Cuatro son multitud tres no 27
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«Coge la botella y salgamos de aquí».

No.

«Cierto, mejor coge las dos».

Muy pronto para beber.

«¿Hablas tú o la mimosa que llevas en la mano?»

…

«Sisi, tú bebe, que no me voy a callar y esas cotorras tampoco».

—¡Eh, nena! —Protesta Charlotte cuando Maya casi tira todo lo que hay encima de la mesa.

«Menos tu copa, porque no la sueltas ni aunque caiga una bomba».

La rapidez con la que camina me sorprende.

Siempre ha sido una mujer tranquila; para ella tomarse media mimosa es desmadrarse: sus historias sobre su pequeño de diez años, es lo más interesante.

Mientras las demás la critican, yo la observo caminar nerviosa hasta el otro lado de la calle, antes de detenerse frente a un hombre cuarentón malhumorado que mira a todas las direcciones con el rostro pálido.

Durante unos minutos mantienen una conversación acalorada en la que Maya pasa de enfurecida a avergonzada; entre tanto, él pasa del enfado a la agresividad.

«No te metas».

A punto de dejar mi copa e ir hasta allí para patearle el culo a ese mamarracho…

«Larry te detendría antes de levantarte».

…se marcha dejando a Maya confusa. En cuanto se percata de que permanece en mitad de la calle de Nueva York y no en medio del bosque oscuro al que le transporta su cabeza, se alisa la ropa.

Quien conoce la sensación, en su rostro ve que esa chica está metida en un lío del cual no sabe salir.

Regresa con nosotras como si no hubiera pasado nada o si se hubiera ido a perseguir al tipo rico que fue al servicio tal y como acaba de hacer Victoria.

Victoria cree que por llevar el tacón de suela roja a estas horas y las joyas brillantes que no le quiso devolver al ex que desplumó, cree que todos los hombres adinerados y bien vestidos son bobos.

¿Lo son? Muchos sí, pero no con alguien que se ve a kilómetros lo que busca.

Maya, centrada en su teléfono, vuelve a ser la chica tranquila, ni las risas ni los gritos ni los comentarios de mal gusto que hacen las otras seis chicas la distraen, excepto un nombre: Austin Brandfont.

Revoluciona la mesa convirtiéndola en un gallinero al cruzar el restaurante con una mujer, no tardan en ponerla a parir.

Es Tara. Me uniría a las críticas y no por la complicidad que muestran o el precioso e impecable vestido negro que lleva, sino por cómo me trata en la oficina, pero es un secreto.

Bueno, no lo es, sin embargo, si estas lobas se enterasen que trabajo para el playboy, se convertirían en mis amigas del alma que vienen a buscarme al trabajo e intentar meterse en su cama otra vez, o el baño o el hotel, donde quieran que estuvieran.

«Mejor lo reservamos para nosotras, su cama es nuestra».

No.

«Cierto, su despacho».

…

«Deja de beber o lo soltarás y se nos acabará la fiesta».

—¡No me jodas! —Grito avergonzando a todas al llamar la atención de la mesa de al lado; una pareja.

«Claro, como ellas no la han llamado en ningún momento…»

¡No me jodas! No puede ser.

—¡Sí, vete! ¡Loca! —Grita una de ellas.

—No vuelvas que estás bebiendo mucho —añade otra, ni siquiera reconozco sus voces.

Tranquila que no volveré, les dedico una peineta de camino al coche, donde me espera Larry. Le tuve que pedir que no informase a mi padre de mi itinerario, cuanto menos sepa más fácil es mantener mi tapadera.

«Y ocultar los idilios con Austin».

—¡Frena! —Pido.

—Estamos en mitad de…

—¡Qué frenes!

Atravieso los coches que pitan por semejante frenazo y regreso a la mesa, tengo que hablar con Maya, ¿qué coño hace con el periodista que chantajea a Brandfont?

«Detente».

No, tengo que saberlo.

«¡Que te detengas!»

Mi cuerpo deja de recibir órdenes, deteniéndome entre los vehículos enfurecidos que quieren llegar a su destino.

«Piensa, averigua y después habla, no te precipites».

Mi teoría encaja, Maya tiene algo que ver con todo esto.

«Haz las cosas bien, llama a Bentley y ten paciencia».

—¿¡Sidney, estás loca?!

Larry aparece a mi lado arrastrándome de los hombros.

Una vez a salvo de la furia de los conductores, pido que me lleve a mi antigua oficina.

No sé si es por la música rock que ameniza el viaje o por mis pensamientos, pero se me hace corto; Bentley ya espera junto al carrito de Dorji.

Desde que trabajamos juntos tenemos nuestros códigos secretos: enviarnos por mensaje el emoji del café.

Sabemos que en menos de quince minutos debemos vernos aquí.

Cuando trabajaba en el bufete de Jena, era la mensajera entre él y mi jefa.

Pasó por casualidad; el tiempo, la confianza y mi interés por la investigación lo convirtió en nuestro ritual.

Nada más vernos, Dorji, nos sirve. No hay interacción entre nosotros, yo cojo y pago mi pedido junto a la información y el simpático vendedor se lo entrega a mi cómplice al pagar su americano.

Y eso es todo. Desaparecemos. Dos simples desconocidos que han coincidido por su adicción a la cafeína.

Desde que no trabajo allí, la investigación nos la entregamos según la importancia del caso, en esta ocasión le he pedido que me escriba diciéndome si estoy en lo cierto, no pido más, su respuesta me dirá cómo actuar.

