27 #2
Austin exhala con fuerza echando la cabeza hacia atrás, hay un brillo en sus ojos, un brillo que se esconde al cerrarlos, convirtiendo su duro rostro en un remanso de paz.
—Colbert… —pasa una mano por mi mejilla, mirándome—, prefiero follarte.
Sus labios prietos, reprimiendo las ganas de un beso, se acercan a mi rostro.
—Di que si —pide sosteniendo mi cara entre sus manos.
—¿Y si no? —Ambos humedecemos nuestros labios.
—Puedes irte.
Y volvemos a lo mismo, somos libres de irnos, pero ninguno queremos. Vine aquí por un motivo…
«Que no es masturbarle, no lo olvides».
…y de nuevo me explotó en la cara. Nuestras manos comienzan un juego sin permiso; mientras las mías recorren su torso hacia arriba, las suyas bajan por mi cuello.
Respiramos el aroma del otro como si fuese el oxígeno que nos mantiene vivos, cada mirada incita a tocarnos con más ansia.
El deseo nos quema la sangre. Juntas inician un baile convirtiéndose en una sola llama que une nuestros cuerpos.
—Fóllame, Brandfont.
Esbozando una sonrisa traviesa, envuelve un brazo alrededor de mi cintura, me eleva dejándonos cara a cara; mi aliento jadea contra el suyo.
Enredo mis dedos en sus cabellos para acercarlo más a mí, la necesidad de quererlo cerca me trastorna tanto como su cercanía.
En cuanto chocamos con la pared me deja en el suelo, aunque sigue tan cerca que no dejo de sentir su cálida respiración en mi cuello, pero no me besa.
Sabe que es el único lugar que puede hacerlo y es su forma de castigarme.
Castigo que endulza su mano libre deslizándose.
Mide mi reacción a cada roce suyo, a cada soplido que ansía el roce, a cada respiración agitada, mientras la agonía y la impaciencia me inundan. La mirada en sus ojos lo confirman: está disfrutando. Quiere que repita mis palabras. Quiere que suplique. Quiere oír mi voz sin aliento.
Un aliento que ambos perdimos en cuanto me colé en su despacho.
Sabe que no suplicaré ni repetiré mis palabras, él desea follarme tanto como yo.
—Tu silencio —su voz suena ronca en mi oído—, no acelerará el proceso —añade a la vez que aleja su mano de mi pierna.
Mi risa sarcástica le obliga a pegarme más a él y cerrar el puño contra la pared, para no devolver la mano de donde la quitó. Un gruñido sale de su garganta tan pronto deslizo mis dedos por su miembro.
—Mi silencio te pone muy cachondo.
Mis susurros agitan su respiración en mi oído, haciéndome desear que me toque de nuevo en cuanto suelta mi cintura.
Mi cuerpo se acalora cuando sus manos pelean con la tela de mi falda en busca de mi piel, lo escucho gemir en voz baja al descubrir el fácil acceso que tiene hoy.
Con su cara a centímetros de la mía, su sonrisa me anuncia que no puede contenerse más; echa un vistazo a mi boca y sin aliento me muerdo el labio para protegerlo de algo que deseo tanto como él; ahuyentando sus ganas de comerme la boca ataca mi cuello.
Mi respiración empieza a sonar con fuerza en cuanto sus dedos me rozan por encima del body.
Aunque se deshace de los botones, sus manos comienzan a explorar mi cuerpo, haciéndome tragar la protesta atascada en mi garganta.
Sabe que estoy lista desde el momento que pronunció su deseo de follarme, pero quiere cerciorarse de ello.
Volverme loca y quedar satisfecho con los gemidos que me provoca.
Solo puedo pensar en sus besos descuidados en mi cuello y en el movimiento de sus dedos haciéndome temblar.
Austin presiona su cuerpo contra el mío, clavándome la excitación que lleva encima.
Lo acerco más a mí y él ladea la cabeza dedicándome esa sonrisa divertida que me embriaga más que su perfume.
Mientras rasga el envoltorio del preservativo, mantenemos el contacto visual, ni siquiera se rompe cuando enrolla mi pierna alrededor suyo para, de un movimiento rápido, intercambiar sus dedos por su miembro.
Sintiéndome llena, rodeo su cuello y el sonido de su nombre en mi voz lo enciende.
Elevándome con la ayuda de ambas manos, nos coloca en una mejor posición para deslizarse mejor dentro de mí.
No nos importa quién pueda escucharnos, ni descubrir nuestro secreto; nos perdemos en los gemidos del otro, moviéndonos al mismo son.
Ya no sabemos dónde agarrarnos. Exhaustos y faltos de fuerza, nuestros cuerpos quieren terminar, pero la emoción que sentimos por estar tan unidos nos obliga a controlar la excitación. Queremos alargar el momento solo para seguir abrazados.
Para estar solos. Para olvidar el mundo. Para sentirnos vivos.
—¿Juntos? —Dice sin aliento en mi garganta cuando me abrazo a su cuello.
—Juntos —apoyo mi frente sobre la suya.
Disfruto cada dulce embestida, cada soplo de aire que acaricia mis labios, cada sonido de placer que ruge en la garganta de Austin avivando otro en mí. Unos sonidos que aumentan el ritmo de nuestros movimientos, unos sonidos que convierten en susurros lo apunto que estamos.
Nuestras excitadas respiraciones se apaciguan en el oído del otro, mientras nuestros cuerpos desisten a dejar de palpitar.
Los tensos músculos de Austin me sostienen fuerte a la vez que recorre el corto espacio hasta el váter, su miembro duro sigue dentro de mí resistiéndose a salir de mi interior.
Nuestras respiraciones intentan controlarse al mismo tiempo que nuestros cuerpos agitados, hacen lo propio por no comenzar el baile que no quieren finalizar.
Las delicadas caricias que nos regalamos son acompañadas por unos dulces besos; él en mi hombro y yo en su cabeza.
Un momento infinito.
—Creo que dejaré de vestir así delante de ti, tienes fácil acceso —ambos soltamos una tímida risa.
—Lleves lo que lleves no será un impedimento —confiesa recorriendo mi bota alta, sin dejar de recorrer mi cuello con sus labios.
Frank me persiguió por la escalera para darme su número, no quería volver a pasar por lo mismo de desaparecer y aparecer borracho. Me prometió que no volvería a irse, le presté mi móvil y le di un fugaz beso en la mejilla.