20 #3
—Como un bellaco —ríe en mi cuello, juntándome más a él.
Los botones de su camisa no es lo único que se clava en mi espalda, también noto sobre la tela el bulto que tantas veces noté en su vestidor.
—¿Pararías si no quisiera?
—Sí —contesta sin dudar—, jamás haría algo que no quisieras.
La imagen de todas las veces que estuve a punto con Nate invade mis pensamientos, alimentando el miedo que sentí cuando mi cuerpo rechazó el de Kevyn…
—Dime que desde que trabajamos juntos no ha habido ningún momento que no hayas sentido nada.
…un miedo que se disipa con cada uno de sus susurros…
—Dime qué no sientes nada cuando te toco.
…con cada caricia que sube por mi pierna desnuda…
—Dime que no deseas mi mano ahí y pararé.
…deteniéndose justo en el interior de mi muslo.
—Te soltaré y no lo volveré a intentar nunca más —su frente cae sobre mi cabeza junto a un suspiro que cosquillea mi nuca.
—Y si no te detuviese… —digo sin aliento—, ¿qué me harías? —Consigo verbalizar obligándole a tragar saliva.
—Lo que tú quisieras.
Suelto una sonrisa de satisfacción. No solo yo estoy a su merced. Lleva tanto tiempo esperando esta oportunidad que no lo superaría jamás.
«Ni tú».
Tan pronto poso mi mano encima de la que acaricia mi muslo, él retira la que se aferra a mi vestido; rápido la detengo y la devuelvo a su sitio.
Despacio, guío a su mano izquierda hasta detenerla sobre la tela de la falsa ropa interior.
Un gruñido sale de su garganta al descubrir los corchetes que dan fácil acceso al lugar donde ansía ir.
—Hazlo —musito directa.
La mano de Austin serpentea, deteniéndose antes de ir más allá.
—¿Segura?
Asiento, abriendo sutilmente las piernas para darle acceso, Él deja escapar un suspiro pesado cuando me pego a él.
—No te contengas —pido al notar el roce de sus dedos.
—Será un placer.
El sonido ronco de su voz me excita aún más.
El culpable de que deje caer el bolso es el tacto de sus dedos desabrochando los corchetes.
Poso las manos en la pared junto a mi frente y muevo la cadera al ritmo de sus dedos, que se deslizan por mis pliegues.
Un grito agudo se me escapa cuando explora mi zona en círculos suaves.
Encajada en su cuello, mis gemidos le alientan.
Sabiendo exactamente lo que necesito, Austin acelera el movimiento en mi interior.
Contengo la respiración. Una onda eléctrica me bombardea de placer, pero sus dedos no cesan.
Su aliento a canela y fresa golpea en mi oído junto a su euforia.
Sosteniéndome con el brazo que me rodea, llego a un clímax que dura una eternidad.
Todavía no se ha ralentizado mi pulso, que me provoca un nuevo jadeo me sacude al dejar un rastro ardiente de besos.
—Ojalá no acabe aquí —confiesa sofocado.
Sus palabras me hacen apretar las manos en un puño mientras su miembro, moviéndose contra la tela de su pantalón, me ahoga.
Sintiendo que no puedo recuperar el aliento, en un movimiento rápido, me gira, enfrentando nuestras respiraciones intermitentes y ahí están sus ojos.
Unos ojos profundos que me miran embelesados.
—Hueles tan bien, Colbert —noto su pecho hincharse al aspirar mi aroma—. No dejes que acabe aquí —susurra en mi oído—, por favor.
Mis piernas temblorosas me obligan a sujetar sus tirantes.
Al percatarse de mi inestabilidad, me agarra más fuerte.
Me balanceo hacia atrás en sus brazos mientras sus labios se deleitan en mi cuello y su mano acaricia mi trasero.
Todo pensamiento coherente abandona mi cabeza y mi voz jadeante, pregunta en un susurro si lleva condones.
Gruño cuando sus manos se deslizan hacía abajo, rompiendo el contacto, soltando los tirantes agarro su corto cabello para dejarle claro que quiero sus manos sobre mí.
