24 #2
—¿Segura? —Pregunta Matt, llevándose una mirada de odio de la chica—. Ibas muy borracha, según la denuncia.
—¿Denuncia? —Exclama Daniel.
—¡Qué no me pasó nada! —Eleva la voz—. Bocazas —mira Sidney al policía.
Bajo la dura mirada del padre, el inspector cuenta que la madrugada del viernes un conductor llamó a la policía porque la joven que contrató sus servicios iba sin pertenencias, muy borracha y desnuda.
¿Qué cojones? He visto a Sidney beber en fiestas, pero esto no encaja con ella. ¿Qué pasó esa noche?
Ante nuestro asombro la chica suelta una carcajada irónica.
—¿Desnuda? No iba desnuda. Mal vestida sí; desnuda, no.
La actitud que está tomando ante la preocupación del asunto no le gusta a su padre, ni a mí.
Daniel recorre los dos pasos que le separan de ella, de forma que, desde fuera, puede parecer agresiva, pero no lo es, levanta la cabeza de su hija para inspeccionarla preguntándole de manera discreta y en código algo que a ella le molesta más que estar encerrada.
—¡No, joder! —Suelta deshaciéndose del agarre antes de levantarse y señalar al chico que sigue apoyado en la mesa—.
Y tú deja de mentir —le pide colocándose frente a su padre—.
La policía puso denuncia de robo, mis cosas estaban en casa de mis vecinas y el lunes fui a comisaría a informar.
Punto. No hay más —abre y cierra los brazos queriendo zanjar el asunto.
—Hay más —añade Matt, convirtiéndose en el centro de atención de todos.
Ambos se miran reprochándose cosas diferentes; mientras los ojos de él piden a gritos un perdón, los de ella están llenos de tristeza y rencor.
Ese odio visceral solo nace de las cenizas de una relación rota.
A mí, a veces, me mira con rechazo —o más bien lo finge—, pero jamás de la forma que mira al policía.
—¿Qué más? —Quiere saber Daniel.
Agotada, Sidney resopla a la vez que retira unos cuadros de un pequeño mueble pegado a la pared de su espalda para sentarse, de brazos cruzados reta al policía a hablar.
—Alguien le dio una paliza al conductor —revela él, Sidney agacha la cabeza.
—No estoy entendiendo nada —confiesa el padre de un lado a otro del diminuto despacho—. ¿Lo sabías? —señala a Sid.
—Sí —anuncia Matt ante su silencio.
—Me enteré cuando fui a quitar la denuncia —admite con otra mirada poco agradable al inspector.
—¿Sabes quién fue? —Interroga Daniel.
—No —interrumpe Sidney en cuanto Matt pretende contestar.
—Si ella está bien —hablo por fin—, ¿qué tiene que ver con tu caso?
—Gracias —me mira señalándome, de un pequeño salto toca el suelo—, me tengo que ir.
—Quieta, señorita —, la frena su padre—, de aquí no sale nadie hasta que se aclare todo.
Refunfuñando como una niña pequeña, se sienta de nuevo en el sofá con las piernas y los brazos cruzados.
En el momento que me pide un grito de auxilio con la mirada, la puerta me golpea en la espalda sacándole una débil sonrisa que oculta mordiéndose el labio.
Es Quin, disculpándose por interrumpir, se acerca a la mesa informando que necesita unos documentos, el señor Colbert pide disculpas por invadir la oficina.
De nuevo los cuatro solos, Matt comenta que el conductor solo es un mandado, un mindundi que recoge chicas y las lleva a un lugar diferente al contratar el servicio de recogida.
—A mí me llevó a mi destino, no pinto nada aquí —dice Sidney. La mano de su padre en su dirección la obliga a sentarse de nuevo.
—Te están buscando —confirma el policía, serio, con un ápice de culpabilidad.
El rostro de Sidney se desencaja. Por lo poco que la conocí de niños y lo que he visto en las últimas semanas, la tengo por una chica fuerte a la que no le asusta meterse en la boca del lobo.
Y el semblante de Daniel… cambia de serio y enfadado a asustado.
