Cuatro son multitud tres no 20 #2
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20 #2

Mientras Austin afloja la fuerza de sus manos para salir de ahí y querer saber más de lo poco que ha averiguado su fiel asistente y conductor, la chica mantiene el agarre apoyando la frente en su pecho, preguntando, en un hilo de voz, el motivo de esa preocupación.

No contesta inmediatamente. No sabe qué responder a una pregunta tan extraña como absurda.

Sosteniendo esas dos delicadas manos entre la suya, acaricia los cabellos revueltos de la joven.

El contacto aleja los miedos: el de ella por una incertidumbre que no ansía descubrir y el de Austin por temor a que Sidney confíe en él de esa manera.

—Cualquiera lo haría —verbaliza el chico.

—No lo creo.

El camino que recorre la ruda palma por la delicada espalda de Sidney, envía un tímido escalofrío que ambos sienten empujándolos a juntarse más.

El ligero movimiento ayuda a la cabeza de la joven a quedar encajada en su cuello, un hueco perfecto reservado para ella.

Un hueco que le rodea junto al aroma que él desprende.

La combinación de sus manos entrelazadas, las caricias, las respiraciones irregulares y el silencio los incita a querer recorrer la piel que los atrapa.

Dos mentes distantes unidas por el mismo pensamiento, astillado por el recuerdo del pasado.

La valentía que Sidney frenaba para cruzar la línea, se disuelve con la repentina risa que estalla en su oído.

—You're the one for me, you're my ecstasy —canta él mal afinado en cuanto los Backstreet Boys retumban por toda la habitación—. Relaja —pide risueño agarrando sus manos—. He recordado cuando la cantaste en el gimnasio —confiesa entre risas.

La alegría del chico crece ante la cara inquieta de ella, al no comprender cómo sabe aquello.

—Pasar canción —pide ella al techo—, ¡pasar canción!

Casi sin aire por la carcajada y el bailoteo, Austin pregunta qué hace.

—Rezar, no te jode.

La seriedad de su rostro detiene su baile, aunque intensifica la risa.

—Tu voz no está registrada…

—Pero antes…

—La puse con el móvil —admite divertido.

Molesta, bufa un —te odio— a la vez que le empuja.

Él, haciéndole creer que es la mujer más fuerte del mundo, disimula que el sutil toque le echa para atrás.

El sonido de la risa se transforma en un débil —puedes irte— cuando esos dos cuerpos quedan uno encima del otro.

Ambos maldicen por culpa de la rodilla de Sidney encajada en los muslos de él, evitando ese contacto que desean.

Colbert apoya los codos en su duro abdomen, estrujando la fina tela de su camiseta.

—No quiero —dice tras tragar saliva—, aunque quiera.

Esa confesión enciende al empresario, enviando a sus dedos la orden de acariciar la parte trasera de su muslo. Una caricia que reconforta y enfada al resto del cuerpo de la abogada.

—¿Te molesta? —Él se humedece sus labios, obligándola a imitar el gesto.

—Debería, pero no —admite ella.

Sus miradas se profundizan.

—Quédate —pide conciso en un susurro.

—Tengo trabajo — contesta ella, desplomándose sobre su cuerpo.

Lamentando poner hora de finalización a este momento, él acaricia el cabello de Sidney cuando esconde el rostro en su cuello. Sus movimientos son lentos, y el aliento de ella en su garganta le recuerda que ninguno quiere salir de ahí.

—No trabajes el fin de semana en mis cosas.

Sidney se inclina lo necesario para mirarle, perdiéndose en sus ojos encontrándolo tan perdido como ella.

—¿Te acuerdas lo que te dije? —él asiente sonriente—. Jamás te obedeceré —ladea la cabeza y rápido pone la mano en su boca obligándole a callar—. Es otro trabajo…

—Que no te apetece nada —termina él, borrando su sonrisa.

—Pero es trabajo.

Recostada en su pecho, las caricias se intensifican mientras el silencio en el que se adentran les recuerda que la música los acompaña. Don't Let The Light Go Out, grita que, cualquier latido ayuda a pasar la noche, al mismo tiempo evita que ella pueda escuchar el de Austin.

—¿De verdad no te quieres ir? —susurra él.

—Estoy a gusto, y no sé por qué.

No miente; desde hace mucho se siente segura sin querer volver a la realidad. No desea salir de esa bañera ni de esas paredes que la protegen.

—A veces el lugar que menos deseamos es nuestro mejor refugio.

Una sonrisa se dibuja ante sus palabras. ¿Quién iba a pensar que la indomable Sidney Colbert estaría metida en una bañera con el fiero Austin Brandfont, mientras sus corazones se hablan en secreto?

Están tan embelesados, que la chica se percata, tardíamente, de que tiene sus dedos entrelazados con los de Austin.

Le urge saber si él está bien. El rostro del chico se vuelve pávido, sobrecogiendo y avergonzando a Sidney.

Él se incorpora bruscamente y la retiene con fuerza contra su pecho, obligándola a usar su muslo como asiento mientras ella le rodea el cuello.

—Sigues pensando en los demás antes que en ti.

—¿Eso es bueno o malo? —Susurra ante la caricia en su rostro.

—Depende. Si no te olvidas de ti, es bueno.

Lo único que les permite mantener distancia, es la delicada pierna doblada de ella, pero a sus miradas les da igual el espacio; lo recorren raudos.

Los dos corazones laten al mismo compás, encendiendo el deseo en sus cuerpos.

