Cuatro son multitud tres no 22
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Me he despertado muy cansada, tal vez sea por culpa de lo mucho que duermo —sin pastillas, lo prometo— y eso que a las siete de la mañana ya estoy metida en el metro.

Voy a una oficina a hacer un trabajo que odio, pero al menos me obliga a moverme.

Aunque Hoy, en este momento, no me encuentro rodeada de gente, sino al lado de Kevyn.

A pesar de llevar evitándole desde que salí de su estudio, ha estado preocupándose por mí; tras insistir todos estos días en llevarme a donde fuese, hoy he accedido.

Y no sé si he hecho bien. Prefiero el tumulto de los desconocidos taponado por mis auriculares antes que su silencio; menos mal que ha puesto música.

Apoyada en la ventanilla, observo el horizonte que deja el puente de Brooklyn.

Ni el sol dando de lleno ni los coches pasando frente a mis ojos, despiertan a mi cerebro.

Mi mente lleva dormida desde que desperté en mitad de la noche en el hotel al que me llevó Patrick.

No pienses mal, no pasó nada. Bueno, sí, piensa mal: no pasó, pero lo intenté. No sé por qué, aunque lo intenté…

«Porque ya podemos».

…no me sentó mal. Patrick me rechazó porque se ha enamorado.

Lo respeto. Me alegré y me alegro por él, sobre todo cuando me dijo que yo era la primera a quién le presentaría a Emily.

Quería mi visto bueno, quería saber si era real y no otro engaño más.

Acepté. Hace años le presentó una mujer de la que se enamoró a la señora del predicador y no acabó bien.

Las dos supimos al instante lo que buscaba, pero no nos escuchó, por mucho que mereciese tener a su lado a alguien que le amase y cuidase, jamás volvió a darle otra oportunidad al amor.

«Al grano, cuenta el sueño que nos quitó el sueño y nos voló la cabeza».

Los brazos de Brandfont rodeándome y su cuerpo pegado al mío.

Protegiéndome, cuidándome, mirándome en el espejo mi mirada perdida en nuestras manos unidas.

Un sueño que no busqué y me gustó. Un sueño que resultó ser real e hizo que me despertase ardiendo en deseos.

Un sueño que no solo me hizo recordar lo que hice borracha, sino lo que ocurrió en la azotea.

Por fin consiguió tacharme de su lista. Aunque estoy cabreada con él, es inevitable pensar en la forma tan repentina en que me besó.

«Esa forma tan repentina que nos gustó».

—Ya estamos —me saca Kevyn del recuerdo.

En un susurro, por no saber cómo sonará mi voz, le doy las gracias.

Ataviada con mi chaqueta y mi bolso, su disculpa me detiene.

Aunque apenas hago caso; no quiero volver a estar encerrada en un coche con un hombre.

Las últimas veces no me han traído nada bueno.

Sin comentarios, le quito importancia a lo sucedido.

Me dolió, pero en mi mente no hay espacio para cosas inútiles.

—Nathaniel, te dije ayer que no iba a comer contigo.

Su impoluto traje gris oscuro camina en mi dirección con la mano en el bolsillo, mientras sostiene en la otra una bolsa de papel blanca y dos cafés en una bandeja.

Su sonrisa no es tan grande como acostumbra.

Al pasar por su lado para dejarlo atrás, puedo ver la suavidad de sus rasgos, pero también la seriedad que me dedican sus ojos.

—Necesitas tomarte un respiro.

Desde que salí del evento no ha dejado de enviarme mensajes preguntándome por mi hermana y por mí, e incluso se ofreció a boxear conmigo si necesitaba desahogarme.

También le preocupó —o molestó— que no contestase, ya que me pidió que respondiera con el emoji del payaso; en cuanto los leí de madrugada, fue lo único que respondí.

No era mi intención hacerle creer que no quería hablarle; tal vez si hubiese estado pendiente del teléfono no me habría pegado todo el domingo metida en la cama.

No obstante, ayer en mi hora libre apareció en el puesto ambulante donde estaba comprando mi comida.

¿Qué hacía ahí? No sé, según él, me vio el día anterior.

.

Pese a saber sus intenciones, en el fondo sé que eso pasó a un tercer plano.

Está preocupado de verdad. En cuanto me doy la vuelta me muestra su amplia sonrisa, que me contagia en cuanto enseña un pretzel.

Eso es chantaje, pero me sirve: la comida nunca se rechaza y es lo primero que hago al acercarme a él; quitárselo de las manos, aunque enseguida cae dentro de la bolsa.

El calor de sus dedos al rozar mi mentón para hacerle mirarle, rompe la burbuja en la que llevo encerrada cuatro días sin dejar entrar a nadie.

La seriedad de sus labios no concuerda con el brillo de sus ojos, en los que detecto la misma inquietud de hace días.

No llego a comprender de dónde sale toda esa preocupación del niño que se pasaba todos los veranos pisoteándome las lombrices que recogía para ir a pescar junto a mi abuelo.

No sé qué pretende, sólo sé que en cuanto me mira así me convierto en la protagonista de Finisterre de Vetusta Morla; todo me da igual cuando él anda cerca y eso me asusta.

«Bésale y detén el tiempo del todo».

—¿Cómo estás?

