Cuatro son multitud tres no 25
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—Alegra esa cara —pide Vikki desde el asiento de atrás—, esa fiesta es mucho mejor que la de Kev.

—No quería ir a ninguna de las dos —recrimino.

—Llevas días muy amargada —se estira intentando subir la música, devolviéndome el manotazo que le doy.

Suspiro cuando alcanza los botones.

—El cinturón —ordena Larry en el momento en que mi amiga vuelve a su asiento, dejando su brazo en el aire ante el grito que pega diciendo que se lo pondrá si no quita la música.

—Parece que vamos a un funeral —añade de brazos cruzados.

Recogemos a Yael y Cintia, dándole mal a ellos y dejándome tranquila.

De vez en cuando miro a Larry, sé que está más pendiente de mí que de la carretera, cosa que no me preocupa demasiado, sé lo buen conductor que es y que jamás ha tenido incidentes.

Si estaba obligada a aguantar un hombre pegado a mi culo todo el día, él era la única opción que iba a aceptar, papá lo sabía, aunque nunca supo la relación que hay entre nosotros, sabe lo profesional que es.

En la vida he necesitado su protección, pero es el mejor hombre que tiene Patrick y por eso es el jefe de su equipo de seguridad.

Ninguno se opuso; Lamb no preguntó la razón y Larry no comentó nada, es uno de sus grandes rasgos: la confidencialidad.

El coche se detiene en la puerta del Vanxay, donde Kevyn ya espera. Vikki sale disparada sin despedirse y la pareja se baja saludando al conductor. Yo me quedo quieta, observando el tumulto, mientras escucho cómo Larry echa el seguro de mi puerta. Ya ni protesto; estoy demasiado cansada.

—Lo siento —dice al tener mi atención—, no te dejaré sola. He hablado con la seguridad y el aparcamiento no está lejos, no tardaremos.

Asiento. En el fondo lo agradezco, no me apetece estar rodeada de gente, no sé ni por qué he aceptado la invitación.

«Lo sabes, tiene nombre y apellido».

Larry no sabe los detalles de sus servicios, pero el hecho de tener que protegerme le dice que no es por un simple loco que me persigue: razón que le dio mi madre.

Papá quiso darle más explicaciones, mamá solo proteger mi fortaleza y yo...

no tengo ni voz ni voto en este asunto. Ahora mismo, para todos ellos soy una pequeña niña indefensa que no puede protegerse sola y es lo que me tiene tan decaída.

No sentirme libre.

—No molestaré, lo prometo —dice al apagar el motor—. No sabrás que estoy ahí.

—Lo sé —sonrío débil.

Por eso lo quería a él; lo ve todo sin ser visto.

Sus consejos me ayudaron a ser la detective que soy.

El chico de cabello y ojos negros que tengo a mi lado es de pocas palabras.

Tiene diez años más que yo y fue uno de mis maestros de defensa personal, concretamente a mis veinte.

Durante mi carrera, necesitaba conocer todo lo relacionado con la parte contraria y él era mi cómplice.

El que me enseñó a ocultarme y el que me enganchó a la adrenalina de observar sin ser vista.

Ahora ya te puedes imaginar cuál es nuestro secreto, y no es que fuese mi maestro, sino lo que nuestra sangre gritaba tras el subidón de descubrir una verdad tan oculta como nuestra lujuria.

Incluso sabiendo que no permitirá que me suceda lo más mínimo, miro en todas las direcciones a la vez que camino deprisa bajo la poca iluminación de la discoteca.

Me aferro a mi chaqueta, intentando sacar de mi cuerpo el escalofrío que recorre mi espalda.

Aunque no estamos seguros del peligro que corro o si es cierto, el pensamiento está ahí.

En cuanto veo a mis amigos me relajo un poco.

Me llaman para apresurarme y poder entrar, la que más Vikki.

Desde que nuestra edad nos lo permite, va de fiesta en fiesta; no entiendo qué tiene de especial esta, es una fiesta más de pijos.

Ni siquiera sé si es verdad que Brandfont invitó a todos los jóvenes de la oficina.

Muestro la tarjeta negra con detalles dorados, aunque al guardia le mosquea que entre todo el grupo solo haya una invitación, nos da acceso.

Austin nos da una grata bienvenida; lleva un vaquero y un jersey negro, despreocupado, todo lo contrario a las pocas personas que nos hemos cruzado y las dos chicas que lleva colgadas del brazo; con vestidos ajustados.

«¿Celosa?» No.

Tras comentarnos que el alcohol es gratis; Vikki y Kevyn van directos a la barra, mientras Yael y Cintia van a la pista de baile. De forma sutil, el rubio aleja a las dos morenas lo suficiente para acercarse a mí; yo doy un paso atrás, pero él da uno hacia delante, acercando sus labios a mi oído.

—Con moderación.

No me importa lo que dice, ni que crea que me molesta; solo puedo pensar en sus labios susurrando en mi piel. Y él también. Su mano hecha un puño para evitar rozarme lo revela.

—Con protección —bromeo cuando regresa con las dos chicas.

—Siempre —muestra una gran sonrisa.

Una sonrisa que se desvanece bajo los focos de colores y la gente. Una sonrisa que solo me muestra a mí.

Desde la barandilla observo a mis amigos y algunos de mis compañeros bailando en la zona de abajo.

Sin embargo, mi cerebro ordena a mis ojos a buscar a Austin; se dirige a un reservado junto a las dos chicas que le empiezan a magrear en cuanto se sienta en uno de los sofás.

