Cuatro son multitud tres no 22 #2
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Agradecida le confieso que prefiero mantenerme ocupada, él comenta que no es bueno reprimir los sentimientos y que si necesito llorar sin que nadie me vea su baño privado es todo mío, al sonreírle añade que siempre seré bienvenida en su gimnasio para desahogarme.

—No has venido para ofrecerme tu gimnasio, ¿qué sucede? —Pregunto en tono jovial, volviendo a conectar el internet antes de prestarle atención.

—Alrededor de las cuatro os quiero a todos los abogados en la sala de reuniones para un asunto personal.

—Ya no ejerzo, Austin —apunto exhausta en cuanto se dispone a salir.

Él se detiene y retrocede sus pasos hasta quedar en el lateral de la mesa procurando que nadie le escuche lo que vaya a revelar.

—Te necesito allí —asiento en forma de confirmación, pero tengo otras preguntas en la mente.

—¿Fuiste tú?

No contesta, pero sabe exactamente mi intención con esa pregunta; en el momento en que voy a rebatirle, chista para no dejarme abrir la boca.

—Vuelve a ser la Sidney que cantaba en mi ducha —susurra antes de salir definitivamente.

Sin ni siquiera dejarme preguntar qué quiere decir con eso, ni el motivo por el cual mi presencia es tan importante, ni opción a cogerme esos días libres que tan insistentemente me ofreció.

No sé qué hago en esta reunión. Ya me dejaron claro al firmar el contrato cuál era mi trabajo: asegurar la legalidad de todos los productos creados y sin agujeros en las cláusulas que puedan ir en contra de la empresa.

Lo bueno es que, durante la ausencia de Austin, —porque sí, llevamos diez minutos esperando al señor—, puedo observar a los estirados que rodean la mesa sin que sepan que son observados.

Están demasiado pendientes de insultar a Brandfont por utilizarlos para asuntos personales en horario laboral, como si hiciesen mucho el resto del día.

Menos mal que cuando el rubio estaba a punto de salir del despacho apareció Seth y le obligó a asistir, eso me dejó mucho más intrigada. También le saqué una tímida sonrisa por el comentario que le hice al joven sobre que hasta el jefe repetía traje.

Qué hacemos entre estos carcamales?

El mensaje me saca una carcajada que resuena en las paredes de la sala de la muerte, así la bautizó Seth.

Llamar a una ambulancia?

Eres cruel

He visto tu risa

A pesar de envolver la sala de nuevo en el silencio, los murmullos llamándonos críos pasan de unos a otros, importándoles poco que podamos escucharlos.

Creo que, al estar con la cabeza metida en el teléfono, en el caso de Seth, y yo escondida en mi cuaderno, dan por hecho que no prestamos atención.

Tal vez al chico joven frente a mí no le interese; a mí sí.

«No mucho, la verdad».

Pero para eso estoy aquí, para espiar sin ser vista.

Cuidadosa de que el viejo cotilla de mi lado no me vea, dibujo a lápiz la escena de todos los ejecutivos sentados alrededor de la mesa, ¿por qué?

No sé. ¿Aburrimiento? No, en realidad es para saber de dónde procede cada voz y anotar en el reverso quién dice qué, porque otra vez vuelven con la matraca de tener que arreglar los asuntos personales del niñato de Brandfont.

—Tenemos que acelerar el… —Carley Lawson interrumpe a Clynton Myles antes de poder terminar la frase.

Aunque no soy adivina ni leo mentes, esa insistencia de callarlo me deja claro que hay un plan para acabar con Austin y ella es la promotora de todo.

La puerta a mi espalda se abre y un simple —buenas tardes— silencia la habitación e inunda de miedo los rostros de esos trajeados, Seth es el único que saluda mediante una gran sonrisa.

En cuanto aparece en mi visión, mi mirada sigue a un Austin con la cabeza alta y el rostro serio.

Un rostro que para el resto es su estado habitual, pero a mí me dice que algo grave le enturbia la mente.