En la mente de Austin hay una señal de alerta por no querer forzar un momento que la haga odiarle, mientras los sentimientos de Sidney discuten por ansiar ir más allá aun sabiendo que se arrepentirá.

—Pues para no olvidarme de mí, necesito que te vayas para ducharme y volver a mi vida.

—Fue mi momento favorito —dice Austin.

Saliendo del recuerdo suelto el coletero y le arrebato el batido, alejándome de él hasta llegar a un taburete. Elevando la vista lo justo, aspiro de mi pajita y le observo sacar otro vaso de la bolsa.

—En la bañera —dice apenas tiene mi atención —es cuando más veces te he querido besar —continúa acercándose a mí—, el momento que hubiese detenido.

Finjo no escuchar sus palabras, como tantas veces hoy, me acerco hasta él arrebatándole el batido que todavía no ha probado. Apenas el líquido frío de nata toca mis papilas gustativas, me sale del alma llamarle soso. Bajo su risa burlona, se lo devuelvo y camino hacia la barandilla.

—¿Me hubieras besado? ­—Le tomo por sorpresa.

—¿Me hubieras pegado? —Me devuelve la pregunta tan serio como yo.

—Ahora sí, en aquel momento no lo sé —mi voz suena entre avergonzada por desear que me bese y segura por no dejar que lo haga.

—Una pena que nunca lo sepamos —su fina línea en el labio vuelve tras tanto tiempo oculta.

—¿Nunca te han dicho que es mejor arrepentirse de lo que se hace que de lo que no?

Sin dedicarnos una sola mirada, reímos al despotricar de los invitados; vio mi cara de incomodidad cuando Ahmad se me acercó.

Yo le cuento un rumor que una chica extendió: Austin Brandfont le esperaba en la suite principal.

Él se ríe diciendo que, por primera vez, no ha reservado nada.

Después de un rato en silencio observando algunos relámpagos tímidos, mis dudas quedan al descubierto: si no salgo de aquí, acabaremos en una habitación.

Agradecida por todo a la vez que nada, me despido, justo cuando dejo el vaso, los dedos de Austin rodean mi brazo tirando de mí hasta pegarme a él.

Sus labios se pegan a los míos, la fresa y la canela se entrelazan confundiendo al champán.

En cuanto me percato de que mi lengua juega con la suya, me separo.

Golpeo su rostro con la mano abierta, dejando su mejilla del mismo tono que mis labios dejaron los suyos.

—¿Qué coño haces? ¿No sabes que a una mujer no se la toca sin permiso?

—Alguien —habla sereno, como si no le hubiese afectado mi tortazo —me ha dicho que es mejor arrep…

Todas las ganas que he tenido de besarle en cada rincón de su casa, aúnan fuerzas para ser yo quien atrape su boca.

Le beso tan enérgica como puedo, alejándome al sentir que no consigo acercarme lo suficiente, no obstante, Austin agarra mi rostro entre sus manos capturando otra vez mis labios.

Unos labios que se mueven a un ritmo enérgico, una de sus manos se desliza por mi garganta, recorre mi pecho hasta llegar a mi cintura y pegar mi cuerpo al suyo.

Saboreo la sensación de su abdomen presionando el mío y sus gemidos envían un escalofrío que atraviesa todo mi ser.

Me abraza tan fuerte que mi mente se relaja y mi cuerpo se excita, incitándome a rodear su cuello con mis brazos.

El golpe del mobiliario en mi trasero contra el que chocamos me despierta de esa realidad tan irreal.

Sintiendo todavía el hormigueo en mis labios me alejo de Austin.

Aunque no esté lista para dejarlo ir, lo hago, perdida en esas palabras que murmullan mi nombre pidiéndome que no me marche.

En el momento que volteo la cabeza lo encuentro con los brazos en jarra y la vista puesta en el suelo.

—Brandfont —atiende a mi llamado—, no debe ocurrir.

—¿Querrías?

Sus labios se separan ligeramente soltando el aire ante mi silencio. Sin mirar atrás, sigo el camino hasta la salida que dejará a mi espalda a ese hombre tan frenético como yo.

«Eres gilipollas».

Lo soy, pero no puede ocurrir. No con él.

«Sigues con su chaqueta, devuélvesela».

—Si le veo, ocurrirá —suspiro, aferrada a la solapa de esa chaqueta que me envuelve.

«Pues que ocurra».

Decidida, abro la puerta encontrándome con un Austin serio a escasos centímetros.

—La chaqueta —digo a la vez que él muestra mi bolso.

Nuestros dedos se rozan lo justo queriendo tocarse más, en cuanto cada uno tiene su objeto no hay vuelta atrás.

—Espera —me detengo soltando el pomo de la puerta—, dime qué estás haciendo caso a tu cabeza y no a tu cuerpo.

—¿Qué diferencia hay? —Pregunto ante la intriga. Sin moverme.

—Mucha.

Su voz suena muy cerca, tan cerca como su mano retira mis cabellos dejando al descubierto mi piel, cubriéndola de nuevo con su cuerpo.

—Demasiada —susurran sus labios pegados a mi cuello antes de depositar un inocente beso.

—¿No vas muy rápido? —Se me entrecorta la voz al sentir el peso de la chaqueta en mis pies y su mano pegada a mi cintura.

—Llevo quince años corriendo.

El corazón palpita a la misma velocidad que mi estómago se revuelve, humedeciendo mi zona íntima a causa de cada beso que deposita en la piel desnuda.

—Has mentido. En la bañera —recalco al sentir más presión en mi abdomen.