28 #2
Ponzoñoso, se desabrocha la americana; después de indicarme la puerta secreta, me disculpo de nuevo.
—Enseguida vuelvo —dice Austin a la vez que cruzo el despacho tras un asentimiento suyo.
—Tardad lo que necesitéis, queridos —pide ella.
De reojo le miro en el panel, rápido se abre la puerta: una puerta que se suponía que era nuestro secreto.
Absortos en la oscuridad de la sala de la muerte, guardamos el silencio que no sabemos romper, un silencio incómodo.
A través de la poca luz del despacho, veo su rosto preocupado, intenta agarrarme de la mano, pero no le dejo.
—¿Qué pasa, Sidney?
Sidney.
«Le estás asustando».
—¿Recuerdas a Maya Ridley? De…
—La guardería de las fiestas —interrumpe—, vagamente.
No sé si eso me atemoriza o me tranquiliza.
—¿Te acostaste con ella?
«Boom».
—Nunca —responde sin dudarlo.
Eso me alivia, pero no lo creeré hasta que sepa el resultado y solo lo sabré si él quiere decírmelo.
—Lo siento —digo entregándole el sobre grande abierto.
Traspaso el despacho rápido. Me gustaría desaparecer, pero no puedo irme de aquí; no estaría bien visto salir del despacho del dueño de la compañía con cara de culo y no volver a mi puesto de trabajo. Al final todo se acaba extendiendo, por rumores que sean. Necesito ser invisible.
«Lo tuyo con el jefe no se sabe».
Conforme salgo del sector de directivos y me adentro en la zona de trabajadores el bullicio empieza a notarse, todos han vuelto de su almuerzo. Seth también, relajado en mi mesa bebiendo el café a medias que le traje.
—¿Estaba bueno, perra? —Lo muestra.
—Demasiado dulce —fuerzo una sonrisa.
En silencio trabajamos en nuestras cosas; de vez en cuando me hace preguntas sobre leyes o qué opino de cuál sería la decisión correcta. Sin malos gestos y de forma real, le doy todas las opciones que se me ocurren para que decida él; me gusta ayudarle, me gusta que aprenda por si mismo.
Por suerte mi trabajo lo hago con la gorra…
«No es que trabajes mucho ahora».
…pero, no puedo dejar de pensar en si Austin está bien, en si lo habrá leído, en qué pensará por lo que he hecho, en mi huida sin explicaciones…
«En si el resultado es positivo».
…en si el resultado es positivo.
—Señor Brandfont —escucho en la voz de Seth. El corazón se me detiene.
Quito la vista de la grapadora y miro la puerta. No está.
—Vale —Seth está al teléfono fijo de su mesa—, enseguida. Sí, está aquí —me mira. Silencio—, ahora vamos —cuelga y cierra su portátil—. El jefe nos quiere en la sala de la muerte.
Asiento y miro el reloj de la pantalla, hace dos horas que irrumpí en su despacho.
«Dos horas en las que has estado mirando esa maldita grapadora».
¿Por qué no ha llamado a mi mesa?
—No tengo ni idea del tema de Brandfont, ni siquiera me he puesto a investigar —confiesa mi compañero cuando me coloco a su lado.
—No somos sus esclavos —comento.
«Muy bien, protegiendo tu tapadera».
Con toda la calma que nos produce ir de una punta de la oficina a otra, llegamos a la sala cerrada, cuando Seth presiona el interruptor nos encontramos a Austin sentado de espaldas en la mesa;
un escalofrío recorre mi cuerpo al recordar y otro más fuerte me golpea en cuanto nuestras miradas se encuentran.
—¿Qué hacéis aquí? —Aparta la vista de mí.
—La reunión —Austin sonríe sin moverse.
—Te he dicho al terminar la jornada —comenta sosegado.
Yo respondo insultando cariñosamente al joven, gesto que hace sonreír al rubio sin mostrar un cansancio que yo percibo. Se incorpora acercándose a nosotros.
—Nadie sabrá que no estáis trabajando —susurra antes de salir por la puerta que está a nuestras espaldas.
«No utiliza la secreta».
—Se ha dejado sus papeles —Seth me saca del aroma de Austin.
—No los mires —digo tajante al ver que se dirige a ellos.
—Tal vez son los salarios —añade risueño.
—Sea lo que sea, es privado —señalo la silla frente a la mía.
«El sobre pequeño no está».
—Estas muy seria, chica —dice sentándose frente a mí. Fugazmente comenta lo divertidos que son mis amigos. Sonrío, me alegro que les cayese bien, no a todo el mundo le ocurre.
El silencio que el teléfono de Seth me ofrece, desvío la mirada a la pared.
