23 #3
nuestros cuerpos pegados a nuestras ropas se queman y se alivian al unísono.
—Tus labios no tocarán mi polla antes que mi boca.
Arrugando la tela de sus hombros con el puño trago saliva, tener sus labios tan cerca es tentador. Mucho más ahora tras sus palabras.
—Ya los han tocado.
—No lo suficiente.
—Entonces no sabrás lo que saben hacer.
—No quiero ese tipo de cosas de ti.
—¿Por qué?
Cada palabra silba en los labios del otro, así como cada soplo acerca nuestros cuerpos inmóviles frente a frente, pero el silencio a mi última pregunta me enfada.
Me enfada hasta el punto de alejarme. Saco el aire de mis pulmones a la vez que estiro un poco mi falda para cubrirme y apoyo la espalda en el sofá.
Él aprovecha el momento para hacer lo propio y guardar su miembro dentro de los pantalones.
Nuestras miradas se cruzan un instante antes de fijar la mía en mis pies descalzos, enredados en los impolutos zapatos negros de Austin.
En cuanto se percata de mi gesto encoge las piernas, dándole así el apoyo perfecto a sus codos para esconder la cabeza en sus manos.
Sus dedos acarician su cabello al mismo tiempo que en un suspiro susurra mi nombre acompañado de un por qué, haciéndome soltar una pequeña risa sarcástica que le hace relajar los brazos y girar su cuello en mi dirección.
—¿Por qué te alejas?
—¿Por qué no contestas?
—Demasiados por qués.
—Todos tienen respuesta.
—¿Y por qué no respondes?
—¿Por qué no respondes tú?
Además de comenzar a articular el resto de músculos, ambos reímos a través de los ojos para después mostrarlo con nuestras bocas.
Sin abandonar la sonrisa apoyo la cabeza en el sofá a la vez que muerdo mi labio, ni siquiera yo tengo la respuesta a sus por qués, pero quiero la respuesta de los míos.
Despacio ruedo el cuello sobre el cuero, en cuanto sus ojos se centran en mí, confieso que he oído cosas, sin embargo, no son las que me ha mostrado.
—¿Ese es tu primer por qué? —Sonríe de oreja a oreja.
—Por qué no me follas igual que…
No he terminado la frase cuando lo tengo pegado a la cara, pese a que su mano rodea mi cuello, los dedos acarician mi piel con la presión necesaria para mostrarme lo que quiero, pero a la vez dejar pasar mi aire.
—¿Esto es lo que quieres?
Mi asentimiento convierte la lujuria de sus ojos en furia, una furia que adoptan sus brazos. De forma brusca su mano libre agarra mi cintura, sin soltar mi cuello me gira de cara al sofá.
—Lo vas a tener —susurra en mi oído.
Su voz suena atroz, en cambio, no quiero huir, quiero experimentar lo que tanto asco me dio en tantas ocasiones.
De rodillas e indefensa contra el cuero quedo a su merced, aunque un quejido sale de mi garganta en el momento que sus manos se alejan, pronto se convierte en gemido cuando levanta un poco mi falda para frotar su palma en mi sexo antes de darme una palmada en la nalga.
Muevo mi cuerpo hacia él para recuperar el placer que me estaba dando, sin embargo, me inmoviliza del pelo, de inmediato escupe el envoltorio de un preservativo.
Distraída con ese papelito que vuela hasta el sofá, noto como su mano separa mis piernas para acto seguido invadirme el placer, tanto como su miembro duro invade mi cuerpo.
Cada embestida es más feroz que la anterior. Más salvaje. Más profunda. Más placentera.
Mi cuerpo rebota contra el suyo entre los murmullos de nuestros jadeos. Entre nuestras respiraciones ahogadas. Entre nuestros nombres perdidos. Entre el calor que quema nuestras ropas. Entre una pasión que no debería existir.
Mis rodillas agarrotadas quieren terminar esta tortura llamada placer y Austin lo siente como si fuesen las suyas, de manera delicada tira de mi cabello alejándome del sofá para quedar sentada sobre sus muslos.
Sin salir de mi interior, rodea mi cintura con sus brazos atrayéndome a él, dejando nuestros cuerpos lo más pegados posible, siendo físicamente imposible acercarse más de lo que ya estamos.
—No puedo Sid… No eres como las demás.
Sus palabras sin aliento sobre mi nuca me hacen morderme el labio y aferrar mis manos a las suyas cuando mi cabeza cae sobre la suya, la cual ladea lo justo para que sus labios lleguen al lóbulo de mi oreja y mi mandíbula.
Este gesto ralentiza mis movimientos para disfrutar esos besos que mi boca anhela; en cambio, los mordiscos que deposita los acelera de nuevo, empezando a sentir como comienzo a contraerme alrededor de él, llevándonos finalmente al límite.
A pesar de que nuestros cuerpos vuelven a la normalidad, seguimos unidos.
Poco a poco nos acomodamos hasta quedar mi espalda encajada entre sus piernas, apoyada en su pecho disfrutamos de las frutas pequeñas que Seth pidió y no se comió, del juego que se llevan nuestras manos y de las risas tontas que alteran por segundos nuestras respiraciones.
En este momento más íntimo que los dos que hemos tenido, me gustaría volver a las preguntas sin respuestas, pero sé que empezaríamos a discutir y no quiero romper la burbuja en la que nos encontramos, aunque necesite romperla para no caer en el pozo que yo misma tapé y ya he destapado.
