Cuatro son multitud tres no 24
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Después de dar dos vueltas, consigo aparcar cerca del Embox.

Con Tonterías de Sexy Zebras acompañándome, leo los mensajes que me han llegado por el camino; algunos de mi madre y otros de mis amigos, los cuales respondo rápido.

Y aunque me hace reír, dejo en visto uno de Brandfont pidiéndome —por favor— que active el teléfono de Australia.

Cuando entré al despacho por la mañana, sobre mi mesa había una caja, en su interior se encontraba un teléfono y dos notas escritas de puño y letra por Austin con los números 1 y 2.

Es prepago, su utilidad es para comunicarnos sobre el otro trabajo, pero no tiene que ser exclusivo para hablar con la señorita Marconi.

Citaba la primera nota con algunas indicaciones sobre las funciones del teléfono. La segunda era más corta y concisa:

Querida Australia, que seamos el secreto del otro no significa que no podamos hablar, si quieres.

«¿Te las sabes de memoria?»

Detengo la música al mismo tiempo que mis pensamientos y salgo del coche con mi bolsa de deporte.

No puedo evitar echar un vistazo a la papelería y sentir ese pinchazo de dolor en el estómago.

Conecto la música a mis auriculares y me evado de nuevo del mundo, entrar en el gimnasio lista para comenzar la rutina de ejercicios me ayuda a no tener que cruzarme con los que no quiero hablar.

Aunque no quiera, la educación no la abandono.

Al entrar, los veteranos me saludan, automáticamente, devuelvo el gesto, los jóvenes que me conocen me saludan a través de alguna broma —que no escucho, pero intuyo—, sacándome la sonrisa tonta que necesito.

En el momento que en que traspaso la sala grande, papá y Nate entrenan juntos en el ring central; sin hacer caso a sus saludos, pongo rumbo a la sala de máquinas. Lo que me faltaba ver esta semana.

Tiro la bolsa a un lado donde no moleste, reproduzco mi playlist y me centro en la rutina, evadiéndome de todo.

Puta Vida de Supersubmarina me ayuda a concentrarme en las respiraciones; tomo aire y lo expulso con cada puñetazo que doy al saco.

¿Me he imaginado la cara de alguien? Tal vez, pero alejo de mi mente esa imagen; no puedo permitir más rabia en mi cuerpo.

Durante una hora consigo poner la mente en blanco…

«Mentirosa».

…aunque siendo honesta, pensar de vez en cuando lo que ocurrió con Brandfont me ha sacado una sonrisa…

«Una sonrisa tonta».

…que ayuda a relajar mis pensamientos…

«¿Segura?»

…y alterar mi cuerpo de una manera diferente. De una manera que no es buena en este momento, ya que me pilla demasiado lejos para que el mismo que lo altera de pensamientos lo altere de cerca.

«¡Sí! Repitamos».

¡No! Lo que pasó, pasó. No volverá a ocurrir.

En una de las ocasiones en que miro alrededor, veo a mi padre en la entrada con su ropa de deporte, haciendo el gesto de quitarse el auricular para que yo haga lo propio; al no obedecer, sigue mis pasos hasta la bolsa. Una vez nos encontramos, me da un abrazo rápido y un beso.

­—No has venido en toda la semana.

—Tenía trabajo —comento tras dar un trago a mi botella.

—¿Duermes algo? —Pregunta cuando pretendo seguir con el entrenamiento.

—Sí, papá —me acerco a él—, estoy bien, lo prometo. Díselo a mamá —pido dándole un fuerte abrazo.

«Otra mentira».

No es mentira, estoy… estoy bien. Por sorprendente que sea, me siento bien. No tengo malos sentimientos dentro de mí, ni reproches, ni miedos.

—Se lo diré —dice a la vez que me devuelve el abrazo—. Y no estés mucho rato más —añade casi desde la salida.

—Espero que no te hayas contenido —sonrío al hacerle reír.

—¿Quién te crees que soy? —Dice con su gran sonrisa malvada.

Fall out boy y su Centuries me da el último empujón en el final del entrenamiento, hidratándome, pienso en si utilizar las duchas de aquí o ir directa a casa cuando las voces de Matt interrumpen molestando al resto.

Si la dejo ganar, se enfada; si peleo bien, se enfada.

No hay quien acierte. El entrenamiento en compañía de Sidney fue más natural; no tenía miedo de darle un golpe porque sabía que me lo devolvería sin dudar.

¿En qué momento me he metido en una relación con Tai?

Ahora no puedo dejar esto; no quiero quedar de capullo delante de Sid.

Quiero acercarme y así no lo conseguiré, aunque por cómo hablaban ella y su amiga, no le tienen en buena estigma.

—¡Nate! Te he dicho que no me dejes ganar —protesta.

Me limpio el sudor de la barbilla antes de quitarme el guante y doy media vuelta dirección a mi botella, ella hace lo propio en el lado opuesto del ring recitando sobre que tiene que irse a pilates y no sé qué más dice,

ya que he desconectado en el momento que me reprochó no tomarla en serio en el boxeo.

De repente noto su voz más cerca acompañada de su mano rodeando mi cintura, un contacto que no me hace sentir ni una milésima de lo que la mirada de cierta chica me causa; sea una mirada buena o mala.

Me despido de forma cordial con un beso en la mejilla, a pesar de sus intentos por buscar mis labios.

¿Desde cuándo una cena y un polvo se convierten en una relación seria?

