26
The weeknd y su Popular nos acompaña en un viaje silencioso.
Tras el portazo en el despacho de Brandfont, me despedí de mis amigos poniendo de excusa el trabajo, Seth se quedó ojiplático pensando en por qué un viernes a media noche tenía que ir a la oficina, a pesar de su borrachera, Vikki consiguió decir, convincentemente,
que seguro mi hermana se metió en un problema.
Le dio igual, siguió divirtiéndose con su novio, el lunes no se acordará ni de que me fui de la fiesta.
Kevyn, que me acompañó a la salida, sí insistió en venir conmigo a donde fuera que fuese a esas horas, también quiso saber a dónde iba y con quién. Por supuesto no le di explicaciones. Trabajo. Siempre es trabajo.
Siempre funciona.
Larry estaciona a unos metros de la licorería, no ha hecho falta pedirlo, su discreción es tan tenaz como la mía.
Le digo que no tardaré mucho, cojo aire y mis cosas, cruzo la calle sin entender todavía qué hago aquí.
¿Es por Esteve o por el chico sin nombre?
¿Por qué ayudo a alguien que huyó de mí?
A alguien que causó una de mis peores borracheras.
La borrachera que me metió en el lío en el que estoy metida.
«Algo muy bueno sacamos de esa borrachera. No lo niegues».
A través del cristal, hago una señal a Esteve para que salga a mi encuentro; en cambio, abre la pequeña ventana.
Entiendo que no quiera dejar la tienda. Nos saludamos y, antes de que pueda preguntar, me comunica que el chico sigue quieto frente a las neveras del fondo.
Deseaba que ya se hubiese marchado. A la pregunta de si ha estado agresivo, me cuenta que, todo lo contrario, a pesar del hedor a alcohol, ha sido amable con todos los clientes que se acercaban a aquella zona, pero se asustaban al ver a un chico sangrando que de repente les sonreía.
Desde la entrada ya se le ve al fondo de la pequeña tienda, retrocediéndome al día que nos vimos por primera vez, nada que ver con el risueño que me sacó de la exposición y me hizo pasar una gran noche.
Una noche, que, por desgracia, no olvidaré en mucho tiempo.
Despacio avanzo por el pasillo, cuando la sonrisa del chico de rizos escondidos pide disculpas a una señora que pasa por mi lado murmurando que la gente está loca.
En ese instante se percata de mi presencia, nuestras miradas vuelven a esa última mirada que nos dedicamos en la farmacia. Una mirada que a mí me mostró el mal camino que escogería y a él uno bueno.
«No tan bueno, mira cómo está».
La sangre fresca de un corte sin curar en su ceja izquierda ensucia su barba, más poblada que la última vez que le vi, enseguida me muestra su sonrisa.
A mí no me sale devolvérsela. Sin sacar las manos de los bolsillos le pido que salga, él se hace el remolón y vuelve al fondo diciendo que todavía no se ha decidido.
Resoplo. Conozco muy bien la tienda, así que me dirijo al principio del pasillo donde está el agua, cojo unas chocolatinas de la estantería del otro lado y pago.
—Stanford está en el Embox —dice Esteve—, por si… —señala su propia ceja.
Asiento antes de que termine la frase; no es necesario, está acostumbrado a enviar a jóvenes al Embox con golpes.
Regreso a por el chico, tiro de la manga de su camisa y lo saco a rastras de la licorería; sus quejas pidiendo que le suelte no hacen efecto en mí.
No sé qué le habrá pasado, pero nadie inocente merece ser el objetivo de su borrachera.
A pesar de querer irse, tras varios empujones, logro sentarlo en el capó de un coche lejos de la tienda; también consigo que se hidrate y coma sin rechistar.
Bajo la atenta mirada de Larry, rebusco en los bolsillos de los pantalones y la chaqueta su documentación para poder llevarlo a su casa; ni rastro de su cartera.
Tampoco colabora en responder a mis preguntas.
Se me está acabando la paciencia.
Con un movimiento de cabeza indico a Larry que vamos a movernos, es discreto, pero también puedo ver como se ríe al intentar hacerme con un hombre que me saca la diferencia de altura que me saca…
la confianza da asco. Aunque no es solo la altura, es la tontería que lleva encima.
Le hable de la forma que le hable no sirve para convencerlo de curar su corte, sin embargo, no protesta cuando le digo que le llevo al Embox y que ahí tendrá que obedecerme y dejarse cuidar.
«¿Por qué? Es un capullo que huyó de ti».
Porque estuve así hace una semana y la ayuda se agradece.
Al tocar el timbre del gimnasio, Quinn tarda en llegar; sigue siendo ágil, pero se le notan sus sesenta años.
Puedo notar su preocupación en la cara, con dulces palabras me pregunta qué hago aquí a estas horas.
Prácticamente es un abuelo para mí. Confieso estar bien y señalo con la cabeza al chico que sostengo contra la pared.
—No se lo digas a papá.
—Está bien, pasad —dice agarrando al chico para meterlo.
—Gracias, dame un segundo.
En cuanto me encuentro sola, Larry se acerca a mí, antes de que abra la boca le pido que se marche a casa a descansar. Protesta. Sabía que lo haría…
«¿En serio? ¿Cómo has podido averiguar que no dejaría su puesto de trabajo? Idiota».
…pero es hacerle perder el tiempo y horas de sueño. Tiene que descansar, sin embargo, insiste en quedarse hasta que vuelva a casa.