Sus dedos se mueven despacio hasta alcanzar mi mejilla, sus palabras cosquillean mi rostro y su tono dulce mi corazón queriendo estar atrapada entre sus brazos durante una larga temporada para poder olvidarme de todos mis pensamientos destructivos.

—Estoy bien —respondo deshaciéndome de su contacto para coger el pretzel e irme.

Oírle pedir que diga algo más o que me desahogue me detiene a medio camino. Me gusta cómo me siento cuando estoy con él, pero no quiero hacer ninguna de esas cosas y lo que quiero no sería bueno para mí…

«El sexo siempre es bien».

…ni para nadie. Despacio me doy la vuelta y me acerco hasta él. Mostrando una débil, pero amplia sonrisa, le doy las gracias a la vez que beso su mejilla. Alargo el contacto a la espera de unas palabras que deseen una improvisación por la ciudad, dejando de lado nuestras obligaciones.

Unas palabras que solo están en mi mente.

—No te preocupes por mí —pido al notar su mano en mi nuca.

—Lo seguiré haciendo —siento sus labios curvados en una sonrisa cuando besan mi frente.

Escondiendo la sonrisa que hace días no muestro, me separo para poder mirarle y perderme en el azul de sus ojos, un refugio de color en mitad de todo este caos.

Un mundo que insiste en que permanezca a su lado a pesar de lo lejos que se encuentra.

En cuanto traspaso las puertas que me encierran en ese edificio, me es inevitable sonreír como una idiota mientras Nathaniel me devuelve una sonrisa idéntica.

Por suerte nadie me hará preguntas por mi cara de bobalicona; todos prefieren el mismo horario para comer y revolucionar el comedor.

Por eso decidí elegir una hora antes, para tener doble un momento de tranquilidad, pero odio estas horas muertas que me quedan después de almorzar.

Solo me sirven para darle más vueltas a mis asuntos personales.

Aunque lo eligiese yo, este silencio no me viene bien.

Últimamente equivocarme en mis elecciones es algo natural en mí y lo peor es que, no deja de venirme a la mente que dos de las personas más importantes de mi vida me han cambiado por la misma mujer.

No me puedo quitar de la cabeza la complicidad que vi entre mi hermana y Blake, y mucho menos la regañina que me echó Greace por haber dejado a Matt.

Muy amiguitos, sí, pero no se ha dado cuenta de lo que ocurre a su alrededor.

Incluso el agente que lleva un mes sabe lo que hay entre ellos; ya se encargaban todos de desviar sus miradas cada vez que traspasaba esa puerta.

Los pertinentes golpes de unos nudillos contra la puerta, los cuales he estado ignorando, me obligan a girar la cabeza sin separarla de mi mano izquierda, donde lleva apoyada desde que me senté; el hombro de Austin sostiene el umbral con las manos en los bolsillos sin apartar sus ojos de mí.

Aunque le falta la corbata y el primer botón de la camisa azul está desabrochado, su pose imponente de jefe que le da el traje gris oscuro sigue intacta.

Cuando me centro de nuevo en la pantalla del ordenador para no recordar cosas que no quiero recordar, me quejo de la muerte de mi dinosaurio mientras le escucho preguntar cómo me encuentro…

«Hasta que has llegado tú; muy cómoda y tranquila».

…comenzando una nueva partida contesto un simple bien.

—Ahora entiendo por qué no te llegan los mensajes internos.

Cada palabra suena más alta, más cerca, sin embargo, ni aparto la mirada de la pantalla ni respondo.

Que Austin aparezca en el despacho que comparto con Seth justo cuando la oficina parece una zona abandonada no es buena señal, no me apetece darle un parte sobre su tema y mucho menos hablar de lo sucedido en la azotea, eso quedó allí.

—No has trabajado en toda la semana y estamos a miércoles.

De forma seria y segura empiezo a entregarle folios y citar las dieciocho ilegalidades que suman los dos productos médicos que están diseñando, de los cuales soy la encargada de que se cumplan todas las normativas impuestas por sanidad.

En cuanto me centro en él, me percato que está más pendiente de recoger los papeles que se arrugan entre sus manos que de escucharme.

—A mí me da igual —le arrebato los folios al mismo tiempo que su sonrisa—, no es mi empresa.

Susurrando mi apellido sostiene las hojas junto a mi mano, la cual suelto rápido por el qué dirán…

«Porque te gusta su tacto».

…nadie tiene que ver lo que tenemos…

«¿Tenemos algo?»

…y que nos empiecen a perseguir para descubrir lo que somos…

«¿Qué somos?»

…si alguien lo descubre no podré realizar el trabajo para el cual me contrató. Cuanta menos gente sepa lo que soy de verdad, más rápido descubriré la verdad.

—Sé lo que ocurrió. Si deseas tomarte unos días, hazlo.

—Sí que vuelan las noticias —digo centrada en ordenar lo que me hizo desordenar.

—Seguía por allí —su confesión me obliga a mirarle—. Hablo en serio, Colbert, si necesitas descansar puedes quedarte en casa…

La preocupación en sus ojos parece real, aunque mi mente piense que el motivo sea que quiere tenerme al cien por cien para centrarme en sus asuntos.

«No pienso eso».

—No fallaré en mis tareas —interrumpo sacándole su fina línea en los labios.

—Como decía —golpea suave la mesa con los nudillos—, el trabajo puede esperar.