28
La bronca que me acaba de meter Tara me entra por un oído y me sale por el otro. He podido disimular que me afecta…
«Últimamente se te da bien disimular».
…porque en mi cabeza solo existe la información que he descubierto. No puedo dejar de pensar en cómo decírselo a Austin…
«Más bien en cómo decirle que le robaste el cepillo de dientes después de follar».
…o en cómo reaccionará al darse cuenta de que mi intención no fue tener sexo…
«¿Nos quejamos por eso?»
Se enfadará.
«No».
Sí.
«Estará orgulloso».
¿Orgulloso?
—¿Puedes dejar de reírte? —Escucho a Wescot—, a mí no me hace gracia y a Austin tampoco cuando se entere de tu precario trabajo.
«Estoy deseando ver esa conversación».
Cállate.
—No tengo que darle explicaciones.
—Soy la jefa de…
—Sí, vale, ve a decírselo al señor Brandfont —me levanto a la vez que cojo mi bolso y la chaqueta.
—Estás despe… —calla después de voltearme para mirarla.
—Dilo, termina tu frase —sonrío.
No puede, todos los despidos los decide Austin, al igual que las contrataciones. No sabe el motivo real por el cual yo estoy aquí…
«¿Cuál de todos?»
…pero él estuvo en la entrevista y no tiene ovarios para ir a decirle que me despida o que no hago mi trabajo, está al tanto del trabajo extra que estoy haciendo junto a Seth.
Qué casualidad que a él no le dice nada.
Miro a mi amigo, escondido tras unos papeles oculta las ganas que tiene de entrometerse, le dejé claro que, por muy injusto que le pareciese, mis batallas son mías.
Al ver nuestras miradas, Tara sabe que su discurso debería ir también hacia mi compañero.
Endereza los hombros para evitar bajar la cabeza, ante su cagada sale del despacho, contonea su trasero embutido en un vestido granate de cuero que deja poco a la imaginación…
«Como todos sus vestidos».
…no sin despedirme educadamente y desearle una buena mañana.
—Que ganas de pelea a estas horas —comenta Seth riendo.
—Se mi abogado si un día la mato.
—Será un placer.
Ambos reímos y le informo de mi ausencia durante quince minutos.
Su grito pidiéndome un capuchino doble se escucha en todo el pasillo, al igual que mi respuesta positiva.
Las miradas que me dedican algunos no me ofenden, ni el que me insulta por decirle no ante su pedido de café y donuts.
Me dan igual las quejas, me da igual lo que piensen de mí, me dan igual los insultos, estoy segura de que Austin se ríe al leer las reclamaciones que puedan llegar.
En cierto modo, creo que me entiende; no querer ser sociable o integrarme en la empresa me hace más fácil mi trabajo.
El no prestar atención a la borde que se la suda todo y todos, me ayuda a estar presente en sitios donde soy invisible, descubriendo así cosas que ni siquiera a la persona que se la cuentan debería saber.
A veces me cuesta mantener la risa, pero sin mi cara de póker no hubiera descubierto que la culpable del error que cometió la antigua secretaria de Brandfont y provocó la nulidad de su gran trato, no fue su culpa, sino de…
sí, correcto, la mismísima Tara Wescot: obligó a su secretaria a darle mal toda la documentación que Austin debía mostrar al dueño de dicha compañía.
Nada más conocer esa historia y sin saber siquiera lo ocurrido, se lo comuniqué, no hubo comentarios ni represalias en contra de Tara, fue a disculparse con su exempleada y ofrecerle toda ayuda necesaria para conseguir un nuevo trabajo.
En ese momento entendió cómo trabajo, entendió que soy sus ojos y su sombra y entendió porque no socializo.
«Sabe que la razón para no socializar no es esa».
No hay más razones.
«No quieres a nadie más en tu vida, no quieres dejar entrar a gente que sabes que no se van a quedar. Gente que te salvó unos meses para después poder hundirte ellos».
…
«Austin ve eso cada vez que te mira porque él se siente igual. En tus ojos ve el reflejo de su mundo».
…
«El reflejo de sus mierdas».
…
«Por eso estáis tan cómodos juntos, vuestras mierdas se abrazan liberándoos de esa presión que os asusta».
Sin saber cómo he sido capaz de llegar por culpa de todos mis pensamientos, diviso a Bentley, nunca lo vi muy agraciado a pesar de serlo, no es un modelo ni alguien difícil de mirar, es el típico hombre que no roba miradas indiscretas, pero consigues ver su belleza tras cinco minutos de charla.
Desde que es padre está completamente descuidado.
—Si te metes en problemas, no quiero saber nada.
—No habrá problemas —tiro del sobre blanco, grande y cerrado que me entrega.
—Yo no sé de quién es la muestra, ni en que lío estás metida…
—Tú no existes.
—Es un gran escándalo —suelta el sobre—, no quise averiguar más, tú sabrás lo que tienes que buscar. Encontrarás lo que necesitas, pero ten cuidado.
En el momento que Carter no indaga, es porque encontró algo turbio y privado que puede dañar a la persona que me contrata.
Mi trabajo en Brandfont Enterprise y ser su abogada me impedía buscar la información necesaria, no podía acercarme al periodista ni descubrir ninguna de mis tapaderas.
Al investigar lo ocurrido hace años en aquel altercado y sus posteriores trabajos, se me quedó en la retina su aspecto.
