Cuatro son multitud tres no 23 #2
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Los brazos de Austin me rodean por la cintura al intuir que mi impulso es lo suficiente fuerte como para caernos los dos del sofá; un quejido acompañado de una sonrisa sale de la garganta del rubio cuando amortigua la caída.

—Que arda —digo sentándome ahorcajadas sobre él.

Mi piel comienza a quemar bajo la tela al mismo tiempo que siento arder la suya, nuestras manos crean caminos de lava los cuales disfrutamos.

Unos caminos a los que añadimos más lava cuando desabrocho los botones de su camisa, a la vez que me obliga a morder mi labio y reprimir un gemido que llega demasiado pronto, tan pronto como para notar su miembro creciendo entre mis muslos y sentir el tacto de sus dedos al apartar mi falda de tubo.

Un sutil movimiento en mi trasero me empuja a acercar mi rostro al suyo.

Ambos queremos juntar nuestros labios, pero ninguno lo hacemos y aunque me prometí a mí misma no hacerlo, mis deseos más hambrientos me dejan a escasos centímetros de su boca.

El sonido de nuestras respiraciones se acelera al mismo ritmo que nuestros latidos y nuestras ganas.

Sin apartar mis manos de su pecho, me impulso para arrastrarlas por su torso y alcanzar el cinturón.

Ante sus brillantes ojos azules y sus labios pidiendo a gritos oxígeno, desabrocho el pantalón, dejando más espacio al bulto que quiere explotar bajo la tela.

Mi roce incita a los dedos de Austin a explorar dentro de mi ropa, avivando el fuego que siento en el interior de mis pliegues.

Hasta que un golpe seco en la puerta, así como la manilla moverse, obliga al rubio a levantarse de golpe y tumbarme contra el suelo.

Enseguida me cubro el rostro con mis brazos, pero también puedo notar la chaqueta, además de su mano, caer sobre mis piernas semidesnudas.

—Disculpe, joven Austin.

En cuanto suena una voz melodiosa mi instinto lanza mis manos a agarrar en un puño la camisa de Brandfont, de forma protectora, echa su brazo por encima de mi cintura tratando de protegerme de la vergüenza que me acaba de entrar.

—Pensé que ya se había ido. Avíseme para limpiar.

—No se preocupe Ashlea, márchese a casa, yo recogeré —dice Brandfont en un tono ronco a la par que dulce.

Tras un par de disculpas por parte de la mujer, el ruido de la puerta nos deja solos envueltos en unas risas tan nerviosas como cómplices.

Una risa que me muestra un Austin que jamás pensé que conocería.

Un Austin que ni siquiera sabía que existía y que tanto temo ahora.

Temo esos ojos azules que me miran de tal manera que no existe nada más a su alrededor, como si yo fuese el salvavidas que le llevará a tierra, por lo contrario, a mí me hunden en lo más profundo del océano.

Una corriente sube por mis piernas cuando los dedos de Austin rozan mi piel al retirar la chaqueta que lanza en el sofá, una corriente que se detiene en el momento que desaparece el contacto y se expande en cuanto vuelve. Un leve contacto que expresa el final del juego.

—No quiero parar —susurra sin voz—, pero entenderé si…

—No pares —interrumpo agarrando su camisa para atraerlo hacia mí.

A pesar de querer sus labios pegados a los míos, me lo muerdo al mismo tiempo que estiro el cuello.

Sin lamentos, entiende la razón; en cuanto enredo mis dedos en su corto cabello, sabe que es el consentimiento para llegar al final.

Ladea la cabeza con una sonrisa divertida y clava sus dientes en mi garganta de forma dura, aunque puedo sentir su delicadeza besándome para chuparlo ligeramente.

Dejará una marca que en este instante no me importa, porque es el ahora que necesito.

Y quiero. Descuidadamente baja por mi cuerpo y mis telas, a la vez que sus manos recorren mis piernas hasta alcanzar mi ropa interior, desprendiéndose de ella mirando lo lujuriosos que se han vuelto mis ojos, siendo así el reflejo de los suyos.

Posando sus manos en mis rodillas, las separa dejando al descubierto su imagen: descamisado y con ganas de liberar su miembro hinchado.

Mi intención de incorporarme queda en el limbo cuando mis manos son atrapadas por las de Austin, arrastra su cuerpo por el mío presionando la bestia entre los dos para llevar mis brazos encima de mi cabeza.

Aunque una sonrisa maliciosa aparece en su rostro en cuanto pretendo moverlos hasta su cuerpo, no me impide ningún movimiento.

Tiene el control total sobre mí y su poder me hace sentir mareada.

Al desaparecer entre mis piernas y sentir un soplo en mi pubis, el calor recorre cada poro de mi piel, ardiendo cada extremidad en el segundo que la punta de su lengua roza mi clítoris.

Un insignificante roce que me produce un lamento por detenerse.

Un lamento que se convierte en placer cuando dos dedos de Austin toman el lugar de su lengua, en círculos campan a sus anchas estimulando la zona, humedeciéndola en el momento que su pulgar hace presión en la entrada de mis pliegues antes de introducirlo en mi interior.

La fricción provoca que arquee la espalda queriendo más, mis gemidos le forman una maliciosa sonrisa incitándole a sacar su miembro, ponerse la protección que le pido que utilice sin aliento y a entrar dentro de mí.