Desde la azotea solo hemos cruzado palabras esta mañana, a partir de lo que sucedió en su casa sé descifrar sus ojos y ahora dicen que un problema le estalló en la cara. Ya no va vestido tan sexy como…

«¿Sexy?»

…en mi despacho. Aunque el botón de la camisa sigue desabrochado lleva una americana a juego con el pantalón y una corbata granate rodea su cuello, siempre va con el traje completo cuando está frente a los chupasangres de sus abogados.

«Frente a ti no».

Yo no soy su abogada, soy su investigadora privada.

«Sí lo eres, hay un contrato firmado».

No ha llegado a sentarse cuando Lawson quiere saber la razón de su tardanza y el motivo de esa reunión tan urgente.

No puedo evitar soltar una pequeña risa sarcástica que invita a todos a mirarme; sin tiempo a pedirle con la mirada que me ayude, Austin comienza a explicar que no les importa la causa por la cual el jefe llega tarde a una reunión que él mismo solicitó.

Tal vez no sea esa la actitud adecuada si lo que pretende es que sus abogados le solucionen un problema, pero no seré yo quien impida una reprimenda a esa bocazas.

Centrada en el folio añado a Brandfont al dibujo disfrutando de cada trazo, mientras cuenta, sin entrar en detalles, que necesita a dos de ellos para un asunto personal sin que trascienda a la prensa, Kenrick Elwin, enseguida replica que no están ahí para arreglarle sus asuntos sexuales,

sino para dirigir una empresa.

Ese comentario me hace poner los ojos en blanco, ni siquiera nos ha dicho cuál es ese problema y ya juzgan su vida privada.

«Tú también has juzgado su vida…»

Solo lo que veo y escucho.

—Para eso es esta reunión, para que os ofrezcáis vosotros, no quiero ordenar algo que no tiene que ver con la empresa que yo —el énfasis en ‘yo’ me hace levantar la vista, con los puños apoyados en la mesa, Austin mira fijamente hacia su izquierda, donde está sentado el hombre que se quejó —dirijo.

Tras un suspiro a causa del silencio, el rubio se sienta entrelazando los dedos en su regazo, sus ojos miran la nada esperando una voz que le diga que no está solo.

—No quiero ir a juicio ni un escándalo, pero la otra parte tal vez sí —continúa en un tono menos autoritario y el que sorprende a todos…

«Menos a ti».

…—, por supuesto, la minuta irá aparte —mira a todos, excepto a mí—. No puedo obligaros, pero quiero al mejor.

Y en ese momento no solo veo el cuello de todos girarse en mi dirección, sino que escucho cómo crujen sus huesos.

En su sitio, percibo a Austin escondiendo la sonrisa que le provoca que quieran que yo me ocupe, por el único hecho de no trabajar en sus asuntos privados.

Negando, pongo de excusa que hace tiempo que no piso un juzgado y sería un lastre.

No puedo añadirme un trabajo más de abogada a la lista y mucho menos para otro asunto privado de Brandfont; esto solo retrasaría mi verdadero objetivo.

Sin embargo, Seth se ofrece a ser el abogado, no sin ponerme su cara de «por favor, trabajemos juntos» en cuanto uno de los viejos comenta que unos niños no pueden hacerse cargo de temas serios.

—No necesitamos niñera —acepto el trabajo sin haberlo aceptado—, tenemos la capacidad suficiente para llevar un tema privado del señor Brandfont, como usted dijo —miro a Kenrick—, una prueba de paternidad no requiere mucho esfuerzo.

Al darme cuenta de mis palabras desvío la mirada hacia el rubio, no es mi intención dar por hecho que su asunto es el que dijo Elwin, pero sí que podría hacerme cargo de cualquier asunto pese a mi edad.

Sus ojos clavados en mí me comunican que no está enfadado por haber dicho lo que he dicho, sino que está agradecido por mi respuesta y el haber aceptado sin querer aceptar.

Como siempre, mis impulsos hablan antes que mi cerebro.