—No sé cuánto tiempo me llevará descubrir dónde vive y no voy a dejarlo solo —agarro su brazo para transmitirle la tranquilidad que hay dentro de mí—. Necesitas descansar, vete a dormir —pido, poniéndole ojitos.
No sé si funcionará, ya que la poca iluminación y su, también, alta altura no me lo ponen fácil. Al colocar sus palmas sobre mis mejillas y poder mirarle, siento lo nervioso que está por el simple hecho de pensar en dejarme aquí sola.
—Me quedaré hasta que lo averigües y te llevaré a casa. Sidney, esto no es solo un trabajo. Tú no eres un trabajo, ¿vale?
Afirmo con la cabeza a la vez que susurro un suave —vale—, él me imita, aunque su voz suena más silenciosa que la mía.
Hay vínculos a los que no se les puede poner nombre, ni se pueden explicar.
Ni siquiera esos dos individuos entienden esa conexión que hace que esa persona lo sea todo y al mismo tiempo nada.
Esa persona que te duele cuando apenas os comunicáis y hablar puede dañar más, pero también sanar.
Esa persona que no la necesitas para nada, sin embargo, la quieres para todo.
Esa persona que se aleja del todo y se acerca en el momento que te ve muy lejos, y te acercas pese a necesitar alejarte.
Esa persona que, a pesar de la lejanía, está ahí preocupándose por ti en tus días de mierda.
Está ahí sacándote del caos que es tu mundo, zarandeando más tu mundo para convertir tu caos en arte.
Una vida de dos, una vida en la que solo la conexión que hay entre esas dos personas acaba creando una obra de arte sin valor, que para ellos lo es todo.
Saco del bolsillo la chocolatina que guardé y se la entrego.
Su sonrisa es instantánea, no solo por ofrecerle comida para la guardia, sino porque es su favorita.
Tenía el coche lleno de esas barritas con caramelo, siempre me hacía comprarle exactamente el mismo número de chocolatinas que yo me comía y una más por dejarle sin suministros.
Abro la puerta encontrándome a Quinn de brazos cruzados sosteniendo un pequeño botiquín y a la espera de una explicación, una que no puedo darle.
Sentado con la mirada perdida en los asientos de recepción, el desconocido no hace ningún movimiento después de que Stanford comunica su inminente marcha, ni al deshacerme de mi chaqueta dejándola junto al bolso en el asiento antes de sentarme a su lado.
Tampoco se inmuta al abrir el estuche para poder curarle, solo hace un mohín al mojarle la brecha con el desinfectante.
—¿Qué te ha pasado?
Mi tono es sereno y mis movimientos manejan el algodón de forma delicada; sin embargo, no son suficientes para sacarle del trance.
Mojo un nuevo algodón y agarro su cara con la mano libre para dejarla frente a mí y poder limpiar los rastros de sangre.
Tarda unos segundos en darse cuenta de lo cercanas que se encuentran nuestras caras, las cuales, por un insignificante gesto pueden juntarse más y destruir el sentimiento de quererle lo más lejos posible.
—¿Qué haces aquí? —el hedor a alcohol me pega de golpe en la cara, pero no reacciono.
Su voz suena rota, como si no supiera qué ha pasado o cómo he llegado hasta él. Tal vez no sepa cómo le he encontrado, puede que tampoco recuerde qué ha hecho.
—¿Cómo me has encontrado?
—¿Qué te ha pasado? —Repito.
Sin soltar su rostro, arrugo el algodón antes de limpiar la ceja de nuevo, sangra lo suficiente para necesitar puntos y no sé qué hacer, además de presionar.
—No lo sé —musita sin apartar los ojos de los míos—. ¿Qué haces aquí? ¿No se enfadará tu novio?
—¿Qué novio?
No me quito de la mente esa sonrisa que iluminaba el interior del portal cada vez que se iba la luz. Convertido en un tonto le devolvía una sonrisa tan grande como la suya. No me importaba estar en mitad de la calle y los metros que nos separaban; sabía que volvería a verla.
Y así es.
Aunque el viaje de vuelta a Staten Island fue largo, fue bueno, apenas he podido dormir pensando en sus labios, en querer volver a besarlos.
En cuanto la carretera se despeje a causa del accidente que hubo más adelante, podré volver a abrazarla, besarla y escuchar esa risa que todavía retumba en mi cabeza a pesar del caos y el ruido de las bocinas.
Una vez restablecido el tráfico, conduzco tranquilo a la vez que ansioso por llegar a esa calle a la cual me lleva el navegador de mi destartalada Ford.
Nunca me gustó el ajetreo que tiene Nueva York, sin embargo, hoy veo un brillo diferente en la ciudad.
No me molestan las bocinas, ni los insultos cuando no arranco por estar distraído, ni los que cruzan con prisas, ni el frío.
Ni la lluvia. Siempre he odiado la lluvia; hasta ahora.
—Ha llegado a su destino —anuncia el navegador.
Estaciono en el primer sitio cerca del portal y busco a mí alrededor un lugar donde poder comprar bollos. Todavía no sé sus gustos, pero quiero endulzar su desayuno. A pocos metros localizo una pequeña panadería, al entrar el olor a pan recién hecho me hace querer comer todo lo que hay a la vista.
Ataviado con unos bollos suizos azucarados y dos cafés…