Me revuelvo en la silla, tan solo pensar que puede estar mirando el calor recorre mi piel.
No puedo escribirle desde mi móvil y aunque lo tuviera aquí, tampoco puedo sacar en público el de Australia, además, no es buen momento para jugar entre nosotros, no sin saber si está bien.
—En cuanto aparezcan los demás empezamos —apunta Austin después del saludo del joven, devolviéndome al presente.
—Hay para rato, entonces —digo sin pensar.
—Colbert —pronuncia Brandfont.
El caminar por detrás de Seth le ayuda a esbozar una sonrisa que solo me muestra a mí. Su tono amigable me dice que no está enfadado, no le importa lo que piense la persona que nos acompaña.
—Tiene razón —comenta el chico sin quitar la vista de su teléfono.
Cuando nuestras miradas no se encuentran en el mismo camino, mi vista le sigue.
Debajo del traje negro percibo sus músculos tensos, aunque pretenda ocultarlo con sus andares despreocupados.
Sentado se relaja y sus ojos buscan los míos, echa un vistazo a Seth obligándome a hacer lo propio, centrados de nuevo en nosotros, asiente.
Y yo respiro.
«Puede que te esté diciendo que el resultado es positivo».
No. Me está diciendo que todo está bien entre nosotros.
—Caballeros —se levanta en cuanto la puerta se abre. Todos los directivos entran uno detrás del otro como si hubieran esperado para hacerlo juntos—, señoras, no es necesario que se sienten. No van a trabajar más en mis asuntos personales —informa tajante.
—¿Y quién lo va a hacer? ¿Estos dos niños? —Nos señala Carley en tono de mofa.
—Colbert —dice seguro. Anonadada, giro la cara hacia el playboy—, si quieres.
—Claro —acepto seria, fingiendo molestia.
No quiere que salga a la luz la información que le he dado.
«Tendrías que haberla leído».
¿Y si es positivo y por eso solo me quiere a mí? El nerviosismo empieza a causar estragos en mi cuerpo, el corazón me bombea rápido y la garganta está más seca que el Sahara.
—Pueden marcharse para que podamos trabajar, tú también Seth, gracias —cambia a un tono conciliador al dirigirse al joven.
—¿Por qué ella? —Quiere saber enfadado uno de los hombres.
Mi cerebro acaba de colapsar, ya no colabora y no distingo a ninguno.
—Porque es la única persona de esta sala que ha encontrado algo para solucionar mis asuntos. No voy a pagar a incompetentes. Largo.
Maldiciendo palabras que a Austin no le importan, abandonan la sala, el último es Seth.
Nos miramos confusos por el mal genio que acaba de mostrar el jefe, nada que ver con la actitud sosegada y amistosa de hace unos minutos.
Mi amigo y yo nos despedimos sacudiendo la mano al aire después de que el rubio le pida por favor que cierre la puerta.
En ese momento agacho la cabeza para ocultar la pequeña sonrisa que se me dibuja en la cara.
—No vamos a acabar como siempre —aseguro. Él sonríe.
«Incrédula».
—¿Por esto viniste el lunes al despacho? —Saca el sobre pequeño del interior de su chaqueta antes de quitársela y dejarla en la silla cercana. Parece algo dolido—. ¿Qué te llevaste?
—No fue el condón —él sonríe cuando resuelvo una duda que no verbaliza.
—El cepillo de dientes —asiento—. ¿Cómo…? —Calla confuso—¿…en? —indica sus partes.
—¡Austin! —Lanzo el bolígrafo que acaba contra la pared, provocando una broma sobre mi puntería.
—¿Cómo has descubierto todo esto? —Señala los papeles.
—No he sido yo —encojo los hombros—, ni siquiera sé qué pone.
—Tu contacto debe tener muchos contactos.
Cada uno en un extremo de la mesa comenzamos a hablar del tema, teniendo curiosidad de cómo descubrí o cómo llegué a esta historia tan enrevesada.
Le cuento que, al buscar información sobre el periodista recordé haberlo visto gritar a Maya y con ello cosas que había contado en nuestras escasas reuniones.
—Pero no sé si estoy en lo cierto.
—Tal vez sea el momento de que lo descubras. Necesito saber qué es esta mierda que tengo encima. Yo no soy el padre de ese crio, Sidney.
—No lo has abierto —señalo el sobre.
—No necesito abrirlo.
—Tengo entendido que sus padres te odian por eso.
—Puede que no recuerde a las chicas con las que me acosté hace cinco años, pero sí en mi adolescencia y jamás me acosté con Maya. Nunca me acosté con una menor de edad.