Cuatro son multitud tres no 21
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Fingiendo normalidad, entro en el salón.

Nada más cruzar la puerta un camarero entrado en años y escaso cabello, me ofrece una copa de lo alto de su bandeja; la acepto en el acto.

Al retirarse aparece Brandfont, divertido me muestra la suya en forma de brindis antes de beberse de un trago el interior.

Le muestro mis ojos en blanco y me dirijo al lugar donde se encuentra mi familia, escondiendo una sonrisa.

Aunque el rato con Austin me hizo olvidar lo que descubrí de mi hermana, verla sonriente junto a mi madre me lleva de nuevo a ese instante.

Dejo mi copa vacía en una mesa por la que paso y me detengo al lado de mi tío, atrapado en una acalorada discusión política con otro cascarrabias.

Vamos, un coñazo. En el momento que respiro profundo para acercarme a las dos mujeres de mi vida, siento la presión de una mano en la zona baja de mi espalda, reteniéndome en esa discusión de la que quiero huir.

—Caballeros —retumba la voz de Nate—, no deberían aburrir así a una dama —añade con su encantadora sonrisa.

Ambos piden perdón —a él, por supuesto; a mí que me den—.

Nate comenta que las disculpas tendrían que ser para mí mientras me tiende una copa.

Mi piel arde bajo su tacto, un ardor diferente al que he experimentado entre el frío de la azotea.

Por encima del hombro busco con la mirada al hombre que me acabo de follar contra la puerta, pero Austin ya no está.

«Puedes dejar sobarte, tranquila, no hay monos en la costa».

Atontada, miro a Nate. esos labios moviéndose al son de las palabras que salen de su boca.

En cuanto nuestras miradas se encuentran, de inmediato quita la mano de mi espalda y su sonrisa se apaga.

Si a Nate le va el juego de hacer sentir especiales a todas, conmigo que no cuente.

¿Que solo quiere sexo? Seré una más sin problemas, pero luego no quiero escenitas de celos por un tío que lo único que me interesa de él es que me haga practicar ejercicio en una cama.

«O contra una puerta».

En cuanto pretendo beberme el oro líquido de mi copa, Bianca Colbert, me la quita desde atrás, dejándome a solas con esos hombres que han cambiado el derecho por el béisbol.

«Vete».

Aquí no hay viejas juzgando.

«Únete a la conversación».

No quiero.

—¿Sidney?

—¿Qué? —Me centro en mi tío, que me mira con sus ojos saltones.

—Últimamente está muy despistada —comenta al hombre que tiene al lado.

—Demasiado —murmura Nate—. Los señores Wang, se marchan.

Nathaniel pasa de mi mirada de reproche por su comentario, tanto como yo paso de la cara de repulsión que la señora Wang me dedica. En medio de las presentaciones, puesto que mi tío parece no conocer al rubio, llega Lena gritando a los cuatro vientos que en esa zona huele a sexo.

—Tú no eres —deja a mi tío con la palabra en la boca.

—A mí no me miréis —refuto.

Hastiada, me acomodo en la primera silla que encuentro libre. Cruzo los brazos y cuento los minutos para poder irme, intentando no caer en la tentación de volver al ático de Brandfont. Nate se sienta a mi lado, apoyando el codo en el respaldo.

—¿Sexo? ¿Aquí?

Vuelvo la cabeza y ahí está con su esmoquin intacto, su pelo todavía engominado y su brillante sonrisa adornando su mandíbula cuadrada bien afeitada.

—Has podido ser tú.

Riendo, niega haber sido él quien haya mantenido relaciones con alguien presente en esta sala. Apoya el codo en el respaldo de su silla y, sin dejar de mirarme, cruza una pierna sobre la rodilla.

—¿Y yo sí? —Chisto.

«Otra mentira más». Técnicamente, Brandfont no está presente.

—¿Y por qué no? —Sus ojos se vuelven ardientes.

—¿Con quién? ¿Con el camarero?

«Eso le dijiste a Austin».

—Por ejemplo.

—Tal vez hayas sido tú con… —le señalo con la copa—, ¿cómo se llama?

—Astrid y solo es una compañera.

—No he preguntado qué es —su sonrisa no se desvanece de su cara forzando a mostrar la mía.

Nos miramos, el silencio se hace latente y nada incómodo, sin embargo, mi teléfono comienza a sonar en el interior del bolso. Nathaniel señala la mesa sin desentrelazar sus dedos a la vez que pregunta si no atiendo la llamada-

—Ya no suena —digo en cuanto se silencia. Una risa vigorosa sale de su garganta cuando vuelve a sonar.

—Si no contestas no podremos hablar.

—¿Hablar? —Arqueo una ceja, él vuelve la cara evitando mi mirada.

La melodía irrumpe por tercera vez, bajo la atenta mirada de Nate, sentándome adecuadamente cambio la copa por el bolso, tal vez tanta insistencia sea un grito de auxilio. Al desbloquear el teléfono entra otra llamada: Matt Davis. No me apetece hablar con él, ya no hay rencor…

«¿Segura?»

…pero no quiero regresar al puente y escuchar de nuevo que me echa de menos. Ya no. No ahora que vuelvo a…

«¿Ser feliz?»

…ser feliz.

Dispuesta a entrar en su conversación, veo un mensaje de Brandfont sin leer, la hora es minutos después del que me envió Matt. Aun sin abrirlo, un latigazo eléctrico recorre mi cuerpo deteniéndose en mi entrepierna.