Por mucho tiempo que haya pasado, sus malas formas, sus andares de ser superior y sus caras de desprecio, siguen siendo los mismos.
No me pasó desapercibido el tipo con el que Maya discutió durante el desayuno de chicas: Collin Nash
En ese instante supe que Austin fue el tonto útil para lo que ellos escondiesen.
Lo poco que pude descubrir fue que el hijo de Maya nació un año antes de empezar el chantaje.
No lo pensé dos veces, en ese momento no había más opciones validas.
Es hijo de Brandfont. No lo acuso de nada inmoral, por aquella época se tiraba a todas sin importarle las consecuencias y si le chantajean con el puñetazo doy por sentado que no conoce su paternidad.
«Se enfadará cuando sepa que le robaste el adn».
Tal vez me lo agradezca.
—¿Has visto el resultado?
—No, está en su sobre precintado.
—Gracias, yo no podía ser vista haciendo todo esto. Te debo una.
—Me lo cobraré, Martin está deseando verte otra vez —sonríe.
Custodio el sobre dentro del bolso como si fuese mi propio salvavidas.
Necesito un sitio seguro para abrirlo, un sitio en el que nadie interrumpa, nadie cotillee o me distraiga.
Ese lugar vibra en el bolsillo del pantalón.
Larry lleva buscándome desde que le hice creer que volvía a la oficina, obviamente no es idiota.
A pesar de estar cerca le pido que traiga el coche, al entrar no dice nada, sabe que es estúpido quejarse, pero también ve el sobre.
Sabe que debía encontrarme con alguien que no existe.
Él fue mi persona inexistente. Y yo la suya.
—No tengas miedo de lo que haya en el interior —dice a la quinta vez que intento abrir el sobre—. Tú solo eres la mensajera, no tienes culpa de lo que has descubierto.
«En esta ocasión si, no se puede ser una investigadora de puta madre con alguien que tiene tanto pasado. Y te importa».
No me importa.
«Entonces, ábrelo ya».
Dejo encima de mis rodillas todos los folios y observo el sobre pequeño con el logo de la clínica.
Carter siempre tan metódico y maniático de la organización.
No hay mucha información, pero no me atrevo a mirarla todavía, necesito saber qué buscar y esa respuesta la tiene el sobre cerrado.
Un sobre que no puedo abrir. Ya le he quitado la libertad a decidir, tiene que ser él quien sepa el resultado, depende de él si quiere detener esto y seguir pagando o conocer la verdad para darle el dinero a la persona correcta.
—Volvamos —pido metiendo los documentos en su lugar.
Mis quince minutos han sido más largos de lo esperado, al llegar al despacho Seth ya no está en su mesa, ni él ni el resto, de nuevo es una planta fantasma. Bebiéndome su café observo el bolso…
«Te gustaría tener rayos X ahora mismo».
No puedo ocultarlo más, tengo que decírselo.
«¿Tú sintiéndote mal por una mentira? Te importa, más de lo que crees».
Saco del bolso el teléfono de Australia y marco el único contacto: Texas. A punto de darme por vencida al tercer tono…
—Estoy en una reunión, en quince minutos nos vemos en el cuartito —susurra antes de colgar. Resoplo.
En otra ocasión hubiera sonreído como una tonta. Quedamos en que, cada vez que usáramos ese teléfono, iríamos al cuarto de la limpieza que hay junto al servicio de empleados para hablar de nuestros negocios; con o sin ropa.
No me quejo, surgió tras una de mis contestaciones sarcásticas; sin embargo, no es el momento.
No son tonterías de directivos; una pequeña vida se juega seguir creciendo sin padre, porque eso sí lo sé.
Nunca se me quedó el nombre del niño, pero sí que fue una noche de lujuria.
No sé si en aquellas fiestas Maya se acostó con Austin; en ese grupo todas mienten.
No aguanto más, qué más da una decepción más, que se ponga a la cola, a lo que sea su turno ya habrá prescrito.
«No interrumpas, son negocios, es tu jefe».
Saludo educadamente al guardián del despacho, Liam, sonrío cuando me informa que el señor Brandfont está ocupado, asiento y golpeo flojo la puerta antes de abrirla. Me disculpo con sus invitados: una mujer y un hombre que huelen a dinero, riendo junto al rubio.
—¿Sucede algo? —Se levanta Austin, abrochándose el botón de la chaqueta. Serio.
—Lo siento, es importante —muestro sutilmente el sobre. Como si fuese una bomba a punto de explotar.
«Porque está a punto de explotar».
—Pase joven —pide el hombre entrado en años—, hablen de sus cosas, no tiene buena cara.
—¿No les importa? —Los mira temiendo haber estropeado un trato. Mierda.
—Volveré más tarde, disculpen.
—No, señorita —con una melodiosa voz, la mujer evita mi marcha—. Atiende a tu empleada, se le ve preocupada por algo. No nos vamos a mover, ¿verdad?
Se miran entre ellos haciéndome mirar a Austin, ambos nos miramos avergonzados ante el amor que esa pareja de señores mayores no teme mostrar en público.
—Hay un contrato que firmar —añade el señor.
El semblante de Austin no cambia al escuchar que su trato sigue a salvo; solo me mira sin importarle esas dos personas sentadas en su sofá.
Desde que empezamos a intimar hemos aprendido a diferenciar cuándo nos afecta más de lo que debería.