23 #4
—Entonces, ¿por qué no te has ido antes?
Suelto el aire tan despacio como Austin mi cintura. En este instante sabe perfectamente lo que necesito, incluso mejor que yo.
—Ahí está el baño —señala en cuanto nuestras miradas se buscan.
Asiento y traspaso la puerta corredera detrás de la mesa de reuniones, una puerta que también esconde los paneles que tantos secretos guardan.
Escuchando de la boca de Brandfont donde está el interruptor, me encierro en ese cubículo sencillo de baldosa blanca; un retrete, un lavabo con un espejo encima y un pequeño armario de madera con un neceser negro abierto es lo único que hay sobre el suelo negro que llega del despacho.
Bajo la luz blanca me aseo con una toalla negra —huele a limpio—, que hay junto al neceser.
El agua que corre por el desagüe calla las pisadas de Austin al otro lado del muro y mis pensamientos.
Esos pensamientos que me gritan «gilipollas» por haber detenido un momento que podía durar hasta el día siguiente.
«Sigamos».
Me pide Costi al mirarme en el espejo.
«Tú eres la del espejo. Tú te estás hablando. Tú quieres seguir en su casa».
A pesar del sudor que recorre mi rostro y mis mofletes sonrojados, mis ojos brillan como hace tiempo no brillaban. Incluso arrepintiéndome a medias de lo que acaba de pasar, mis ojos sonríen felices haciendo sonreír a mis labios, esos labios que tanto desean besar otra vez los de Austin.
«Puedes besarlos». Costi me obliga a separar mis dedos de mi boca y retomar el aseo.
Inhalo y exhalo lista con el único objetivo de aceptar lo que el destino nos tenga preparado, el ruido de la puerta provoca un movimiento rápido en Austin que deja de meter en una bolsa todos los recipientes de plástico para centrarse en mí.
En el momento que nuestras miradas se encuentran ambos esbozamos una tímida sonrisa, al pasar por la mesa redonda de cristal me pongo al cuello la corbata del rubio, él, enseguida cesa su tarea, se sacude las manos y recoge del sofá mis bragas negras.
La distancia no impide a nuestros rostros mostrar la lujuria que nos recorre por el cuerpo.
—Me gusta esto —dice cuando comienzo a abotonar su camisa—, sea lo que sea —añade sonriente al ver mi expresión de reproche.
—No hay nada —paso la corbata a su cuello.
Subo la vista a la vez que anudo el trozo de tela, aunque me detengo en su amplia sonrisa: divertida y llena de vida.
—Me gusta este nada —susurra en mi oído, sacándome una sonrisa.
—Brandfont —tiro de la corbata para acercarlo a mí.
Ese gesto parece confundirle ya que acerca su cara a la mía, yo no puedo evitar soltar una pequeña carcajada que le hace morderse el labio y apoyar la barbilla en mi cabeza.
—¿Así es como piden repetir? —Río apoyada en su pecho.
—Ay, Colbert —suspira antes de darme un casto beso en la sien.
Despacio suelto la corbata antes de alejarme, en el momento que nuestras manos se unen para arrebatarle mis bragas, sostiene mi cabeza con la mano libre.
—¿Por qué no? —Pregunta cuando mis ojos se centran en los suyos.
—Sabes la respuesta —rozo su pulgar que acaricia mi labio.
«Yo no».
—¿Es solo un juego?
—Igual que para ti.
Mi respuesta le duele. Sus ojos abandonan el brillo para esconderse detrás de los párpados.
—Dejémoslo así —murmuro sin voz.
Separo mi mano de la suya y la subo hasta su mejilla, su cuidada barba cosquillea mi palma dejando una agradable sensación, una sensación que él también siente.
También disfruta. Disfruta de mi tacto como si descubriese algo nuevo, algo que es tan normal en la vida, pero tan difícil de sentir y por el temblor que me trasmite, no lo ha sentido nunca de verdad.
Aunque busque lo que busque en las chicas, en el fondo me da pena.
La sensación de serlo todo para alguien es una de las mejores sensaciones que uno puede experimentar.
Algunas relaciones pueden destruirte, sin embargo, vale la pena intentarlo con esa persona especial que te hace vibrar con un mero mensaje de buenos días, unos mensajes que se convierten en la primera cita, o esa primera cita que pasa por miles de mensajes hasta llegar a la segunda.
Me gustaría darle esa experiencia completa, no obstante, tiene que experimentarlo con alguien real.
«Tú eres real».
Con alguien que le sienta y le quiera. Que le quiera por su verdadero interior y no por quien aparenta ser.
«Tú conoces su verdadero interior».
—Se hace tarde —digo cuando la lluvia pegando en los cristales me trae a la realidad.
Y a él también.
Le arrebato mis bragas y camino hasta el sofá donde están mis medias. Sonrío después de que Austin da unos pasos hacia delante, alejado y de espaldas me da la intimidad que hace unos instantes compartimos. Le aviso y su centro de visión vuelvo a ser yo.
—Gracias —añado al voltearse. Él asiente.
De nuevo es el Brandfont trajeado con las manos escondidas en los bolsillos y su fino labio serio.
—Llamaré a Milton para que nos llev…
—No —detiene su brazo antes de descolgar el teléfono fijo que hay sobre su mesa.
—Que te lleve —rectifica mirando como me pongo los zapatos.
—No. No quiero que…
—Déjame pedirte un taxi al menos —interrumpe. Asiento.
Le observo presionar las teclas, no presto atención a sus palabras, son básicas, pero sí a su tono; autoritario, aunque amable y educado.
Bajo la atenta mirada de Austin sentado en el borde de la mesa, me coloco bien la camisa y me abrigo con la chaqueta que fue a buscar Seth junto a la suya.
Una vez lista salgo con un simple —adiós—.
No hay despedida ñoña o besos dulces y fogosos.
No hay un nos vemos mañana o un avísame cuando llegues a casa, solo un simple adiós que confirma mis palabras: no hay nada.
—Colbert —me detiene, esperando que no suelte todas esas palabras, me giro sin soltar el pomo de la puerta—, acude a la fiesta del viernes, puedes ir con los amigos que quieras.