Cuatro son multitud tres no 28 #3
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Parece completamente seguro de ello, se le ve incomodo por mi desconfianza. Le molesta que crea que ha podido dejar embarazada a una mujer y pasar de ella y el niño. Mi opinión le importa más de lo que yo pensaba.

Asiento con una débil sonrisa y le pido que me lance la documentación, ya es hora de saber qué camino debo seguir.

—¿Eres coja? —Muestra sus dientes.

Me gusta que siga mostrándome su lado bromista, a pesar del momento que acabamos de pasar. Resoplo, me acerco hasta la documentación, mientras, él recoge mi bolígrafo del suelo para dejarlo encima de la mesa antes de apoyarse en ella mirándome de cerca.

«¿No te distraen esos brazos musculosos? A mí sí. Mira cómo se marcan cuando los cruza».

En la documentación de Carter se encuentran fotografías de Maya con su hijo de catorce años, entrando y saliendo del hospital. La partida de nacimiento le atribuye la paternidad a Austin, también justifica una supuesta enfermedad genética paterna.

—Yo no estoy enfermo —asegura sin moverse, provoca que mi entrecejo se frunza.

En busca de respuestas no encuentro más; un par de fotografías donde Maya y Nash discuten cerca del hospital.

—¿Es posible que él sea el padre? —Le muestro una foto.

—¿Qué pinto yo en todo esto, Sidney? —Sus ojos se clavan en los míos en busca de refugio—. Si ese niño fuese mío, le hubiera ayudado, pero he mantenido a un niño que no es mío.

—Lo sé —paso mi mano sobre su brazo.

—Y con mentiras y chantajes. La hubiese ayudado, aunque no sea mío.

—Averiguaré la verdad. Lo haré, Austin.

Sus dedos, atrapados entre sus brazos, rozan los míos, aliviando la necesidad de estar piel con piel.

Lleva años creyendo que la causa del chantaje fue por una mala acción de su juventud, y todo fue fruto de una burda mentira.

Algo hay detrás, algo ocultan. Nadie se esfuerza tanto en crear una falsa vida tan elaborada.

Anoto algunos datos en mi cuaderno mientras Austin pasea de un lado a otro por detrás mío, sus soplidos y respiraciones fuertes me anuncian que intenta evitar no mirarme…

«Tu posición en culo de pompa no ayuda».

—Llévatelo todo, yo no puedo hacer nada —dice en cuanto me incorporo—. Tampoco sé qué hacer con ello —confiesa pegado a mi espalda. Sin rozarnos.

Meto en el sobre cada folio lentamente, sintiendo su respiración.

—Unos pantalones no son un impedimento.

Siento su roce en mi cintura, deteniéndose antes de llegar más abajo cuando presiono mi trasero en su entrepierna.

—Hoy sí —tiro el sobre en la mesa.

—Gracias —sus brazos me rodean con fuerza a la vez que deposita un beso en mi cabeza. Me apoyo en su pecho, disfrutando de su aroma.

—Puedes abrirlo —añade, dándome otro beso.

Y otro. Y otro.

—Confío en ti —confieso aferrada a sus brazos.

—Pero necesitas confirmarlo.

—¿Y tú?

—Ahora mismo no me fío de nadie, solo de ti.

Sus palabras me hacen sentir plena, aunque también me asustan y me entristece, el simple hecho de tener dinero y poder te lleva a una soledad.

«Y en ti que confía, le mientes».

No le miento.

—Tal vez debas saber si han sido capaces de llegar tan lejos —digo mientras entierra su cara en mi cuello.

—Yo sé que no lo es, pero tengo miedo —musita—. Tanto esfuerzo en hundirme… —calla—, ¿qué le he hecho? Ya pagué por el puñetazo.

El silencio invade la sala. Mis ojos se centran en ese sobre cerrado y sé que los suyos también.

Su cuerpo pide a gritos un abrazo; me giro entre sus brazos y rodeo su cuello.

Está tan acostumbrado a ser una persona fría, que cuando tiene un problema serio no sabe gestionarlo.

Despacio nos separamos lo justo, sentada en la mesa sostengo su mano a la vez que le entrego el sobre.

—Siempre hay que saber la verdad —digo—, aunque no nos guste.

—¿Y si no me gusta? —Agarra el papel del otro extremo.

—Haremos que guste un poquito.

Asiento rompiendo el contacto, toma aire y abre lo que puede cambiar su vida para siempre. Ambos corazones laten con fuerza, un latido diferente al que nos gusta sentir cada vez que estamos entre los brazos del otro.

«¿Puedes soltar tú también el aire? Necesito respirar».

Al leer el resultado no consigue mantener el suspenso: sus ojos se cierran, el aire sale de sus pulmones y una gran sonrisa aparece en su rostro. Respiro. Tiro de la cinturilla de su pantalón para atraerlo a mí, él sostiene mi cabeza entre sus manos y me besa en la frente agradeciéndome.

—En ningún momento me he enfadado contigo —dice tan pronto como nos separamos para mirarnos—. Al contrario —acaricia mis mejillas con los pulgares—, gracias Sidney Colbert. Y a tu contacto o a quién haya conseguido la prueba.

—Le debo una bien grande.

—Si es con dinero…

—No —interrumpo. Ni él necesita terminar la frase ni yo razonar la respuesta. Los dos sabemos lo que el otro iba a decir.

Nos enfundamos de nuevo en un abrazo. La alegría vuelve a nosotros en un juego que detengo antes de que nos interrumpa otra vez la limpiadora.

—Colbert —me llama cuando estoy a punto de abrir la puerta—, la próxima vez que te vea con ese traje blanco, te lo arrancaré.

Pongo los ojos en blanco y sonríe. El movimiento de mi cuerpo le ha mostrado el escalofrío que me ha entrado.

«Mañana repetimos modelito».