23
Al llevarme el tenedor a la boca esbozo una sonrisa, jamás pensé que el playboy pudiese ser tan amable con un trabajador, no solo uno diez años más joven, sino un empleado recién incorporado a la empresa.
Llevo sentada veinte minutos en el sofá: descalza y con las piernas cruzadas, degustando unos tallarines chinos con verduras sin dejar de hacer muecas por la conversación que mantienen los dos hombres sentados a mi espalda; entre preguntas sobre el caso salen datos personales,
que comparten como dos amigos.
Después de casi una hora de preguntas y respuestas,—más serias por parte de Seth que de Austin—, el secretario de Austin interrumpió obligándole a acercarse a la puerta y cuchichear entre ellos.
En ese momento, Clynton, anunció su marcha ya que estaba cansado de ser rebatido en cada idea que proponía —cada idea estúpida que proponía—.
La mayoría de las propuestas Austin no quiso contestarlas, tampoco tenían una contestación que ayudase a seguir la senda correcta, aunque también intercambiamos miradas, comunicándome que, si yo quería saber la respuesta, él respondería.
En algunas sí quería saber el motivo, pero, de alguna forma, mis ojos le decían que no delante de todos.
También me quedó claro, que la conclusión de Clynton es que siga pagando, cosa con la que no estoy de acuerdo.
Todavía no sé la historia completa; sé que hay algo más detrás que no tiene nada que ver con un acto que ya fue juzgado y, aunque me quite tiempo libre, lo descubriré.
Tengo la sensación de que la única intención de la presencia de un ejecutivo —y su consejo de mierda— es su manera de acabar con Austin y arrebatarle la empresa que fundó su abuelo.
—Sid —escucho a Seth—, ¿todavía no has acabado? —Señala mi tarro de plástico. Lleva su chaqueta puesta y su cartera colgada al hombro.
—Puedes llevártelo —la voz de Austin me hace mirarlo, con la vista al frente se dirige hacia el ventanal —o terminártelo aquí, yo tengo trabajo todavía —dice trasteando en su escritorio—.
Mi conductor la llevará a casa —añade mientras se sienta cuando estoy a punto de decirle a mi amigo que cogeré un taxi.
Seth y yo nos enfundamos en un abrazo antes de quedarme sola con mi jefe —cliente—, y no sé muy bien qué hacer. No sé si terminarme esto deprisa y marcharme o tardar una eternidad para seguir compartiendo espacio con él.
La última vez que compartimos espacio a solas…
«Esta mañana».
…hizo que me volase el cerebro con sus palabras: vuelve a ser la Sidney que cantaba en mi ducha.
No ha pasado ni una semana de aquel momento y me sorprende que se acuerde; pensaba que si iba a recordar un momento juntos sería el de la azotea.
Ese pensamiento me hace revolverme y hacer sonar el cuero del sofá.
De reojo miro a Austin; sigue con la cabeza metida en sus papeles, y sin soltar el bolígrafo, se pasa la mano por el pelo.
Su rostro está relajado, aunque su ceño continúa fruncido.
No es la primera vez que le veo trabajar, pero sí en su entorno, y parece otra persona.
Una persona que, por mucho que sus malos hábitos le persigan, sigue dejándolos atrás.
—Colbert —me llama sin levantar la cabeza—, si me sigues mirando no podré seguir trabajando.
Escondo mi sonrisa, doy media vuelta y dejo mi cena en la mesita para apoyar los brazos en el respaldo del sofá, apoyo la cabeza en ellos y le observo soltar un pequeño mohín mientras mueve unos papeles de un lado a otro sin enterarse de lo que lee.
—Dilo —suelta lo que tiene entre las manos—, sé que tienes muchas preguntas —se acomoda.
La primera duda es saber el motivo por el cual involucró a todos los abogados, a lo que responde que hace dos meses comenzó a sacar el dinero de las cuentas de la empresa para pagar el chantaje y empezaban a preguntar,
sabe que si había uno de ellos en la reunión el resto sabrían de inmediato lo que sucede sin necesidad de contarlo él uno por uno.
Mi silencio le inquieta tanto que le obliga a acercarse hasta el sofá, me arrastro por el cuero negro para dejarle hueco frente a mí: desenfadado, tranquilo, cómodo, apoya el codo en el respaldo de igual forma que lo tengo yo.
La corbata desapareció al mismo tiempo que Clynton por la puerta.
—Que hayas cogido dinero de la empresa no me ayudará a limpiarla, ya que…
—Lo sé —interrumpe—, sé que te lo he puesto difícil, pero no he sido el único en coger dinero, por eso me enteré de que algo sucedía en la empresa. Por eso te contraté.
—¿Y por qué quieres frenarlo ahora? Han pasado muchos años… o es que el niño rico se queda sin dinero —agrego en tono amistoso sacándole una sonrisa.
—Porque he encontrado a la persona perfecta para terminar de una vez con este asunto.
Descubrir en sus ojos cansados lo difícil que fue lidiar solo con ese asunto, llega a lo más profundo de mi ser y no por los últimos acontecimientos que hemos compartido.
Nadie merece vivir una cosa así durante tantos años, y, sobre todo, después de haber sido condenado, algo me dice que hay más detrás de ese chantaje.
Y él también, pero no ha conseguido descubrirlo.
—Solo tú puedes encontrar la verdad y no parar hasta encontrarla.
