Cuatro son multitud tres no 22 #3
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El entusiasmo de Seth por trabajar como abogado independiente, me ayuda a encauzar la reunión de forma algo más positiva.

De alguna forma, este trabajo extra me da la excusa perfecta para que la historia que le di a Maddie sea real; no tengo ganas de ir al gimnasio y encontrarme con preguntas que ni sé ni quiero responder,

tampoco quiero escuchar la típica frase de «todo irá bien» que la gente dice sin tener ni puñetera idea de lo que sucede de verdad.

Dispuestos a entrar a la sala de la muerte, Austin nos detiene desde la distancia informándonos de que la reunión se traslada a su despacho.

Informal, con su traje a medias, nos indica con el brazo que entremos.

Cuando nuestras miradas se cruzan, me comunica, no muy contento, que no estaremos solos.

Es como si Seth no estuviera delante, esperando que se arrepienta y nos quedemos él y yo.

Temiendo que alguien conozca de su vida más de lo que muestra.

Lo que siempre quiso esconder y yo descubrí en una mañana.

«Que te hubiera contratado a ti».

Al cruzar el umbral puedo percibir cómo Austin ha querido posar su mano en mi espalda, arrepintiéndose al instante. Metida en el aroma que quiero abrazar, el sonido de la puerta y los gritos de Myles me traen de nuevo a la reunión.

—Ya no es necesario que esté ella aquí —dice despectivamente desde el fondo de la habitación.

Una habitación que todavía no había visto: frente a mí y donde se encuentra el bocazas, una pared de madera se extiende hasta la pared de mi derecha, la cual contrasta con la mesa de reuniones junto a una mesita entre dos sofás largos a mi lado, todo negro y muy parecido al despacho de papá.

—Todos queríais que se encargase ella —dice Seth cerrando la boca de Austin cuando pretende contestar al viejo.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios mirándome de forma desafiante, quiere que suelte una de las borderías que le digo a él. Pero no tengo ganas, solo quiero ir a casa a comer helado.

—Tengo nombre —digo desganada sentándome en la silla de cuero del escritorio de madera, el cual se encuentra delante de un gran ventanal mostrando el cielo oscuro de la ciudad—. ¿Trabajamos o nos insultamos? Puedo hacer ambas cosas —miro a Austin para acabar.

Aun leyendo en mi rostro y mi lenguaje corporal que no quiero moverme, a la vez que se deshace de su americana y la deja bien doblada sobre el respaldo del sofá, Austin pide trasladarnos a la mesa de cristal dónde hay tres montones de documentos,

yo soy la única que me intereso por saber qué pone antes de escucharle; en ellos aparecen una serie de transferencias, desde hace diez años, cada tres meses la cantidad de diez mil euros es transferida de su cuenta al mismo número bancario.

—¿Quién te chantajea? —Consigo su atención dejándole sin palabras.

El contacto que hacen nuestros ojos nos transporta de nuevo a su apartamento; el silencio de su hogar se rompe con el crujir de la silla al moverse Clynton para interesarse por la información de los papeles.

En lo más profundo de su ser, puedo percibir lo arrepentido que está de no haberme confiado a mí sola lo que quiera solucionar tantos años después, al igual que él sabe todas las preguntas que pasean por mi mente y no quiero pronunciar en alto: ¿por qué no me lo pidió a mí?

¿Por qué quiere parar ahora después de pagar durante años?

¿Por qué no detuvo antes el chantaje? Demasiadas preguntas que no sé si quiero preguntar, muchas preguntas, sin embargo, ninguna quiere saber qué hizo.

¿Por qué cojones podemos leernos la mente con tan solo mirarnos a los ojos? Y, sobre todo, ¿por qué no quiero saber qué hizo? Tengo que saberlo para poder sacarlo del lío, si es que tiene razón.

—No tiene por qué ser un chantaje, déjale hablar —añade Clynton. Austin arquea la ceja que solo yo percibo acompañada de una fina sonrisa que me contagia y sólo nosotros podemos ver.

—Hable, señor Brandfont —le señalo acomodándome en la silla, él traga saliva antes de pronunciar palabra.

Sin apartar la vista de Myles, y por momentos, de Seth al verlo esconder una sonrisa detrás de los papeles que lee una y otra vez, Austin nos cuenta que,

esos pagos van destinados a un periodista que le empezó a chantajear hace diez años tras propinarle un golpe en sus veinte cuando le fotografiaba después de una noche de desfase.

A pesar de que los ojos azules del rubio están centrados en el trajeado que tengo delante, puedo sentir la mirada de Brandfont puesta en mí esperando que suelte todas las preguntas que retengo, pero ambos sabemos que en el instante que abra la boca el canoso sudoso me interrumpirá,

al igual que no le daré ese gusto.

Puesto a la magnitud del problema sé que la única razón de mi presencia es que, en cuanto estemos solos para informarle de mi trabajo real, le diré mi opinión sincera, por muy dura que sea.

Está bien que un periodista, o cualquiera, denuncie un acto así, pero, ¿chantajearle cinco años después? Aunque es el que menos experiencia tiene, la primera duda y una que yo también tengo, la verbaliza Seth.

—Si un juez ya te condenó a indemnizarle, ¿por qué accediste cuando te llamó cinco años después?