Siempre te quedó espectacular ese vestido,

pero estabas más guapa en mi casa

Absorta en ese mensaje, llega una nueva notificación de Matt acelerando mi corazón. Y no como lo acelera el chico sentado a mi vera.

Saca a tu hermana de ahí

—¿Sucede algo? —Escucho a Nate.

Levanto la vista y el cuerpo de Akerman se incorpora sin despegar el culo de la silla. Escaneo toda la sala hasta encontrar a Greace junto a mis padres, no llaman la atención para el resto, pero sus expresiones que tan bien conozco mantienen una acalorada conversación.

—A Ling, no le hubiera gustado tu compañía de esta noche.

Levantándome le propino unos pequeños golpecitos en su hombro a la vez que cambio mi semblante, evitando decir con mi expresión cosas que desconozco y me están llegando de golpe.

No sé qué puede ocurrir, pero la insistencia de Matt en hablar conmigo durante toda la noche y este mensaje no pueden traer nada bueno.

Sabe lo importante que es Greace para mí y jamás jugaría de esta manera.

En cuanto llego al lugar donde se encuentra mi familia, lo primero que escucho es a mi padre preguntar a mi hermana qué ha hecho para que la policía venga a detenerla en un evento de estas dimensiones.

No me da tiempo a articular nada.

Ataviada en un chubasquero azul oscuro y las letras de la policía de Nueva York, la inspectora Hall irrumpe en la sala mostrando su placa, al son que pregunta por Greace Colbert atemoriza a todos los presentes.

El sonido de la voz de Elissa pidiendo a la multitud que retrocedan me deja vía libre para cruzar miradas con Matt; sus ojos verdes cansados me preguntan desde la distancia por qué coño no le hice caso.

Alejándome de un reproche que no entiendo, me centro en Gigi: con la mirada perdida escucha sus derechos mientras Blake esposa sus muñecas a su espalda.

Una mirada que no reconozco, que nunca le he visto.

Es como si este acto la llenase de orgullo, un orgullo que no entiende de remordimientos.

Llevada a la fuerza, los ojos de Greace se centran en mí para después posarlos en mi padre, y es en ese instante que su mirada vuelve a ser la de esa niña de nueve años decepcionada por haber decepcionado a su papi por no poder confesarle que la expulsaron del colegio.

Me centro en el mismo punto y ahí está la expresión que jamás pensé que vería en público. Es la primera vez que Daniel Colbert siente vergüenza por los actos de una de sus hijas.

A pesar de sentir mi cuerpo agarrotado consigo seguir los pasos de mis padres detrás de la policía, pero no tengo las fuerzas suficientes para ir tras ellos.

Desde la entrada al salón observo el pasillo lleno de esos polis con los que he compartido tantas cenas y fiestas, escoltando a mi pequeña.

Entre los murmullos de las brujas y los ególatras, la fragancia amaderada y la voz serena de Nate me susurran que me lleva a donde quiera.

—La mano —pido, al sentir su palma en mi piel.

Hubiese aceptado. Me iría con él a cualquier sitio donde todo sea más fácil, donde no cambiase el rumbo de las cosas de un instante a otro. Me hubiese ido con él al fin del mundo si no se hubiese aprovechado de las circunstancias. Si solo me hubiese sacado a rastras de allí sin pensar en nada más.

—Ya era hora de que detuvieran a esa puta.

Las palabras detrás de mí golpean en mi pecho, convirtiendo la incertidumbre y la tristeza en rabia.

En busca de la risa que suena a mi espalda, doy con el hombre bajo y gordo que hablaba con Matt.

Conteniendo toda esa furia en mis puños, me acerco hasta el individuo que disfruta de la detención de mi hermana, levantando el brazo para golpearle en la cara y en cualquier parte del cuerpo que pillo.

Los brazos de Nate me sostienen de la cintura, alejándome del saco de boxeo humano, mientras escucho la chirriante voz de mi tío pidiéndole al rubio que no me suelte, a pesar de mis intentos de volver a por mi objetivo.

—¿Desde cuándo no contestas el puto teléfono?

Escupe Matt en cuanto cruzo la puerta de comisaría, nervioso recorre la recepción de un lado a otro cortando el paso de mi padre.

Papá estira el brazo para detenerlo a la vez que pregunta dónde está su hija, con un gesto de cabeza acompañado de un —llévalos con el jefe—, Matt pide a un agente que nos acompañe arriba, pero me detiene cuando pretendo seguir los pasos de mis progenitores, arrastrándonos a una sala.

—¿Qué coño pasa, Matt? ¿Por qué Blake ha detenido así a mi hermana? Las he visto hablando…

Parece que no me escucha, que solo le interesa alejarnos de las miradas indiscretas que nos observan entre cuchicheos. Ordenando a dos jóvenes agentes que se pongan a trabajar, enciende una luz titilante y nos encierra en ese pequeño despacho en el que tantas veces hemos estado juntos y revueltos.

—Gigi —una mueca de dolor atraviesa mi rostro—, está infiltrada, no le ocurrirá nada. Es tan fuerte como tú.

El corazón se me detiene quitándome la estabilidad.

Todo a mi alrededor deja de tener sentido, de existir.

Todo menos esa mano que me sostiene. Siempre supo cuando correr hacia mí o cuando necesitaba un abrazo que nunca verbalizo a causa de mi orgullo.

Tengo que alejarme, soltarme y huir. Prefiero caer al suelo antes que su roce, un roce que dejó de darme por voluntad propia.