Brandfont no solo me dejó a mí sin aliento, durante el tiempo que ha estado entre mis piernas no ha dejado de mirarme intentando controlar su respiración tanto como yo. Sus ojos recorren mi cuerpo hasta detenerse en mis labios, provocando que me los muerda haciéndole suspirar encantado.

De golpe y sin dolor ocupa todo el hueco que él mismo formó.

La sensación del movimiento lento se vuelve difícil de manejar y gimo fuerte.

De repente se inclina cubriendo mi cuerpo con el suyo, incluso estando nuestras ropas de por medio puedo notar su definido abdomen.

Nuestras respiraciones se vuelven pesadas cuando entra hasta el fondo de forma rápida.

Nos sentimos tan bien que comenzamos a movernos al mismo compás, invadiéndonos la lujuria escondida en ese sucio globo terráqueo que forman nuestros ojos.

Echo el brazo alrededor de su cuello, pero lo frena antes de poder tocarle.

Los dedos que acariciaban mi pierna rodean mi muñeca uniéndola a la otra alzada sobre mi cabeza, sin dejar de moverse en mi interior desliza un dedo a lo largo de mi brazo, a pesar de no sentir su roce plenamente por culpa de la manga, jadeante, me remuevo bajo él cuando acaricia mi mandíbula,

recorre mi garganta, mi pecho, baja por mi abdomen hasta alcanzar mi muslo el cual agarra antes de detenerse en mi trasero.

Aunque su mano rodea fácilmente mis dos muñecas juntas, su fuerza está centrada en otro lugar, quiere que las mantenga ahí, pero al mismo tiempo no quiere soltar mi culo.

Ambos nos miramos sonrientes y desafiantes entre jadeos, nuestras respiraciones chocan en la cara del otro a la vez que nuestros cuerpos, importándonos poco las discusiones que tanto me sacan de quicio a la par que me divierten.

En cuanto su cabeza cae sobre mi hombro rodeo su cuello.

Los dos cuerpos se agarran entre ellos convirtiéndose en uno que rema en la misma dirección, las sacudidas se intensifican hablando el mismo idioma, un idioma que verbalizan nuestros labios y nuestros oídos entienden a la perfección.

Las caricias acompañan a cada movimiento, unos movimientos correctos en el momento correcto que me hace sentir como me contraigo a su alrededor, llevándome al éxtasis segundos antes de llegar él.

Exhaustos permanecemos uno sobre el otro, en silencio disfrutamos del instante, de las caricias y de la forma tan extraña en que nuestras paulatinas respiraciones se aceleran.

Compartimos un momento íntimo que no entraba en los planes de ninguno; las manos elevadas por encima de nuestras cabezas siguen entrelazadas jugando juntas, mientras las otras acarician el cuerpo del otro, recorriendo pequeños senderos de una soledad acompañada.

—Esto es muy agradable —mi respiración se vuelve pesada ante sus palabras en mi oído.

—Solo falta una cosa —agrego.

Envolviendo mi brazo alrededor de su cuello, siento un ligero mordisco en mi oreja, suspiro al ver que pide a su altavoz inteligente música relajante.

De inmediato noto su malvada sonrisa contra mi piel, sus labios siguen la línea de mi mandíbula y llegan al borde de mi boca hasta que rompe el contacto para mirarme y apoyar su frente en la mía.

—¿Es malo que te desee tanto?

Su sonrisa se curva mientras sus ojos devoran los míos. Segundos después y sin apartar la vista, sus manos juguetean con mi pierna. Echo la cabeza hacia atrás amando la sensación de sus rudas manos sobre mi piel suave, comenzando a notar de nuevo su miembro contra mí.

—Necesito besarte, Sidney.

Su voz ronca rebota en mi boca entreabierta obligándome a tragar saliva, necesitando exactamente lo mismo, Austin maldice y aparta la cabeza cuando no encuentra señales que le lleven a ese beso.

A pesar de seguir con la negativa, aunque quiera, evito que se aleje más empujándole, ahorcajadas lo inmovilizo contra el suelo.

El control es mío y eso le gusta. A él y a su amigo todavía al descubierto queriendo invadir otra vez entre mis piernas, en cambio imito de forma inversa la posición que teníamos minutos atrás.

Sostengo sus muñecas y no pone resistencia al elevar sus brazos sobre su cabeza, arrastrando mi cuerpo por el suyo, llevo mi boca a su cuello consiguiendo que se revuelva debajo de mí al depositar unos pequeños mordiscos.

—¿Por qué? —Musito en su oído sin dejar de disfrutar su piel y ese olor que lleva días embriagándome.

Ante su silencio suelto sus muñecas, apoyada en el suelo me incorporo lo justo para poder mirarle, de inmediato atrapa mi cabeza entre sus manos. Nuestras respiraciones gruñen al mismo ritmo y puedo sentir el calor de su aliento entrar por mi garganta.

—¿Y por qué no?

Despacio arrimo mi boca a la suya y una sonrisa se pega en mi mejilla cuando desvío la cabeza lo suficiente para morder su mandíbula, con sus dedos enredados en mis cabellos deslizo mis labios por su torso definido.

Siento su pecho hincharse al mismo ritmo que su respiración desenfrenada, los jadeos se intensifican conforme me acerco a la zona peligrosa, pero de repente noto su agarre en mi pelo más fuerte, inmovilizándome se incorpora, sin embargo, no me separa,