Irme antes del desayuno provoca que llegue muy pronto al trabajo, mala elección, debería haberme tomado el café tranquilamente en el coche charlando con Larry.

Al llegar a mi despacho, Lexa, la encargada del departamento de dispositivos médicos, camina por la entrada de la oficina, sin dar los buenos días me reprocha mi tardanza. Mi tardanza adelantada dirá…

—¿Y yo qué coño sé de electrónica y esas mierdas?

Su mirada osca me incita a cerrar la boca y acompañarla a su departamento en la planta inferior, por el camino nos cruzamos a la secretaria de Tara informándome que tengo que asistir a la reunión de los abogados con la señorita Wescot, obligándome a informar a Seth.

—No puedo dividirme —digo, de buenas maneras señalo a la chica que está a mi lado.

Otra mirada, ¿qué les pasa a todos hoy?

«Es lunes».

…

«Y llevamos falda, dime que lo vamos a hacer otra vez».

Tras esperar unos segundos después de que el último deja la puerta entornada, cojo mis cosas y camino firme al interruptor; una fina línea de luz se ve detrás de la falsa decoración secreta.

A cada réplica de mis tacones la oscuridad avanza conmigo, sin debilitar mis pasos, rodeo la mesa, lanzo el bolígrafo a mi sitio y escondo la agenda en la silla más cercana al despacho de Austin.

Todavía no he llegado y la puerta que ilumina la sala, me invita a entrar.

Brandfont, junto al panel, espera mi entrada con la ceja arqueada, y sus manos dentro de los bolsillos del pantalón: lleva el traje completo y la corbata gris bien anudada, de la cual no dudo agarrarla para arrastrarlo hasta desaparecer en el diminuto baño.

—¿Se te han subido las mimosas? —Dice cuando lo empujo contra la puerta tras cerrarla.

Sonrío, también me vio.

«Como para no ver a tanta loca junta bebiendo a esas horas».

—Bueno…

Mi tono es suave y su rostro empieza a tensarse en cuanto mis dedos aflojan la corbata, lo justo para desabrochar el cuello de su camisa.

Sus labios piden a gritos un beso, mientras sus ojos luchan por devolverme la mirada o centrarse en mi boca entreabierta, sabios deciden desviarla al techo en el mismo momento que mis manos bajan por su torso.

Debajo de mis palmas, puedo notar su pecho subir y bajar tratando de controlar el aire de sus pulmones.

—… ha llegado a mis oídos…

Una de mis manos recorre su costado hasta llegar a la parte baja de su espalda, entre tanto, la otra se aferra a su corbata, tiro fuerte de la tela para que mi boca quede justo en su oído.

—…que tienes problemas para izar la bandera.

Mi susurro le hace soltar un gruñido de rabia, pero la mano que lo pegó a mí, roza su entrepierna provocándole un ahogado gemido empujándome a morderle la oreja.

Mis labios saborean su cuello y sus músculos empiezan a relajarse; menos uno.

Mis manos juguetean hábiles con el cinturón, queriendo liberar lo que comienza a sentirse atrapado bajo la tela.

Por fin decide jugar al mismo juego.

Un hormigueo sacude mi ser tan pronto una de sus manos recorre, despacio, mi pierna hasta toparse con mi trasero; suelto un gemido cuando estruja mi moflete por encima de la ropa.

Lo hace sin ningún tipo de delicadeza, pegándome más a él.

Me humedezco los labios al notar su dureza entre mis dedos, a la vez que su otra mano se une a la fiesta: cada rincón de su palma radiografía mi espalda.

Mi mano acelera al mismo ritmo que nuestras respiraciones en cuanto el tacto de su roce se detiene en mi nuca; de un tirón brusco, mi cabeza cae hacia atrás, abriéndole paso a sus labios que se deleitan en el mismo sitio que se divertían los míos.

—¿Te gusta? —dice, su entrecortada voz ronca—. Shhh… —añade. Sin opción a réplica me sujeta fuerte por la cadera.

Ya he perdido el sentido común, me salió mal el juego.

—Qué fue lo que me dijiste… —me agarra de la barbilla obligándome a mirarle.

Sus ojos son ardientes, ansiosos por empezar la acción.

—…a una mujer no se le toca sin permiso, ¿si, no?

—Disculpe usted —sonrío maliciosa soltando su pene.

Finjo que no me afecta que detenga este sucio y plácido juego, pero él no puede. Su brazo, que no me soltó, me acerca de nuevo hasta su cuerpo y su boca se abalanza sobre la mía, aunque giro mi cabeza antes de que pueda rozarlos.

—¿Por qué te apartas? ¿No venías a por esto?

—No estoy aquí por los besos y corazones.

Frustrado muerde su labio. Nuestras miradas se cruzan, se estudian. Se quejan de esos dos cuerpos inertes que quieren pasar a la acción.

—Entonces qué, ¿has venido a reírte de los rumores estúpidos?

—He venido a hacerte una paja —le muestro una sonrisa traviesa. Él levanta una ceja cuando paso los dedos por sus piernas, hacia el centro de sus pantalones

—Colbert…

Austin deja escapar un fuerte suspiro, yo sonrío al notar con mi mano lo que llevo notando desde que nos encerramos en el diminuto espacio.

—¿Ya te puse duro? Apenas hemos comenzado.

—Desde que te vi esta mañana…

Su sonrisa burlona desaparece al pasar mis yemas por sus muslos, la anticipación irradia por mi cuerpo cuando le toco a través de la tela.