Justo cuando estoy a punto de recoger mis cosas y bajar del cuadrilátero, escucho a un hombre preguntar por la mayor de los Colbert a gritos, frente a mis ojos y de forma apresurada el policía del Asante se dirige a la zona de máquinas donde le indicaron la localización de la chica.

Mi primer pensamiento es detenerlo antes de que cruce la puerta, el segundo; no hacer nada para no montar un escándalo que implique los celos de Tai, parada en medio del gimnasio con la vista puesta en el mismo lugar que el resto de presentes.

Su sonrisa malvada me impulsa a seguir a Telmo y dos más sin importarme lo que los demás puedan pensar, solo en detener esos gritos y alejar a Sidney de ellos.

Atónito quedo al encontrarme al entrenador sin saber qué hacer y al resto viendo el espectáculo. Sin escuchar las palabras que vierte el policía solo me fijo en el rostro de Sidney, tan sorprendida como yo.

—¡A mí no me han violado!

En ese instante solo me sale despejar la sala e interponerme entre ellos dos.

—¡Sí! —Recrimina él nervioso.

—¿De qué hablas? —Pregunto de forma serena.

Alguien tiene que poner un punto de cordura y me temo que no serán ellos, con contradicciones en un tema tan serio no esclareceremos la verdad. No hay que tomarse a broma una cosa tan delicada.

—¿Sidney? —La miro en cuanto consigo calmar y alejar al tipo.

Sorprendida encoge los hombros susurrando un pequeño pero contundente —no—, a pesar de la seguridad con la que responde sus ojos se mueven nerviosos, como si su mente recordase algo que da la razón al inspector.

—¿Sidney? —Repito en un tono preocupado a la vez que alejo de nuevo al chico—, ¿segura?

—¡Sí! ¡Segura!

En ese momento aparece el señor Colbert, colérico, va directo a por el hombre que grita a su hija. No tenía bastante con detener a uno que se une otro.

—Calmémonos —pido—, hablemos tranquilos, sino no aclararemos nada.

—No hay nada que aclarar —me dice Daniel sosegado—. Tú —mira al otro —hijo de puta, ¿por qué tienes que buscar a mí hija de esas maneras?

La rabia que muestra me es imposible de contener, por suerte, la voz de Sidney prometiendo que nadie le hizo nada ayuda a tranquilizarle.

Desde la calma de todos, Matt, así lo llama ella, nos cuenta que Sidney está en el radar de una organización que están investigando, sin entender de qué habla,

el joven continúa explicando que sale en la lista de clientes de un uber que los criminales utilizan para captar mujeres borrachas y abusar de ellas.

Al pronunciar la palabra borracha, una mirada dura de Daniel a su hija le hace agachar la cabeza, en medio de esa conversación silenciosa que solo ellos entienden, tomo la palabra.

—Que su nombre aparezca en la lista no significa que le hayan hecho algo, ha podido subirse a ese coche en cualquier momento.

—Sábado, ocho de octubre, a las dos y treinta y tres de la madrugada —concreta de malas formas mirándome.

El movimiento nervioso de Sidney rompe esa pelea que Matt quiere comenzar.

—Solo me llevó a mi destino —dice al verse acorralada por nuestras miradas.

—¿Qué ocurre hija? —Se acerca Colbert a ella—. ¿Qué ocultas? No entiendo nada —replica Daniel mis pensamientos—. ¡Fuera de aquí! —Ordena a un joven que pretende utilizar una de las máquinas.

—Será mejor que vayamos a otro lugar —sugiero, disculpándome con el chico.

Sidney intenta marcharse, sin embargo, Colbert la arrastra del brazo hasta el despacho bajo la atenta mirada de los que quedan.

De camino, me desvío a por mis cosas. Entro tras ellos en la oficina del gimnasio.

Sid se encuentra sentada, desganada, en el destartalado sofá marrón; su padre, con los brazos en jarra, evita que su hija no salga de estas cuatro paredes, y el inspector está apoyado en la mesa.

No le agrada mi presencia, pero no me voy a ir; no es buena idea que su padre la defienda.

—Desde el principio —Daniel mira al chico, pero espera que hable su hija.

Y así sucede.

—Bebí y pedí un coche para volver a casa —dice desganada—, ¿ya? ­—añade levantándose.

—Salías de casa —se apresura a corregir Matt.

Palabras que enfurecen a su padre, quien de inmediato la obliga a sentarse de nuevo. En cuanto su culo toca el cojín me mira; desde que entré no he dado ni un paso, ni me he entrometido, me apoyé en la puerta y observé. Al inspector le molesto, al reputado abogado no.

—¿Tiene que estar él? —Pregunta de mal humor. Ambos hombres giran sus cabezas en mi dirección.

Daniel hace como que no me ve, pide a su hija que se deje de tonterías y cuente de una maldita vez lo sucedido.

Conozco al señor Colbert desde niño, siempre de forma despreocupada disfrutando de sus vacaciones, si es cierto que a veces mostraba el abogado que lleva dentro, sobre todo cuando mi primo y yo molestábamos a sus hijas, pero jamás lo vi así.

Este debe ser el abogado que tanto temen en Nueva York.

Después de unos resoplos, Sidney comienza a narrar que no le pasó nada del otro mundo, simplemente bebió y pidió un coche para ir a casa de un amigo, también aclara, tres veces, que el conductor no la tocó.