que creemos que desaparece.
Intentando no contonear mi trasero ganador dentro del traje pantalón gris, le entrego a la barbie abogada otra carpeta con la misma documentación.
No necesita leer más, con la primera página dedica a su cliente la mirada que todo abogado le dedica a su cliente cuando nos ocultan información.
—Entre las pruebas —continúo de pie junto a la mesa —se encuentra la sentencia de la demanda que el señor Nash puso a mi cliente por agresión, al igual que el cumplimiento de ella —Echo un vistazo a Austin, orgulloso—.
El señor Brandfont pagó hasta el último centavo de la indemnización en su momento y cinco años después contactó con él para chantajearle…
—Mi cliente no chantajea a su cliente —interrumpe. Stoke le manda callar tras hacer sonar su mazo.
—… ¿pedirle dinero? —miro a la enfadada abogada—. ¿Mejor?
—Señorita Colbert —suena el mazo de nuevo.
—Disculpe, señoría. El señor Nahs le pidió diez mil dólares a cambio de destruir la prueba de la agresión. Y así una y otra vez durante diez años.
—El chantaje es un delito, ¿cómo se declara su cliente?
—Inocente —señoría.
—¿Tiene usted alguna prueba que refute las de la acusación?
—Esas imágenes fueron publicadas en su momento, es imposible que esos mensajes sean reales, ya que mi cliente no puede ocultar la mala reputación del señor Brandfont, conocida ya por muchos.
Mi mirada atraviesa los ojos de esa abogada con armadura de chica buena. Si no supiera todo lo que sé…
«¿De Austin?»
…Y no hubiese conocido a Austin como lo he hecho, le daría la razón.
—Su cliente tiene mucho dinero, esas pruebas pueden ser falsificadas.
«Ouch eso ofende».
—Cada una de las pruebas son reales, mi cliente puede demostrarlo ahora mismo mostrándole su dispositivo con los últimos mensajes si lo desea. Incluido el que le amenazó por negar a seguir pagando —giro la cabeza en busca de la reacción de la mujer para disfrutar del triple que acabo de meter.
«Dale reina».
—Muéstreme —pide Julianna colocándose sus gafas.
—No le voy a dejar mi teléfono a nadie —comenta Austin en un tono arrogante.
Yo le miro ocultando una sonrisa, desganado descansa la cabeza sobre el brazo apoyado en el reposabrazos con la mirada fija en el estrado.
—Tiene razón, tráigamelo usted, que se le ve muy aburrido —señala a Austin—, así no tiene que darle sus claves a nadie.
El rubio me mira en busca de una respuesta, yo no hago ningún gesto, simplemente me siento a disfrutar del espectáculo.
A Stoke le encanta dejar en evidencia a los abogados que no respeta, mostrándoles que acusar de arrogantes y maleantes a sus contrarios, no siempre les hace quedar bien a ellos.
No solo sabe que jamás presento pruebas falsas, sino que nunca defiendo algo en lo que no creo, y si creo en un hombre arrogante es debido a que no es una arrogancia llena de maldad.
—Puede estar manipulado —se queja de nuevo.
Suspiro a la vez que miro a Seth, el cual revisa el informe que le entregué. Su nuevo caso, está muy pálido, lo que acaba de descubrir solo lo podría digerir un psicópata. Le acaricio el codo y le susurro si se encuentra bien, él asiente y me confirma que va a hacerlo.
—No está manipulado, señorita Hyland.
Austin vuelve a la mesa guardándose el móvil en el bolsillo de su chaqueta negra, su rostro es impávido, aunque nuestras miradas se cruzan diciéndonos mucho. En cuanto está sentado entre Seth y yo, el mazo nos obliga a mirar a la jueza.
—Sentencio al señor Nash a devolver cada centavo al señor Brandfont en un plazo de tres meses, más una indemnización de cinco mil euros.
En ese momento miro a Austin, niega con la cabeza y esa es la señal que pactamos para rechazar esa indemnización y lanzar la bomba. Lanzar la sentencia de muerte de ese hijo de puta.
—Señoría —me levanto en el momento que el mazo está en el aire, con un suave adelante me invita a hablar—. Mi cliente no quiere la indemnización, quiere justicia.
La cara de perplejidad e intriga le obliga a esconder el mazo y pedirme explicaciones. Extiendo el brazo y Seth me entrega una carpeta idéntica a la que el joven leyó.
—El chantaje de Collin tenía como fin ayudar a un niño enfermo, para el cual irá destinada la indemnización.
—Eso no es un delito —comenta Abby.
—El chantaje sí —responde la jueza—, prosiga, pero directa al grano.
—El chantaje se trataba de publicar la paternidad de mi cliente, una paternidad falsa, ya que el padre biológico de la criatura es el periodista, fruto de una violación.
—Es una acusación muy grave, ¿está segura de ello?
—Hay pruebas y testigos —hago un gesto para poder acercarme, ella me lo da.
No necesita ver todo antes de devolverme la carpeta y asentir.
—En nombre de Maya Ridley, presento una demanda contra Collin Nash por violación e intimidación.
A mitad de camino me detengo y observo a Seth acercarse a la parte contraria sin titubeos, en el momento que le entrega el folio a Hyland sabe que no solo le hemos ganado uno, sino dos casos contra un tipo que jamás debió representar.
—La demanda queda aceptada, mañana será la vista para presentar las pruebas contra el acusado, señor Nash, no salga de la ciudad o será puesto en busca y captura.
El sonido del mazo cierra una pesadilla que persigue a varias personas desde hace muchos años.
El abrazo que Austin me da es comedido, pero se siente como cada abrazo que nos damos: la sensación es la misma.
El ardor que siento por dentro también lo puedo notar en su piel.
Y las ganas de no querer soltarnos. Su sonrisa atraviesa mi alma.
Ni siquiera estando solos había visto tanta serenidad en su rostro. Tanto agradecimiento.
Tanto alivio.