Cuatro son multitud tres no 24 #3
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—No sé qué hacer con esta niña —verbaliza al quedarnos solos—, disculpa su actitud —añade ofreciéndome asiento, haciendo él lo propio.

Durante unos minutos discutimos por el tema de la minuta, mientras Daniel insiste en pagar lo que sea necesario yo rechazo cualquier pago.

Lo hago por Sidney, jamás le pediría un centavo por protegerla y hacer justicia con quien quiere hacerle daño.

Aunque, si no me paga una mínima cantidad, no estaré ejerciendo de abogado.

Tras contarle mis descubrimientos y él los suyos, los cuales son pocos ya que no quiso ejercer de abogado sino de padre, seguimos sin saber qué tienen en común el conductor y la banda que persigue la policía.

Ambos estamos de acuerdo en que Sidney necesita protección.

Si lo que dijo el detective Davis es verdad, corre peligro.

—Se enfadará si no se lo dices.

—La prefiero enfadada a otra cosa peor, no me discutas esto Akerman. Demasiado es que seas conocedor de todo.

—Seguiré indagando —prometo con un apretón de manos.

Quiere darme las gracias con un movimiento de cabeza, yo le digo que no es necesario con el mismo gesto, ambos entendemos.

Sé lo orgulloso que puede ser y lo mucho que le duele el asunto.

Salgo del despacho encontrándome a la señora Colbert; seria, me pide con el dedo que vuelva a entrar.

Detrás de ella caminan a la par Sidney, con su habitual malhumorada cara, y mi tía, a la cual saludo con un abrazo.

En un susurro le pregunto si ocurre algo; lo único que comenta es que entre.

Le cedo el paso y veo a Sid que va directa al ventanal, cruzada de brazos.

Obedeciendo a Bianca, cierro la puerta en cuanto estoy dentro.

—Dilo —la señora Colbert mira a su hija.

Todos volvemos la cabeza en su dirección; yo la tengo de frente porque es imposible apartar los ojos de ella, mientras se sienta de forma pasiva en la pequeña repisa del ventanal: lo único que es igual en mi oficina y en la mayoría de rascacielos de Manhattan.

—¿Qué ocurre? —Daniel no sabe si detener la mirada en su mujer o en su hija.

—Conozco a mi hija y sé que no…

—¡Calla! No quiero protección —interrumpe.

—No hables así a tu madre, no hay discusión, no saldrás de aquí sola.

A pesar de sus protestas, Sidney acepta que, si tiene que tener a alguien pegado al culo, será uno de los hombres de un tal Patrick.

Esto comienza una discusión entre padre e hija; la postura corporal de Daniel hace más duras las palabras que salen de su boca: los objetos vuelan tras golpear la mesa.

Mi tía no sabe dónde meterse, las discusiones en la familia Colbert no son habituales y verlos así la sobrecoge tanto como a mí.

—¡Basta! —Detiene Bianca la discusión.

Señalando a cada uno de nosotros, nos dedica unas palabras: empieza por su marido, al cual le dice que acepte la seguridad que su hija quiera; a mí me pregunta si estoy capacitado para ser el defensor de todas esas chicas junto a Tim, y a Sidney,

le pide que se esté quieta en el caso ya que es una víctima.

Es la única que tiene el valor de contestar a la mujer, una protesta que queda en el limbo.

Tras preguntarnos a los tres si hemos entendido y asentir al unísono, nos obliga a coger un papel de una pequeña bolsa que porta mi tía, para el amigo invisible de la cena que prepara Maryanne.

Sin saber si obedecer, mi tía me mira; encojo los hombros como respuesta.

Tampoco sé de qué cena hablan, aunque Sidney verbaliza la pereza que le da acudir a tal evento:

—¿De qué hablas? ¿Otra vez? ¿Con amigo invisible? Pereza —bufa, intentando abandonar la sala sin vergüenza.

—¿Qué cena? —pregunto.

—Estabas muy bien en Chicago —me golpea suavemente el hombro al pasar por mi lado.

—El papel —Bianca obliga a Sidney a retroceder —, tú, también —me mira y nos señala la bolsa.

Ambos metemos la mano al mismo tiempo. Sus mejillas se sonrojan cuando nuestros dedos chocan en el fondo, jugando en busca del trozo de papel que no queremos coger.

En cuanto liberamos las manos, y antes de leer el dichoso nombre, Sidney propone intercambiar la suerte; con una mirada juguetona me reta.

—Haced lo que queráis —dice Bianca, empujándonos para abrir hueco entre nosotros—, pero el regalo no puede superar los veinte dólares.

—Dijimos cincuenta —protesta mi tía, yendo tras ella e interrumpiendo.

—Son jóvenes —se escucha a lo lejos—. ¡Veinte! —grita la voz de Bianca.

En ese momento de despiste, en el que Daniel también me pide que me quede con su hija mientras llega el guardaespaldas, me arrebata el papel antes de salir rápido del despacho.

La sigo por los pasillos de la oficina sorteando ejecutivos ajetreados, la persigo hasta la biblioteca del bufete; esto sí que no me lo esperaba.

Cuando consigo visualizar a Sidney, sentada en una silla, me siento a su lado.

Su sonrisa apagada quiere decir más, pero sus ojos me lo están contando, al igual que mi mano sobre la suya le dice que no tiene que agradecerme nada.

Me gustaría investigar la verdad con ella, sin embargo, no podemos trabajar juntos; es una víctima más y descubrir lo que le podría haber sucedido le rompería la cabeza, por el simple hecho de haberse librado.