27 #3
Después de estar todo el fin de semana hablando por mensaje, por fin nos vemos; tras un lunes lleno de trabajo…
«Y sexo».
…solo tengo ganas de ir a casa, pero hoy es diferente.
Estoy esperándole en una gran cafetería cerca de Central Park, por supuesto, Larry anda más cerca de lo que me gustaría.
Le pedí que se fuese, no quiso, aunque sí está esperando a otro compañero.
No tendré intimidad, pero al menos al otro chico le importa una mierda lo que hago.
Cuando Frank dijo de vernos aquí me extrañó, es un hombre al que no le gustan los grandes lujos.
«Un baño tampoco es un gran lujo».
Veo a Larry dando indicaciones a su secuaz, al mismo tiempo que se aleja se cruza con Frank, al cual escanea con la mirada, el moreno ni se percata de la radiografía que le acaban de hacer, a pesar de haberlo tenido a un palmo no se acuerda.
Risueño, el chico de rizos, llega hasta mí saludándome con una efusividad que le devuelvo, está tan apresurado y excitado que le ofrezco tomar algo, pide al camarero lo mismo que yo, rápido se lo cambio por un té.
—Demasiado nervioso para café —bromeo en cuanto nos quedamos solos—, lo siento.
—Tienes razón —dice sin perder la sonrisa.
Todavía no quiero saber la razón de su nerviosismo; respeto a los demás en ser libres para hablar cuando ellos quieran.
Me gusta ver al mismo Frank de la galería de arte.
Tan pronto las tazas están vacías, ponemos rumbo a un sitio desconocido.
No me cuenta los planes, solo me dijo que llevase calzado plano, gafas de sol y la seguridad de lo divertido que será.
Conforme nos acercamos al edificio SUMMIT One Vanderbilt comienzo a ponerme nerviosa.
El tiempo que pasamos en la fila, oculto la ansiedad que me produce estar atrapada en un lugar rodeado de cristales, espejos y lleno de gente a semejante altura.
Reímos, gastamos bromas y hablamos. A la vez que se acorta la distancia, me explica el pack que compró: puesta de sol y el Ascent.
El saber que vamos a estar en un ascensor acristalado fuera del edificio me desata el pánico.
Acercarnos a la caja que recorre trescientos metros en cuarenta y dos segundos, revuelve todo mi cuerpo, me detengo y, si no es por el agarre de nuestras manos, mis rodillas cederían.
—¿Ocurre algo?
—Tengo vértigo.
Frank se acerca a mí. Frente a frente me sostiene ambas manos y, sosegado, me pide coger aire para expulsarlo despacio.
Mis ideas de caer al vacío le divierten, molesta, obligo a mis pies a dar media vuelta.
De forma conciliadora, me detiene abrazándome por detrás, una pequeña incomodidad por ese acto sin permiso aparece en su cuerpo, me voltea delicadamente.
Su voz promete que no me ocurrirá nada, y también su mirada.
—No te soltaré —agarra mi mano.
La ilusión en su cara y la confianza que transmiten son más grandes que mi miedo. Sostengo fuerte su mano y nos adentramos en el ascensor.
—Ya pasó —siento el apretón de Frank.
Paciente, deja salir a la multitud. Con calma, nos adentramos en una habitación infinita abarrotada de gente.
La cantidad de espejos no permite identificar de dónde viene el sol; mires donde mires, ahí está deslumbrándote, privándome de la sonrisa de Frank cuando me pone las gafas.
Mi vista se oscurece, aunque no puedo ver sus ojos; su pelo alborotado, su barba poblada y bien cuidada.
Su gran sonrisa y sus palabras de aliento me calman.
Paseamos por el infinito, disfrutando de los rincones de la ciudad; él se ríe por intentar divisar mi casa al otro lado del río, tan lejos que la vista no alcanza a ver.
Disfrutamos de cada segundo juntos y los inmortalizamos con nuestros móviles; algunas sonrisas son robadas por el otro.
Agobiados de no conseguir un espacio para fotografiarnos juntos, cambiamos a la habitación Affinity.
Decenas de globos plateados flotan por todos lados: adultos y niños juegan con ellos.
En cuanto encontramos un ventanal vacío, nos apresuramos para hacernos una foto.
Discutimos amistosamente por no conseguir una instantánea buena; en mitad de nuestras risas, un señor se ofrece a ayudarnos, pidiéndonos a cambio inmortalizar la ciudad detrás de su familia.
—¡Que muera el patriarcado! —Grita cuando nos quedamos solos, llevándonos miradas de todo tipo.
Sus ocurrencias me hacen reír y lanzarle uno de los globos por haberme obligado a mí a hacer la foto cuando el hombre le ofreció su teléfono.
Subimos a la siguiente planta, la afluencia disminuye, el chico de rizos y yo nos miramos, ambos echamos a reír…
tanto ir de un lado a otro en busca de un rinconcito vacío y ¡aquí no hay nadie!
«Hay gente».
Apenas una docena de personas esperan su turno en los cubos flotantes.
—No los pisaremos si no quieres.
Asiento y le abrazo. No tenemos prisa. Queda tiempo hasta que anochezca y me gusta estar entre sus brazos; no solo me ayuda a olvidar dónde estamos, sino todo.
«Todo no. Lo que pasó en el baño hace dos horas no lo olvidas».
Algo cansados de pisar el mismo suelo todo el rato, nos escapamos a la pequeña cafetería del piso superior, donde pasamos el resto de la tarde disfrutando de las espectaculares vistas, charlando, conociéndonos, riendo y entregándonos al amor que no podemos evitar darnos.