«Podemos seguir en este pozo, no hay prisa».
—¿Te arrepientes?
Al negar aleja la cereza que me ofrece, junto a un stronzo agarro su muñeca para atrapar la fruta con los dientes, él comenta lo mucho que le gusta que mi actitud sea la misma, mientras sonríe en mi coronilla por mi silencio a la vez que deposita un dulce beso.
—¿Qué me has llamado? —Manifiesta divertido acariciando mi brazo.
—Stronzo —me remuevo tan pronto comienza a hacerme cosquillas.
—Tercera vez que me lo dices, ¿qué significa? —Quiere saber sin perder el humor.
Las cosquillas no cesan y las risas aumentan a la misma velocidad que la complicidad, esa complicidad que se ha forjado despacio, pero ya está en lo más alto.
—Mantengamos el misterio —digo contra sus labios en el momento que detiene las cosquillas.
—Puedo buscarlo en Google.
Austin sonríe cuando paso mi mano por su pelo hasta su nuca, ambos nos mordemos el labio por culpa de la cercanía.
—No lo harás.
—Estás muy segura de ello —recorre mi muslo con su palma.
—Te gusta que te desafíe —nervioso y sonriente aparta la mirada un instante para volver a mirarme.
—¿Sabes lo que me gusta? —Me retira el pelo detrás de la oreja—. Verte siendo tú.
En el momento que abro la boca a fin de replicar lo poco que me conoce, se levanta rápido a la vez que tira de mi brazo para poder seguir sus pasos.
Mal vestidos, pero sin nada a la vista, nos guía por su despacho deteniéndonos frente a la pared que hay entre el sofá y la mesa de reuniones, de cara a ese muro de madera se coloca detrás de mí, sus brazos me rodean por la cintura manteniendo el calor que lleva envolviéndonos toda la noche.
A sabiendas de que no me quedaré callada, de inmediato sisea sacándome una sonrisa más, sosteniendo mi mano derecha eleva ambas hasta depositar mi palma en un lugar concreto del tabique.
Austin me envuelve de nuevo entre sus brazos mientras sigo unida a la madera, expectante por este acto tan misterioso.
También protesto desenfadada cuando se regocija por conseguir dejarme sin palabras, como tantas veces he hecho yo con él.
Pese a nuestros cuerpos pegados de forma cariñosa, doy un respingo en cuanto el muro comienza a deslizarse: detrás de un cristal oscuro aparece la sala de la muerte en completa oscuridad, asimismo se abre una puerta después de que Brandfont trastee en el panel invisible.
A pesar de ser reacio a soltarme, camino arrastrando la mano por la pared hasta traspasar el umbral; paseo por la habitación iluminada únicamente con la luz que llega del despacho.
Aparto dos sillas y me siento en la mesa, de cara a ese plástico negro, el cual ahora sé lo que esconde.
No puedo ver nada, solo lo que se ve a plena luz del día; un simple decorado. Una sacudida recorre mi cuerpo, ahora es diferente, ahora ya no es un trozo de plástico, ahora sé que detrás está Austin mirándome.
—Así que por eso querías que trabajase aquí —digo por encima del eco.
El silencio domina ambas habitaciones durante unos segundos, pero pronto me entra la necesidad de ver su rostro.
Desde el otro lado me llega el sonido de sus zapatos, a la par que mis pies descalzos se acercan a la puerta corredera.
El frío de las baldosas traspasa mi piel luchando contra el calor que me invade al ver a Austin mordiéndose el labio, sus manos en los bolsillos tratando de ocultar lo que en todo momento ha estado más vivo que nunca.
En cuanto nuestros cuerpos y nuestras miradas se encuentran a medio camino, el aire se vuelve a sentir pesado.
De puntillas alcanzo su oreja para morder su lóbulo, conforme mi mano acaricia su entrepierna.
—¿Cuántas veces te has tocado estando yo ahí? —Susurro sacándole un gemido cuando le muerdo el labio.
—Ninguna —corrobora rápido, tan rápido como coloca su mano en mi cabeza.
Ambas manos me acarician diferentes partes de mi cuerpo, suave me acerca a él por la cintura para poder saborear la cercanía de mis labios, un aliento choca contra el otro alterándonos al mismo tiempo.
Despacio y como si se moviese la nube en la que llevo subida desde el momento en que nos quedamos a solas, nos arrastra hasta la pared.
Nuestras bocas se retan queriendo unirse y romper los esquemas de ambos, queriendo romper lo que queremos evitar.
Queriendo romper la cadena que evita convertir el deseo en sentimientos.
Un deseo que aumenta a la par que los besos de Austin derriten mi cuello.
—¿Tienes más? —Digo ansiando que la respuesta sea positiva.
—No —contesta pegado a mi piel tras un largo silencio.
—Entonces, se acabó.
Sin creerme mis palabras, deshago el puño que agarra su camisa separándome de él, en tan solo un segundo sus brazos me atrapan de la cintura retomando el contacto que tanto me gusta. Unidos de nuevo caminamos hasta tener delante una superficie en la que apoyarnos: una silla.
—¿Por qué? Podemos hacer otras cosas —susurra.
Sus manos arden en mi cintura.
—Esto es una equivocación.
—¿Desde cuándo? —Quiere saber a la vez que besa mi cuello.
—Desde el principio.
Mi cabeza intenta separarse, pero mi cuerpo se resiste a alejarse.