21 #2
Ya no tiene ni el derecho ni el poder de hacerme temblar, sin embargo, es todo lo que necesito ahora mismo.
«Ya te recuerdo yo sus palabras. ¡Gigi está infiltrada!»
Gigi está infiltrada. Tres palabras que retumban en mi interior como un mantra. Apenas sin voz le pregunto qué coño sucede y por qué ella. Quiero saber por qué no me lo pidió a mí, Greace es una niña.
—Era la Colbert que necesitábamos —contesta tras mi retahíla llevándose un tortazo.
Mi sangre se detiene paralizando cada extremidad, es la primera vez que actúo así contra él.
Es la primera vez que conozco el sentimiento de odio hacia él.
Hacia la persona que quería como padre de mis hijos.
No me molesta que no cuenten conmigo, es un favor que me hacen, así no tengo que ver sus caras, pero ¿utilizar a mi hermana?
Los ojos verdes de Matt me miran como hace tiempo que no lo hacían, desde lo más profundo gritan cuan me echan de menos, que extrañan verme despertar cada mañana, mi risa contagiosa, mis bromas sin gracia que le sacaban una sonrisa y los bailes que le alegraban el día y el corazón.
Pero es una realidad que ya no es mía. Costi me da la fuerza suficiente para recomponer mi mente y mostrarme de forma clara lo que tengo delante.
Un chico cuya única verdad es esa mirada que pide ayuda a gritos.
—¡Tu hermana ya no es una niña!
Sus palabras me detienen un segundo antes de salir de esa habitación e ir en busca de mi familia.
¿Por qué ella? ¿Por qué iban a querer su ayuda para después detenerla delante de toda esa calaña? Si les ayudó no deberían haberla tirado a los leones.
Sigo un camino que llevo siguiendo años y que hace ocho meses dejé de seguir.
Al subir las escaleras oscuras que me llevan a la zona adjudicada a la unidad de Matt, me encuentro a Elissa y dos inspectores que no conozco; escucho sus nombres en boca de la rubia, aunque lo único con lo que me quedo es con que mis padres están en el despacho del jefe Barnet.
No quiero interrumpir, no pondría atención en lo que estuviesen hablando, solo puedo pensar en por qué Greace no tuvo la confianza de contármelo.
Si bien es cierto que, en caso de estar infiltrado, cuanta menos gente lo sepa es más seguridad para ti y para todo el implicado, pero, ¿por qué no a mí?
Obvio que le hubiese dicho que es peligroso; no obstante, la hubiera ayudado si es lo que quería hacer.
La voz de Matt irrumpe entre mis pensamientos, miro en su dirección; apoyado en el umbral de la puerta de la pequeña sala de descanso, a la cual llegué por inercia.
—Si quieres puedes ver a Greace —confiesa tras un suspiro.
La vista se me desvía detrás de una columna donde veo a Blake, su cara de inspectora a la que han tocado los ovarios, nos observa.
Todavía no sé qué tipo de relación tienen, no sé si llegaron a algo, no sé si están juntos o si fue fruto de mi imaginación, pero sí sé cuán le molesta que se acerque a mí.
Sabe que, en el fondo, aún permanezco en su mente.
El tiempo se ralentiza, haciendo pesada cada parte de mi cuerpo. Vacío mis pulmones para soltar el aire denso y me levanto despacio. En este instante solo me gustaría correr hacia atrás hasta cualquier momento que detenga la presión de mi pecho.
«¿Hasta Nate y su oferta?»
…
«¿Puede que la azotea?»
…
«¿O tal vez la cama de Austin?»
…
«Si volviésemos al carrusel no dolería tanto».
Matt me hace sitio para poder salir; sin embargo, imito su gesto: con las espaldas apoyadas en el umbral de la puerta desgarramos nuestros cuerpos por dejarlos a tan poca distancia, al mismo tiempo que nuestras miradas se hablan en un idioma que dejaron de entender.
Las bolsas bajo sus ojos y el color rojizo avisan de un mal descanso y el abuso de líquido de lentillas, y no entiendo el motivo; en casa utilizaba las gafas sin problemas, sobre todo en los días largos de trabajo.
Me gustaba mucho vérselas puestas, le daban esa sensibilidad que le quitaban el arma y la placa, mostrando su verdadera personalidad, una que nuestras familias conocían en parte y que yo conocía entera. Incluso más que él.
«No hay que mirar atrás ni para coger impulso».
Desde aquí puedo ver la marca rosada de mi tortazo, le he dado con todas mis fuerzas, se nota que tenía mucha rabia dentro.