No quiero pensar. Solo quiero que me haga suya.
Una de sus manos empieza a deslizarse por mi muslo, haciéndose hueco a través de la raja del vestido pronto su boca busca mi zona interna.
Empujándome de nuevo a abrirle paso, tiro de él hasta morder su labio inferior.
Profundiza el beso a la vez que sus manos regresan a mi trasero, donde percibo el paquetito que aguanta entre los dedos.
Dejando que se distraiga con mis labios, atrapo un gemido en cuanto acaricio su entrepierna provocando que presione nuestros cuerpos contra la ardiente puerta, a pesar de lo fría que la siento en mi espalda.
—¿Me hubieses follado si voy sobria a tu casa? —Siseo en sus labios desabrochando el pantalón.
Niega, sin expresión me sonríe. Tampoco se percata cuando le arrebato el condón.
Miente. Sonriente quiere saber la misma respuesta, pero su frente cae sobre mi mejilla tan pronto rodeo su miembro rígido con mi mano.
Su aliento caliente clama por mis movimientos lentos, detengo la sacudida en la cabeza de su pene, sacándole un —no pares— convertido en un —Dios, Sidney— en cuanto cambio el giro para acariciar su punta con la yema del pulgar, la masajeo en círculos a la vez que susurro.
—Ni siquiera hubiera ido —sonrío, la suya se agranda en mi cuello.
—¿Por qué ahora sí? —Balbucea falto de aire.
—Me hubiese tirado incluso al primer camarero que me cruzase.
—Suerte que estaba yo aquí.
Levanta la vista y por fin me enseña su más grande sonrisa, una gran risa sopla en mi rostro al ver entre mis labios los restos del envoltorio. Silenciándolo con el dedo, freno la pregunta que le pasa por la mente.
—Pues fóllame en condiciones.
Suelto su miembro apartando la tela de mi vestido para que no haya obstáculos, enseguida me eleva lo necesario para poder enrollar mi pierna en su cadera.
Tras una delicada caricia en mi monte de Venus, la cual me hace clamar que entre, se sumerge en mi interior despacio y con cuidado.
El ritmo acelera lento y celestial, un dulce placer el cual nos impulsa a soltar un gemido a la vez.
Meciendo la cabeza hacia atrás me sujeto fuerte a su cuello, cierro los ojos y disfruto de su respiración fatigosa en mi garganta.
De sus sacudidas. Empezando a notar que mi cuerpo ya no me pertenece.
En el momento que mis rodillas ceden, sus musculosos brazos me cogen en volandas, mis piernas se aferran a él, perdiendo mis manos en su cabello, las suyas se pierden en mi trasero: los movimientos se aceleran.
Cada embestida es más salvaje y eléctrica convirtiendo en cenizas nuestras telas ardientes sobre nuestros cuerpos.
A medida que alcanzo mi punto máximo, saco de mi garganta un grito que le hace gemir. Llega al clímax minutos después que yo.
—Llevaba mucho tiempo deseando esto —confiesa en un hilo de voz.
Aun dentro de mí, aprieta sus brazos a mi alrededor, sosteniéndome mientras el éxtasis se desvanece.
—Nadie debe saberlo —suplico en sus labios. Asiente antes de darme un dulce beso.
Separando su rostro del mío unos centímetros para mirarle a los ojos, advierto que esto no volverá a ocurrir. Un gesto de molestia aparece en su morro antes de que intente atrapar mi boca por última vez; una última vez que no dejo que llegue.
Por suerte, en la terraza había un servicio al que acudí para deshacerme de todo rastro de sexo.
Me arreglé el maquillaje frente al espejo y no pude evitar sonreír.
Un gran peso desapareció de mis hombros; el orgasmo mató de golpe cualquier miedo por la culpabilidad de no haber olvidado a Matt.
Ahora sé, a ciencia cierta, que mi corazón está más vivo que nunca.
«Y nuestro cuerpo».
—Seré tu secreto —sonrió Austin cuando me disponía a dejarle atrás, tan radiante como yo me sentía.
«Al final el primero ha sido uno que odias».