Sus palabras me inquietan, todos mis clientes acaban satisfechos con mi trabajo, pero ninguno lo verbaliza de la forma que lo hace Austin.
—Sé por el momento que estás pasando y que es más carga de trabajo, si lo quieres rechazar no pasa nada, puedo esperar.
Nadie me ha dado la oportunidad de tomarme mi espacio en investigar tranquila, todos saben que soy profesional y aunque en ocasiones me falte tiempo evito los errores, pero hay ocasiones en los que quieren el trabajo para ayer; es agobiante y estresante.
La verdad tiene su tiempo, y muchos no lo tienen.
—Lo haré —confirmo, agarrándole del brazo cuando pretende levantarse.
Pronto empezamos una conversación sobre mi pillada jugando al dinosaurio del navegador y que soy la primera empleada que no se asusta; ese recuerdo nos obliga a mostrar las sonrisas escondidas.
Unas miradas que presionan a Austin para ofrecerse a llevarme a casa puesto que comienzan a volverse lascivas.
Con una queja infantil que le divierte, dejo caer todo el cuerpo en el sofá pidiendo que me despierte por la mañana antes de empezar la jornada y se llene de gente la oficina.
A través de mis piernas dobladas, ríe desviando la mirada para darme la intimidad que mi falda negra arremolinada no me da.
—Vamos, te llevo a casa —repite impulsándose con el brazo apoyado en el respaldo.
—¿Teme que me encuentren aquí por la mañana, señor Brandfont? —Evito su impulso estirando la pierna derecha.
Siento como tensa el abdomen cuando mi pie roza los botones de su camisa, al mismo tiempo que subo por su brazo descubierto hasta alcanzar su puño.
—Yo no temo nada, señorita Colbert —dice una vez sentado—. Tal vez sea usted la que tema quedarse.
Un escalofrío recorre mi pierna cuando noto el cosquilleo de sus dedos recorrer mi tobillo, incluso por encima de las medias percibo su tacto como si nada separase su piel de la mía.
—¿Seguro que no teme nada? —Me incorporo. Con una sonrisa pícara, apoyo mi rodilla derecha en el sofá mientras dejo caer mi pierna izquierda sobre su muslo—. Tal vez se esté arrepintiendo de no haber seguido en su mesa trabajando.
Conforme las palabras salen por mi boca, su sonrisa se agranda a la vez que mis dedos deshacen, despacio, el lazo negro que adorna el cuello de mi blusa blanca.
Su lengua humedece de forma sutil su labio inferior, aunque son nuestras miradas las únicas que gritan y no tardarán en verbalizarlo.
Puede que me arrepienta del juego que he empezado; al igual que si uno de los dos lo detiene, ambos queremos detenerlo y al mismo tiempo dejarnos llevar.
«Y tanto que te estás dejando llevar».
Las manos de Austin detienen las mías antes de desabrochar más botones, los cuales ni me he percatado que estaba desabrochando. Al bajar la vista a nuestras manos unidas observo la blusa abierta justo en el límite donde asoma el color blanco de mi sostén.
—Te arrepentirás, Colbert —sus palabras y su gesto me hacen pensar que el juego terminó sin empezar, pero una sonrisa maliciosa aparece en mi rostro.
—¿Austin Brandfont tiene miedo a repetir? —Pregunto sin hacer un solo movimiento que rompa nuestro contacto; físico y visual
Sus pulgares acarician mis manos mientras el resto de dedos ejercen una presión agradable alrededor de mis muñecas, ambos humedecemos nuestras gargantas. Ambos pensamos en si seguir o irnos. Ambos queremos quedarnos. Ambos tememos las consecuencias. Ambos necesitamos olvidarnos de todo lo demás.
Y sin darme cuenta, me hallo con la espalda contra el sofá, mis brazos están estirados por encima de mi cabeza con mis muñecas agarradas por las manos de un Austin que pega su cuerpo lo más cercano al mío que puede, sin llegar a rozarnos.
Un cuerpo que intenta alejar en el momento que mis piernas rozan las suyas.
—No juegues con fuego, Colbert —susurra a mis labios sin apartar sus ojos de los míos.
—¿Temes quemarte, Brandfont? —Digo cuando me suelta.
—Temo quemarte a ti.
Despacio se separa arrastrando las manos por el sofá, su rostro es serio, aunque puedo apreciar en sus ojos lo mucho que le cuesta hacerlo. Rápido llevo mis manos hasta sus brazos, frenándole, enseguida siento sus pulgares queriendo atravesar la tela cuando mis palabras salen solas.
—Ya estoy quemada —confieso guiando su mano hasta mi muslo.
El instinto obliga a nuestras manos a imitar el movimiento, aunque las de Austin siguen su propio camino por debajo de mi falda hasta llegar al borde de mis medias que, delicadamente y a la espera de un no, —que no pronunciaré—, las desliza.
A mis pies y desde la altura que le da estar sentado, me mira.
Restregando mi pie por su muslo consigo endurecer su rostro de una forma que no da miedo, una forma que me enseña su reflejo más vulnerable.
Una vulnerabilidad que se convierte en un deseo ardiente, transmitiéndomelo a través del contacto de su cuerpo en el mío cuando se tumba sobre mí, provocando que tiemble cada rincón de mi ser.
—Puede arder todo el edificio si seguimos —su voz entrecortada resuena en mi boca.