Es hora de soltar esta burbuja rota, ni siquiera se me debería pasar por la mente guardarla para poder arreglarla.
Sujetando sus morros como lo hace mi abuela cada vez que me ve, le digo que deje de utilizar las lentillas, pongo rumbo a la zona de los calabozos donde se encuentra mi hermana y bajo la mirada de sus compañeros grito que se le ve cansado.
Después de atravesar todos los pasillos por los que me guía un agente joven, a pesar de conocerlos, llego a la celda donde está Gigi: va descalza, con el pelo suelto y sin las sutiles joyas que llevaba, su rostro tiene una firmeza que nunca le había visto, el cual cambia en cuanto me ve.
Apresurada se acerca a los barrotes, aunque sus ojos se llenan de nerviosismo cada vez que mira de reojo a la chica morena sentada en uno de los bancos; encogida y mucho más asustada que mi pequeña, sus facciones se relajan ante mi simple asentimiento.
Estoy enfadada, pero mis preguntas pueden ponerla en peligro, mejor echarle la bronca como haría una hermana mayor.
En cuanto subimos al coche de camino al hotel que siempre reservan en los días de galas, pedí que me dejasen en casa.
Mamá no se fiaba de mí y papá, a pesar de ser reacio, accedió tras prometer que solo quería dormir.
Y así era. Mi única intención era desnudarme, tumbarme en la cama y despertar cuando mi mente quisiera, a poder ser el lunes justo antes de ir a trabajar.
Lo conseguí, me quité el vestido, me puse una camiseta ancha y me metí en la cama, no obstante, el olor hipnótico de Austin, me mantenía despierta dándole vueltas a lo sucedido en comisaría.
Y no, no hablo de mi hermana. Tan pronto como ponía rumbo a la salida para esperar a mis padres, Blake me detuvo de forma brusca del brazo, culpándome, delante de todos, del cansancio de Matt y muchas más cosas.
No pude reaccionar, simplemente salí de allí y me encerré en el coche.
Algo me dice que no le di el apoyo suficiente cuando la vida se le desmoronó al dejar morir a un depredador sexual que perseguían.
Me pilló con la guardia baja y ni siquiera conocía esa historia, pero tampoco era el momento de decirme nada ni de responder, unas respuestas que ahora me arrepiento de no haber escupido.
¿Qué yo soy la culpable de su cansancio?
Por favor, ella es su compañera. Ella tendría que procurar que pida ayuda y no yo, no la mujer a la que él mismo destruyó.
Yo, sin saber la razón, lo intenté y no lo conseguí, no me dejó.
Ya estaba la señora inspectora encargándose de que solo ella pudiera recomponerlo.
—Déjame entrar Sid.
El cuerpo de Patrick no impide al viento y la lluvia llegar hasta mí a través de la puerta abierta, con un resoplo que le hace reír me paso al lado del copiloto.
Antes de entrar se deshace de su chaqueta, la lanza al asiento trasero y entra sucumbiéndonos en el silencio de los intermitentes y las gotas chocando en los cristales.
Tras meter las sábanas a la lavadora y vestirme con lo primero que pillé: un chándal, me subí a mi Jaguar, solo conseguí salir del garaje.
No voy tan borracha como anoche, pero no era buena idea conducir.
Llamé a Patrick y apenas me hizo falta pronunciar palabra para decirle que, posiblemente, estaba a punto de cometer una locura, que ni yo misma sabía cuál era.
Me obligó a estacionar en el primer sitio y no salir, ha estado al otro lado del teléfono hasta que llegó.
—¿Otra vez Matt? —Su voz suena en un susurro cansado.
Entiendo que esté cansado de mí, siempre acudo a él cuando me bloqueo.
Sin apartar la vista del intermitente que se enciende y se apaga delante nuestro, cierro los ojos y recuesto la cabeza.
No soy capaz de contarle lo que me sucede, aunque tampoco sé muy bien qué me sucede.
Mi mente lleva sin reaccionar demasiados días, no consigo organizar mis sentimientos, ni controlar lo poco que siento.
—Ve a ver a Dana.
Adelantar la consulta con la doctora Jenkins sería retroceder, no estoy preparada para tirar a la basura lo poco que he conseguido y empezar de cero.
—Es Gigi —sé que sus ojos no se han apartado de mí desde que entró—, está en el calabozo —verbalizo enfrentando su mirada y la realidad—. Está infiltrada.
No necesita escuchar más para pedirme que me suba a su Lexus RC rojo de dos puertas, desde el calor del deportivo observo como aparca bien mi coche antes de acompañarme y arrancar el motor para llevarme a algún sitio.