26 #2
¿le gustará el café?, ¿y los bollos? Llego al portal donde la vi por última vez sin saber cuál es su piso.
Esperaré a que salga alguien para mirar los buzones.
Una señora en bata de casa y un perro se acercan a la salida, así que me apresuro para sujetar la puerta y poder colarme.
—Tú no vives aquí —gruñe la mujer, mientras el perro me ladra—. ¡El sofá de la entrada no es un albergue!
—Vengo a ver… —pasa de mí mientras tira del animal que sigue ladrando en mi dirección.
—No es personal —al girarme, un chico castaño de aspecto descuidado y limpio, sonríe—, es así con todo el mundo —se acomoda la mochila que lleva colgada de un hombro.
—¿El perro también?
—También —responde, cuando intercambiamos lugares para dejarle salir.
Los buzones se encuentran frente al sofá del que hablaba la señora, demasiados en los que buscar.
—Esquina superior izquierda —dice la misma voz masculina.
Por inercia, miro esa esquina “Sidney Colbert” cita el cartelito, extrañado devuelvo la mirada al chico que sujeta la puerta abierta, ¿cómo sabe a quién busco?
—Aléjate.
—¿Acaso tiene novio? —Suelto una pequeña risa. El agacha la cabeza, apretando los dientes.
—Es posible —confiesa devolviéndome la mirada, quitándome la sonrisa de mi rostro—. No te acerques demasiado a ella, es difícil alejarse después.
—¿Eres tú? —Consigo preguntar antes de su marcha.
Pero no contesta, solo ladea de cabeza y una media sonrisa que se hace más grande a medida que se aleja del edificio.
Esto no me lo esperaba. Anoche no parecía que tuviese pareja, tenía una cita que no quería tener.
Tal vez por eso no quería esa cita, porque está con el tipo este. Lo mejor será que me marche de aquí.
Frente a la papelera decido en si tirar el café, pero no lo hago: el camino será largo. Dando un trago avanzo hasta mi camioneta. ¿Cómo es posible? ¿Y si vuelvo y le pregunto?
Mis pensamientos hablan por encima del ruido del motor. Dispuesto a salir del coche y llamar al timbre, recuerdo las palabras de mi tía.
Los amarillos nunca están en tu vida.
Esas palabras se hacen más fuertes conforme avanzo hacia el lugar del cual no debí salir esta mañana, mi casa. Parecía que todo iba a ir bien en mi vida, en veinticuatro horas he tenido en mis manos todo y de golpe ya no tengo nada a lo que aferrarme.
—¿Le entregó la nota?
—Mi sobrino no quiere saber nada de ti, deja de venir por aquí.
Quiero salir y decirle que estoy aquí, que leí su nota, que miro su perfecta letra entre trago y trago.
—Frank, esa joven está sufriendo —en cuanto escucho a mi tío entrar a la trastienda, arrugo el papel en el bolsillo.
—No quiero saber de ella.
—Hijo, tú no eres así. Sea el motivo que sea díselo.
La prisa y mala educación con la que salgo del almacén asusta a mi tío y a un par de clientes, también me insulta una joven a la que casi tiro al abandonar la tienda.
No entiendo por qué sigue buscándome. ¿Le da igual su novio?
No parece la clase de mujer que engaña a su pareja, no quiero cerca a más mujeres mentirosas.
Enterarme de que Abbi no me quería tres días antes de casarnos me hundió, no levanté cabeza hasta que me crucé con la demacrada chica de la farmacia.
Sidney, corazón, la llamó la farmacéutica y fue como ver mi propio reflejo.
—Otro —le muestro el botellín de cerveza al camarero.
—Amigo, llevas dos horas bebiendo, vete a casa.
—Cabronazo.
—¿No es tu novio?
Sus palabras me molestan, así lo hago saber al apretar fuerte el algodón que he cambiado ya dos veces. Él se queja agarrando mis manos para separarlas de su cara.
—Me haces daño —se queja en tono delicado, una leve disculpa sale de mis labios.
—Por eso huiste, nos viste.
Mi voz se quiebra con cada palabra, al mismo tiempo que sus ojos se vuelven más tristes.
De un segundo a otro, toda esa rabia contra Kevyn se convierte en una risa nerviosa, sin soltarme las manos, el chico me mira atónito si saber dónde meterse.
Poco a poco mi cuerpo se relaja a la par que mi mente y mi carcajada, me relajo tanto que mi cabeza cae sobre la cabeza del moreno.
—¿Me ves capaz de coquetear con otro chico teniendo pareja? —Susurro.
Entre el silencio del gimnasio permanezco quieta en mi posición.
Rodeada por el brazo del tal Craig, escucho nuestras respiraciones tan dispersas; la suya tan caótica y la mía tan tranquila.
Tan en su hogar, un hogar desconocido que me relaja.
En un silbido confiesa que no sabe por qué pensó así sin preguntarme antes; se desmorona.
—La he cagado —rompe nuestro contacto.
No comprendo a qué se refiere, no destruyó la licorería.
No tiene nada que temer en ese aspecto, pero la manera en la que sus palabras traspasan sus ojos llenándolos de oscuridad, no puede ser bueno.
A punto de comunicarle que no causó ningún destrozo, saca del bolsillo una chapa de Alcohólicos Anónimos dando sentido a toda esa tristeza que trasmite su mirada.
Sostengo la mano con la que agarra ese pedazo de metal y rodeo su cuello con la libre, conozco cómo se siente.
