Cuatro son multitud tres no 26 #3
53%

26 #3

Me acerco a la puerta de entrada, porque sé que Larry no obedeció, sus gritos lo han confirmado, abro una rendija, la cual aprovecha para meter la mano tan pronto le digo que me quedo.

—Te llevo a casa —intenta abrir la puerta.

—Nadie sabe que estoy aquí —replico empujando, me da igual pillarle la mano—, ven por la mañana —abro del todo.

Sus reflejos evitan una caída que puede despertar al chico que duerme la mona y al vecino de enfrente, en el momento que se endereza y su mano ya no corre peligro, cierro prometiendo que no me moveré de esta casa.

Las súplicas se escuchan al otro lado, pero sabe que cumplo mis promesas, además, ambos sabemos que estoy más segura aquí.

«Últimamente no cumples tus promesas».

Saco el aire pensando en todo lo que corre por mi mente, en el lugar en el que me gustaría estar ahora…

«En la casa de Brandfont, no, mejor el despacho».

…no obstante, aquí es donde debo estar. Por muy cerca que haya estado de la muerte no quiero morirme, aunque a veces lo desee. Yo quiero elegir mi momento de morir, yo quiero ser quien decida mi final y no unos tarados que me quieren violar y matar porque son unos delincuentes sin cerebro.

Observo el pequeño espacio; nada tiene que ver con la apariencia dejada y ebria del dueño.

Es un apartamento impoluto; no solo huele a limpio, sino a hombre aseado.

A vida. A hogar. La luna me sonríe a través de los tragaluces.

Dos grandes ventanales dan paso a una acogedora terraza, haciendo más grande el espacio abierto que da a una cocina moderna separada por una mesa.

Los muebles minimalistas en tonos gris, blanco y negro, mantienen a raya el caos del dueño.

Dejo el bolso sobre la mesa y tras abrir un par de armarios, me sirvo un vaso de agua, el alcohol y los nervios empiezan a hacer estragos en mi cuerpo.

El sonido del teléfono me despierta por segunda vez, es la melodía que le puse a mi padre, no sé qué hora es, pero seguro que más de las diez. No pienso ir al club…

«Seguro que está Nate, vamos».

¿Para qué?

«¿De verdad te lo tengo que explicar?»

Paso, no quiero ni verle. Todavía tengo que comprar el puñetero regalo para la puñetera cena.

Highway to Hell suena de nuevo. Dejo sonar la melodía de papá mientras pienso en la manta que me cubre.

Yo no he podido taparme; no encontré un vaso en cinco armarios como para encontrar una manta.

No sé en qué momento se despertó y tuvo la mente despejada para abrigarme, ni soy consciente de cuándo me quedé dormida en este banco tan incómodo. Me restriego los ojos…

«Mala idea, ya verás el maquillaje».

…y me levanto de mala gana a por el móvil para que no se despierte Frank. Seguro que el que llama ahora es Larry y es hora de irse, me pidió que me quedase hasta que se durmiese y me quedé toda la noche, entenderá que me marche sin despedirme.

«Desapareces como hizo él».

—Dame cinco minutos y bajo.

Digo sin tiempo a una respuesta ya que tengo una llamada entrante de papá, al responder suelta su retahíla de siempre, blablablá.

No cree que esté bien, no se cree a Larry a pesar de decirle que estoy a salvo, ¿si no le cree a él para que malgastar tiempo intentando convencerle de lo contrario?

Mejor dejo que se desahogue y acabe diciendo que me quiere en el club antes de la hora de almorzar.

No voy a ir. No hace falta que se lo diga, es consciente de ello.

Levanto la cabeza del bolso y me encuentro al dueño de la casa semidesnudo, secándose el pelo con una toalla. Sus rizos mojados se posan sobre su frente y sus ojos siguen cada paso que doy. Me centro en doblar la manta y calzarme las botas, que no recuerdo si me quité yo o él.

—Has revisad… —señala los armarios.

—No —le miro—, tiene que salir de ti.

Estuve tentada a inspeccionar y tirar por el fregadero las cervezas que encontré en la nevera, sin embargo, no le ayudaría. Obligar a alguien a salir de donde se siente seguro, le crea más ansias por querer seguir en ese lugar y cuando te empujan hasta el fondo es mucho más complicado.

—¿Quieres desayunar?

—Debo irme.

Me abrigo sin mirar su torso; no es musculoso, pero se nota que se cuida.

—Sidney —me frena a mitad del camino.

Al girarme me topo con su pecho, complicada esta diferencia de altura, me deshago de los pensamientos que me atraviesan la mente y me centro en sus ojos tristes.

—No quiero hacerlo solo —roza mi brazo. Las mangas de la chaqueta evitan mostrar mi piel erizada.

—Estaré a tu lado, pero tienes que hacerlo solo —él asiente cabizbajo, con delicadeza sostengo su mentón para volver a tener sus ojos frente a los míos—. Ahora mismo estás así por mi culpa…

—No —interrumpe, yo silencio sus labios con mi pulgar.

—Ambos hemos tenido unos malos días por un malentendido.

—Mentira —corrige, estrujo sus labios sacándole una pequeña sonrisa que no consigue mostrar, sacándome a mí otra.

—Has recaído a raíz de nuestra cena —él niega, la incomodidad me hace bajar el brazo, el cual queda apoyado en su pecho—. No puedo ser un obstáculo.

—No lo serás, no lo eres —atrapa mi cara entre sus manos.

—No puedes salir de esta por mí, tienes que salir por ti….

Mi voz se quiebra y se detiene en cuanto sus brazos rodean mi cuello acercándome a él. Es un abrazo, más necesitado por él que por mí. Me parece un sentimiento muy extraño el que siento, la protección que me da es mucho más grande que la protección que puede ofrecerme Larry…

«O Brandfont… o Nate».

…o mis padres, e incluso Jael. O sí, Austin, entre sus brazos me sentía libre y a salvo, pero le conozco hace muchos años, Frank…

a Frank no lo conozco, sin embargo, siento que le conozco de siempre.

Siento que por mucho que tardemos o por mucho que suframos en el camino, nos crearon para estar juntos.

Para volver al lado del otro cada vez que nos alejamos.