A pesar de poder llevarme un mal gesto, cojo la silla más cercana y la acerco hasta él; le doy mi apoyo con una mano en el hombro y enseguida entiende mi gesto.
—A partir de ahora yo soy el abogado de Sidney —verbalizo, directo al inspector—. Toda la información pasará por mis manos.
—Yo puedo protegerla —rebate Matt.
Echo un vistazo a Sidney, me sorprende su silencio.
—Calla, chico —pide Daniel—, no te acercarás más a mi hija. Todo se lo comunicarás a Akerman.
Matt pretende reprocharle esa prohibición, pero una mirada del hombre le calla de inmediato, aunque poco dura el silencio.
Mientras ellos dos se retan con pocas palabras yo me centro en la chica abatida, a la cual parecen haber olvidado.
Sin pronunciar nada me agacho frente a ella en busca de sus ojos, tarda unos segundos en percatarse de mi cercanía.
Todo desaparece a nuestro alrededor, excepto el miedo de sus ojos.
En el instante en que se percata de mi presencia, una tímida lágrima cae por su mejilla.
Quiero limpiarla y sanar sus temores, pero sería volver de golpe a la realidad que me asusta tanto como a ella.
Sin articular demasiado, acaricio su tobillo transmitiéndole la paz y el apoyo que necesita en este momento, pero sus ojos siguen inmersos en la oscuridad, rompiendo a la chica fuerte que solía insultarme.
—Astrid, es personal —confieso serio presionando el botón del ascensor—. Cúbreme, por favor —añado una vez dentro.
Siempre está enfadada porque no le dan casos en solitario, y en cuanto le cedo el mío insiste en trabajar conmigo.
No me importa trabajar con ella; es una gran abogada, pero esto es personal.
Nadie puede saber de esto; arriesgo mi puesto por un caso ajeno al bufete, pero lo hago por la privacidad que le gusta mantener a la familia Colbert.
Consigo llegar al vehículo que me espera sin cruzarme con ninguno de mis jefes.
Al entrar, la banda británica que tanto le gusta a Sidney resuena en los altavoces, sacándome una gran sonrisa.
Me viene bien haber dejado el coche en State Island, puedo revisar la documentación que tanto me costó sacarle al detective Davis.
Se negó al principio, pero bastó una amenaza con hablar con su capitán para que me explicara cada prueba sin omitir detalles: movido por la seguridad de Sidney.
No hay por dónde coger este caso; ni siquiera sé si tiene relación con Sidney.
En la ficha del conductor no hay anomalías; lo único en común en todas las víctimas es haberse subido a ese coche tras una noche de fiesta.
Tiene una vida humilde, una hija y una mujer preocupadas por la paliza que le llevó al hospital dos días después del trayecto que Sidney contrató.
Siguiendo a la señorita de recepción, miro cada rincón.
En mi bufete es todo muy diferente; todos quieren aparentar ser lo que no son, aquí solo me he cruzado con jóvenes sencillamente vestidos, metidos entre libros y papeles.
Las vistas del despacho de Colbert son espectaculares con dos grandes ventanas haciendo pequeños a los muebles.
A través de los cristales veo como Daniel discute con su hija mayor, que da vueltas por el despacho; un jean claro le marca las curvas y tacones con los que podría pisar a cualquiera.
—Me voy —anuncia recogiendo del asiento frente a su padre una chaqueta del mismo tono que los zapatos.
Una mueca de molestia aparece en su rostro al verme.
—Te quedas —ordena él—, pasa Nate —me pide con un gesto—. Sidney, no lo repito —añade cuando la tengo delante.
Nuestros ojos no se cruzan a causa de la altura, pero su perfume choca en mi cara del mismo modo que el nerviosismo de anoche durante el trayecto en su coche.
Al ofrecerme a llevarla, su padre estuvo de acuerdo y por muy extraño que me pareciese, ella aceptó sin protestar.
Durante el trayecto no hablamos, ni me miró, solo un simple perdón por no tener vehículo y un sincero gracias cuando estuvo dentro de su casa.
Hubiese preferido quedarme allí con ella en silencio que la cita planeada en casa de Tai.
—Adiós —dice tras pedirme permiso para pasar.