Conozco la sensación de llevar tiempo luchando por salir de un pozo oscuro que está a punto de atraparte una vez estás fuera.
El miedo de no poder alejarte nunca de ese agujero te acompaña en cada pensamiento, en cada gesto, en cada sonrisa, en cada palabra.
En cada persona que dejas entrar en tu vida.
La inseguridad que te produce un silencio o dejar vuestro propio vocabulario, te devuelve un centímetro más cerca a ese agujero que abandonaste para ser feliz.
Y en un despiste, en una mirada perdida a ese momento, en un segundo llega una ráfaga de aire y te tira de nuevo al que crees que nunca debió dejar de ser tu hogar.
Un hogar oscuro y solitario lleno de un dolor conocido, pero libre de un dolor desconocido.
Todavía aferrada a su mano, rebusco en mi bolso, saco mis llaves devolviéndole la expresión a su rostro.
Confuso mira mis movimientos, pero en seguida entiende lo que quiero mostrarle y entiende lo mucho que le entiendo.
Aunque no es el mismo motivo, son primos hermanos.
Ambos son igual de destructivos. En su caso es el alcohol y seis meses que llevaba alejado de esa droga tan sutil; en el mío, los tranquilizantes y cuatro meses.
Dos cosas cotidianas que se convierten en tu peor enemigo si tu interior es frágil.
—Yo te he visto…—agarra mi mano de la misma manera que yo sigo sosteniendo la suya y su trofeo roto.
—Pastillas —digo antes de finalizar su frase.
—Las compraste ese día —asiento—, pero tú sigues intacta… —calla—, yo no.
—Te ayudaré —acaricio su rostro—, no estás solo, aunque no sepa tu nombre —sonrío queriendo espantar toda la tristeza que nos abraza.
—Frank —extiende su mano y su sonrisa.
—Sidney —imito su gesto.
Rompo el momento preguntando por su dirección con la intención de llevarle a casa. Pretende quejarse, aunque su cansancio y mi expresión seria le obligan a callarse y aceptar la decisión que he tomado por él. La única que tomaré por él; intuye que no aceptaré un no por respuesta.
En cuanto el botiquín está recogido se lo devuelvo a Quinn a la vez que le agradezco y le pido mantener lo ocurrido en secreto.
Nada más salir del gimnasio, Larry aparece frente a nosotros, mascando, anuncia que enseguida trae el coche, su nombre en mi voz le cambia el semblante, sin haber pronunciado palabra, sus pensamientos son ciertos: le voy a enviar a casa.
Frank no vive lejos y después me apetece estar sola, coger el ferri…
«No te gusta».
…y caminar por mi barrio…
«Caminar hasta la casa de Brandfont».
—Sidney —chasquea los dedos—, os llevo a su casa y después a la tuya.
«Puedes ir con Austin después de que se marche Larry».
—No es necesario, vete a descansar ya.
—Es mi trabajo, dormiré cuando te deje en casa.
«También puede venir el rubio a casa».
—A salvo —añade apenas resoplo.
Frank no presta atención a nuestra conversación; creo que no sabe ni dónde está.
Sujetándole de la camisa lo mantengo —o lo intento— recto contra la pared.
Perdido en sus pensamientos, continúa balbuceando su mantra.
Larry lo mete en la parte trasera del coche, mostrándome un semblante mucho más serio cuando entro tras él.
Bufo que cierre el pico y cierro la puerta sin darle opción a réplica.
Sé lo que piensa y que no aprueba lo que hago, al igual que el pedirle que no informe a mi padre.
Con un portazo y para silenciar otra reprimenda, le doy la dirección que conseguí sonsacarle al moreno.
No tiene más opciones; bueno, tiene una, pero no le interesa que me baje y arrastre al chico de casi dos metros hasta su casa tentando a la suerte.
«Más bien a los que te buscan».
Llegamos a nuestro destino en un ambiente tenso.
Cada vez que Larry intenta sermonearme le mando callar, y no han sido pocas las veces.
A pesar de su estado, es fácil manejar a Frank; es colaborador y no pone resistencia.
Desprende tanto alcohol por los cuatro costados que sin mi apoyo caería al suelo.
Larry me ayuda a subir al chico por las escaleras del pintoresco edificio de ladrillo rojo, no sé si porque ha desistido o para volver junto a mí al coche y no tener opción de escaparme.
Busco las llaves en el pantalón del moreno, obligo a mi sombra a irse y me hago con el desconocido para meterlo en su casa, su hogar, su refugio.
Poco a poco la cordura que tenía en el Embox vuelve a su ser para indicarme donde está el interruptor y guiarme hasta su dormitorio.
—Quédate, hasta que me duerma —suplica mientras recorremos el pequeño espacio de la buhardilla.
Desplomado cae sobre la cama pidiendo lo que no recuerda que me acaba de pedir. Me da pena dejarlo destapado, pero el alcohol que ingerí y su peso no me lo ponen fácil; solo puedo quitarle las botas.
—Quédate —pide adormecido—, por favor.
—Estaré aquí —le echo una manta por encima.
Acaricio su rostro y sus malogrados rizos, disfruto del tacto tanto como él, la sonrisa tonta que me dedica le hace entrañable. Estaba muy enfadada, pero siempre hay que saber ambas versiones antes de juzgar.
Tengo que quedarme.
«Tienes que ir a por el rubio».
¿Qué rubio?
«Cualquiera de los dos me sirve».