Cuatro son multitud tres no 25 #2
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25 #2

Sin darme cuenta, mi cuerpo comienza a temblar cuando unas manos fuertes me agarran de los brazos para levantarme del suelo y arrastrarme de nuevo al cuarto del que me acaban de echar.

El ruido de la puerta y la misma luz titilante, no ayudan a devolverme el sentido.

Solo quiero a Larry, ¿dónde coño está Larry?

¿Por qué no me protege de este individuo?

Los pocos movimientos bruscos que logro hacer no sirven de nada, el agarre es intenso…

«¡Reacciona! ¡Despierta! ¡No quiero morir! ¡Patéale!»

…pero suave.

—Colbert.

Incluso reconociendo la voz sigo queriendo salir de ahí, me siento vulnerable y no me gusta sentirme así. Mucho menos con Austin.

—Para —sereno, tira de mi brazo en el momento que consigo liberarme—, no puedes estar tirada en el suelo ­—añade retirando mi mano del pomo.

Entrelazando nuestros dedos me rodea entre sus brazos hasta quedar pegada a su pecho.

En silencio, mi mente regresa a su casa.

A su baño. En silencio vuelvo a sentirme segura.

No necesita escuchar el motivo de mi reacción violenta ni yo verbalizarlo; él sabe lo que estuvo a punto de pasarme y yo sé de qué manera se tomó la justicia por su mano.

No necesitamos hablar para comunicarnos, ni tocarnos para sentirnos. Aunque ahora me esté hablando y tocando.

—Podemos quedarnos aquí todo el tiempo que necesites.

Quiero decirle que estoy bien, que vuelva a su fiesta, pero no quiero.

Le necesito. No preguntes por qué, no hay una respuesta.

Necesito este aquí y ahora. Necesito los besos que me da en la cabeza, sus manos agarrando las mías, sus pulgares cosquilleando mi piel, el calor de su cuerpo que me arropa y también esa furia con la que patea la puerta cuando alguien la abre.

—Deberías seguir divirtiéndote.

No hago ningún movimiento, ni profiero ningún sonido, pero él nos balancea intentando que los temblores de mi cuerpo desaparezcan junto al miedo que me invade.

—Estabas muy feliz y muy guapa —noto sus labios curvarse en mi cabeza—. Y sexy.

Una pequeña risa llena de vida sale de su garganta cuando le doy un codazo. Sé que lo piensa de verdad, pero también es su forma de hacerme reaccionar y volver a recuperar el control de mi mente y mi cuerpo.

—Déjame llevarte a casa, por favor.

Su tono calmado y su por favor me hacen sonreír, empujándome a descansar la cabeza en su pecho.

Las botas negras militar y su escasa plataforma me ayudan a estar un poco más alta que en su casa, pero no lo suficiente para llegar a su metro ochenta y cinco, algo que más que incomodarme me gusta, me gusta desaparecer entre sus brazos.

No. No. No. Tengo que salir de aquí.

Regreso a la barra. Sé que será incómodo, pero no me apetece bailar ni estar sola, así que me acerco a Kevyn. A medio camino de su boca, él detiene el botellín en el aire cuando pido un chupito.

—¿Te has tirado al rubio? —Dice en cuanto dejo el vaso y pido otro.

—¿Qué rubio? —Evito su mirada, no quiero que mi expresión le dé la respuesta.

Nadie puede saber lo que Austin y yo hemos hecho.

—El trajeado que conocí en la puerta de…

—¡Dios! ¡No!

Mi cara de asco…

«¿Asco? Estás deseando tirártelo».

…le saca su peculiar sonrisa; una sonrisa de oreja a oreja sin mostrar sus dientes y que le infla los mofletes, sacando unas pequeñas arrugas alrededor de los ojos.

—¿Por qué has dicho que iba a ser diferente?

El ruido nos obliga a acercarnos, lo suficiente para que nuestros hombros se toquen respetando el espacio del otro. Sin ser incómodo.

—Porque lo es.

—¿Con quién? Está bien, no me lo digas —añade al ver mi entrecejo fruncido.

Tiene muchas más preguntas, las responderé, pero creo que con tan solo mirar mi rostro sabe las respuestas. Mi sonrisa pícara y mi mirada viva le cuentan que Matt ya no controla mi mente ni mi cuerpo, aunque la tristeza atraviesa su cara al darse cuenta de la realidad.

—El problema soy yo, entonces —comenta dando un sorbo a su bebida, yo me bebo mi segundo chupito.

Esas palabras cruzan por mi mente dejando una estela de punzadas, tantos años, tantos calentones, tantos rechazos. Y aquí seguimos intentándolo.

—Tal vez sea el lugar —confieso.

Nuestros labios se curvan al mismo tiempo, mostrando esa complicidad que siempre hemos tenido. Enseguida comienza a negar con la cabeza cuando ve en mi cara la intención de irnos a su casa, quiere, pero, en el fondo, ambos sabemos que terminará igual.

—Perdona, ese tipo me pidió que te lo diera —la camarera me entrega mi móvil a la vez que señala a Larry, en el otro lado de la barra. Le agradezco con una sonrisa.

Numerosas llamadas de Esteve me hacen fruncir el ceño.

Le pregunto a la misma camarera si hay algún sitio privado al que pueda acceder.