En la misma sala hay gente de su quinta, otras mujeres menos exhibicionistas, les hacen compañía; uno de sus acompañantes es Robbie, su mejor amigo de la infancia.

Una sombra más de Brandfont; una sombra que siempre le sacaba de líos sin crear escándalos. Hacía mucho que no sabía de él.

Hay gente que no es de la oficina, me imagino que así son las fiestas del playboy.

Entre tantas cabezas he conseguido encontrar a los que conozco, menos a Larry y empiezo a angustiarme.

Sé que me observa, pero no estoy cómoda, no solo por lo que está ocurriendo en mi vida; no me gusta este tipo de espectáculos donde todos beben y bailan sin importar lo qué sucede lejos de la música, el alcohol y tal vez el sexo y las drogas.

Seth, mucho más animado de lo que ya es, viene en mi dirección cuando noto vibrar mi móvil en el bolsillo de la chaqueta de cuero, una llamada perdida de Larry y un mensaje. Es su modus operandi; llamar al no querer leer un mensaje, en mi defensa diré que en esta ocasión no me he enterado.

Diviértete, todo irá bien. Estoy aquí.

—¡Pendón! —El grito de Seth consigue que aparte la mirada de la pantalla—. ¿Qué haces así? Enseña cacho.

Y sin tiempo a responder tira de mí hasta el guardarropa, quitándome el bolso y la chaqueta para entregárselos a la estresada chica, me obliga a deshacerme de mis cosas —el móvil te lo dejo para inmortalizar la noche—.

Aprovechando el instante en el que Seth recoge el resguardo de mi ropa, envío un mensaje a Larry para que guarde mi teléfono.

No tarda mucho. En el momento que nadie está pendiente de mí, pasa por mi lado a recogerlo discretamente.

—¡Taki taki! —gritan Vikki y Cintia emocionadas al comenzar una nueva canción que incita al cuerpo a seguir bailando.

El poco alcohol que he bebido, el calor que dan las luces y lo a gusto que vuelvo a estar junto a Kevyn, me ayudan a olvidarme de todo y mover mis caderas mucho más pegada a él.

Me alegra que él también esté cómodo, ambos nos miramos como nos mirábamos antes del fatídico momento en el estudio.

Nos miramos queriendo arrancar la ropa del otro, esa ropa que impide a nuestras pieles tocarse.

—Otra vez no, Sid —intenta alejarse al morderle en el cuello.

Acercándome cada vez que se aleja bailo a su alrededor, por más que trate de ocultarlo, el calor que me trasmite indica lo mucho que le está excitando esta situación, tanto como a mí.

—No será igual —susurro lo que la música me lo permite.

«Aquí estamos otra vez».

…

«¿No te cansas?»

…

«Deja el drama».

…

«Entonces contaré yo lo ocurrido».

»Las ganas de ambos por follarse les hace abrirse paso entre los borrachos hasta encerrarnos en un oscuro almacén.

Sus labios frenéticos comienzan a atraparse y las manos rebeldes a tocarse.

Los gemidos silencian los ruidos de sus cuerpos chocando contra una estantería vacía.

Las manos frías de Kevyn desabrochando la camisa me penetra en el cerebro y la risa tonta de Sidney también.

—No quiero romperte las medias —dice el tonto.

—No será necesario —ríe ella mordiendo su labio.

Oh no, eso lo he notado.

La mano que yo no controlo, agarra la del chico para recorrer el muslo de Sidney, él gruñe al sentir la zona sin ropa antes de llegar a su lencería, encendiendo la temperatura de la que carece el frío habitáculo. Y mi cerebro.

Me estremezco de mala manera al sentir los húmedos labios de Kevyn bajar por el cuello y los pechos, alcanzando el vientre, mientras sus dedos entran en el interior de la braga, los de Sidney se entrelazan en los cabellos del castaño.

—Estas tensa —aprieta los labios apoyando la frente en el vientre semidesnudo.

—Calla y sigue —dicen los labios de ella sin mi orden.

Kevyn vuelve a meter la cabeza bajo la falda negra brillante que lleva, pero sé, por qué soy yo, que su mente no está pensando en disfrutar del roce de esa lengua en su interior.

También se nota en su cuerpo. No tiembla de placer, no se deja llevar.

No se deja llevar hasta que no proyecto el recuerdo de Austin entre sus piernas.

—Para —musitamos ambas.

—¡Joder, Sidney! —Blasfema cuando nos separamos de él.

Nos separamos de cuerpo y mente sin que Kevyn entienda el motivo.

Ni yo.

—Tía aquí no se puede estar.

El ruido de la música latente, la poca luz de los focos que desaparece ante la titilante lámpara del techo y la voz de una chica me saca del shock.

—Largo —me repite con una bolsa de sombrillitas en la mano.

Una mirada de arriba abajo me obliga a comprobar si mi ropa está bien puesta, aturdida salgo de ese almacén.

La música no consigue penetrar en mi cabeza, los gritos de diversión se desvanecen y las luces se convierten en un borrón que ciegan mis ojos.

Ni gente chocando conmigo, ni la fría pared pegada a mi espalda me hace salir corriendo de aquí.

La falta de aire en mis pulmones presiona en mi cabeza convirtiendo la gran discoteca en el lugar más diminuto del mundo.

¿Por qué otra vez? ¿Por qué le rechazo otra vez?

No puede ser, volví a resurgir, estoy lista para acostarme con Kevyn y con cualquiera.

«Estabas».