Tras preguntar por el walkie-talkie que todos los trabajadores llevan, se acerca un guardia para guiarme a un pequeño despacho en la tercera planta.

Demasiada privacidad me ofrece para ser una invitada más; estoy segura de que es orden de Brandfont.

Agradezco tener intimidad en este momento, pero no me gusta que me dedique tanta atención, no hoy y menos en un lugar abarrotado de sus empleados.

Cada vez que me ha necesitado, me envía un mensaje informándome del robo para acudir la mañana siguiente. La insistencia en contactar conmigo debe ser por algo grave, y solo se me ocurre que el incidente haya acabado con un cadáver en medio de la licorería que regenta.

Anticold era parada obligatoria al salir del Embox cuando papá y yo pasábamos juntos los domingos; siempre me regalaba una chocolatina o una piruleta.

Uno de esos días en los que yo ya tenía más conocimientos de cómo era la vida real, pasó de ser un día nuestro a tener que acompañarle en un caso urgente; acusaban al simpático dependiente de ser el culpable de la bala que acabó en la pierna de una joven.

Ese día mi padre me dio el consejo más valioso que nadie nunca me ha dado; a veces, una persona honrada sin dinero, merece más tu tiempo que el rico que te obliga a deshacerte de tu ética.

—Ven a por él —me pide molesto—, no da buena imagen.

—A por quién —digo extrañada.

Solo se me ocurre que algún chico joven del Embox haya aparecido por allí a liarla o comprar alcohol sin tener la edad permitida.

—El sobrino borracho de Craig.

—¿Quién coño es Craig?

—El dueño de la papelería —su cabreo aumenta, y su tono pacífico disminuye—. Te llamo porque sé que le conoces.

«El chico sin nombre».

—¡Sidney, Sidney! —los gritos al otro lado del teléfono me despiertan—. Ven a por él, no quiero aquí a la policía.

­—¿Está agresivo? Si tienes que llamarla, llámala.

No pienso hacerme cargo de alguien que intenté conocer y desapareció. No hoy. Bastante tengo con lidiar con mi vida.

—No, solo está quieto frente a la estantería del whisky.

«Borracho. Ha dicho borracho».

No voy a ir.

—Está bien, pero tardaré un rato.

—Gracias, te informaré si se va.

«¿Qué decías? ¿Qué no qué?»

Lo hago por Esteve.

«Sii, claaaro».

Seguramente sea lo peor que pueda hacer ahora, sin embargo, no tengo opciones mejores para esta noche.

Nada puede acabar bien, al menos mejor terminar lejos de mis tentaciones.

Pasar un rato en Staten Island no es peor que estar en esta estúpida fiesta o rechazar otra vez a Kevyn, o despertar en la cama de Austin.

Me deshago de ese pensamiento sacudiendo la cabeza y envío un mensaje a Larry para irnos, en ese instante la manivela se mueve después de un pequeño golpe. No puedo negar la entrada a quien quiera entrar, no es mi despacho, sino el suyo.

—Ya me voy, tranquilo —le dedico una media sonrisa—, gracias.

—No es molestia.

Suelto el aire de mis pulmones y me apoyo en la mesa, no quiero estar a solas con él, ambos sabemos lo que puede pasar.

No hablo solo del sexo; me gusta estar entre las mismas paredes que él, sobre todo si no hay nadie más con nosotros.

Por mucho que quiera, toda la amargura que me provocaba de pequeños ya no existe.

Sus ojos centrados en mí o su respiración agitada cuando le devuelvo la mirada, me transmiten tranquilidad.

Su mera presencia consigue que mi cerebro deje de funcionar al mismo tiempo que lo centra.

—¿Todo bien?

Su delicado tono apacigua mi mente. Asiento.

—¿Pueden quedarse mis amigos? Tengo que irme.

—Puedes quedarte aquí si no te apetece estar rodeada de gente.

Sus sospechas no son ciertas, pero me saca una sonrisa que piense así, porque tampoco está del todo equivocado.

—O irnos, juntos —añade.

La picardía aparece en su tono y la lujuria ilumina sus ojos, obligándome a morderme el labio, me acerco.

—Tengo que ayudar a alguien —agito el teléfono.

—Entiendo.

Ambas miradas se centran en el otro. Ambos volvemos a sentir como el nerviosismo tiembla a nuestro alrededor convirtiéndose en ansia por querer tocarse.

La saliva que no intercambiamos, aunque deseamos, pasa a través de nuestras gargantas dejando en el aire la necesidad que tenemos de abastecernos el uno del otro.

—¿Te llevo?

«Sí. A tu casa».

—Tengo chofer.

—¿Por…? —Calla, sabe que no necesita decirlo.

Asiento triste y deposita en mi frente un pequeño beso. Un beso que me transporta a su casa, la zona que acabo de descubrir como mi lugar favorito donde recargarme de paz y tranquilidad.

—Ten cuidado, si te emborrachas llámame.

—Stronzo —digo de mala manera antes de dar un portazo.

Sabe que he sonreído. Sé que ha sonreído. A pesar de los momentos tan extraños que creamos estando solos, seguimos tratándonos con ese desprecio que dejó de ser duro para ser divertido.

Un toma y daca que sin darnos cuenta nos pone a cien.